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AÑO DE LA FE
Sacado del n. 05 - 2012

Volvamos a san Agustín


«Hablar de la Iglesia solo en términos de programación lleva ineluctablemente a pensar que, al final, son los hombres los que están en el comienzo del acto de fe. Y esta es la transposición, en términos pastorales, del pensamiento de Pelagio».

Entrevista con Francesco Moraglia, patriarca de Venecia


Entrevista al patriarca de Venecia Francesco Moraglia por Gianni Valente


«No seremos capaces de dar respuestas adecuadas sin una nueva acogida del don de la Gracia; no sabremos conquistar a los hombres para el Evangelio a no ser que nosotros mismos seamos los primeros en volver a una profunda experiencia de Dios». Así habló Benedicto XVI a los obispos italianos reunidos en asamblea plenaria el pasado 24 de mayo. Mientras se acerca el Año de la fe, el Sucesor de Pedro no pierde ocasión de sugerir lo único que parece realmente interesarle. Son tiempos confusos, tiempos que contemplar de todos modos con «una mirada de gratitud por el crecimiento del grano de trigo incluso en un terreno que se presenta a menudo árido». Tiempos en los que también la actualidad eclesiástica parece otorgar más evidencia y resplandor a las palabras de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

En este marco ha vivido monseñor Francesco Moraglia los primeros pasos de su ministerio como nuevo patriarca de Venecia. Sus respuestas, en la entrevista que sigue, son una ayuda sencilla para vivir como tiempo propicio el inminente Año de la fe, desbrozando el campo de todo peligro de “auto-ocupación” eclesial.

 

El nuevo Patriarca de Venecia Francesco Moraglia durante la ceremonia de toma de posesión el 25 de marzo de 2012 [© Federico Roiter]

El nuevo Patriarca de Venecia Francesco Moraglia durante la ceremonia de toma de posesión el 25 de marzo de 2012 [© Federico Roiter]

Benedicto XVI, durante su viaje a Portugal, había dicho: «Con frecuencia nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que hay fe, lo cual, lamentablemente, es cada vez menos realis­ta». Luego convocó un año de la fe. ¿Qué quiso sugerir el Papa con esto?

FRANCESCO MORAGLIA: Al convocar el Año de la fe, el Santo Padre ha querido indicar que lo que desde siempre –es decir, también hoy– es la realidad que fundamenta la vida del creyente y de la Iglesia es la fe.

Es precisamente el concepto que se tiene de fe lo que determina consiguientemente la manera de entender el cristianismo; y siendo la fe el comienzo de la vida cristiana, entonces, para la fe vale lo que el evangelista Marco dice a propósito de la parábola del sembrador: si no comprendéis esta, ¿cómo vais a comprender las otras parábolas? Es definitiva: según la idea que tengamos de la fe se origina y despliega un tipo u otro de cristianismo.

Los periódicos escriben: este año sirve para “revitalizar” la fe. Pero, ¿está esto en nuestro poder? ¿Somos nosotros –la Iglesia, el Papa, o los fieles– los artífices de nuestra fe?

La Iglesia, el Papa, los fieles, como también los teólogos, no están en el origen del hecho de fe ni de la vida del creyente.

Por eso hemos de prestar atención a nuestro modo de hablar. En el ámbito humano y eclesial el lenguaje reviste una importancia fundamental; ahora bien, hablar de la Iglesia solo o principalmente en términos de programación, como también reducir la evangelización a una cuestión de lenguaje, lleva ineluctablemente a pensar que, al final, son los hombres los que están en el origen del acto de fe. De este modo se reduce todo a una operación humana. Pero esta–bien mirado– es la transposición, en términos pastorales, del pensamiento de Pelagio; a mi modo de ver, hoy más que nunca ha de oírse alto y claro el nombre de Agustín, a cuya escuela hemos de volver todos, pastores y fieles.

Para volver a su pregunta: la Iglesia, el Papa y los fieles pueden –propiamente hablando– revitalizar la fe, ante todo, colocándola con renovada fuerza en el centro de la vida eclesial y proponiéndola como método de vida, o mejor dicho, como el caso serio del cristiano.

¿Cómo comienza la fe? ¿Puede ser el resultado de un plan educativo que hace surgir el sentimiento religioso del hombre?

Me limito a decir que la fe, siendo el término de la gracia, es puro don. No quisiera que, sobre todo en el contexto actual, diluyendo el vigor de esta afirmación se termine –como ya he dicho– por calificar a la fe con términos demasiado humanos. Qué duda cabe que la expresión “la fe es pura gracia” hay que entenderla en el sentido de que la fe siempre se nos ofrece de manera humana, es decir, interpelando nuestra libertad y nunca prescindiendo de ella como tampoco de nuestra responsabilidad.

¿Cómo se mantiene, se alimenta y crece la fe? ¿Cómo no se pierde? ¿Es cuestión de tenacidad?

La fe se mantiene sencillamente viviéndola cotidianamente en compañía de la Iglesia; día a día, pues, se alimenta y crece perteneciendo al mundo de la fe y renovando cada día la opción de la fe; en otros términos, dejándose llevar por la fe y recordando que –en lo concreto de la vida–, al final, para el cristiano todo es don. Sin duda alguna, descubrirse criaturas y gozar siéndolo, percibirse en la propia persona y en la propia historia como parte de un todo, de un proyecto que siempre nos precede y acompaña, esta es, podemos decir, la gracia que actúa. Encuentro especialmente eficaz la expresión usada por Benedicto XVI en Porta fidei: «La fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo...».

Cuando se habla de la fe, las llamadas al Espíritu, a la Gracia, a Jesús, a veces parecen como formularios rituales, premisas obligadas de la “jerga” eclesial, para luego pasar al “discurso de verdad”, en el que el acento cae en la estrategia, en la fórmula que adoptar, en el plan educativo que tenemos que desarrollar.

A veces pasa que también estas llamadas están ausentes casi por completo del lenguaje de quienes, a pesar de todo, se confiesan cristianos. De este modo se anulan los fundamentos de la vida bautismal. Esto es aún más grave si pensamos que el lenguaje es la mayor forma expresiva de la cultura de una persona; en cierto tipo de catequesis, por poner un ejemplo, se ha pasado de la confesión de Jesús salvador a Jesús entendido como maestro, luego amigo, y en fin como fuerza espiritual.

Pero si la fe, que en la vida de la persona y de la Iglesia es esencialmente don y cumplimiento, queda envilecida en esta dimensión, y todo tiende a ser programación pastoral y construcción humana, encajonando al Espíritu en decisiones organizativas, entonces también la salvación se convierte de hecho en puro proyecto teológico y organización pastoral. Los ejemplos pueden multiplicarse, aquí me limito a indicar uno en el ámbito de la celebración litúrgica: la hiperactividad creativa y cierto protagonismo ante la asamblea.

En muchos discursos, a la fe cristiana se la identifica e contrario, como si su afirmación fuera ante todo una respuesta a tendencias y filones culturales de la modernidad en la que vivimos. ¿Qué piensa de esta modalidad de enfoque? ¿Tiene la fe como primer objetivo expresivo la confutación cultural de la no-fe?

Sí, es cierto, el riesgo indicado existe realmente.

La fe, ante todo, ha de ser fiel a sí misma, es decir, ha de decir Jesucristo, decirlo bien, decírselo a todos, decirlo de manera comprensible y a partir –como nos enseña la Dei Verbum – de la Palabra de Dios transmitida por la Iglesia.

La crítica que se le dirigía a cierta manualística coincidía precisamente en que se dejaba tomar por determinadas “cuestiones” que se querían confutar, pero terminando por reducir o incluso distorsionar, de manera inaceptable, las verdades de fe que, de por sí, se querían anunciar.

Concretamente, para aprovechar la ocasión del Año de la fe, ¿qué hay que hacer? ¿Tomar iniciativas? ¿Echar discursos?

La fe es respuesta a una persona –a la persona de Jesucristo–; así que los discursos, las conferencias, los simposios por sí solo siguen siendo insuficientes ante la realidad humano-divina de la fe; serían suficientes si la fe se colocase únicamente en el plano humano, si fuera una pura opción ética o una tesis filosófica. Pero, en cambio, la fe pide que se la acepte y viva en su realidad sacramental, es decir, realidad humana y divina.

Estoy, pues, convencido, por poner un ejemplo, de que una participación más intensa y una cuidada educación para la celebración litúrgica, por parte del pueblo de Dios –pastores y fieles–, de cara a una renovada vida de caridad hacia Dios y el prójimo, es una propuesta adecuada, un punto de partida justo, con vistas al Año de la fe.

Se trata, lo repito, de implicar a toda la comunidad eclesial en el acontecimiento de la Pascua –muerte/resurrección– de Cristo; de este modo somos inmediatamente conducidos al centro del acontecimiento salvífico que puede vivirse solo en la fe; el corazón del hecho eucarístico se connota, precisamente, como mysterium fidei.

Jesús y la samaritana, detalle de los mosaicos de la Basílica de San Marcos de Venecia

Jesús y la samaritana, detalle de los mosaicos de la Basílica de San Marcos de Venecia

Si la fe es un don de gracia, al comienzo y en cada paso del camino, ¿qué comporta esto para la Iglesia, para su forma y sus dinámicas?

Comporta innumerables cosas. Indico una que, sin embargo, me parece que ayuda a comprender: me refiero al uso del adjetivo posesivo “nuestra”, colocado delante del sustantivo Iglesia; esto es un modo de expresarse que expresa cercanía, cariño, simpatía hacia la Iglesia pero si no tenemos cuidado de mantenerlo unido a la otra expresión, “Su” Iglesia, corremos el riesgo de considerar a la Esposa de Cristo como una criatura nuestra, un producto nuestro, una realización humana que, al final, precisamente porque es “nuestra” podemos siempre y de nuevo reconstruir y deconstruir a nuestro gusto. En cambio, la Iglesia es, ante todo, Suya, es decir, es de Cristo, quien, según la hermosa simbología patrística de los primeros siglos, retomada luego en la Edad Media, es el sol, mientras que la Iglesia se coloca como mysterium lunae y está totalmente iluminada por el sol.

A veces, también en nuestra reciente actualidad eclesial, esta percepción del punto manantío de la Iglesia queda ofuscada para muchos cristianos, como una especie de vuelco: de reflejo de la presencia de Cristo, se pasa a percibir al grupo eclesial como una realidad enfrascada en atestiguar por sí misma su presencia relevante en la historia. Y este atestado de sí misma es presentado como un modo para “demostrar” la credibilidad del cristianismo. ¿Para qué pueden servir estas dinámicas?

Si se pierde de vista que el acontecimiento cristiano es algo real e histórico, que tiene que ver con la carne y la sangre, entonces este hecho nos lleva a una visión “espiritualista” que ya no intercepta al hombre concreto, hecho precisamente de carne y sangre.

De este modo, si se pierde de vista que la Iglesia es cuerpo de Cristo, entonces, a cada instante, la Iglesia se pondrá a la búsqueda de su legitimación y afirmación, convirtiéndose en autorreferencial. Pensemos en los dos discípulos de Emaús que no se dan cuenta del Resucitado, que seguían hablando de sus problemas, de sus tristezas y que no consiguen abrir los ojos a Él y verlo.

Es el drama siempre posible de la autorreferencialidad de la Iglesia, que quiere decir: extravío de su identidad sacramental; la Iglesia, en efecto, nos sigue recordando el Vaticano II, en la Lumen gentium, es sacramento de Cristo y, por lo tanto, si esta realidad se empaña la cuestión no es para nada insignificante.

Del mismo modo, a veces parece que la intención de atestiguar la fe en el mundo es algo que hay que confiar a iniciativas extraordinarias o incluso espectaculares.

Pero encaminarse por este camino significa no marchar de acuerdo con lo que Jesús dijo e hizo en el Evangelio, ni con la propia realidad del vivir humano, hecho de gestos cotidianos. La Iglesia, de este modo, se autoliquidaría; no se puede vivir, en efecto, de cosas extraordinarias, sino ordinarias: las cosas de cada día; el Evangelio no es para pocos elegidos ni está hecho de cosas vividas una vez y basta. Antes al contrario, es cuestión de salvación todos los días y para cada hombre.

El comienzo del Año de la fe coincide con los cincuenta años del comienzo del Concilio Vaticano II. Algunos atribuyen directamente a aquel acontecimiento la crisis de fe, llegando a interpretarlo como el origen del retroceso del cristianismo o incluso como el instrumento de penetración de un pensamiento no católico en la Iglesia. ¿Qué piensa usted?

Mi ordenación sacerdotal tuvo lugar en 1977, por lo que puedo decir que nací teológicamente y como sacerdote después del gran acontecimiento eclesial del Concilio ecuménico Vaticano II. Si volvemos a leer los textos conciliares, si interpretamos su espíritu a partir de la letra y no contra la letra, si no nos apresuramos a lanzar afirmaciones del tipo “por fidelidad al Concilio hay que ir más allá del Concilio” (frase en la que cada cual puede encontrar lo que más le guste cada vez), entonces no podemos más que considerar el Concilio como una verdadera gracia para la Iglesia de nuestro tiempo. También aquí, una vez más, Benedicto XVI nos ha indicado el camino principal hablando de la hermenéutica de la reforma en la continuidad y tomando las distancias de toda hermenéutica de la ruptura.

El Año de la fe tiene su precedente en el que declaró Pablo VI en 1967 y que culminó con la proclamación del Credo del pueblo de Dios. ¿Cómo vivió personalmente aquel momento, cómo lo recuerda?

Entonces yo era un adolescente, tenía catorce años; pero me acuerdo muy bien de que se percibía en los medios de comunicación, y por consiguiente en la sociedad, el crecimiento de un clima de sospecha y animadversión hacia el magisterio de la Iglesia. Estaba claro el intento de dividir el cuerpo eclesial, contraponiendo el magisterio –sobre todo el del Papa– a los fieles, considerados el verdadero pueblo de Dios. Se olvidaba, o quizá no se quería recordar, que la Lumen gentium, hablando del pueblo de Dios como de quien disponía del poder profético y carismático, afirma, citando a Agustín: «La universalidad de los fieles no puede equivocarse en creer... “cuando desde los obispos hasta a los últimos fieles laicos” (cfr. san Agustín, De praedestinatione Sanctorum 14, 27: PL 44, 980) muestra el consenso universal en cuestiones de fe y de moral». Eran años en los que, con una catequesis oportuna, se habría tenido que apoyar y acompañar mayormente la fe de los sencillos frente al enorme poder de los especialistas.

El Año de la fe coincide con una crisis económica que está ahogado incluso a las sociedades del bienestar. Alguien dirá que se busca refugio en lo espiritual para soportar los problemas materiales. ¿Qué tiene que ver, por ejemplo, la fe con la pérdida del trabajo que está angustiando también en Italia a millones de personas?

Corresponde a una idea equivocada de fe la de quien se refugia en la fe solo para no sucumbir a los problemas materiales; el creyente, efectivamente, es aquel que se adhiere al Señor Jesús prescindiendo de que las cosas, humanamente, le vayan bien o mal.

La fe, “sobre todo”, no tiene que ver con nada que sea colateral al hombre. El hombre no está ya completo en sí prescindiendo de su relación con Jesucristo. Antes bien, la fe es lo que lleva a la realización total humana respetándola en su especificidad y autonomía.

Dicho esto, qué duda cabe de que la fe sostiene de manera particular a quienes atraviesan momentos difíciles, ayudándoles a vivirlos y colocarlos en un horizonte más amplio; sin embargo, con esto la fe no exime al creyente de cumplir todos los pasos que humanamente ha de llevar a cabo y de todo lo que está en sus manos hacer.

En una historieta que circulaba en ámbito teológico hace algunos años, se cuenta que un barco se está hundiendo y que, entonces, el comandante ordena: «¡Los ateos a las pompas, los creyentes a rezar!».

Usted nació y creció en Génova y ahora es patriarca de Venecia. ¿Hay algún rasgo particular que connota y distingue la fe de la gente de mar?

El amor por la propia historia y el vínculo con las raíces, el mantener vivos los recuerdos y las tradiciones, el valor que se da a la religiosidad popular y, además, entender el sentido de la vida como viaje, ir hacia una meta. Por lo tanto, en última instancia, una gran apertura al futuro y a los demás. Por otra parte, el mar une orillas de países y continentes distintos, el mar hace posible la comunicación entre los hombres mediante encuentros e intercambios comerciales pero sobre todo culturales; en fin, el mar, precisamente en su inmensidad, se convierte en símbolo de Dios y de su infinidad.

El nuevo Patriarca de Venecia Francesco Moraglia durante la ceremonia de toma de posesión el 25 de marzo de 2012 [© Federico Roiter]

El nuevo Patriarca de Venecia Francesco Moraglia durante la ceremonia de toma de posesión el 25 de marzo de 2012 [© Federico Roiter]

¿Y qué diría usted de su fe? ¿Cómo germinó? ¿Qué acontecimientos y encuentros la alimentaron?

Mi fe, como asentimiento a las realidades creídas, es ahora la misma de cuando hace ya muchos años me preparaba para la primera comunión y de cuando era monaguillo; esto es para mí una cosa muy hermosa porque dice una vez más la verdad del Evangelio. Me refiero a la invitación de Jesús: dejad que los niños se acerquen a mí; la fe, de este modo, se muestra como es realmente a todos: niños y adultos, sencillos y doctos, ricos y pobres; aquí se muestra, en un sentido verdadero, toda la “democraticidad” de la fe.

La modalidad de adhesión, pues, no afecta a la sustancia del acto de fe que está, precisamente, en la gracia, adhesión al misterio y no elaboración cultural. Precisamente por esto, los diferentes y múltiples modo de adhesión, más o menos cultos, no tocan a la fe en sí, es decir, al sí que salva.

¿Y qué indicaciones les dará a todos para vivir el Año de la fe?

La indicación es volver a descubrir la fe en sus características propias, superando toda posible reducción y distorsión. El riesgo es hacer de ella una realidad intelectual o sentimental, no comprendiéndola ya como evento salvífico que hace que la humanidad se complete; el hombre, solo, no puede hacerlo, y la fe le permite realizar su humanidad; la fe completa lo que la criatura que soy yo solo entrevé y preanuncia.

Por eso, la indicación de método que Jesús da a los suyos, cuando los llama al apostolado, es fundamental. A la pregunta: maestro, ¿dónde vives?, Jesús responde invitándoles a seguirlo. También nosotros al comienzo de este Año de la fe, en primer lugar, hemos de volver a descubrir la vida eclesial como sequela Christi. Se trata de vivir no solamente en la Iglesia, sino, como decía casi hace un siglo Romano Guardini, la Iglesia. Y para ello es fundamental volver a centrarse en una oración más auténtica –especialmente la litúrgica­– y también volver a descubrir el gesto humilde de la peregrinación, señal de un camino común hacia la meta, que es el Señor Jesús, comienzo y realización de nuestra fe.

El Papa Luciani, también patriarca, hizo como Papa sus primeras catequesis sobre fe, esperanza y caridad. ¿De qué manera puede ofrecer esta figura puntos de edificación en la actividad pastoral?

Este año se cumple el centenario de su nacimiento, y trataremos de celebrarlo de manera digna. Algunos lo han considerado duro e incluso le han achacado que era demasiado fiel al Papa y a su magisterio. En realidad él trató en todo momento de poder componer las cosas y dar con la solución de los problemas. Y a más de treinta años de su muerte, en el pueblo y las parroquias ha quedado un recuerdo muy vivo de Luciani. Los venecianos, tanto de tierra como de mar, conservan un recuerdo grato y afectuoso de este patriarca. Lo recuerdan como un hombre de Dios, un pastor que dejó una huella en el pueblo, también con lo concreto de sus homilías y con su capacidad de diálogo y escucha.



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