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IGLESIA
Sacado del n. 09 - 2011

El tesoro y los vasos de barro



por Gianni Valente


El obispo coadjutor de Nanchang se llamaba originalmente John Baptist Li Shuguang. Su nombre chino se componía de dos diagramas: 书 [shu], que significa libro, y 光 [guang], que significa luz. Cuando se hizo sacerdote, John Baptist decidió modificar el primero de los dos ideogramas, transformándolo de 书 [shu] a 稣 [su]. Un cambio leve, casi imperceptible para quien no hable mandarín, realizado solo con el objetivo de introducir en el nombre el mismo ideograma que aparece en el nombre de Jesús (耶穌, Ye-su). Así que ahora el apelativo personal del obispo se puede traducir por “luz de Jesús”.
En la China de hoy el apego a Jesús de quienes llevan su nombre pude expresarse incluso mediante detalles discretos, que se captan al vuelo, creando una concordia implícita e interior. De modo análogo, también pueden leerse a contraluz algunas de las respuestas que el obispo de Nanchang ofrece en estas páginas. Como cuando expresa su esperanza de que el obispo de Roma tenga presente «la situación social concreta en que vive la Iglesia en China». O cuando indica como señal y fundamento de la comunión con el sucesor de Pedro y con la Iglesia universal la unidad en torno a los mismos sacramentos y las mismas oraciones, en la fidelidad a la misma Tradición apostólica.
Giovanni Battista Li Suguang fue ordenado obispo el 31 de octubre de 2010 con la aprobación de la Santa Sede y con el reconocimiento de las autoridades chinas. En la liturgia de consagración, además de los tres obispos consagrantes, estaban presentes ochenta sacerdotes, incluidos algunos sacerdotes ligados al área eclesial llamada “clandestina”. Después de la celebración, el nuevo obispo expresó públicamente su intención de favorecer la reconciliación entre las comunidades católicas registradas en los aparatos estatales y las que no obedecen a la política religiosa gubernamental.
Antes de Giovanni Battista Li Suguang, y solo en el año 2010, otros ocho jóvenes obispos chinos habían sido ordenados con la aprobación del Papa y con el reconocimiento oficial del gobierno. En aquella fase, el asunto siempre espinoso de las relaciones sino-vaticanas parecía dar señales positivas.
Con respecto a entonces, el escenario actual no promete nada bueno. Entre el 20 de noviembre de 2010 y el 14 de julio de 2011, tres nuevas ordenaciones episcopales sin el acuerdo de la Santa Sede impuestas por los aparatos patrióticos en aplicación de los eslóganes sobre la pretendida «independencia» de la Iglesia de China han hecho añicos las posibilidades de solución concordada sobre la cuestión de los nombramientos de los obispos, que desde siempre son el eje de la discordia entre China Popular y el Vaticano. Por primera vez desde 1958 –año en que comenzaron en China las ordenaciones ilegítimas impuestas por Pekín– la excomunión latae sententiae de dos de los obispos ordenados ilegítimamente fue confirmada públicamente en pronunciamientos oficiales de parte vaticana.
También el grupo de nuevos “obispos jóvenes” de los que forma parte Li Suguang (que el pasado 14 de julio participó en la ordenación ilegítima de Giuseppe Huang Bingzhuang como obispo de Shantou) forma parte de la enésima fase negativa de las relaciones entre China y Vaticano. Hay quienes acusan a los cuarentones que saltando una generación se encuentran al frente de la Iglesia de China de rendirse frente al dirigismo de la política religiosa gubernamental. Contra ellos vuelven a aflorar la desconfianza y las sospechas de su poca fidelidad, como pasó en los pasados decenios con los obispos que de alguna manera habían aceptado someterse al dirigismo del régimen en campo religioso. Incluido los grandes obispos-testigos como Antonio Li Duan y Mattia Duan Yinmin, que habían afrontado persecuciones y privaciones para seguir hasta el fondo su vocación sacerdotal en los años de la Revolución cultural.
Con respecto a la de sus predecesores, la nueva generación de obispos se presenta según muchos observadores mucho más frágil y atemorizada. Tanto en el área “oficial” como en la llamada “clandestina” se dan casos de arribismo clerical, con jóvenes sacerdotes que buscan a toda costa apoyos eclesiásticos y políticos para encumbrarse al episcopado.
La situación compleja aconseja prudencia y ponderada valoración de todos los factores en juego en todos y cada uno de los casos. Los eventuales episodios de oportunismo clerical en clave china no pueden ser separados de la ofuscación que se da también en otros lares con respecto a la naturaleza propia del ministerio episcopal. No se trata, desde luego, de una producción exclusiva made in China el concepto erróneo que interpreta los nombramientos de los obispos y sus traslados de una sede a otra como premios y honorificencias a funcionarios de una burocracia universal que se han distinguido por la capacidad de entretejer relaciones de poder.



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