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EDITORIAL
Sacado del n. 10 - 2005

Pocos enemigos


¿Por qué ha lanzado el líder iraní esta bomba que ha desencadenado una reacción difícil de superar? Quiero excluir la hipótesis de que esté ligada con esos círculos americanos que, lejos de haber aprendido del caso iraquí, desearían castigar a otro “reino del mal”


Giulio Andreotti


El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, durante la conferencia “The world without Zionism”, 
del 26 de octubre de 2005, en la que pidió que se cancelara de la faz de la tierra al Estado de Israel

El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, durante la conferencia “The world without Zionism”, del 26 de octubre de 2005, en la que pidió que se cancelara de la faz de la tierra al Estado de Israel

Una de las “máximas eternas” de Mussolini que más errónea me parecía era la de «Muchos enemigos, mucho honor». De hecho se salió de tal modo con la suya que Italia se encontró por primera vez en su historia en una posición de total aislamiento internacional. Durante la reconstrucción del país entramos a formar parte de la alianza atlántica (que bloqueó las iniciativas soviéticas agresivas, peligrosas hasta la crisis de la propia URSS) y comenzamos a construir la Europa comunitaria.
En este marco hay que interpretar la política exterior italiana, en la que destaca también una especial atención por el mundo árabe-islámico, dictada tanto por la antigua tradición cultural como por nuestra situación en el Mediterráneo, donde coexistimos con tantos países de este tipo. Desde luego no faltaron ni faltan las dificultades, que se presentan cíclicamente. Al principio, los movimientos de independencia de países como Argelia y Túnez despertaron simpatías que provocaban complicaciones político-diplomáticas con Francia. Por otra parte era ilógico que se explicara la pérdida de los territorios italianos de ultramar como desarrollo de la modernidad democrática mientras los protectorados de los demás seguían intactos. En torno a la lucha de liberación argelina se concentró especialmente un vasto movimiento contestatario, al que siguió posteriormente el interés por la causa palestina, que aún sigue siendo amplio y profundo, si bien la ocupación de Irak ha desplazado en parte la atención mundial.
Sin embargo, en las últimas semanas ha irrumpido un hecho de gran relevancia y peligrosidad. Con una inesperada salida el presidente iraní, Ahmadineyad, ha gritado que el Estado de Israel ha de ser borrado de la faz de la tierra.
Invectivas de este tipo llevaban tiempo sin escucharse, y en la ONU no se oye ya la recurrente y provocadora petición contra el sionismo. Antes bien, el mundo sigue con atención y esperanza el nacimiento de una nueva política en Palestina, que solamente un personaje no sospechoso de albergar simpatías por los palestinos como es Sharon podía poner en práctica. El éxodo de los colonos judíos de la Franja de Gaza tiene este enorme significado emblemático. Por otra parte hace años que los palestinos cancelaron de sus estatutos la demonización del Estado de Israel, como había anunciado Arafat desde Roma en 1982, confiando en el diálogo, con motivo de la Conferencia de la Unión Interparlamentaria.
¿Por qué ha lanzado el líder iraní esta bomba que ha desencadenado una reacción difícil de superar? Quiero excluir la hipótesis de que esté ligada con esos círculos americanos que, lejos de haber aprendido del caso iraquí, desearían castigar a otro “reino del mal”. Las hipótesis posibles son por lo menos dos. Por un lado se teme que la normalización israelo-palestina pueda producir amplios consensos con la línea de moderación contra la cual se oponen obstinadamente los jomeinistas empedernidos. Bajo este aspecto el aislamiento exterior que se ha creado alrededor del movimiento reformista iraní de Jatamí resulta especialmente erróneo y perjudicial. Sé que en un encuentro intercultural con americanos se llegó a hacer ironía sobre algunas reformas, como la pequeña elevación de la edad mínima de las mujeres para casarse. Pero aquí el tema nos llevaría lejos. La relación EE UU-Irán siempre ha sido difícil. Recuerdo una Nochevieja que el presidente Carter fue huésped del sha, y pronunció un discurso público en realidad muy severo sobre la necesidad de realizar grandes aperturas. Se pasó por alto la admonición y todos subrayaron la celebración de la amistad. No mucho tiempo después el sha tuvo que exiliarse y los americanos ni le permitieron morir en paz en su territorio.
En un libro de Schlesinger se habla de un intento sin éxito, que pasó por Italia, de solucionar la crisis creada con la ocupación de la embajada estadounidense en Teherán. Los expertos de Norteamérica pensaron en una desastrosa expedición de helicópteros, convencidos de que sería la señal para que la población, que pensaban que seguía fiel al exiliado, se sublevara. La crisis se resolvió inmediatamente después de la derrota presidencial de Carter.
Una manifestación antisraelí en Teherán, 
el 28 de octubre de 2005

Una manifestación antisraelí en Teherán, el 28 de octubre de 2005

Pero en todos los acontecimientos de Irán hay emblemáticas confusiones. Incluida la convicción del propio sha de la pequeñez del fermento revolucionario. Hablé con él después de un encuentro en Milán con estudiantes iraníes, divididos entre el neomarxismo y fieles a un regreso a la naturaleza después de la corrupción del modernismo industrial. Me llamó visionario, declarando que en su país existía gran libertad moderna y que él mismo podía hacer todas las recepciones que quería incluso durante el Ramadán. Pocos meses después tuvo que escapar.
Sobre la personalidad del sha, sin embargo, no hay que ser esquemáticos. Era un personaje con muchas facetas. Lo recuerdo frívolo en el Festival de Venecia y muy profundo en un encuentro con nuestro Estado Mayor de Defensa sobre los problemas de la seguridad.
Pero veamos la otra hipótesis para explicar las palabras de Mahmud Ahmadineyad.
Saltándonos muchas etapas intermedias (incluido el apoyo angloamericano calurosísimo a Sadam Husein cuando atacó a Irán), llegamos a un giro preocupante. Existe desde hace tiempo el temor de que Irán quiera dotarse de la bomba atómica (utilizo el viejo lenguaje) y esto inquieta como es obvio no sólo a Israel y a Norteamérica, sino a todos. En realidad el intento –legítimo- parece ser el de construir centrales eléctricas, y no es un obstáculo el que Irán posea grandes yacimientos petrolíferos. Los controles de la Agencia de Viena deberían asegurar esta finalidad “civil”, pero la sospecha de que pueda haber engaño siempre está ahí. De ahí las expresiones preocupadas, no sólo de Israel. El ala extremista de la revolución iraní se habría sentido ofendida racionalmente por este veto internacional y habría reaccionado con la dureza propia de estos extremistas.
Ante la amenaza de muerte contra Israel ha reaccionado gran parte del mundo, incluso con amenazas explícitas de hacerle la guerra a Irán. Hay quienes peligrosamente hablan de los “errores de Mónaco”, pidiendo de este modo una acción militar preventiva contra Irán. Pienso que, además de lo opinable que resulta una opinión tan drástica sobre la tregua de Mónaco, quienes hablan de guerra contra Irán señalan una pista llena de desgracias y que ha de ser rechazada
Ante la amenaza de muerte contra Israel ha reaccionado gran parte del mundo, incluso con amenazas explícitas de hacerle la guerra a Irán. Hay quienes peligrosamente hablan de los “errores de Mónaco”, pidiendo de este modo una acción militar preventiva contra Irán.
Pienso que, además de lo opinable que resulta una opinión tan drástica sobre la tregua de Mónaco, quienes hablan de guerra contra Irán señalan una pista llena de desgracias y que ha de ser rechazada. La ONU posee otros instrumentos para reaccionar a la provocación que se ha hecho, ayudando también a aislar a los provocadores del contexto de una población que desde luego no está de acuerdo. Entre otras cosas existe una presencia de cristianos, a los que nadie molesta. Recuerdo durante una visita mía que el presidente Rafsanyani me dijo: «Sé que usted se reunió ayer con los obispos católicos. Con sus amigos sauditas esto no le podría ocurrir».
Este es un momento en el que son necesarias dotes adicionales de reflexión y de distensión de ánimos.
No puede olvidarse que la moderación y la prudencia son virtudes, individuales y colectivas.


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