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EDITORIAL
Sacado del n. 12 - 2007

Monseñor Kaas


El personaje era importante y, habiendo tenido yo con él el primer contacto por iniciativa de monseñor Montini, era obvio el respeto que yo sentía hacia él. Pero tras un encuentro informal con dos sacerdotes amigos (don Bruno Wüstenberg y monseñor Quirino Paganuzzi) mi interés creció muchísimo


Giulio Andreotti


Pío XII con monseñor Ludwig Kaas a la salida de las Grutas Vaticanas, en junio de 1950

Pío XII con monseñor Ludwig Kaas a la salida de las Grutas Vaticanas, en junio de 1950

El personaje era importante y, habiendo tenido yo con él el primer contacto por iniciativa de monseñor Montini, era obvio el respeto que yo sentía hacia él. Pero tras un encuentro informal con dos sacerdotes amigos (don Bruno Wüstenberg y monseñor Quirino Paganuzzi) mi interés creció muchísimo. Habían sido, por decirlo así, dos capítulos de historia del Zentrum, que nos daba a los jóvenes que nos acercábamos a la renaciente Democracia Cristiana italiana una información profunda sobre la derrota de la alemana por obra de Adolf Hitler. Moduló la voz citando el principio latino principiis obsta.
En nuestros textos escolares se hablaba muy poco y desde luego no con elogio de la República de Weimar, cuya derrota era considerada por Kaas como un desastre.
La tesis de monseñor Kaas estaba por fin clara. Es ilusorio oponerse a un dictador por separado. No era solo una lección de historia, sino una invitación concreta a reflexionar bien sobre lo que nosotros estábamos haciendo para oponernos al peligro comunista.
Fueron necesarios algo de tiempo y muchos encuentros nocturnos para comprender bien el momento histórico. Los católicos germánicos, preocupados por el Movimiento inspirado en el comunismo que se había afirmado en Rusia, no le prestaron la atención que merecía al peligro del anticomunismo por así decir de derechas. Cuando se dieron cuenta era ya tarde y para Hitler fue fácil aniquilar a toda la oposición.
Sin embargo era extraño que este claro análisis de monseñor Kaas, que era amigo de Pío XII y lo veía a menudo, no consiguiera que fuera compartido por el Pontífice. Hasta el punto de que –quizá abusando–, en nombre del propio Pío XII se hizo la propuesta que pasó con el nombre de Operación Sturzo. El adversario electoral era solo el comunismo y esto prevalecía sobre cualquier otra consideración.
Ya en el pasado he reconstruido detalladamente las difíciles jornadas del lanzamiento de la llamada Operación Sturzo, promovido explícitamente en nombre de Su Santidad.
Aquella vez un amigo llamó la atención sobre la antigua fórmula con que se cierran los decretos: Si preces veritate nitantur (o bien: si vera sunt exposita).
Para seguir con la Operación Sturzo, en cuanto el Santo Padre leyó la memoria que yo le había mandado (mediante la madre Pascalina) dio orden de archivar la cuestión. Monseñor Tardini fingió regañarme por teléfono porque yo me había saltado el trámite de la Secretaría de Estado utilizando la vía privada del Papa; pero de hecho no le molestaba en absoluto que el engorro romano hubiera sido arrinconado.
Volviendo a monseñor Kaas, manifestaba hacia mí, jovencísimo presidente de la Acción Católica universitaria, gran benevolencia. Me dejó incluso en herencia un precioso tapiz.
El intermediario en los contactos era, como ya he dicho, don Bruno Wüstenberg, diplomático pontificio que cuidó inteligentemente las relaciones entre la Santa Sede y el Estado africano de Costa de Marfil.
No es sencillo participar en la disputa sobre los aspectos –positivos o negativos– de las relaciones diplomáticas mantenidas entonces por la Santa Sede con la Alemania del período nazi. Es siempre muy fácil –aunque injusto– emitir juicios “ahora por entonces”.


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