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Sacado de LECTURA ESPIRITUAL

El martirio de los santos Nabor y Félix

12 de julio


297 d. de C. Dos soldados del ejército imperial llegan a Milán procedentes de África. Son martirizados en Lodi. Aunque son extranjeros y huéspedes, Ambrosio los considera el granito de mostaza del que nace la Iglesia de Milán


por Lorenzo Cappelletti


«Se puede fácilmente imaginar la sorpresa y la alegría» (es él mismo quien se expresa así) de Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, cuando, la vigilia de la Navidad de 1959, el obispo de Namur le dio la noticia de que casualmente se ha­bían hallado los cráneos de los santos mártires Nabor y Félix. Y añadía: «Debemos considerarnos afortunados por este excepcional episodio que nos reclama al estudio de nuestra historia religiosa, ligada, con un nudo hecho por el mismo san Ambrosio, a la memoria de estos santos, nos invita a considerar la importancia que tuvo la veneración de las reliquias en nuestra espiritualidad ambrosiana, nos exhorta a renovar nuestro culto hacia estos pignora de nuestra fe». Estos dos soldados fueron, en efecto, pignora de la Milán cristiana; es decir, fueron al mismo tiempo signos ciertos, prendas y rehenes, según los diferentes significados del término latino. En los cimientos de aquella Iglesia de Milán, todavía pequeña en la época de la persecución de Diocleciano y sterilem martyribus (sin mártires), como dirá más tarde san Ambrosio, se escribían por fin algunos nombres. Finalmente en esos cuerpos comenzaba aquella Iglesia a tener la prenda de su fe.

Desde las lejanas tierras del África occidental habían sido donados en prenda a aquella Iglesia de Milán. Eran Mauri genus, es decir, procedían de Mauritania, y quizás pertenecían a aquella tribu de los Getulos que fue una de las reservas de hombres para los ejércitos del Bajo Imperio. Tenían su cuartel en Milán, entonces residencia del augusto Maximiano Hercúleo, y también de sus tropas especiales. «Solo hospites terrisque nostris advenae / huéspedes de nuestro suelo, y de paso por nuestras tierras», los define san Ambrosio. Y, sin embargo, ellos son por antonomasia los Mediolani martyres (los mártires de Milán), porque su verdadero nacimiento (dies natalis) no se produjo por la sangre getula de su madre carnal, sino por la sangre del martirio (dos ampollas de cristal conservan aún las huellas de esa sangre, recogida con primor, como tantas otras veces ha sucedido, por algún cristiano).

Los mataron con la espada, tras saber que eran cristianos, en aquella primera anticipación de la persecución de Diocleciano del año 297, que consistió en la depuración del ejército o en medidas degradantes para quienes se negaban a rendir culto idólatra.

No hay nada fabuloso o inventado en este martirio. Así como tampoco en otros muchos martirios de soldados.

El ejército era desde hacía tiempo, por lo menos desde la mitad del siglo III, una de las columnas del poder imperial: el otro, irrenunciable para el poder del momento, era la recuperación de la antigua tradición religiosa: la fidelidad a ella se consideraba el único criterio de verdad, moralidad y orden. Por ello Diocleciano y Maximiano, las dos augustos jefes del impero, habían tomado desde el 289 los títulos de Iovius y de Herculius, respectivamente, queriendo basar su autoridad en la autoadopción en la familia de las tradicionales divinidades romanas. Por una parte algunos filósofos prestados a la política, como Teotecno o el neoplatónico Hierocles, aportaban con impaciencia furiosas bases teoréticas y razones más refinadas a esa política religiosa. Por otra, la poderosa casta de los arúspices, tradicionales guardianes del paganismo etrusco-romano, fomentaban la misma política religiosa denunciando la presencia de los cristianos como la causa del “silencio” de la divinidad, es decir, de la ineficacia de sus vaticinios.

De modo que Nabor y Félix –que por lo que narra su Passio del siglo V eran ya cristianos: por lo que no fue en Milán donde recibieron la fe, como parece sugerir san Ambrosio Himno (rehenes sí, pignora, pero totalmente dados, no debidos)– sufren el interrogatorio ritual y se les obliga a rendir culto a los dioses del Imperio. Su rechazo comporta la pena capital en Lodi, donde probablemente existía una comunidad cristiana más numerosa a la que había que aterrorizar. Sus restos, sustraídos por alguna matrona, se devuelven a Milán (incluso como víctimas son de nuevo donados a esta comunidad), y se convierten en objeto de veneración. Hasta que san Ambrosio descubre cerca de sus sepulcros los restos de los santos Protasio y Gervasio, cuyas huellas se habían perdido, aunque no en la memoria de los cristianos milaneses más viejos. «Senes repetunt audisse se aliquando horum martyrum nomina, titulumque legisse. Perdiderat civitas suos martyres quae rapuit alienos / Los viejos repiten que oyeron los nombres de estos mártires [Protasio y Gervasio], y leyeron en una inscripción sus nombres. La ciudad que robó los mártires ajenos, había perdido los suyos [Protasio y Gervasio]».

El culto de los mártires reencontrados suplanta al de Nabor y Félix, y lo mismo ocurre con la nueva Basílica, hecha construir por san Ambrosio para Protasio y Gervasio, respecto a la pequeña y antigua Basílica naboriana, de la que ni siquiera queda rastro en la época moderna.

No podían tener otro destino estos pignora. «Granum certe sinapis res est vilis et simplex: si teri coepit vim suam fundit... Granum sinapis martyres nostri sunt Felix, Nabor et Victor: habebant odorem fidei sed latebant. Venit persecutio, arma posuerunt, colla flexerunt, contriti gladio per totius terminos mundi gratiam sui sparsere martyrii, ut iure dicatur: in omnem terram exiit sonus eorum. / Un grano de mostaza es verdaderamente algo humilde y simple: sólo si se rompe irradia su fuerza... Grano de mostaza son nuestros mártires Félix, Nabor y Víctor: aunque latente, poseían la fragancia de la fe. Llegó la persecución, depusieron las armas, doblaron el cuello; matados con la espada, difundieron la gracia de su martirio hasta los confines del mundo, para que a buen derecho se diga: por todas las tierras se ha difundido su voz».

Pero así como Víctor tuvo morada estable en Milán y separada de la de sus dos compañeros de milicia y de martirio, la semilla de los santos Nabor y Félix siguió esparciendo su fuerza hasta los confines del mundo.

El lugar donde seguían reposando cada vez más rebajados se había convertido desde 1200 en la sede de una iglesia y luego de un convento franciscano. En el otoño de 1797 fue destinado a cuartel, primero de la caballería cisalpina, y más tarde de las tropas francesas. Nabor y Félix «arrancados a impíos cuarteles» –como dice san Ambrosio en el Himno que les dedicó– ¡allí habían ido a parar de nuevo! Pero de allí volaron bien pronto, en medio de la confusión de aquellos años, escondidos (latebant, como antaño) en sus bustos preciosos de los que algún soldado se había encaprichado o con los que se había lucrado. Y así llegaron a Namur, en aquel entonces francesa como casi toda Europa. Esa Namur que tiene una extraña asonancia con el nombre latín Nabor (o según otra grafía Navor). Luego fueron entregados al arzobispo de Milán, quien como papa iba a cultivar temas bien diferentes a «la historia religiosa» o «la espiritualidad ambrosiana», como decía en 1959. Ya en los huesos y con la voz rota por el llanto, Pablo VI tuvo que gritar su fe en Jesucristo, renegando de la preciosa envoltura cultural en la que se había formado, que ya no era más que un sofocante capullo que iba a convertirlo a él en crisálida vacía. Aquel grito liberó su vuelo, más aún de lo que él hubiera podido imaginar, convirtiéndolo en discípulo en el presente y en la carne de aquellos santos mártires. Le había dicho Jesús a Pedro: «Cuando eras joven tú mismo te ceñías, e ibas donde querías, pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con la que iba a glorificar a Dios» (Jn 21, 18-19).



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