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FRANCIA
Sacado del n. 06 - 2005

ANIVERSARIOS. Cien años después de la ley que sancionó la separación entre Iglesia y Estado

Elogio de la «sana laicidad»


Il cardenal francés Jean-Louis Tauran recorre la historia de las relaciones entre el Estado y la Iglesia en Francia desde 1905 hasta hoy: la promulgación de la ley anticlerical y laicista que suscitó polémicas y enfrentamientos y su aplicación, más razonable, lo que le ha permitido a la Iglesia vivir en paz. Entrevista


por Gianni Cardinale


La escarapela y las banderas francesas sobre la Catedral de Notre Dame en París

La escarapela y las banderas francesas sobre la Catedral de Notre Dame en París

De los aniversarios más importantes de este 2005 hay uno que ocupa un lugar importante, y es el centenario de la ley que sancionó en 1905 la separación entre Estado e Iglesia en Francia. Uno de los últimos documentos del pontificado de Juan Pablo II fue precisamente una carta sobre el tema enviada el pasado 13 de febrero al presidente y a todos los obispos del episcopado galo.
Para recordar los acontecimientos de hace cien años y sus repercusiones en la Francia de hoy, 30Días ha pedido un coloquio con el cardenal Jean-Louis Tauran, archivero y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana. Tauran es francés y antes de recibir la púrpura estuvo durante trece años al frente de la diplomacia de la Santa Sede. Nos recibe en su despacho de la Biblioteca Vaticana. Acaba de regresar de un viaje a Francia que le ha dado mucho espiritualmente: «Me he visto con un numeroso grupo de seminaristas del sur de Francia realmente espléndidos: viven con gozo su vocación y tienen una piedad eucarística sencilla y profunda. Luego he estado en Le Puy como invitado pontificio y he guiado la procesión del Corpus Christi por las calles de la ciudad: hacía cuarenta años que esto no sucedía…». Partiendo precisamente de su viaje a la patria es inevitable que una parte del coloquio toque el referéndum que a finales de mayo rechazó la llamada Constitución europea.
Antes de entrar de lleno en la entrevista el purpurado dedica un conmovido recuerdo a Juan Pablo II: «Era un Papa que le reconocía al catolicismo francés una gran influencia sobre toda la Iglesia católica. Él personalmente leía mucho las obras teológicas, filosóficas y literarias francesas. Y además recuerdo que varias veces me habló de su gran amistad con el cardenal Gabriel-Marie Garrone, que fue arzobispo de Toulouse y luego prefecto de la Congregación para la educación católica: me hablaba de él siempre con admiración».
Juan Pablo II escribió una carta a los obispos franceses con motivo de los cien años de la ley de 1905, definiéndola «un acontecimiento doloroso y traumático». ¿En qué sentido?
JEAN-LOUIS TAURAN: Esta ley fue percibida como una agresión contra la Iglesia católica, pues despojó a la Iglesia de todas sus propiedades y trató de organizarla según un modelo político democrático, pidiendo la formación de las llamadas “Asociaciones de culto” compuestas por laicos a los que los obispos deberían subordinarse. Fue una ley gravísima que, sin embargo, formaba parte de una historia que había comenzado durante la Revolución, con la constitución civil del clero de 1790, y que había continuado en los últimos decenios del siglo XIX con una imponente legislación anticlerical: supresión del reposo dominical, supresión de las escuelas católicas, supresión de las órdenes religiosas. Pero además, Émile Combes –que era un ex seminarista y sentía contra la Iglesia una acritud particular– pretendía nombrar a los obispos él solo, ¡sin el papa! Cuando luego el socialista Jean Jaurès le pidió a Jules Ferry, el gran arquitecto de la laicización del sistema escolar francés, cuál era su programa, la respuesta fue iluminadora: organizar la humanidad sin Dios. Ferry habló de la gran diócesis del pensamiento libre. La laicidad se convierte en una ideología de cambio. Decía también Ferry: hemos prometido la neutralidad religiosa, pero no hemos prometido la neutralidad filosófica ni la política. Era laicismo, no la sana laicidad, como la definió Pío XII, que la Iglesia no puede por menos que apoyar.
Pero ¿qué fue lo que hizo que los acontecimientos se precipitaran?
TAURAN: El presidente Émile François Loubet vino a Roma en abril de 1904 en visita oficial y fue al Quirinal para ver al rey, y entonces el Papa –ya que la Cuestión romana todavía no se había resuelto– no quiso recibirlo en el Vaticano. Luego la Santa Sede convocó a Roma a dos obispos franceses que tenían problemas en sus diócesis y de los que se sospechaba que eran demasiado filogubernamentales, por lo que París decidió romper las relaciones diplomáticas. Era el 30 de julio de 1904. El mes de noviembre siguiente el gobierno Combes presentó el proyecto de ley, muy restrictivo, sobre la separación, que sería aprobado, de manera más aceptable a propuesta de Aristide Briand, el 9 de diciembre de 1905 por el gobierno encabezado por Émile Rouvier.
La ley de 1905 provocó incluso enfrentamientos violentos entre la policía y los fieles…
TAURAN: Sí, sobre todo cuando los funcionarios querían penetrar en las iglesias para inventariar los bienes. Hubo enfrentamientos, heridos e incluso un muerto. Entonces, por suerte, el Estado comprendió –como dijo Georges Clemenceau, que era más dialogante– que un candelabro no vale una vida humana…
Le Monde publicaba un artículo en que decía que Juan Pablo II elogió la ley de 1905…
TAURAN: No hubo ningún elogio, ni podía haberlo. Pero se reconoció que esta ley, de todos modos, le ha permitido a la Iglesia vivir en paz, dado que nunca fue aplicada al pie de la letra: ha habido una jurisprudencia que, desde 1906, le ha dado una interpretación muy amplia. Y la opinión positiva de Juan Pablo II tenía que ver con este aspecto, no desde luego con la ley en sí…
¿Cuáles eran los contenidos más importantes de la ley?
TAURAN: La ley de 1905 contemplaba la abolición unilateral del Concordato napoleónico de 1801. Establecía que la República no reconoce ni financia ningún culto, considerando la religión sólo como dimensión cultual y no social. Establecía además que los bienes de la Iglesia quedaban englobados en el Estado, mientras que los edificios de culto se les confiaba gratuitamente a Asociaciones de culto elegidas democráticamente por los fieles. Fue especialmente contra este último punto contra el que el Papa reaccionó: la Iglesia católica no es una sociedad democrática, y el obispo no puede ser alejado de la guía de la Iglesia local. Por esto san Pío X, en la encíclica Vehementer nos de febrero de 1906 habló del laicismo, que es un verdadero apartheid religioso, como “la peste” de nuestro tiempo. Y los católicos la consideraron una monstruosa injusticia.
La clara separación entre el Estado y la Iglesia ¿ha tenido también aspectos positivos, es decir, de alguna manera ha purificado a la Iglesia francesa, alejándola de tentaciones mundanales?
TAURAN: Sí, esta ley paradójicamente hizo que la Iglesia fuera más evangélica, porque se hizo más pobre y se acercó más a la gente sencilla. Además, el no estar ya financiada por el Estado le ha dado también mayor libertad de expresión. Los fieles católicos hicieron piña alrededor de su Iglesia y fueron particularmente generosos. Esto había pasado ya con las leyes anticlericales precedentes. En 1903 el laicísimo Ferdinand Buisson, inspector general de enseñanza primaria, dijo: le hemos quitado a la Iglesia todo lo que era su fuerza: títulos, privilegios, riquezas, honores, monopolios, pero goza de una popularidad mayor que antes. Había un pueblo cristiano que reaccionó y defendió con afecto a su Iglesia.
Eminencia, aludía usted antes a que esta ley de 1905 en realidad nunca fue aplicada rígidamente…
TAURAN: En efecto, lo que vino después es una jungla legislativa de añadidos e interpretaciones. Por eso existe el temor de que volver a discutir la ley signifique abrir la caja de Pandora. Muchos dicen que es mejor conservar la ley actual, sin darle una interpretación fundamentalista, sino interpretándola según las disposiciones que guiaron durante un siglo su aplicación.
La ley, además, no fue aplicada en todo el país…
TAURAN: ¡Francia es diferente! Es un país especial. En los territorios de la República existen por lo menos cuatro regímenes jurídicos que regulan los cultos. La laicidad republicana según la ley de 1905 se aplica en todo el territorio francés con tres excepciones. En Alsacia y en Mosela –que en 1905 formaban parte del Reich alemán y que volvieron a Francia tras la I Guerra Mundial– se sigue aplicando el Concordato napoleónico de 1801 según el cual es el presidente de una República laica, como heredero del emperador, quien nombra a los obispos de Estrasburgo y Metz. En el departamento de la Guyana el catolicismo es religión oficial, según una ordenanza real de 1828. Por lo que respecta a las posesiones del Atlántico y el Pacífico, tenemos un estatuto de derecho público según lo establecido por los decretos de 1939. A ello hay que añadir que desde 2002 existe una Comisión de diálogo gobierno-Iglesia, presidida por el primer ministro y el nuncio apostólico, para resolver los problemas de la Iglesia en Francia. Como se ve, una situación muy sui generis. Como ya he dicho en otras ocasiones, quizá se ha de separar la Iglesia y el Estado, pero nunca se podrá separar a la Iglesia de la sociedad. En mi opinión, sería mejor hablar no tanto de separación, sino de distinción entre Iglesia y Estado.
En los años veinte, de todos modos, entre la Santa Sede y Francia fue posible la conciliación. ¿Quién cedió, Roma o París?
TAURAN: Ninguno de los dos. Fue un compromiso. Gracias también a un hecho importante sucedido en la I Guerra Mundial: la fraternización que ocurrió en las trincheras entre los soldados, los sacerdotes y los seminaristas, que también habían sido llamados al frente. Los jóvenes franceses, que habían sido educados en las escuelas laicas del Estado a considerar a los curas como gente aprovechada, descubrieron que la realidad era distinta de la propaganda laicista. Murieron en el frente 1.800 sacerdotes, 1.500 religiosos y 1.300 seminaristas. A ello se añadió el que el gobierno fuera consciente de que la Iglesia vivía, por así decir, en un Estado de no derecho. De este modo, tras conversaciones que duraron desde 1921 hasta 1924, se llegó a los llamados acuerdos Briand-Cerretti según los cuales los edificios de culto pasaron de las Asociaciones de laicos elegidos democráticamente a Asociaciones diocesanas presididas por el obispo. El papa Pío XI, para estar seguro de que Francia respetara este tipo de compromisos, pidió una ley sobre la libertad religiosa, pero el Estado francés no aceptó. De modo que se optó por una serie de documentos de diverso valor jurídico.
¿En qué consisten, pues, los acuerdos firmados por el entonces primer ministro Briand y por el arzobispo Bonaventura Cerretti, enviado especial de la Santa Sede?
TAURAN: Tenemos un promemoria sobre el giro de las relaciones diplomáticas de 1921, tras el cual Cerretti pasó a ser nuncio en París. También de 1921 tenemos otro promemoria sobre el nombramiento de los obispos, y además un intercambio de cartas entre el ministro de Exteriores y el nuncio apostólico a propósito de la Facultad teológica de Estrasburgo y de las Asociaciones diocesanas. Además existe un entendimiento verbal sobre el procedimiento para garantizar el valor jurídico de estos acuerdos. La Santa Sede manifestó la ratificación de estos acuerdos con la encíclica Maximam gravissimamque de enero de 1924, mientras que el Estado francés emitió el parecer del Consejo de Estado.
Los acuerdos Briand-Cerretti de 1924 fueron mantenidos en secreto en su época. ¿Por qué? ¿Siguen siendo secretos?
TAURAN: Se van a publicar, pero no sé cuándo. Hay que tener en cuenta la querelle jurídica de la que nacen estos acuerdos. Hay quienes los consideran verdaderos acuerdos internacionales y hay quienes no. También en Francia hay quienes los consideran acuerdos internacionales, y, por consiguiente, piensan que han de ser publicados en la colección oficial de tratados.
El problema, pues, no es si publicarlos o no. El problema es dónde publicarlos…
TAURAN: En cierto modo, sí.
El centenario podría ser una buena ocasión…
TAURAN: Desde luego. El problema es si Francia acepta incluir estos acuerdos en la Colección oficial de tratados internacionales. Por parte de la Santa Sede, como es obvio, no habría problemas.
Francia es el único país europeo que en su Constitución subraya su laicidad. Y, sin embargo, su actual presidente, Jacques Chirac, ha venido a Roma para tomar posesión del título de primer canónico honorario del Cabildo lateranense, título que se daba a los reyes del ancien régime. ¿No le parece raro?
TAURAN: Es un hecho rarísimo, pero refleja muy bien el carácter paradójico de las relaciones entre Iglesia y Estado en Francia. De un país de tradición católica muy arraigada en el que las ideas de la Revolución de 1789 tuvieron un impacto formidable.
Jean Louis Tauran

Jean Louis Tauran

El predecesor de Chirac en el Elíseo, François Mitterrand, nunca tomó posesión del título lateranense…
TAURAN: Ni tampoco pidió visitar oficialmente el Vaticano.
Y sin embargo tuvo una formación católica…
TAURAN: El presidente Mitterrand estaba bautizado y había recibido de su familia una educación cristiana. En su juventud fue católico devoto y no se avergonzaba de mostrarlo. Después, esta fe se debilitó. Pero él siempre tuvo nostalgia y pasión por las cuestiones últimas de la vida. Era amigo de Jean Guitton y con él mantuvo muchos coloquios sobre la muerte que ya sentía cercana. Cuando dio las disposiciones para su funeral, le preguntaron si lo quería laico o en la iglesia. Respondió: «Se puede pensar en una ceremonia religiosa». «Se puede pensar…»: una fórmula muy mitterrandiana. Recuerdo que precisamente en los funerales solemnes en Notre Dame, donde yo representaba a la Santa Sede, el cardenal Jean-Marie Lustiger hizo en la homilía un collage de citas del presidente que demostraban su fe cristiana, aunque a veces de manera implícita. Fue un personaje singular. Lo demuestra también un episodio que no conocía –pero que tampoco me ha sorprendió demasiado– y que fue referido por Radio Vaticana.
¿De qué se trata?
TAURAN: En las noticias del pasado 13 de marzo se contaron dos episodios ocurridos antes de su muerte. Primero «una visita al monasterio de Santa Catalina en el Sinaí, donde confesará que dejó lo mejor de sí mismo». Y luego «una devoción inesperada por santa Teresa de Lisieux: se llevaban en procesión las reliquias a París y la comitiva pasaba por delante de su apartamento, por lo que Mitterrand pedirá que se detenga, bajará trabajosamente, se quedará en silencio en el coche, colocando su mano sobre la urna». Son episodios, como ha subrayado la propia Radio Vaticana, que «dicen mucho de la complejidad del personaje».
Volvamos a la ley de 1905. ¿Es posible su revisión, teniendo en cuenta además el creciente número de fieles islámicos presentes en el Hexágono? Para el ministro Nicolas Sarkozy existe esta posibilidad. Lo escribió en su último libro La République, les religions, l’espérance.
TAURAN: Hace mucho tiempo que no vivo en Francia, de todos modos me parecería raro que una ley que tiene cien años sea tan perfecta que no pueda retocarse. Pero tanto Sarkozy como los obispos católicos advierten el peligro de volver a abrir un debate sobre las relaciones entre Estado e Iglesia que podría provocar el renacimiento del laicismo y el anticlericalismo. Así que muchos dicen: dejemos la ley como está y completémosla a la luz de la jurisprudencia del siglo pasado. Creo que esta es la solución que desean la mayoría de los obispos. Se ha de evitar que esta ley pueda interpretarse de manera fundamentalista, visto que por suerte nunca fue así.
Una pregunta sobre el libro de Sarkozy, visto que Le Figaro ha hablado de una visita del mismo al Vaticano para presentárselo al cardenal secretario de Estado, Angelo Sodano, al arzobispo Giovanni Lajolo y a usted mismo…
TAURAN: Sí, en aquella ocasión el ministro nos regaló un ejemplar de su libro. En el mío me escribió esta dedicatoria: «Su amigo, simplemente». Lo que me ha gustado de este libro es que ha sido escrito por un ministro que no tiene miedo de hablar de religión, afirmando que los cristianos no han de avergonzarse de su fe y no deben tener ningún complejo de inferioridad. Además es interesante la definición de laicidad que encontramos en el libro: «Creo en una laicidad positiva, es decir, en una laicidad que garantiza el derecho de vivir la propia religión como un derecho fundamental de la persona. La laicidad no es la enemiga de las religiones; todo lo contrario, la laicidad es la garantía para cada uno de nosotros de creer y vivir su propia fe».
Esta definición de laicidad podría tener repercusiones prácticas, como la financiación estatal a organismos religiosos…
TAURAN: Sobre el problema de la financiación de las iglesias, de las mezquitas y las sinagogas Sarkozy expresa sin duda, por decirlo así, un pensamiento heterodoxo con respecto a la gran mayoría del mundo político francés. Volviendo al libro, repito que lo que más me ha gustado es que Sarkozy ha tenido el valor de escribir un libro sobre la religión y de afirmar que es creyente. Claro que también hay en el libro algunas afirmaciones que habría que pulir o precisar.
¿Dependen todas estas discusiones sobre la religión de la masiva presencia islámica?
TAURAN: Otra paradoja francesa es que realmente esta discusión sobre la religión se debe al islam. Han sido los musulmanes los que han obligado a los gobernantes a plantearse el problema del papel de la religión en la sociedad de hoy, cuando durante años la filosofía dominante era: se puede hacer todo, incluso ser católico, pero sin que se vea. Esta es la respuesta que recibió un estudiante universitario francés de un compañero de estudios agnóstico.
El debate estalló en polémicas el año pasado, cuando se aprobó la ley en la que se prohíbe manifestar ostentadamente símbolos religiosos, cuyo objetivo era, en la práctica, prohibir en la escuela el velo de las muchachas islámicas…
TAURAN: Creo que la aplicación de la ley no ha sido tan tajante como se pudiera pensar. Algo parecido a la ley de 1905. Comprendo que para quien vive fuera de Francia resulte algo extraño que se haya de hacer una ley para esto. Pero en Francia se legisla mucho…
Una portada de Le Petit Journal de marzo de 1906 dedicada a los graves enfrentamientos entre los habitantes y las autoridades en Alta Loira tras la aprobación de la ley de separación entre el Estado y la Iglesia;

Una portada de Le Petit Journal de marzo de 1906 dedicada a los graves enfrentamientos entre los habitantes y las autoridades en Alta Loira tras la aprobación de la ley de separación entre el Estado y la Iglesia;

A propósito de islam, ¿lo considera un problema prioritario para la sociedad occidental y para la Iglesia?
TAURAN: Ante todo creo que no hay que hablar de un único islam, no hay que considerarlo como un bloque monolítico. La realidad nos dice que el islam es plural: hay varios islam. Yo, por ejemplo, desarrollé mi misión durante muchos años en Líbano, donde conocí a islámicos con los que me sentía perfectamente en sintonía, y a otros con los que las relaciones eran problemáticas. El año pasado, además, estuve en Qatar para un encuentro de diálogo islámico-cristiano organizado por el emir, quien propuso que la cita sucesiva fuera a tres bandas, con la participación también de representantes del judaísmo; la reacción de sus correligionarios fue glacial. Existen diversos islam. Esto representa también una dificultad para el diálogo: hallar un interlocutor representativo con el que hablar. Desde luego, el islam es un hecho. Estamos, por así decir, condenamos a dialogar con el mundo musulmán, porque el diálogo es la clave de toda solución duradera. Por desgracia, en Occidente tiene mucho éxito la ecuación islam igual a terrorismo. Pero esto no es cierto. Creo que la mayoría del mundo musulmán no ve la hora de desembarazarse de estas franjas terroristas que traicionan el verdadero mensaje islámico. Pero el camino es todavía largo.
Hoy día se suele contraponer el modelo francés, hostil al hecho religioso, al modelo estadounidense, más respetuoso con la fe y las instituciones eclesiásticas. ¿Comparte estas impresiones?
TAURAN: Esta realidad es el fruto de la historia. En los Estados Unidos el hecho religioso forma parte del paisaje. Hace meses me impresionó una encuesta según la cual el 85% de los americanos afirma que considera importante la oración cotidiana. Esta religiosidad es un hecho positivo siempre que no se transforme en fundamentalismo y proselitismo.
El panorama político estadounidense ha estado dominado en los últimos años por el fenómeno de los llamados neoconservadores, los neocons, en los que militan algunas influyentes personalidades de la Iglesia americana, hasta el punto de que algunos hablan de teocons. ¿Cree que este movimiento político-cultural puede ser exportado también a Europa?
TAURAN: Creo que no. Por lo mismo que he dicho antes. Lo que me preocupa es, de todos modos, que en Europa falten católicos coherentes en las estructuras gubernamentales y administrativas. No tenemos cristianos que tengan como vocación el servicio a la res publica. Esta es la gran laguna de nuestro continente. Me gustaría saber cuántos son los políticos que se declaran cristianos y que, por ejemplo, cuando participan en reuniones o encuentros los domingos, sienten la necesidad de participar en la santa misa.
En una intervención en el Pontificio Seminario Francés del pasado noviembre, afirmaba usted que transmitir la fe hoy día no debe tener nada que ver con “la propaganda o el proselitismo”. ¿Qué quería decir?
TAURAN: A veces se advierte el riesgo de que la misión evangelizadora de la Iglesia sea o se considere propaganda o proselitismo. Como Jesús hemos de ofrecer la que nosotros creemos que es la única Buena Nueva para el hombre de todos los tiempos. La discreción y el respeto que hemos de tener por quienes no creen han de ir al unísono con la comunión y el testimonio. La gente no se espera sermones o proclamas, le interesan sólo los cristianos que dan testimonio de su fe con su vida cotidiana.
Eminencia, una pregunta dictada por la actualidad. A finales de mayo el pueblo francés rechazó con un referéndum el proyecto de Tratado constitucional europeo que ha de ser ratificado por los veinticinco países de la Unión. ¿Cómo valora este hecho?
 una viñeta representa a dos miembros del gobierno Rouvier quitando un crucifijo

una viñeta representa a dos miembros del gobierno Rouvier quitando un crucifijo

TAURAN: Pienso que los franceses no han leído el texto del Tratado, y por eso no podían valorar bien lo que estaba en juego. De hecho bien pocos estarían en condiciones de dar una definición de Europa. Creo, pues, que han votado movidos por el miedo. Pero Europa sigue adelante; hemos de recordar que son los pueblos los que hacen Europa, no las instituciones. Aunque, como alguien me ha dicho, durante algunos años Europa vivirá según los Acuerdos de Niza y la Europa del euro será la única en función, y por ello la Europa política seguirá, por lo menos en el futuro próximo, siendo solo un proyecto. Pero, vuelvo a decir, el trabajo para conseguir una Europa unida ha de seguir, dado que «Europa es un espacio privilegiado de la esperanza humana», como afirma el Preámbulo del Tratado.
Un Preámbulo que parece que no le gustó mucho a la Santa Sede…
TAURAN: Desde luego, para los cristianos en el texto del Tratado hay graves lagunas, como la ausencia de la referencia a las raíces cristianas. Luego, los artículos relacionados con la vida, los derechos de la familia y la discriminación merecerían que se les diera otra formulación. Pero no hemos de olvidar que con el Tratado por primera vez el derecho primario de la Unión Europea contempla el diálogo institucional con las Iglesias. Lo cual no es poco.
Una última pregunta. ¿Qué puede significar para Europa la elección del cardenal Joseph Ratzinger al papado?
TAURAN: Nuestro papa Benedicto XVI, en su libro Una svolta per l’Europa, demuestra que en ninguna fase de su historia nuestro continente vivió de espaldas a lo sagrado. Así que, gracias a la cohabitación con Dios, Europa ha conseguido más o menos enseñar a los hombres a cohabitar entre ellos. Creo que la Iglesia de hoy, guiada por un Papa profundamente europeo ­–¡se llama Benedicto!–, puede dar su aportación al proceso de afirmación de una Europa en la que sus pueblos y ciudadanos puedan mirar al futuro con confianza, bajo la mirada de Dios.


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