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AÑO DE LA FE 2012-2013
Sacado del n. 10 - 2011

Un don, no una posesión


La fe tiene el carácter de un don que sobreviene, no se puede deducir, no se puede “producir”.
Entrevista al cardenal Walter Kasper


Entrevista al cardenal Walter Kasper por Gianni Valente


Un «año de la fe», un «tiempo de especial reflexión» convocado siguiendo el ejemplo de lo que hizo Pablo VI en 1967, con la intención de favorecer «una conversión a Dios cada vez más plena, para reforzar nuestra fe en él y para anunciarlo con alegría al hombre de nuestro tiempo». La propuesta de Benedicto XVI a toda la Iglesia, anticipada durante la homilía del domingo 16 de octubre e ilustrada en la carta apostólica Porta fidei, se encuentra aún en la fase germinal del anuncio y se concretará solo dentro de once meses, a partir de ese mes de octubre de 2012 en que se celebran el cincuentenario del comienzo del Concilio ecuménico Vaticano II y el vigésimo aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia católica. Y, sin embargo, ya desde los preliminares –lo ha señalado el padre Federico Lombardi, director de Radio Vaticana y de la Oficina de Prensa vaticana–, la iniciativa anunciada por el papa Ratzinger puede considerarse como una de las iniciativas que caracterizan a este pontificado.
Ya en las primeras alusiones y en la carta apostólica de indicción, hay muchas invitaciones discretas y consoladoras a dejar a un lado «eclesiocentrismos» autorreferenciales, y a pedírselo todo a Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe».
«¿Y qué otra cosa más importante debería decirnos el pastor del pueblo de Dios en camino?», comentó el padre Lombardi. 30Días ha girado la cuestión al cardenal Walter Kasper, presidente emérito del Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos.

Cardenal Walter Kasper [© Romano Siciliani]

Cardenal Walter Kasper [© Romano Siciliani]

Benedicto XVI ha convocado un año de la fe. Ya lo había hecho Pablo VI en 1967. En aquellos tiempos, tanto usted como Joseph Ratzinger eran dos jóvenes teólogos en la flor de la vida. ¿Qué recuerda de aquella decisión del papa Montini?
WALTER KASPER: Eran los años inmediatamente posteriores al Concilio. Tras pasar el gran entusiasmo, parecía vivirse en la Iglesia una especie de colapso. Parecía que la fe estaba faltando, precisamente mientras en los ambientes eclesiásticos se discutía de las reformas necesarias en la Iglesia para proponer de nuevo el anuncio cristiano en la realidad de este tiempo. Ratzinger en aquellos años escribió Introducción al cristianismo. Yo escribí Introducción a la fe. En aquel contexto, Pablo VI tuvo la intuición de convocar el año de la fe, que se clausuró con la proclamación del Credo del pueblo de Dios. Quería indicar a todo el mundo que el centro de todo es la fe. También las reformas son útiles y necesarias cuando favorecen la vida de fe y la salvación de todos los fieles. He vuelto a leer en estos últimos días a Bernardo de Claraval: también su gran reforma era solo un reinicio en la fe. Como escribía Yves Congar, «en la Iglesia, las reformas que han tenido éxito son las que se han hecho en función de las necesidades concretas de las almas ».
¿Por qué convocar un año de la fe precisamente ahora?
Hay una crisis. Lo vemos sobre todo en Europa. Es evidente en Alemania. Pero si hablo con los obispos italianos me dicen lo mismo. Sobre todo entre los jóvenes, muchos de ellos no tienen ningún contacto real con la vida de la Iglesia ni con los sacramentos. Si se habla de nueva evangelización, no se puede por menos que constatar esto, si no se acaba por caer en cosas académicas.
Y, sin embargo, Benedicto XVI comienza la Carta de indicción de este año especial diciendo que «la puerta de la fe está siempre abierta para nosotros». ¿Qué significa?
Es Dios quien mantiene abierta la puerta de la fe, para nosotros y para todos. No somos nosotros los que podemos o debemos agitarnos para abrirla. Por eso el inicio de la fe siempre es posible. No se trata de una conquista nuestra. La fe tiene el carácter de un don que sobreviene, no se puede deducir, no se puede “producir”. También por esto es importante la invitación que hizo el Papa a los agnósticos durante la reciente jornada de Asís. En la secularización, Dios tiene sus caminos para tocar los corazones de los hombres. De los que buscan y también de los que no buscan. Y son caminos que nosotros no conocemos.
En Asís Benedicto XVI habló de los agnósticos pero no en términos de contraposición.
El Papa dijo que los agnósticos ayudan a los creyentes «a no considerar a Dios como una propiedad que les pertenece». Dios no es una posesión de los creyentes. No se puede decir de la fe: yo la poseo, otros no… También los creyentes que han recibido el don de la fe son peregrinos. Y no se puede nunca anticipar dicho don como comprensión poseída de un saber conceptual. A veces, la Iglesia, precisamente frente a la incredulidad y el agnosticismo se enroca y da la impresión de considerar la fe como una posesión. Como si el problema fuera entablar disputas y batallas con los que no creen... Casi se olvida que Cristo murió por todos.
En las primeras líneas de Porta fidei se subraya que a menudo también en la Iglesia predomina la preocupación por las consecuencias sociales, culturales y políticas del compromiso de los cristianos, «que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común». ¿Nota usted también que es algo que se da por descontado?
Ante todo la fe es una relación personal con Dios, que se expresa en la oración y en la confianza de que Dios nos tiene en sus brazos en todas las situaciones, o como dice Jesús: amar a Dios con todo el corazón. Los teólogos hablan de una virtud teologal. Pero en este primer mandamiento el amor de Dios está inmediatamente ligado con el amar al prójimo como a nosotros mismos. Así la fe tiene consecuencias sociales, culturales y políticas sin las cuales no sería sincera. Por otra parte, estas consecuencias han de ser animadas y estar motivadas por el amor de Dios, si no se convierten en una forma de ideología humanista, que se queda sin fundamento firme. Pienso en las predicaciones del domingo en las iglesias. No hay ninguna realidad humana que tenga esta oportunidad de llegar a tantas personas que van espontáneamente a escuchar. Pero a veces las homilías parecen solo instrucciones sobre lo que los cristianos tienen que hacer o no hacer a nivel moral, cultural, político, falta a menudo la buena nueva de que Dios siempre nos precede con su gracia.
Para bajar a la cripta a venerar la tumba de Francisco, Benedicto XVI cruza la Basílica inferior de San Francisco con algunos líderes religiosos y representantes de las Iglesias, de las Comunidades eclesiales y de las religiones del mundo, con motivo del Encuentro de Asís, 27 de octubre de 2011 [© Osservatore Romano]

Para bajar a la cripta a venerar la tumba de Francisco, Benedicto XVI cruza la Basílica inferior de San Francisco con algunos líderes religiosos y representantes de las Iglesias, de las Comunidades eclesiales y de las religiones del mundo, con motivo del Encuentro de Asís, 27 de octubre de 2011 [© Osservatore Romano]

Algunos dicen que ahora hay que apostar más por la fe y menos por las obras sociales. ¿Es esta la “solución”?
No se pueden contraponer fe y caridad. Sería un intelectualismo o una especie de misticismo mal interpretado. San Pablo dijo que la fe actúa por la caridad. Y se ha expresado siempre en las obras de misericordia corporal y espiritual: ayudar a los pobres, los encarcelados, los oprimidos, los enfermos... Esta es simplemente la vida cristiana. Personalmente, los testimonios más atrayentes de la fe los he visto durante los viajes que hacía cuando era responsable de la Iglesia en Alemania para las ayudas a las Iglesias de los países en vías de desarrollo. Nosotros íbamos allí llevando algunos recursos materiales para ayudar a la supervivencia de las personas y, en la miseria de las aldeas y las favelas, nos topábamos con la alegría y la confianza de sus vidas predilectas y consoladas por el Señor. Lo mismo me ha ocurrido viendo la fe de muchos hermanos que he conocido en el diálogo ecuménico. Mediante relaciones fraternas se da testimonio de la fe católica.
Ahora que ha sido convocado el Año de la fe, ¿qué hay que hacer?
Benedicto XVI ha pedido solamente que se reflexione sobre el Credo en cada diócesis. No basta rezarlo, hay que conocerlo y comprenderlo cada vez más profundamente. Porque el Credo expresa los artículos fundamentales de la fe, que son comunes a todos los cristianos y que corresponden a las promesas bautismales. Mientras tanto son constitutivos para la existencia cristiana. Pero me parece importante el hecho de que la simple confesión de fe no expresa una pretensión de poseer conceptualmente la verdad. Cantamos a menudo el Credo durante la misa del domingo. Un sistema dogmático-conceptual no se puede cantar. En cambio, nosotros cantamos el Credo, y lo cantamos como oración. Es una doxología, una alabanza y un reconocimiento que da gracias a Dios.
Algunos dicen que hay que hacer más para hacer creíble la visión antropológica cristiana.
Sí, también esto es importante, por supuesto. La fe no es solo un acto intelectual, sino un modo de ser y de vivir en las manos de Dios y bajo su providencia. Esto comporta asimismo la bien entendida libertad cristiana. La confesión de fe es oración porque le pide a Dios que revele su misterio. Como decía santo Tomás, actus fidei non terminatur ad enuntiabile, sed ad rem. El acto de fe no acaba en las repeticiones verbales de fórmulas verdaderas. La fe está siempre abierta a reconocer la realidad viva que esas palabras indican. Y para Tomás la «res» es Dios. Es él quien actúa, no somos nosotros los que lo debemos “demostrar”. Además, el Credo es también el compendio de las otras generaciones. En la fe no estamos solos ante Dios. Estamos en una comunión que abarca todos los siglos. En tiempos como los nuestros, se percibe aún más lo importante que es encontrar consuelo y gozar en la compañía de los santos y de los Padres de la Iglesia, y de todos los grandes testigos que nos han precedido.
«Los creyentes se fortalecen creyendo», escribe el Papa citando a san Agustín. ¿Cómo se crece y se va adelante en el camino de la fe?
En la fe somos llevados, tanto al comienzo como a lo largo del camino de la vida. En las experiencias de la vida se descubre cada vez más las riquezas de la fe. No somos nosotros los que conservamos la fe, como una propiedad adquirida. Somos custodiados en la fe. Decía santo Tomás: « La gracia crea la fe no solo cuando la fe comienza en una persona, sino hasta cuando esta fe termina». Hemos usado esta definición en el marco del acuerdo con los luteranos, cuando hemos reconocido la identidad fundamental que existe entre la teología de Lutero sobre la justificación por la fe y aspectos esenciales de la doctrina del Concilio de Trento definida en el decreto De iustificatione. Esto quiere decir que el don de la fe no es una especie de impulso, la cuerda que nos da alguien al principio y luego seguimos por nuestra cuenta. Y tampoco es como los sistemas de iluminación de las pistas de los aeropuertos: luces empotradas en el asfalto para iluminar todo el recorrido. Se parece más bien a una linterna que llevamos en la mano, y se mueve con nosotros iluminando el breve tramo de camino que tenemos delante. Su luz es necesaria y suficiente para dar el paso siguiente.
Benedicto XVI rezando ante la tumba de san Francisco en la cripta de la Basílica inferior con algunos líderes y representantes de las Iglesias, de las Comunidades eclesiales y de las religiones del mundo [© Osservatore Romano]

Benedicto XVI rezando ante la tumba de san Francisco en la cripta de la Basílica inferior con algunos líderes y representantes de las Iglesias, de las Comunidades eclesiales y de las religiones del mundo [© Osservatore Romano]

Si la fe es al comienzo y en cada paso un don y un reconocimiento de la obra gratuita del Señor, ¿qué es la Iglesia?
La Iglesia es –como dice una antigua definición– la comunión de los fieles. Decía Tertuliano: Unus christianus, nullus christianus. Un solo cristiano, ningún cristiano. Como cristianos no estamos nunca solos, sino siempre en una comunidad de fieles de todas las épocas y de todos los lugares. Y sin embargo, la Iglesia no es término de fe. La Iglesia es sacramento, es decir, signo e instrumento. En el Credo confesamos que creemos en Dios Padre, en Jesucristo, en el Espíritu Santo, pero no confesamos que tenemos fe en la Iglesia. Se cree en Dios, y es él quien nos revela la Iglesia como Cuerpo de Cristo y como su pueblo. La Iglesia es como la luna que no tiene luz propia, sino que refleja solo la luz del sol, que es Cristo. Si no remite a Cristo, no manifiesta ninguna belleza propia. La belleza que hay en ella –por ejemplo, en las liturgias– es solamente un reflejo de la gloria de Dios.
Y, sin embargo, a veces parece que la Iglesia quiere ocupar el escenario pensando que de este modo da testimonio del Señor.
Quizás es útil recordar que los Padres de la Iglesia no sintieron la exigencia de elaborar una eclesiología sistemática. Ellos no tenían el problema de reflexionar sobre la Iglesia, era suficiente alguna alusión. El centro de sus intereses y de su solicitud no era por supuesto la institución eclesiástica. La eclesiología comienza solo a finales de la Edad Media, como reacción al conciliarismo y después a Lutero. Y como dijo Yves Congar, empieza como «jerarcología», para exponer las razones teológico-doctrinales de la función y de la supremacía de las jerarquías en la estructura eclesial. De ahí surge también la tentación y la insidia de cierto “eclesiocentrismo”. El Concilio Vaticano II, con su ressourcement patrístico, retomó también la imagen usada por muchos de ellos sobre la Iglesia como simple reflejo de la luz y de la obra de Cristo, imagen que aparece en el título de la constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II: Lumen gentium.
Respecto a la jerarcología, también ahora, por lo menos en los medios de comunicación, se habla mucho de obispos y cardenales.
Ciertamente, los obispos y los cardenales tienen su papel en la vida de la Iglesia. Pero Benedicto XVI sigue repitiendo que la cuestión central no es la de la Iglesia, sino la de Dios. Si falta la fe en Dios, se puede dejar de lado a la Iglesia y olvidarla.



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