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Sacado de LECTURA ESPIRITUAL

El martirio de san Alejandro

26 de agosto


Año 303. Un grupo de militares convertidos al cristianismo está en la cárcel por la fe. Su unidad asombra a los carceleros. Huyen. Y la vía de la fuga se convierte en el camino de la gloria


por Lorenzo Cappelletti


Un grupo de cristianos está huyendo de Milán, residencia del augusto de Occidente Maximiano Hercúleo y de su corte. Huyen hacia la ciudad de Como. Quizás en el verano del 303. Tampoco se puede establecer el mes ni el día. Pero la tradición ha conservado los nombres de estos hombres. Llevaron sobre su frente el nombre del Cordero: no podían caer en el olvido.

El signifer Alejandro, un oficial que comandaba el primer manípulo de los triarii (los soldados elegidos, los últimos que entraban en batalla); sus compañeros de milicia Casio, Severo, Segundo y Licinio; Fidel, el fiel hijo espiritual del santo obispo de Milán, Materno; dos funcionarios imperiales, Carpóforo y Exanto, que se habían declarado cristianos durante la detención de Alejandro y sus compañeros. Estos eran los componentes de ese grupo heterogéneo, pero al mismo tiempo tan unido en la profesión de la única fe que dejó estupefacto al carcelero pagano (impius) Silano frente al milagro de su unidad (forte viderat miraculum: había asistido a un milagro).

Los notables del grupo, Carpóforo y Exanto, habían podido, por la posición que ocupaban, sacar de la cárcel a Alejandro y a sus compañeros, y con Fidel les estaban ayudando a huir. Su intención con la huida era evitarles la dura prueba de la cárcel y de las torturas que quizá les habría obligado a apostatar. Esos cristianos sabían que no hacía falta hinchar el pecho. También la huida podía bastar para glorificar a Dios.

Alejandro y sus compañeros habían sido encarcelados (in cippo constricti) porque eran cristianos, en la cárcel Zebedeo de Milán (sobre la que luego se construyó en el siglo V una iglesia que será una de las parroquias milanesas más antiguas).

Desde los años 297-298 la persecución, querida por el mismo Diocleciano en su primera fase, había comenzado por los militares, los más expuestos, porque tenían el deber inderogable de honrar públicamente a los dioses del Imperio. No se quería, sin embargo, que hubiera derramamientos de sangre, porque los tiempos requerían la máxima unidad en las filas del ejército. La Legión tebana, por ejemplo, a la que pertenecían esos soldados, estaba a punto de salir hacia las Galias, donde desde hacía decenios reinaba un estado de endémica anarquía. No se podía quebrantar la disciplina. Y a la disciplina pertenecían también, si no sobre todo, los actos de culto que se celebraban en coincidencia con festividades simbólicas. Con estos actos se medía la fiabilidad de las tropas y maxime de los oficiales (¿en qué se diferencian nuestros días?). Alejandro y sus compañeros se negarían a hacer algunos de estos actos de culto y por eso fueron encarcelados. Luego, como hemos visto, encontraron una vía de fuga. Aunque muy pronto fueron capturados.

La Passio dedicada a ellos dice que el 7 de agosto Carpóforo y Exanto fueron capturados y muertos en la localidad de Selvotta (Como); y el Martirologio romano da la misma fecha para el dies natalis de Casio, Severo, Segundo y Licinio, aunque de ellos no se conserva ninguna Passio. Fidel, que se había separado de sus compañeros –según narra su Passio–, fue capturado poco después y muerto en la localidad de Samolaco (Sondrio). Al parecer sólo Alejandro fue conducido de nuevo a Milán y llevado ante el emperador que de varias maneras le rogó que sacrificara a los dioses porque, narra la Passio, el emperador le estimaba. «Usque nunc quidem adhaesisti mihi / en efecto, hasta ahora te estimaba».

En una época oficialmente ya cristiana (es decir, desde los siglos IV-V) se comenzará a hablar, como lo hace la Passio Alexandri (que tal vez se remonta a esa época, por lo menos en su núcleo originario), del emperador Maximiano y de otros emperadores como de tiranos feroces y crueles; también lo dice la Passio Alexandri«saevissimus et crudelissimus», contradiciéndose, por lo demás, como hemos visto. Eran, desde luego, hombres de poder sin muchos escrúpulos, pero realmente Maximiano y sus predecesores, así como sus funcionarios, no empleaban ninguna crueldad gratuita contra los cristianos. La tradición y la ley les obligaban a exigir actos de obediencia formal. El hecho de que ya nada era formal lo experimentaban y por tanto lo entendían los cristianos, pero para los paganos todo lo era y principalmente la religión, que en su significado propio quiere decir “repetición exacta de las ceremonias” (religio, de relegere = repetir).

Por tanto, no causa asombro que salieran a buscar a ese grupo de cristianos. La orden, según la Passio Alexandri, no era de matarlos, sino de devolverlos a la cárcel (luego, como sucede a menudo se ensañarían contra ellos). Si acaso lo que asombra –pero históricamente es totalmente plausible (era un oficial)– es que únicamente Alejandro se salvara de la muerte, y sobre todo la insistencia persuasiva con la que se tratará de todos los modos posibles de salvarle de la pena capital, incluso obligándole físicamente a sacrificar.

Alejandro se rebela también en esta ocasión y, según la Passio, se escapa de nuevo. Tras cruzar el río Adda, se refugia en los bosques cercanos a Bérgamo. Pero es capturado y esta vez no se salva de la decapitación, tras negarse por enésima vez a hacer sacrificios idolátricos. Una mujer, Grata, con una mezcla de compasión instintiva y de apertura a la gracia (que fuera también de María Magdalena, de Salomé y de María de Santiago) recogió sus restos para dárselos a Bérgamo como pretiosissimus thesaurus, y así hacer de ellos fundamento histórico cierto y no convencional de esa Iglesia.

Tal vez Manzoni, que en recuerdo de su abuelo llevaba el nombre del santo mártir, quiso, en el capítulo XVII de Los Novios, que Renzo tomara, por malezas y campos, el camino de fuga de Milán a Bérgamo que había hecho el signifer Alejandro. Como Alejandro, Renzo huía solo y con miedo, pero, a diferencia de Alejandro, no tuvo, ni siquiera en la ficción novelesca, que ofrecer su cuerpo. El cuerpo en sacrificio ya había sido ofrecido, a su pesar, por esos soldados, cuando entre Milán, Bérgamo y Como, no se sabía qué era el cristianismo. Se habían negado, con una obstinación ilógica a los ojos de los paganos, a ofrecer el sacrificio a los ídolos, para ofrecerse a sí mismos como víctimas vivas al Dios vivo. Realizando, quizá sin siquiera conocerlas, las palabras de Pablo: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual». Loghikèn latreían: esa única devoción lógica, digna del hombre.



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