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Sacado de LECTURA ESPIRITUAL

En la tormenta, la ternura del Señor por sus niños


«El Padre celestial continúa y continuará guiando con firmeza y ternura sus pasos de niños, si tan solo se dejaran conducir por Él y confiaran en su poder y en la providencia de su amor hacia ellos», dijo el papa Pío XII en la solemnidad de los santos apóstoles y mártires Pedro y Pablo del año 1941



En esta festividad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, vuestros devotos pensamientos y afectos, amados hijos de toda la Iglesia Católica, tórnanse a Roma con la estrofa triunfal: «O Roma felix, quae duorum Principum – es consecrata glorioso sanguine! / ¡Oh Roma feliz, que has sido consagrada por la gloriosa sangre de estos dos Príncipes!». La felicidad de Roma, que es de sangre y de fe, es también vuestra felicidad; pues la fe de Roma, sellada aquí a ambas márgenes del Tíber con la sangre de los Príncipes de los Apóstoles, es la fe que se anunció a vosotros, que se anuncia y se anunciará en todo el mundo. Os gozáis con el pensamiento y con el saludo de Roma, porque sentís en vosotros la alegría de la universal romanidad de vuestra fe.

Hace diecinueve siglos que con la sangre gloriosa del primer Vicario de Cristo y del Doctor de las Gentes la Roma de los Césares fue bautizada Roma de Cristo, cual eterno símbolo del Principado indefectible de la sacra Autoridad y del infalible Magisterio de la fe de la Iglesia; y con aquella sangre se escribieron las primeras páginas de una nueva y magnífica historia: la de las sacras luchas y victorias de Roma.

¿Habéis pensado alguna vez en los sentimientos y los temores del pequeño grupo de cristianos esparcidos por la gran ciudad pagana, cuando, luego que hubieron enterrado presurosamente los cuerpos de los dos grandes Mártires, el uno al pie del monte Vaticano y el otro en la vía Ostiense, se recogieron los unos a sus rincones de esclavos o de pobres artesanos, los otros a sus ricas moradas, y todos se sintieron solos y como huérfanos ante la desaparición de los dos grandes Apóstoles? Aun bramaba el furor de la tormenta poco antes desencadenada por la crueldad de Nerón contra la naciente Iglesia; todavía se alzaban ante sus ojos en horrenda visión las teas humanas que humeaban de noche en los jardines imperiales y los cuerpos desgarrados palpitaban aún por circos y por calles; parecía entonces que la implacable crueldad había triunfado, quebrando y echando por tierra las dos columnas que con sola su presencia sostenían la fe y el valor del pequeño grupo de cristianos. Entre los nubarrones de aquel sangriento atardecer, ¡qué angustia de dolor experimentarían sus corazones, al sentirse huérfanos del consuelo y de la compañía de aquellas dos voces potentes, abandonados a la ferocidad de un Nerón y al formidable poder de la grandeza imperial de Roma!

Pero contra la espada y la fuerza material del tirano y de sus esbirros habían ellos recibido un espíritu de fuerza y de amor, más poderoso que los tormentos y la muerte. Nos parece ver, en la siguiente reunión, en medio de la desolada comunidad, al anciano Lino, el primero que fue llamado a suceder al desaparecido Pedro, desarrollando con sus manos, temblorosas de emoción, el volumen del precioso papiro que conservaba el texto de la Carta enviada en otro tiempo por el Apóstol a los fieles del Asia Menor, y Nos parece escuchar las frases de bendición, de confianza y de consuelo que, lento, les releía: «Bendito Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos ha regenerado a una viva esperanza, mediante la resurrección de Jesucristo... Entonces os alegraréis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco por las diversas tentaciones... Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios..., descargando en Él todos vuestros cuidados, puesto que Él tiene providencia de vosotros... El Dios de toda gracia, que por Cristo Jesús nos llamó a su eterna gloria, después que hayáis padecido un poco, os perfeccionará, os consolará y os confirmará. ¡A Él sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos!» (1 P 1, 3.6; 5, 6-7.10-11).

También Nos, amados hijos, que por inescrutable designio de Dios hemos recibido, después de Pedro, después de Lino y de otros cien santos Pontífices, la misión de confirmar y de consolar a nuestros hermanos en Jesucristo (cf. Lc 22, 32), Nos, como vosotros, sentimos angustiarse Nuestro corazón ante el pensamiento del torbellino de males, de sufrimientos y de angustias, hoy desencadenado sobre el mundo. [...]

 

Ante tal cúmulo de males, de peligros para la virtud, de pruebas de toda clase, la mente y el juicio humanos parecen extraviarse y confundirse; y tal vez en más de uno entre vosotros se haya sobrecogido el corazón por aquel terrible pensamiento de duda, que quizás en otro tiempo, ante la muerte de los dos Apóstoles, tentó y perturbó a algunos cristianos menos firmes: ¿Cómo puede Dios tolerar todo esto? ¿Cómo es posible que un Dios omnipotente, infinitamente sabio e infinitamente bueno, permita tantos males que Él podría impedir tan fácilmente? Y aflora a los labios la palabra de Pedro, imperfecto aún, ante el anuncio de la pasión: «Que nunca suceda esto, Señor» (Mt 16, 22). No, Dios mío —piensan ellos—, ni vuestra sabiduría, ni vuestra bondad, ni vuestro mismo honor pueden tolerar que el mal y la violencia dominen de esa suerte en el mundo, se burlen de Vos y triunfen sobre vuestro silencio. ¿Dónde está vuestro poder y providencia? ¿Habremos de dudar también de vuestro divino gobierno o de vuestro amor para con nosotros?

«Tú no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mt 16, 23), respondió Cristo a Pedro, como había hecho decir al pueblo de Judá por medio del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (ls 55, 8).

Como niños ante Dios son todos los hombres; todos, hasta los más profundos pensadores y los más experimentados conductores de los pueblos. [...]

Querrían ellos justicia inmediata, y se escandalizan ante el poder efímero de los enemigos de Dios o ante los sufrimientos y las humillaciones de los buenos; pero el Padre celestial, que a la luz de su eternidad domina y penetra las alternativas de los tiempos, así como la serena paz de los siglos sin fin; Dios, que es bienaventurada Trinidad, llena de compasión por las debilidades, las ignorancias y las impaciencias de los hombres, pero que los ama demasiado para que sus culpas puedan torcerle de sus vías de sabiduría y de amor, continúa y continuará haciendo nacer su sol sobre los buenos y sobre los malos, y llover sobre los justos y sobre los injustos (Mt 5, 45), guiando con firmeza y ternura sus pasos de niños, si tan solo se dejaren conducir por Él y confiaren en su poder y en la providencia de su amor hacia ellos.

¿Qué significa confiar en Dios? Tener confianza en Dios significa abandonarse con toda la fuerza de la voluntad sostenida por la gracia y por el amor, no obstante todas las dudas sugeridas por contrarias apariencias, en la omnipotencia, en la sabiduría y en el amor infinito de Dios. Es creer que en este mundo nada escapa a su providencia, ni en el orden universal ni en el particular; que nada sucede, ni ordinaria ni extraordinariamente, que no esté previsto, querido o permitido, siempre dirigido por ella a sus altos fines, que en este mundo son siempre fines de amor a los hombres. […]

 

Por haber languidecido la fe en los corazones humanos, por el afán de placeres que informa y fascina la vida, los hombres se sienten harto inclinados a juzgar como males, y males absolutos, todas las desventuras físicas del mundo. Han olvidado que en el alba misma de la vida humana, y cual camino para las sonrisas de una cuna, se encuentra el dolor; han olvidado que las más de las veces no es él sino un reflejo de la Cruz del Calvario en el sendero de la resurrección; han olvidado que la cruz es casi siempre un don de Dios, don necesario para ofrecer a la divina justicia también nuestra parte de expiación; han olvidado que el único verdadero mal es el pecado que ofende a Dios; han olvidado lo que dice el Apóstol: «Los sufrimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la futura gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8, 18); y que debemos contemplar al autor y al consumador de la fe, Jesús, el cual soportó la cruz en vez del gozo que se le ofrecía (Hb 12, 2).

A Cristo crucificado en el Gólgota, virtud y sabiduría que atrae hacia Sí el universo, miraron en las inmensas tribulaciones de la difusión del Evangelio, viviendo clavados en la Cruz con Cristo, los dos Príncipes de los Apóstoles, muriendo Pedro crucificado, doblegando Pablo su cabeza bajo la espada del verdugo, como campeones, maestros y testigos de que en la cruz está el consuelo y la salvación y de que en el amor de Cristo no se vive sin dolor. A esa cruz, brillante como camino, verdad y vida, miraron los protomártires romanos y los primeros cristianos en la hora del dolor y de la persecución. Miradla también así vosotros, oh amados hijos, en vuestros sufrimientos, y encontraréis la fuerza no sólo para aceptarlos con resignación, sino para amarlos y para gloriaros de ellos como los amaron y se gloriaron los Apóstoles y los santos, nuestros padres y hermanos mayores, plasmados también con vuestra misma carne y vestidos con vuestra misma sensibilidad. Mirad vuestros sufrimientos y vuestras angustias a través de los dolores del Crucificado, a través de los dolores de la Virgen, que, siendo la más inocente de las criaturas, fue la que más participó de la divina pasión, y sabréis comprender que el conformarse a la imagen del Hijo de Dios, Rey de los dolores, es el camino más augusto y seguro para el cielo y para el triunfo. No miréis únicamente las espinas con que el dolor os aflige y os hace sufrir, sino más bien el mérito que vuestro sufrir hace florecer cual rosa de corona celestial; y entonces, con la gracia de Dios encontraréis el valor y la fortaleza de aquel heroísmo cristiano, que es sacrificio a la par que victoria y paz que supera todo sentido; heroísmo que vuestra fe tiene derecho a exigiros.

«Finalmente (repetiremos con las palabras de San Pedro), tened todos un mismo sentir, sed compasivos, amantes de los hermanos, misericordiosos, modestos, humildes: no devolviendo mal por mal, ni ultraje por ultraje, sino, al contrario, bendiciendo: ... a fin de que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien es la gloria y el imperio por los siglos de los siglos» (1 Pe 3, 8-9; 4, 11).



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