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La política, la moral y el pecado original
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Los discursos del presidente estadounidense Barack Obama en la University of Notre Dame y en la Universidad islámica Al-Azhar de El Cairo se pueden confrontar útilmente con elementos de la fe y de la doctrina social cristiana |
por el cardenal Georges Cottier, op
teólogo emérito de la Casa Pontificia
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 | | El presidente Barack Obama durante su discurso a la University of Notre Dame de South Bend (Indiana) el 17 de mayo de 2009 [© Associated Press/LaPresse] | | |
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En las últimas semanas Barack Obama
pronunció dos importantes discursos oficiales en dos contextos
universitarios muy distintos. El 17 de mayo habló en la University
of Notre Dame, la universidad católica de Indiana donde había
sido invitado para recibir el doctorado honoris
causa con ocasión de la tradicional
ceremonia de graduación de 2.900 estudiantes. El pasado 4 de junio,
en El Cairo, desde la Universidad islámica Al-Azhar, considerada el
principal centro de enseñanza religiosa del islam suní,
pronunció un largo discurso dirigido especialmente al mundo
islámico.
No quiero hacer un comentario político, que no
es de mi competencia. Pero me llamaron la atención muchos acentos
contenidos en las dos intervenciones del presidente de Estados Unidos.
Más allá de los temas tratados, los discursos han manifestado
una mirada sobre el hecho político que podemos confrontar
útilmente con elementos fundamentales de la doctrina social de la
Iglesia católica.
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En el discurso de Notre Dame me llamaron enseguida la
atención las palabras que Obama dirige ya desde el incipit a la juventud. El
presidente advierte que estamos atravesando un momento histórico
particular, y describe esta circunstancia como un
privilegio y una
responsabilidad para los jóvenes. Ya
en este enfoque positivo hay algo de cristiano. Las tareas de cada
generación son tareas en las que la Providencia de Dios no
está ausente.
Para valorar completamente el alcance de las dos
intervenciones hay que tener presentes dos premisas. Ante todo hay que
decir que sus discursos conciernen a problemas de la sociedad temporal. Y
la Iglesia ha reconocido, también en importantes encíclicas y
documentos del magisterio, la autonomía de las sociedades
temporales. Autonomía no significa separación, antagonismo,
aislamiento u hostilidad entre la sociedad temporal y la Iglesia.
Simplemente, la Iglesia reconoce que la sociedad temporal tiene su propia
consistencia, con sus propios fines. En el diálogo con esta
realidad, la aportación ofrecida por la Iglesia –que
representa el Evangelio y los valores de la gracia– no niega ni
oscurece sino que al contrario valoriza esta autonomía de la
sociedad temporal.
La segunda premisa es que Obama habla del mundo tal y
como es hoy. Sus palabras se refieren a los Estados Unidos, pero con los
grandes movimientos de poblaciones que han tenido lugar en los
últimos decenios, sus palabras pueden aplicarse a todas esas
áreas del mundo –especialmente en Occidente– actualmente
habitadas por sociedades pluralistas. Obama es un jefe de gobierno que
tiene que vérselas con una sociedad pluralista. Este es un dato que
hay que tener presente si de verdad se quieren comprender sus palabras.
De hecho, el discurso en la University of Notre Dame
está sembrado de referencias tomadas de la tradición
cristiana. Hay, por ejemplo, una expresión que aparece con
frecuencia, «terreno común», que corresponde a un
concepto fundamental de la doctrina social de la Iglesia, el del bien común.
En la mentalidad actual se da la tendencia a pensar que
la moral concierne sólo al ámbito de la vida y de las
relaciones privadas. En cambio, también la búsqueda del bien
común interpela la referencia a criterios y normas morales (cf. Pacem in terris, n. 80). La moral
es siempre la misma, no se modifica según si se aplica a la esfera
pública o a la privada. Pero la moral siempre tiene en cuenta el
objeto, la realidad a la que se aplica. En este caso, se trata de la
búsqueda del bien común en una sociedad pluralista.
El problema es más que nunca complejo:
cómo buscar juntos el bien común en una sociedad en la que
existen ideas diferentes e incluso conflictivas acerca de lo que es bien y
lo que es mal. Y cómo proseguir juntos en dicha búsqueda sin
que nadie esté obligado a sacrificar nada de sus propias
convicciones esenciales. Me parece que podemos estar de acuerdo con su modo
de enfocar la búsqueda de soluciones. También porque, al
proponerlo, Obama toma como punto de partida un dato que la
tradición cristiana siempre ha reconocido y tomado en
consideración: las consecuencias del pecado original. «Parte
del problema está en las imperfecciones del hombre, en nuestro
egoísmo, en nuestro orgullo, en nuestra obstinación, en
nuestra avidez, en nuestras inseguridades, en nuestros egoísmos:
todas nuestras crueldades grandes y pequeñas que en la
tradición cristiana se entienden arraigadas en el pecado
original».
En un punto de su discurso dice Obama: «La
ironía última de la fe es que necesariamente admite la duda.
Conocer con certeza lo que Dios ha previsto para nosotros, o lo que
Él nos pide, supera muestras capacidades humanas. Y aquellos de
nosotros que creen, deben confiar en el hecho de que su sabiduría
[la sabiduría del Señor, n. de la
r.] es superior a la nuestra».
Aparentemente, hay en este fragmento palabras que parecen desentonar con
las enseñanzas de la Iglesia. Como escribe santo Tomás, la fe
en cuanto don de Dios es infalible. En la fe no existe la duda. La fe no se
equivoca. Pero el creyente puede equivocarse cuando su juicio no procede de
la fe. Además, es un hecho que el creyente, sobre todo frente a
algunas decisiones prácticas, se plantea preguntas sobre cómo
debe actuar, sobre qué criterios le sugiere la fe. Y ante casos
concretos de la vida, estos criterios pueden no parecerle siempre tan
evidentes y claros, pueden surgir casos de conciencia.
La segunda parte de la frase aclara el sentido que
Obama quiere dar a sus palabras: saber con certeza lo que Dios quiere de
nosotros «supera nuestras capacidades humanas», pero debemos
confiar «en el hecho de que su sabiduría es superior a la
nuestra».
Por su parte, la Iglesia católica mantiene y
enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser
conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a
partir de las cosas creadas. Pero el hombre, en las condiciones
históricas en que se encuentra, halla muchas dificultades para usar
con provecho esta capacidad natural, para llegar únicamente con sus
fuerzas a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal,
así como de la ley natural puesta por el Creador en nuestras almas.
Como explica también el Catecismo de la
Iglesia católica en los parágrafos
37 y 38, en los que se cita la encíclica Humani
generis, el hombre necesita ser iluminado por la
revelación de Dios, no solamente acerca de lo que supera su
comprensión, sino también sobre las «verdades
religiosas y morales que de suyo no son inaccesibles a la
razón», porque en el estado actual del género humano,
«a causa de los malos deseos nacidos del pecado original»,
estas verdades no pueden ser conocidas «sin dificultad, con una
certeza firme y sin mezcla de error».
En la doctrina cristiana, tener en cuenta las
consecuencias del pecado original no quiere decir convertirse en
cómplices del pecado, o renunciar a proponer a todos los hombres
también las verdades morales cuyo conocimiento, en la concreta
condición histórica que viven los hombres sobre esta tierra,
parece como ofuscado para muchos.
Tampoco Obama sugiere en su discurso que se hayan de
esconder las propias certezas morales, como si se debiera considerar
imposible o por lo menos inoportuno afirmar la existencia de verdades
objetivas en el contexto de una sociedad pluralista. Lo único
que hace es señalar que la experiencia de nuestro límite, de
nuestra propia fragilidad, de nuestra miseria, «no debe empujarnos
fuera de nuestra fe», sino que simplemente debe «hacernos
más humildes», permaneciendo «abiertos y curiosos»
incluso en situaciones de confrontación y de contraposición
sobre temas éticamente sensibles.
De este modo, la enseñanza tradicional sobre el
pecado original sugiere un enfoque de la realidad humana que puede resultar
útil, en las actuales circunstancias históricas vividas en
las sociedades pluralistas.
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 | Obama durante su intervención en la Universidad islámica Al-Azhar, El Cairo, 4 de junio de 2009 [© Associated Press/LaPresse] | | |
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Todas las sociedades pluralistas viven tensiones,
contrastes, divisiones acerca de lo que es justo y lo que es injusto. Pero
hay un modo democrático de vivirlas, que Obama describe en su
discurso y que puede estar en sintonía con una concepción
cristiana de las relaciones entre los hombres. Dice Obama: debemos estar
convencidos, como pre-juicio (dándole por una vez a esta palabra una
acepción positiva), que el otro actúa de buena fe. Incluso
quien no piensa como yo. Hemos de evitar la caricatura del otro, respetar
al otro, no demonizarlo. La democracia vive de esta inspiración di
raíz íntimamente cristiana. Cuando leí los discursos,
pensé enseguida en esa encíclica tan hermosa de Pablo VI, la Ecclesiam Suam, donde el papa
Montini escribe que el camino de las relaciones humanas en la sociedad es
el del diálogo, incluso sobre verdades vitales, por las que se puede
llegar a dar la vida.
No se trata de interpretrar a nuestro modo estos
discursos, sino de buscar puntos de contacto. El discurso en la University
of Notre Dame me recordó también la Dignitatis humanae, gran texto de la
doctrina social de la Iglesia, en el que se reconoce el deber de las
personas de buscar la verdad, que es un deber ante Dios y nace de la
naturaleza humana. Por tanto, cuando respeto al otro, yo respeto en
él esta capacidad de verdad.
Otra problemática que a veces causa tensiones en
las sociedades pluralistas es la reivindicación de la libertad
religiosa de los individuos frente al Estado. Esta reivindicación no
comporta como opción obligatoria para el Estado el indiferentismo
religioso, sino la conciencia de los límites de sus propias
competencias.
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Me ha impresionado que Obama no dejara de afrontar la
cuestión más espinosa, la del aborto, sobre la que
había recibido muchas críticas también de los obispos
estadounidenses. Por un lado estas reacciones están justificadas: en
las decisiones políticas respecto al aborto están implicados
valores no negociables. Para nosotros está en juego la defensa de la
persona, de sus derechos inalienables, entre los cuales el primero es
precisamente el de la vida. Ahora bien, en la sociedad pluralista hay
diferencias radicales acerca de este punto. Están los que como
nosotros consideran el aborto un intrinsece
malum; están los que lo aceptan, e
incluso algunos que lo reivindican como un derecho. El presidente no toma
nunca esta última postura. Al contrario, me parece que da
sugerencias positivas –lo subrayó también L’Osservatore Romano del
19 de mayo–, proponiendo de nuevo en este caso la búsqueda de
un terreno común. En esta búsqueda –advierte
Obama– nadie debe censurar sus propias convicciones, sino que al
contrario debe mantenerlas ante todos y defenderlas. El suyo no es para
nada el relativismo malentendido de quienes dicen que se trata de opiniones
que se contraponen a otras opiniones , y que todas las opiniones personales
son inciertas y subjetivas, y, por tanto, conviene dejarlas a un lado
cuando se habla de estas cosas.
Además, Obama reconoce la gravedad
trágica del problema; que la decisión de abortar
«desgarra el corazón de la mujer». El terreno
común que propone es el siguiente: trabajar todos juntos para
reducir el número de mujeres que tratan de abortar. Y añade
que toda reglamentación legal de esta materia debe garantizar de
manera absoluta la objeción de conciencia a los agentes sanitarios
que no quieran dar su asistencia a prácticas abortivas. Sus palabras
van en la dirección de disminuir el mal. El gobierno y el Estado
deben hacer de todo para que el número de abortos sea el menor
posible. Ciertamente es sólo un minimum, pero es un minimum precioso. Me recuerda la actitud de los primeros
legisladores cristianos que no abrogaron inmediatamente las leyes romanas
sobre prácticas no conformes o incluso contrarias a la ley natural,
como el concubinato y la esclavitud. El cambio se dio mediante un camino
lento, marcado muchas veces por marchas atrás, a medida que el
número de cristianos aumentaba en la población, y, con ellos,
el impacto del sentido de la dignidad de la persona. Al principio, para
garantizar el consenso de los ciudadanos y conservar la paz social, se
mantuvieron en vigor las llamadas «leyes imperfectas», que
evitaban perseguir acciones y conductas en contraste con la ley natural. El
mismo santo Tomás, que no tenía dudas sobre el hecho de que
la ley debe ser moral, añade que el Estado no debe poner leyes
demasiado severas y “altas”, porque serán despreciadas
por la gente que no será capaz de aplicarlas.
El realismo del hombre político reconoce el mal
y lo llama por su nombre. Reconoce que hay que ser humildes y pacientes,
que hay que combatirlo sin la pretensión de desarraigarlo de la
historia humana mediante instrumentos de coerción legal. Es la
parábola de la cizaña, que también vale a nivel
político. Por otra parte, esto en él no se convierte en
justificación de cinismo o de indiferentismo. El esfuerzo por
disminuir en lo posible el mal es persistente. Es una obligación.
También la Iglesia ha percibido siempre como
lejana y peligrosa la ilusión de eliminar totalmente el mal de la
historia por vía legal, política o religiosa. La historia,
también la reciente, está sembrada de desastres causados por
el fanatismo de quienes pretendían secar las fuentes del mal en la
historia de los hombres, acabando por transformar todo en un gran
cementerio. Los regímenes comunistas seguían exactamente esta
lógica. Así como el terrorismo religioso, que mata incluso en
nombre de Dios. Y cuando un médico abortista es asesinado por
militantes antiaborto –ocurrió recientemente en Estados
Unidos– hay que admitir que incluso los impulsos ideales más
altos, como la sacrosanta defensa del valor absoluto de la vida humana,
pueden corromperse y transformarse en su contrario, convirtiéndose
en palabras de orden a disposición de una ideología
aberrante.
Los cristianos son portadores en el mundo de una
esperanza temporal realista, no de un vano sueño utópico,
incluso cuando dan testimonio de su propia lealtad a valores absolutos como
la vida. Santa Juana Beretta Molla, la médico que muere por negarse
a seguir el tratamiento que habría podido hacerle daño a la
hija que llevaba en su seno, con su heroísmo ordinario y silencioso
toca los corazones no sólo de los cristianos; recuerda a todo el
mundo el destino común hacia el que tendemos. Es una forma
profética del estilo evangélico del testimonio cristiano.
Obama, en su discurso a la University of Notre Dame,
hace una alusión muy importante precisamente sobre este aspecto.
Cuenta de cuando participó en un proyecto de asistencia social en
los barrios pobres de Chicago –financiado por algunas parroquias
católicas– en el que participaban también voluntarios
protestantes y judíos. Allí se encontró con personas
acogedoras y comprensivas. Vio el espectáculo de las obras buenas
alimentadas por el Señor entre ellos. Y en este espectáculo
se sintió «atraído por la idea de formar parte de la
Iglesia. Fue mediante este servicio», concluye, «como fui
conducido a Cristo». Hace también un elogio conmovedor del
gran cardenal Joseph Bernardin, que entonces era arzobispo de Chicago. Lo
define «un faro y una encrucijada», amable en su modo de
persuadir y en su intento continuo de «acercarse a las personas y
encontrar un terreno común». En aquella experiencia, dice
Obama, «palabras y obras de las personas con las que trabajé
en las parroquias de Chicago tocaron mi corazón y mi mente».
El espectáculo de la caridad, que viene de Dios, tiene la fuerza de
tocar la mente y los corazones de los hombres. Y esta es la única
semilla de cambio real en la historia de los hombres. Obama cita
también a Martin Luther King, de quien se siente discípulo.
Que sólo cuarenta y un años
después del asesinato de King sea precisamente él el
presidente de los Estados Unidos es una señal, un signo y una prueba
de la eficacia histórica de la confianza en la fuerza de la verdad. En estos
mismos decenios, hemos visto tantas ideologías fundar sus
pretensiones de cambio en la violencia, desde los programas revolucionarios
hasta el proyecto de exportar la democracia con la fuerza militar. Y hemos
registrado sólo fracasos trágicos y pasos atrás. El
realismo humilde de Obama abre nuevos escenarios también a nivel
geopolítico, como confirmó su intervención en la
universidad islámica Al-Azhar de El Cairo.
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 | | Barack Obama en la Universidad Al-Azhar, el 4 de junio de 2009 [© Associated Press/LaPresse] | | |
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También en este discurso Obama trató de
individuar un «terreno común» sobre el que hacer
progresar las complicadas relaciones entre islam y mundo occidental, con
especial referencia a los Estados Unidos. En esta búsqueda,
según el presidente, cada uno está llamado a mirar dentro de
su propia tradición para encontrar los valores fundamentales y los
intereses comunes sobre los que construir el respeto recíproco y la
paz. Un enfoque de este tipo desmiente radicalmente las tesis del choque de
civilizaciones y es un antídoto contra la tendencia a aplicar
estereotipos negativos a los demás. Obama en su discurso, escuchado
por cientos de millones de musulmanes, siguió otra línea,
otorgando confianza total a la buena fe y a la capacidad de discernimiento
de los interlocutores. Precisamente por eso pudo tratar con valor y
claridad todos los puntos controvertidos: el extremismo violento –que
afecta a todos, empezando por los musulmanes–, las expediciones
occidentales en Afganistán e Irak, la utilización de la
tortura, la cuestión israelí-palestina, respecto a la cual
reafirmó el derecho de los dos pueblos a vivir con seguridad en su
propia patria y definió «intolerable» la
situación del pueblo palestino, en sintonía con lo que dijo
el Papa durante su reciente visita a la tierra de Jesús. Acerca del
tema nuclear, refiriéndose a Irán, Obama explicó que
no se le puede negar a nadie el derecho a usar la energía nuclear
para fines pacíficos. Reafirmando que hay que inclinarse por una
situación en la que ninguna nación –comenzando por la
suya– cultive el proyecto de recurrir a la energía nuclear en
ámbito militar. En su discurso de El Cairo, el presidente americano
reafirmó también que no se puede imponer la democracia desde
el exterior, y que en la marcha hacia la democracia cada pueblo debe
encontrar su propio camino. Subrayó que la libertad religiosa es
fundamental para la paz. Y en tierra islámica habló
también de los derechos de las mujeres. Entre las citas de los
textos sagrados –la Torah, el Corán y la Biblia– me
asombró que del texto bíblico eligiera citar el Sermón de la montaña, que está dirigido directamente a los discípulos de
Cristo. No está hecho in primis para la sociedad temporal, política y civil. Pero
Obama ha percibido su reflejo positivo y su inspiración sobre la
vida de la civitas.
Esto me ha recordado la intuición de Juan Pablo II sobre el reflejo
político del perdón y de las peticiones de
purificación de la memoria. No se ve cómo se puede salir de
situaciones intolerables, como las que se viven en Oriente Medio, si los
dolores de los hombres por las maldades y ofensas padecidas no son
abrazados y disueltos por la fuerza reconciliadora del perdón.
Imagino que este hombre, Obama, ha sentido todas estas
cosas, cuando tuvo que preparar sus dos discursos. Esto me sorprende. Y lo
veo como un hecho interesante, también para el compromiso
político de los cristianos en nuestro mundo global y pluralista.

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