El incendio de Roma y la primera persecución de Nerón «No respetó ni a Roma ni al pueblo»
El incendio de julio del 64 y la consiguiente persecución de los cristianos
por Marta Sordi
Si se hace excepción de Tácito (Anales XV, 38), que además de la versión
del incendio provocado intencionalmente por Nerón (dol
El incendio de Roma, Robert Hubert (1733-1808), Museo André Malraux, Le Havre, Francia
Si se hace excepción de Tácito (Anales XV, 38), que además de la versión del
incendio provocado intencionalmente por Nerón (dolo principis) conoce también la versión de los que lo
atribuían a la casualidad (forte), todas las fuentes antiguas lo atribuyen con
seguridad a Nerón, desde su contemporáneo Plinio el Viejo, cuya versión es
probablemente la base de la tradición posterior (Naturalis historia XVII, 1, 5), al autor senequista de la Octavia, desde Suetonio (Nero, 38) a Dión (LXII, 16, 18). El incendió estalló
el 19 de julio del 64 y duró, según Suetonio, seis días y siete noches, pero en
seguida comenzó de nuevo en la propiedad de Tigelino, lo que alimentó las
sospechas contra el emperador, y continuó durante otros tres días, como consta
por de una inscripción (CIL VI, 1, 829, que establece su duración en nueve días). Los modernos tienden a negar la
responsabilidad directa de Nerón en el incendio: todas las fuentes, sin
embargo, concuerdan en decir que se vieron a personas que avivaban el incendio
cuando ya había comenzado. Para los que dan la culpa a Nerón esta gente actuaba
iussu principis, «por
orden del emperador», para los que defienden su inocencia, según los cuales el
incendio había estallado por negligencia, por autocombustión, por el calor
estival, por el viento, esa gente lo hacía «para poder llevar a cabo con más
libertad sus robos». Para Suetonio y para Dión, sin embargo, estas personas
eran cubiculari
(camareros]9del emperador e incluso soldados, y su presencia puede autorizar
las peores sospechas. De la comparación entre Tácito y Suetonio se infiere
además que las precauciones que se tomaron y las intervenciones de socorro
fueron interpretadas como pruebas de la culpabilidad de Nerón: sobre todo la
destrucción, llevada a cabo por los soldados con el fuego, de edificios
cercanos a lo que será luego la Domus aurea y la prohibición a sus legítimos propietarios de
acercarse a sus casas para salvar lo salvable y recuperar los cadáveres de sus
muertos alimentaron muchas sospechas. También contribuyó a estas sospechas el
hecho de atribuirle al emperador un móvil concreto: no tanto el que Suetonio y
Dión, pero no Tácito, aceptan como seguro, el deseo de ver morir Roma bajo su
reinado, como Príamo había visto sucumbir Troya (deseo coronado con el famoso canto),
sino también y sobre todo el desprecio por la vieja Roma, con sus calles
estrechas y sus viejos edificios, y la voluntad de aventurarse en una gran
empresa urbanística, convirtiéndose en el nuevo fundador de Roma. Tácito es el único, entre nuestras fuentes,
que dice que Nerón inventó la falsa acusación contra los cristianos para
acallar las voces que le acusaban del incendio (Anales XV, 44). La noticia le llega naturalmente
de una fuente que considera el incendio intencional (para los partidarios de la
tesis el incendio casual no había culpables), por tanto, con toda probabilidad,
de Plinio. Para Plinio, como para Tácito, los cristianos eran inocentes del
incendio de Roma y el suplicio que se les había infligido era digno de piedad,
pero los cristianos, no culpables por el incendio, eran culpables, para nuestra
fuente, de una exitiabilis superstitio (funesto culto). El testimonio de Tácito, claramente
hostil contra los cristianos por su superstitio, pero convencido de su inocencia respecto al
incendio, muestra la falta de fundamento de la hipótesis de aquellos, entre los
modernos, que acusan a los cristianos de haber quemado Roma a causa de su fe en
la inmediata parusía
(el regreso de Cristo a la tierra). La distinción entre la falsa acusación de
incendiarios, que afectó según Tácito sólo a los cristianos de Roma, y la de superstitio
illicita (culto ilícito),
la única que conoce Suetonio (Nero, 16,2), que afectó a los cristianos de todo el
imperio, no es, como a menudo se cree, el resultado de dos versiones del mismo
hecho narrado por dos fuentes distintas, sino el efecto de dos decisiones
distintas, de las cuales la segunda es seguramente anterior a la primera. La Primera
Epístola de San Pedro
(4,15), que en mi opinión se puede fechar entre el 62 y el 64, prevé la
posibilidad de que los cristianos puedan ser imputados por ser cristianos no
sólo en Roma, sino en todo el Imperio, y presupone una hostilidad ampliamente
difundida (cf 1 Pe 4,
12), que bien cuadra con las acusaciones de flagittia (crímenes infamantes), que según Tácito
hacía que el vulgus
(la gente común) aborreciera a los cristianos. Pero si la atmósfera de la Primera
Epístola de San Pedro es
la que presupone Tácito, la imputación por cristianismo es ciertamente la que
Suetonio conoce y no puede referirse a un edicto imperial (como la imputación
por el incendio de Roma), sino sólo a un senadoconsulto, al que correspondía,
en edad julio-claudia, decidir sobre las cuestiones religiosas. La institutum (institución) de la que habla Suetonio,
la institutum Neroniarum
de que habla Tertuliano (Ad nationes I, 7,14), no es un edicto ni un senadoconsulto, sino
un antecedente de hecho: es la aplicación que Nerón, dedicator damnationis
nostrae (autor de nuestra
condena, Tertuliano, Apolgeticum V,3), hace inmediatamente después del 62 del
senadoconsulto con que en el 35 había sido rechazada la propuesta de Tiberio de
reconocer la licitud del culto de Cristo y que había hecho del cristianismo una
superstitio illicita
en todo el imperio. El veto de Tiberio había impedido la aplicación del
senadoconsulto y la situación no había sufrido cambios hasta el 62, cuando la
ejecución de Santiago el Menor en Judea, decidida por el sumo sacerdote Ananos,
fue posible por la ausencia momentánea del gobernador romano. Pero en el 62
tuvo lugar un cambio decisivo, no sólo en las relaciones entre el Imperio y los
cristianos, sino en toda la política de Nerón: es el momento del abandono de
Séneca de la vida pública, de la muerte de Burro, substituido en la Prefectura
del pretorio por Tigelino, del repudio de Octavia y de las bodas con la
judaizante Popea, de la ruptura con los estoicos de la clase dirigente y del
abandono definitivo de la línea julio-claudia del principado por un dominio de
tipo orientalizante y teocrático. Cristianos y estoicos fueron atacados en los
mismos años y juntos acusados ante la opinión pública: aerumnosi Solones (Solones atormentados), según Persio (Satirae III, 79), eran los estoicos en la opinión
de la gente ignorante, saevi Solones (Solones despiadados) son llamados los cristianos en
un grafito de Pompeya; según la Primera Epístola de San Pedro (4,4) son calumniados «porque no
participan con los demás en ese libertinaje desbordado». El clima en el que se
hacen estas acusaciones es el mismo: contra los estoicos de la clase dirigente
se usó el arma política de la lex maiestatis (ley para la defensa del Estado); contra los
cristianos fue suficiente proponer el viejo senadoconsulto del 35. La primera víctima de la decisión
neroniana de acusar a los cristianos basándose en el viejo senadoconsulto fue,
creo yo, Pablo, que era muy conocido en los ambientes de la corte: esta
imputación está atestiguada en la Segunda Carta a Timoteo, escrita en el otoño de un año que podría
ser el 63 (cf. 2Tim 4,
21). Pablo está encarcelado de nuevo en Roma, pero esta vez espera una condena,
pero no por el incendio (porque se trata de un encarcelamiento “civil”, Pablo
puede pedir libros y una capa). La detención y condena de Pedro debieron
ocurrir, junto con la de los demás cristianos de Roma, después del incendio del
64: su martirio, murió crucificado en los horti neroniani (los jardines de Nerón), no puede
separarse, como revela la comparación entre la descripción de Clemente Romano (1Cor 5) y la de Tácito (Anales XV, 44), del de la multitudo ingens –poly plethos (ingente multitud) que Nerón ofreció como
espectáculo, con un circense ludicrum (espectáculo circense), al pueblo de Roma, poniendo
a disposición hortos suos (sus jardines): Guarducci ha pensado en las fiestas del 13 de octubre
del 64, unos meses después del incendio, cuando la persistencia de las
sospechas contra Nerón le pudo aconsejar al emperador buscar chivos
expiatorios.