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Vaticano-Manchukuo, no sirven mea culpa
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Un memorándum inédito del gran misionero Charles Lemaire, protagonista de la historia, demuestra
que la Santa Sede no dio ningún reconocimiento diplomático al Estado fantoche creado en los años treinta en Manchuria por los invasores japoneses.
Pero precisamente allí se superó la secular controversia sobre los “ritos chinos”. Las analogías y las diferencias
con el “caso” Santa Sede-Taiwán |
por Gianni Valente
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 | | La propaganda japonesa en un cartel de 1930 en inglés para el Estado de Manchukuo. El desarrollo técnico-económico y el orden social eran los temas de los invasores para justificar la creación del Estado fantoche | | |
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Un rompecabezas diplomático que el pontificado
de Karol Wojtyla ha dejado en herencia a su sucesor se juega muy lejos del
Tíber, a lo largo de las dos orillas del estrecho de Formosa. En el
centro del jeroglífico está la nunciatura vaticana en
Taiwán –22 millones y medio de habitantes, de los cuales
300.000 son católicos–, que el Anuario
pontificio sigue definiendo
«representación vaticana ante China», que le sirve de
cómoda coartada a los funcionarios de Pekín para desatender
las propuestas vaticanas de comenzar un diálogo directo entre la
Santa Sede y la República Popular de China, heredera del Imperio
Celeste donde ahora vive un quinto del género humano, incluidos doce
millones de hijos fieles de la Iglesia católica.
La diplomacia vaticana es la única importante
que sigue manteniendo su representación en Taipei, donde no hay
embajadas europeas y donde los Estados Unidos “amigos” de
Taiwán mantienen abiertos sólo despachos comerciales. Y
cuando se buscan en el pasado las razones de dicha anomalía, Roma y
Pekín cuentan dos historias distintas.
Fue el régimen comunista recién
establecido el que cortó con rudeza las relaciones
diplomáticas con el Vaticano, cuando en septiembre de 1951
expulsó como persona non grata al nuncio Antonio Riberi, que hasta
ese momento residía en Nankín. En Roma interpretaron
obviamente esta acción hostil como un episodio de la
persecución, que por aquellos años había comenzado el
nuevo poder comunista, para anular todo vínculo de la Iglesia en
China con la Sede apostólica. Pero el hecho de que solamente tres
años después el mismo Riberi trasladara la nunciatura ante el
gobierno nacional de Chiang Kai-chek, que había huido a Formosa tras
perder la guerra civil con los comunistas, ha sido presentado siempre por
el régimen como una prueba de la radical hostilidad vaticana contra
la nueva China comunista. O incluso, como la demostración del
sentimiento negativo del Vaticano contra todo el pueblo chino.
Hay un antecedente histórico controvertido que,
puesto en relación con el caso de Taiwán, parece hecho a
medida para avalar las recriminaciones político-diplomáticas
chinas. Es el caso del Manchukuo, el Estado fantoche que la
ocupación militar japonesa creó en los años treinta en
las regiones del nordeste de China. También en esa situación,
según la historiografía oficial china, la diplomacia del Papa
no tardó en reconocer la ilegítima entidad estatal creada por
los agresores japoneses en perjuicio de China. Asimismo uno de los
documentos gubernamentales más importante sobre la cuestión
religiosa, el “libro blanco” sobre la religión publicado
por el Consejo de Estado en octubre de 1997, recuerda que
«después de que Japón invadiera el nordeste de China,
el Vaticano tomó un postura de apoyo a la agresión japonesa.
Fue el primero en reconocer al régimen fantoche de Manchukuo,
instituido por Japón, y envió un representante».
Efectivamente, las fotos del representante vaticano
participando en los recibimientos oficiales del gobierno de Manchukuo
fueron usadas durante decenios por la propaganda china antimperialista.
Pero, ¿qué fue lo que pasó de verdad? ¿Hubo
realmente un reconocimiento diplomático del Estado fantoche por
parte del Vaticano? Nuevos documentos inéditos –que 30Días anticipa–
ayudan a reconstruir de otra manera este caso. Y, de rebote, podría
presentar bajo una luz nueva la intrincada historia de las relaciones entre
el Vaticano y Taiwán.
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 | | La infantería japonesa
en el frío invierno de 1933 durante
la invasión de Manchuria | | |
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Una historia controvertida
La China de los años treinta es un gigante
enfermo, las luchas internas lo han debilitado y expuesto a la codicia
imperialista de las potencias extranjeras. Tras la abdicación de
Puyi, el último emperador Qing, ocurrida en 1912, la estructura
imperial se ha desvanecido. Pero la joven República establecida por
los nacionalistas del Kuomintang no puede mantener el control sobre todo el
inmenso territorio. Mientras el choque con los comunistas de Mao degenera
en una sangriento conflicto, los japoneses provocan en septiembre de 1931
un atentado contra sus líneas de ferrocarril que atraviesan la
Manchuria del sur para luego justificar en nombre del «principio de
defensa preventiva» la ocupación de la rica provincia china
del nordeste, como base para posteriores conquistas territoriales en el
antiguo Imperio Celeste. En marzo de 1932 los japoneses para camuflar la
ocupación crean en Manchuria el Estado fantoche de Manchukuo, y
ponen como jefe de Estado a Puyi, el emperador destronado (figura a la que
ha dado fama la película de Bernardo Bertolucci El último emperador). La Sociedad
de las Naciones se niega a reconocer a la nueva entidad estatal, donde de
todos modos el 1 de marzo de 1934 Puyi es coronado con el título
real de Kang De (bienestar y virtud). Los japoneses siguen adelante con la
comedia y nombran a un embajador ante el gobierno de Manchukuo. El nuevo
Estado es reconocido sólo por la Italia de Mussolini y la Alemania
nazi, que envían sus propios representantes.
Para el Vaticano la primera cuestión urgente es
tutelar en lo posible la vida ordinaria de las misiones católicas
–ocho vicariatos y prefecturas apostólicas, más las dos
provincias de Jehol e Hingan– ahora bajo el control del nuevo
“imperio”, que prohíbe con la fuerza de su aparato
policial todo contacto entre los ordinarios de dichas circunscripciones
eclesiásticas y el delegado apostólico en China (que hasta el
33 fue el legendario Celso Costantini). Cuando surgen las primeras
dificultades, como la amenaza del nuevo régimen de cerrar las
escuelas católicas que no cumplen los ritos de homenaje a Confucio
prescritos por las autoridades civiles, se comienza a tomar precauciones.
Con una carta fechada el 20 de marzo de 1934, la Congregación de
Propaganda Fide le envía a uno de los ordinarios locales, el vicario
apostólico de Kirin, Auguste Ernest Pierre Gaspais, el
insólito nombramiento ad tempus de «representante de la Santa Sede y de las
misiones católicas de Manchukuo ante el gobierno de
Manchukuo».
Ya en aquellos años el boletín de la
congregación de las Missions étrangères de Paris
denunciaba la maniobra que se estaba llevando a cabo en la prensa local con
el fin de «sobrevalorar las funciones del obispo Gaspais».
También la propaganda maoísta interpretará en los
nuevos cargos atribuidos al vicario de Kirin el pleno reconocimiento
vaticano del gobierno fantoche. ¿Fue de verdad lo que
ocurrió? ¿Se prestó la diplomacia vaticana a legitimar
la entidad política creada por la agresión japonesa? Un
memorándum hasta ahora inédito, escrito a mediados de los
años ochenta por el que entonces se definía «el
único testigo vivo de Kirin», permite reconstruir desde dentro
lo que de verdad sucedió. El testimonio es de uno de los
protagonistas de los hechos: el francés Charles Lemaire, de la
sociedad misionera de las Missions étrangères de Paris (MEP),
en aquellos años rector del seminario diocesano de Kirin, y que
precisamente en ese periodo fue nombrado obispo auxiliar (con una
decisión “táctica” que, como veremos, por
sí sola bastaba para aclarar qué pensaba el Vaticano respecto
a las relaciones con Manchukuo). El memorándum –doce
páginas escritas a mano, llenas de añadidos y correcciones,
con caligrafía lineal pero en algunos raros casos
indescifrable– lleva la fecha del 16 de junio de 1986 y
monseñor Lemaire lo redactó porque se lo había
solicitado el gran sinólogo jesuita Laszlo Ladany, que le
había pedido un informe detallado de los hechos. Estos apuntes (cuyo
original está ahora depositado en el archivo personal del misionero
del Pime Giancarlo Politi) serán una de las fuentes principales del
volumen en preparación Santa Sede e
Manciukuò 1932-1945 (autor Giovanni
Coco, Libreria Editrice Vaticana), junto con otros documentos
inéditos conservados en los Archivos vaticanos.
La reconstrucción sumaria de los hechos que
propone Lemaire es clara. El misionero francés afirma con tono
decidido que «el Vaticano no reconoció nunca la legitimidad
del gobierno de Manchukuo, ni la legitimidad del poder japonés, ni
la del poder imperial de Puyi y de sus ministros manchúes». Y
todo esto porque «el Vaticano estaba muy bien informado para dejarse
implicar, era demasiado respetuoso de los derechos de China y de los
sufrimientos de la población china de Manchuria, humillada y
reducida al silencio por un poder policial omnipresente y omnipotente, como
para recitar la comedia dando la impresión de reconocerle la
legitimidad y entablar relaciones diplomáticas». El nuevo
cargo atribuido a Gaspais servía sólo para asegurar ante las
misiones la presencia «de alguien que representara la autoridad
central de la Iglesia» en aquella situación de emergencia y,
en nombre de los obispos del lugar, pudiera llevar a cabo negociaciones con
el gobierno ilegítimo, aunque sin reconocerlo a nivel
diplomático. Debido a la imposibilidad de mantener contactos con el
delegado apostólico en China, hacía falta alguien que
«por derecho eclesiástico pudiera estar al corriente de las
dificultades espirituales y temporales de los ordinarios, y pudiera, en su
nombre, tratar con las autoridades centrales». Lemaire enumera
detalladamente las dificultades concretas que hacían necesaria la
presencia de un representante de las misiones que pudiese tomar decisiones
en nombre de la Santa Sede, como la facultad de erogar dispensas, o de
realizar las investigaciones preliminares a los nombramientos
eclesiásticos. Y sobre todo, la facultad de hacer frente a
«incidentes locales, contestaciones, hechos arbitrarios, injusticias
evidentes por parte de las autoridades locales contra las que los
ordinarios eran impotentes».
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 | | La caballería imperial china durante la coronación del emperador Puyi como jefe del Estado de Manchukuo | | |
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Lemaire documenta con precisión los detalles,
incluso técnicos y de protocolo, que demuestran el carácter
no diplomático de las relaciones que mediaron en aquellos
años entre el representante nombrado por el Vaticano y el gobierno
de Manchukuo. «Para hacer frente a las necesidades de las Iglesias
locales», escribe, «el Vaticano quería tener a alguien
que lo representara en medio de las Iglesias y ante el Gobierno. Pero
también quería, y muy firmemente, abstenerse de reconocer la
legitimidad del gobierno de Manchuria; no quería realizar ni
siquiera un acto que pudiera parecer como una “legitimación
implícita”». Las funciones del representante
correspondían más o menos a las que el Código de
derecho canónico atribuye a la figura del delegado
apostólico. Pero la Santa Sede no quería ofrecer
ningún pretexto, ni siquiera léxico, a las previsibles
instrumentalizaciones del gobierno fantoche. Se evitó con mucho
esmero de otorgarle a Gaspais títulos normalmente usados por la
Santa Sede para designar a sus representantes en Estados administrados por
gobiernos legítimos. «Esto», subraya Lemaire,
«explica el nombre, hasta entonces inédito en el derecho
eclesiástico, pensado para este caso especial, de representante de la Santa Sede ante el gobierno de Manchukuo y de
las misiones católicas de Manchukuo».
Era asimismo elocuente el hecho de que Gaspais había sido nombrado
por la Congregación de Propaganda Fide, «no por el Papa en
persona, y ni siquiera por la Secretaría de Estado, sino por el
organismo con autoridad sobre las misiones, por tanto un organismo
puramente religioso, sin facultad de relaciones diplomáticas con los
Estados». Y también la decisión de atribuir las nuevas
funciones a un eclesiástico del lugar significaba que la Santa Sede
no tenía ninguna intención de «enviar desde Roma»
a ningún representante. «Todo esto», sintetiza Lemaire,
«decía claramente lo que quería la Santa Sede: estar
representada, pero sin reconocer la legitimidad del gobierno», para
«poder dialogar con el gobierno en caso de necesidad». Esto,
naturalmente, comportaba el reconocimiento de la existencia de facto del Estado fantoche.
Pero «también aquellos que estaban convencidos de la
usurpación, estaban obligados a reconocer que este gobierno
existía de hecho. Las mismas protestas de China comportaban que este
poder tiránico existía».
El anillo débil
«Los japoneses», señala Lemaire,
«no declararon nunca formalmente que el Vaticano había
reconocido el gobierno de Manchukuo; en la práctica, hicieron de
todo para que se creyera». Gaspais era invitado a los recibimientos
oficiales junto con los embajadores del Eje. Cuando va a visitar a las
comunidades más remotas de sus circunscripciones
eclesiásticas, la propaganda del régimen le prepara
recibimientos triunfales, con niños que agitan banderas amarillas y
blancas del Vaticano, como si fuera un nuncio en regla. A principios de
año, siguiendo el protocolo diplomático, va a presentar sus
felicitaciones al emperador fantoche. Los japoneses le cubren de honores,
incluida la medalla de gran oficial de la Orden del apoyo nacional. A
través de él se les concede a todos los misioneros
pequeños benefits, como el descuento del 30% en los billetes de tren.
Gaspais es el anillo débil donde aprietan los
japoneses para forzar a la Santa Sede. En 1936 el afable hijo de campesinos
bretones, que por casualidad se ve metido en esta intrincada historia,
escribe una carta a Roma para convencer a la diplomacia vaticana de que
envíe un representante efectivo a Manchukuo. Explica su
petición con el deseo de reducir sus compromisos relativos al cargo
recibido ad tempus,
que lo distraen del cuidado pastoral de su diócesis. Según el
informe de Lemaire, Gaspais pone a disposición del futuro enviado
vaticano «un palacio para establecer la
“representación”». La respuesta es inmediata y
elocuente. En noviembre del 36 Gaspais le confiesa a Lemaire que Roma le ha
enviado unos módulos que debe rellenar con los nombres de algunos
colaboradores suyos entre los que elegir a un obispo auxiliar, de modo que
lo ayude en el gobierno pastoral del Vicariato apostólico. El
mensaje es claro: el Vaticano no enviará ningún
“representante”. Visto que Gaspais dice que tiene mucho
trabajo, se le da un obispo coadjutor para que le ayude en la pastoral
ordinaria. «Monseñor», comenta Lemaire,
«comprendió que había escrito una carta imprudente; la
solución que había encontrado Roma estaba muy lejos de lo que
él había soñado». Mientras tanto, la queja de
Gaspais sobre la enorme cantidad de trabajo que debía
desempeñar resulta un pretexto. Sólo tres años
después, tras nuevas solicitaciones de Roma, el vicario se decide a
señalar como candidato a obispo coadjutor a Lemaire. «El 10 de
julio de 1939», refiere el misionero francés, que en los
años cincuenta será superior de las Missions
étrangères de Paris, «fui elegido obispo titular de
Otro y coadjutor de Kirin, y consagrado el 15 de noviembre
siguiente». Mientras que para los contactos con el gobierno, Gaspais
deja espacio de buena gana a la “mediación” de
sacerdotes japoneses, enviados desde la madre patria y con buenos contactos
ante la nomenclatura del régimen fantoche. Entre estos, tuvo un
papel importante Paul Yoshigoro Taguchi, futuro arzobispo de Osaka y
cardenal. «El monseñor», señala Lemaire,
«no aparecía nunca, no escribía nada. El padre Taguchi
logró casi siempre allanar las dificultades. La Santa Sede y el
gobierno no trataron nunca cuestiones diplomáticas.
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 | | Los altos funcionarios de Manchukuo con el emperador Puyi durante un recibimiento de Año Nuevo | | |
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Pese a sus buenas intenciones personales, no cabe duda
de que el modus operandi de Gaspais secundó en algunas ocasiones las
operaciones de propaganda ideadas por el Estado fantoche, ansioso de
ostentar ante el mundo un inexistente “reconocimiento”
vaticano. De estas ambigüedades se aprovecha desde hace años la
historiografía oficial china en sus polémicas con el Vaticano
respecto a Manchukuo. Análogamente, también en los hechos que
en los primeros años cincuenta llevarán al traslado de la
nunciatura de China a Taiwán, un papel decisivo lo
desempeñará el nuncio Antonio Riberi. Será él
quien, después de la expulsión decretada por los
maoístas, convierte en un hecho consumado la hipótesis
de trasladar la representación vaticana ante el gobierno
nacionalista chino que se había refugiado en la isla de Formosa, con
obvia satisfacción de este último. Sólo cuando se
publiquen los documentos vaticanos sobre esta cuestión, se
podrán ver en el detalle las analogías y las diferencias del
comportamiento seguido en estos dos momentos históricos por la
diplomacia vaticana. La cual, como todas las diplomacias del mundo, camina
con las piernas de los hombres, con sus ambiciones y sus límites.
Se cierra el caso
de los ritos chinos
Hay, sin embargo, una cuestión en la que Gaspais
desempeña, sin darse cuenta, un papel que merecería
más atención por parte de los historiadores de la Iglesia.
En Manchukuo, sigue diciendo Lemaire, «los
japoneses, para asegurarse la sumisión del pueblo al gobierno,
tuvieron la idea de restablecer la enseñanza del Wang Tao», la doctrina confuciana
que prescribe la total lealtad al soberano. Los rituales en honor de
Confucio y del emperador fueron impuestos como obligatorios para los
estudiantes y los profesores de todas las escuelas, «con la amenaza
de cerrar las escuelas que se negaran».
Como hemos visto, el chantaje contra las escuelas
católicas es lo que “convence” a la Santa Sede a
realizar ese nombramiento sui genris de Gaspais. Este, después de recibir su nuevo
cargo, en una entrevista con el ministro de Exteriores, le pregunta
cándidamente si los ritos confucianos prescritos tienen
carácter religioso o pueden considerarse como simples
manifestaciones de cortesía cívica.
Tras la cuestión planteada por Gaspais aflora la
controversia de los ritos chinos, secular tormento de la misión en
tierra china. En los años treinta del siglo pasado aún estaba
en vigor el decreto Ex quo singulari de 1742 con el que Benedicto XIV había prohibido
a todos los católicos del Imperio Celeste participar en los ritos en
honor de Confucio, condenados como idólatras. Todos los misioneros,
antes de salir para la misión en China, debían jurar
obediencia a la prohibición contenida en el decreto.
La cándida pregunta de Gaspais pone en marcha el
proceso que llevará en 1939 a la superación definitiva de lo
que Celso Costantini definía como «la maldita cuestión
de los ritos». Dicha pregunta recibió una respuesta escrita,
firmada por el ministro de Educación, que definía formalmente
las ceremonias en honor de Confucio como «manifestaciones exteriores
de veneración» sin ningún carácter religioso, y
subraya su carácter de actos «cuyo significado es puramente
civil». Con estas garantías los obispos de Manchukuo
envían en marzo del 35 un informe a Roma para pedir por lo menos la
posibilidad de autorizar la «participación pasiva» de
los católicos en las ceremonias confucianas. A mediados de mayo
Pío XI recibe en audiencia a Gaspais.
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 | | Una delegación de Manchukuo y miembros del Partido Fascista italiano rinden homenaje ante el Monumento al soldado desconocido, Roma , 1938 | | |
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Las circunstancias políticas de emergencia, con
la amenaza que se cierne sobre las escuelas católicas, favorecen un
planteamiento pragmático. Por primera vez la Santa Sede concede
algunas prescripciones a las prohibiciones que había contrapuesto
siempre a las peticiones de los misioneros de China. El 28 de mayo de 1935
la Congregación de Propaganda Fide da a los obispos de Manchukuo la
facultad de establecer caso por caso la participación de los
católicos en los ritos chinos. Sólo en diciembre del 39, con
el decreto de Propaganda Fide Plane compertum, se extiende a toda China el permiso de ofrecer el homenaje
ritual a Confucio y a los antepasados.
Lemaire, en su memorándum, subraya que
«tampoco la cuestión de los ritos chinos fue objeto de
ningún tipo de acto diplomático entre el representante de la
Santa Sede y el gobierno. La Santa Sede no había dado ningún
mandato a Gaspais para tratar este asunto con el gobierno. La respuesta
escrita del gobierno no estaba destinada a la Santa Sede, sino a
monseñor Gaspais». Lo cierto es que el realismo acomodatico,
seguido por la Santa Sede bajo el chantaje de un Estado fantoche
considerado ilegítimo, libró a la Iglesia de un lastre que
durante siglos había obstaculizado su misión en el universo
cultural chino. Como señaló el padre Jean Charbonner, uno de
los máximos sinólogos católicos vivo, durante una
conferencia magistral sobre las relaciones entre el Vaticano y Manchukuo
pronunciada en la Universidad Católica de Taipei, «lo
único que hay que lamentar es que la Iglesia estuviera dispuesta a
un compromiso mayor con los japoneses agresores que con los
legítimos emperadores chinos del pasado».

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