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DANTE
Sacado del n. 03/04 - 2012

Entrevista con el presidente del Pontificio Consejo de la Cultura

El cardenal en casa del poeta


«Tengo la clara impresión de que incluso desde posiciones radicalmente lejanas llega a la Iglesia una sincera petición: que vuelva a hablar de la sustancia de su mensaje, que vuelva, en definitiva, a hablar de Dios. En esto, Dante puede sernos de ayuda».
Encuentro con el cardenal Gianfranco Ravasi


Entrevista al cardenal Gianfranco Ravasi por Paolo Mattei


Desde hace casi cien años en Roma se oye cantar a Dante cada domingo por la mañana. Desde 1914 los más ilustres dantistas italianos recitan y comentan la Divina Comedia mezclando las estrofas con los retoques de campanas del barrio de Trastévere, donde se encuentra el Palazzetto degli Anguillara, del siglo XV, la histórica sede de la Casa de Dante. Fundada en 1913 por iniciativa de Sidney Sonnino, entonces ministro de Exteriores pro tempore, la Casa de Dante, «asociación cultural apolítica y sin finalidad de lucro», promueve desde hace casi un siglo conferencias y lecturas públicas de obras dantescas y desarrolla actividades «para ayudar los estudios e ilustrar y favorecer un mejor conocimiento de la vida, la época y las obras del Poeta», como reza el Estatuto. El pasado febrero se convirtió en su presidente el cardenal Gianfranco Ravasi, que sustituía al senador Giulio Andreotti, ahora presidente honorario.

El cardenal Ravasi, que ha contado que recibió con «gran alegría y estupor» la invitación a aceptar el cargo, es el presidente del Pontificio Consejo de la Cultura de la Santa Sede, con el que muy recientemente ha creado un Comité científico-organizativo para promover las celebraciones del próximo séptimo centenario de la muerte de Dante, en 2021. Una ocasión, ha dicho el purpurado, para «crear sinergias entre instituciones eclesiales y civiles».

Hemos ido a entrevistarlo sobre el poeta florentino, entre otros temas.

 

El cardenal Gianfranco Ravasi con el profesor Enrico Malato, durante la rueda de prensa de presentación de las iniciativas de la Casa de Dante y del Pontificio Consejo para la Cultura en vistas del séptimo centenario de la muerte del poeta (1321-2021), Roma, 7 de marzo de 2012

El cardenal Gianfranco Ravasi con el profesor Enrico Malato, durante la rueda de prensa de presentación de las iniciativas de la Casa de Dante y del Pontificio Consejo para la Cultura en vistas del séptimo centenario de la muerte del poeta (1321-2021), Roma, 7 de marzo de 2012

Eminencia, ¿cómo nace su relación con Dante?

GIANFRANCO RAVASI: No debido a una competencia propiamente técnica o académica, porque mis estudios se desarrollaron por otros derroteros. Se trata más bien de una simbiosis ideal y espiritual debida a dos hechos particulares: el primero es mi pasión por la poesía, que cultivo desde la adolescencia. Siempre he sido un gran lector de poesía, de todos los tipos, incluso extranjera. El segundo hecho fue, por así decir, un toque de suerte: durante la enseñanza secundaria en el seminario de Milán tuve un profesor de literatura italiana enamorado de Dante. Su biblioteca conservaba una colección interminable de comentarios a las obras del poeta y sus enseñanzas hacían constantes referencias a esos comentaristas. En aquel mundo tan vasto nos ofrecía una selección con la que nos proponía, como verdadero apasionado, continuas aperturas de horizontes. Le estoy muy agradecido porque me enseñó a leer a Dante con amor, pero también con el rigor que exige la poesía.

¿Qué significado le da a la palabra “rigor”?

La poesía no es el lenguaje instintivo y espontáneo de los tantos versificadores que componen infinitas y libérrimas variaciones sobre rosas y gotas de rocío... La poesía es racionalidad en grado sumo, es una lógica superior, trascendente, con su gramática, su rigor extraordinario. Imaginemos por un momento lo importante que eran para Dante la precisión geométrica del verso, el respeto de los acentos y las cesuras, la escrupulosa búsqueda de rimas... Este esmero es imprescindible también en la música. Pienso, por ejemplo, en Bach. Algunas de sus composiciones pueden ser pensadas, con una imagen utilizada a menudo también para representar la Divina Comedia, como catedrales. Al comienzo de algunas de sus obras hay una “aguja” musical que regresa, al final, como paralelismo necesario.

Después de aquel comienzo en el seminario, ¿siguió leyendo la obra del poeta florentino?

Sí, siempre he tratado de mantener momentos de aislamiento para dedicar a la lectura de los versos de la Comedia. Por lo demás, en este sentido he tenido el ejemplo ilustre de Giovanni Galbiati, mi predecesor en la Biblioteca Ambrosiana. Había mandado construir una torre –que luego yo utilizaría como estudio privado– a la que subía cada día para leer un canto de la Comedia. Probablemente consideraba la poesía como ejercicio del alma, como una oración.

Amará sin duda alguna a Dante también por la teología presente en sus estrofas...

Naturalmente. Como ya teorizó el científico Stephen J. Gould, la teología y la filosofía, que estudian el “fundamento”, pertenecen a un plano de conocimiento trascendente, un plano distinto del del conocimiento empírico-científico, que se ocupa del “fenómeno”, de la “escena”. Bueno, pues, la verdadera poesía se sitúa en el mismo nivel que la teología y la filosofía. Este es, sin duda alguna, el caso de Dante, que sabe englobar y transfigurar en el lenguaje de la poesía la teología y la exégesis de su tiempo, de las que poseía un conocimiento técnico muy profundo. En épocas más cercanas a la nuestra, consiguió hacerlo, mutatis mutandis, también otro poeta que yo admiro mucho, Thomas Stearns Eliot, en los Cuatro cuartetos. La teología en Dante celebra su gran epifanía y todos los teólogos que ignoran a Dante como teólogo se equivocan. Por lo demás, Marie-Dominique Chenu explicaba en su Teologia del XII secolo, lo necesario que es reservar atención a las obras artísticas, no solo literarias, sino también plásticas y figurativas, porque no son, decía, «solo ilustraciones estéticas, sino verdaderos “lugares” teológicos». Me gustaría que se pudiera enseñar la obra de Dante con ese criterio de fondo. También por esto sería hermoso promover la creación de una cátedra de Estudios dantescos en la Universidad Católica, como ya hizo en abril de 1965 Pablo VI con la carta apostólica, en forma de motu proprio, Altissimi cantus, escrita con motivo de los setecientos años del nacimiento del Poeta.

El Palacete de los Anguilara, del siglo XV, en Roma, histórica sede de la Casa de Dante

El Palacete de los Anguilara, del siglo XV, en Roma, histórica sede de la Casa de Dante

Usted ha declarado recientemente que también en las escuelas la enseñanza de Dante es insatisfactoria...

A menudo la manera de presentárselo a los estudiantes carece de encanto, de atractivo. Pero Dante es fascinante y atractivo. En este sentido Roberto Benigni, con sus lecturae ha tenido el mérito y el valor de mostrar que Dante sabe hablar al hombre de hoy; ha conseguido que se vea que en una frase consigue decir sobre realidades tan profundas todo lo que refinados intelectuales no hubieran sido capaces de explicar ni siquiera con miles de palabras... El mérito de Benigni ha sido este: con una lectura “lineal”, narrativa, y sin demasiadas glosas, ha conseguido que Dante les hable a millones de personas. Por el contrario, a menudo en las escuelas los docentes proponen exasperantes interpretaciones filológicas, sometiendo el texto a un continuo y agotador análisis estructural... Recuerdo la clase de un crítico americano estructuralista, que consideraba bellísimo el pasaje de la Comedia que se estaba comentando solo porque podía “desmontar” completamente, trocearlo, reducirlos a figuritas de découpage.

¿Qué podría hacerse en este sentido?

Se debería trabajar sobre la formación de los docentes. Y los agentes culturales y de la comunicación deberían cambiar de actitud con respecto al gran público, hacia el cual sienten pesimismo, cuando no desprecio. En cambio, no solo Benigni, sino también Vittorio Sermonti ha demostrado que existe un gran deseo por estas cosas y una receptividad mucho más profunda de lo que se cree. Hace tiempo asistí a una lectura Dantis suya en Santa María de las Gracias, en Milán: fuera de la iglesia había largas filas de personas que no habían conseguido entrar. Yo también me he quedado asombrado con frecuencia de la curiosidad que hay por temas que normalmente se consideran como cotos para especialistas. Recuerdo con asombro la enorme cantidad de gente atenta que en Mantua, bajo un sol implacable, escuchaba una conferencia mía sobre Qoelet. Y le aseguro que no eran profesores. Dante, pues, puede todavía hablarle al mundo.

Dante le habló también a la Iglesia de su tiempo, y a menudo con dureza...

El amor por la Iglesia, el amor por la fe, se puede manifestar también mediante la crítica apasionada. Hay un ejercicio de la crítica serio, motivado, fundado, que en las argumentaciones puede ser también discutible, pero que nace de una auténtica pasión del espíritu. Dante es esto. Benedicto XV, en la encíclica In praeclara summorum, redactada en abril de 1921 con motivo de los seiscientos años de la muerte del poeta, y dirigida a los profesores y alumnos de los institutos literarios y de alta cultura del mundo católico, plantea este interrogante retórico: «¿Quién podría negar que en aquel tiempo había cosas que afearle al clero, cosas por las que un espíritu tan devoto a la Iglesia, como el de Dante, debía sentir gran desagrado, cuando sabemos que incluso hombres insignes por su santidad también las reprobaron severamente?». Y Pablo VI, en la carta Altissimi cantus, anota: «Tampoco lamentamos recordar que su voz se levantó y resonó duramente contra algunos pontífices romanos, y que reprendió con acritud instituciones eclesiásticas y a hombres que fueron ministros y representantes de la Iglesia». Precisamente porque su fe no era la adhesión a verdades racionales, sino el amor del ser entero a Cristo y a su Iglesia, Dante pudo introducir en la Comedia toda la dimensión moral que la connota, subrayando la distinción entre el bien y el mal. Yo estoy convencido de que hoy es necesario volver a hablar del concepto de mal, usando precisamente los términos más claros: culpa, pecado. El concepto de pecado se ha perdido, se ha diluido en una neblina incolora, se ha extinguido. Pastoralmente hablando, siento que es necesario en este periodo volver a reafirmar –no necesariamente de manera retórica y enfática– el sentido del bien y del mal. También en esto puede Dante sernos de ayuda.

<I>Dante Alighieri y los reinos de ultratumba</I>, Domenico di Michelino, Santa Maria del Fiore, Florencia

Dante Alighieri y los reinos de ultratumba, Domenico di Michelino, Santa Maria del Fiore, Florencia

¿También en el diálogo con los no creyentes, o quienes viven alejados de la Iglesia?

Por supuesto. El diálogo puede morir porque a menudo se lleva al sincretismo o al fundamentalismo. Por desgracia las confrontaciones más exitosas desde el punto de vista mediático son entre creyentes con posturas increíblemente rígidas y “no creyentes que se mofan”, para los que todo se resuelve en la parodia y el espectáculo. Por este motivo quiero evitar que las iniciativas del Patio de los Gentiles [institución del Pontificio Consejo de la Cultura para el diálogo entre creyentes y agnósticos o ateos, n. de la r.] sean dirigidas por creyentes o no creyentes fundamentalistas. Hay que ser capaz de argumentar y escuchar pero sin dar un paso atrás: y esto no es fundamentalismo sino el verdadero significado del diálogo. Como digo a menudo, yo soy contrario al “duelo” porque estoy a favor del “duetto”, en el que las voces, aunque pertenezcan a las antípodas sonoras, saben producir armonía sin tener que renunciar a su propia identidad, es decir, para ser concreto, sin desvanecerse en un vago sincretismo ideológico. Me impactó un diálogo público que tuve recientemente, precisamente durante una iniciativa del Patio de los Gentiles, con Gian Enrico Rusconi. Tuve la clara impresión de que incluso desde posiciones tan radicalmente lejanas se le hace una pregunta sincera a la Iglesia: que vuelva a hablar de la sustancia de su mensaje, que, en definitiva, vuelva a hablar de Dios. A menudo nos perdemos en pequeños detalles y no tenemos en cuenta todo el cuadro. También en esto Dante, con su espíritu “sistemático” medieval –que nosotros hemos perdido–, puede sernos de ayuda.

Ha citado usted a Benedicto XV y a Pablo VI. Pero también a Benedicto XVI le encanta Dante.

Sí. Lo recuerda ya cuando era cardenal, en su texto Introducción al cristianismo; y luego como papa, en varias ocasiones: en la encíclica Deus caritas est, en una intervención a los participantes en un encuentro promovido por el Pontificio Instituto Juan Pablo II, y luego durante el Angelus de la fiesta de la Inmaculada Concepción de 2006, donde, preguntándose por qué entre todas las mujeres Dios eligió precisamente a María de Nazaret, cita los versos maravillosos de la oración de san Bernardo a la Virgen. «La respuesta», dice el Papa, «está oculta en el misterio insondable de la voluntad divina. Sin embargo, hay un motivo que el Evangelio pone de relieve: su humildad. Lo subraya bien Dante Alighieri en el último canto del Paraíso: “Virgen Madre, hija de tu Hijo, / la más humilde y más alta de todas las criaturas, / término fijo del designio eterno”».



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