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VATICANO
Un salesiano elegido por el papa Benedicto
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Entrevista al cardenal Tarcisio Bertone desde el 15 de septiembre secretario de Estado de Su Santidad |
Entrevista al cardenal Tarcisio Bertone por G. Cardinale
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 | | El cardenal Tarcisio Bertone | | |
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«Veo en el nuevo secretario de Estado tres características
nuevas. Ante todo es un académico. Luego es una persona que sabe
decidir y en tercer lugar es una persona que tiene gran sentido del humor.
Características que no me parecen de poca monta para un nuevo
secretario de Estado». Con estas palabras Joaquín
Navarro-Valls, durante 22 años director de la Oficina de prensa
vaticana, trazó un breve y eficaz retrato del cardenal Tarcisio
Bertone, al que el papa Benedicto XVI ha elegido como su secretario de
Estado, cargo que ejerce desde el 15 de septiembre. Para completar la
sintética declaración que Navarro-Valls concedió a los
colegas periodistas durante su estancia en el Valle de Aosta, donde
había sido invitado por el Papa, 30Días le ha pedido al cardenal Bertone que nos cuente los
puntos más destacados de su biografía.
Una biografía rica también de curiosas
anécdotas, que empiezan desde el día de su nacimiento…
«Nací», nos cuenta el purpurado, «en una familia
de agricultores, el quinto de ocho hijos, durante la noche del 1 al 2 de
diciembre de 1934. Sólo que en el Ayuntamiento fui empadronado como
nacido el día 1, mientras que en la parroquia como nacido el
día 2. De modo que mi fecha de nacimiento es distinta para el Estado
y para la Iglesia: en los documentos civiles resulta la fecha del
día 1 y en el Anuario Pontifico la del 2. Mis padres eran buenos católicos y me
bautizaron con el nombre de Tarcisio Pietro Evasio. Tarcisio era el joven
martirizado en el siglo III por salvaguardar la santa eucaristía que
estaba llevando a los cristianos encarcelados, y por esto era el protector
de los aspirantes de la Acción Católica. Mi padre, dirigente
de la AC, quiso ponerme este nombre en su honor. Pietro era el nombre de mi
padre. Evasio, obispo de Casale, era el santo que se celebraba el 2 de
diciembre. Recibí el bautismo el 9 de diciembre en la parroquia de
los Santos Pedro y Solutor».
¿Ha salido más a su padre o a su madre?
TARCISIO BERTONE: A los dos. Mi padre Pietro, si no
contamos a un sacerdote del pueblo, era el único suscriptor de L’Osservatore Romano en
Romano Canavese. Era muy devoto e iba a misa todos los días. Le
gustaba mucho la música. Mi madre Pierina era muy religiosa y se
dedicaba a numerosas obras sociales y caritativas, pero tenía
también un carácter “combativo”, con una gran
pasión por la política. Estuvo inscrita y fue una activista
del Partido Popular Italiano de don Luigi Sturzo, y en los años
veinte no temía participar en mítines que a veces terminaban
a palos. En 1948 trabajó mucho por la victoria de la Democracia
Cristiana de Alcide De Gasperi. Además, durante el fascismo no quiso
pagar nunca el carnet del partido ni para mí ni para mis hermanos.
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 | | El cardenal Tarcisio Bertone con Benedicto XVI | | |
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Así que de su padre heredó cierta
pasión por la prensa y la música. En el hermoso libro que ha
escrito sobre usted el periodista de Il Secolo
XIX Bruno Viani (Tarcisio
Bertone. Il cardinale del sorriso, De Ferrari,
Génova, 12 euros), su hermano habla de dos composiciones musicales
juveniles, Frenesia primaverile, un obra muy alegre, y Zingaresca, con ritmo de jazz…
BERTONE: Sí, la letra de Frenesia primaverile era una
poesía de un condenado a cadena perpetua que conocí durante
una visita a la cárcel de Fossano y que me pidió que le
pusiera música… No eran desde luego obras maestras. La carrera
de compositor no era mi camino. Aunque siempre me ha gustado relajarme
oyendo buena música de Wolfgang Amadeus Mozart o también
alguna obra de Giuseppe Verdi, e incluso tocando un poco el piano.
De su madre, en cambio, ha tomado cierto
interés por lo social y lo político. No es un misterio su
amistad con Carlo Donat-Cattin, el líder democristiano fallecido en
1991, que le llevó a escribir algunos artículos en Terza Fase, la revista de la
corriente Forze Nuove…
BERTONE: Con Donat-Cattin hubo una relación de
amistad y de estima recíproca muy fuerte. Siempre admiré en
él su fuerte inspiración cristiana y su gran pasión
por elevar el nivel de vida de las clases populares, campesinos y obreros,
sin ningún complejo de inferioridad frente a la izquierda; todo lo
contrario. Además de esto, veía en él la falta de todo
tipo de soberbia intelectual y su sana laicidad, caracterizada por un gran
respeto hacia las jerarquías eclesiásticas y por no querer
imponer sus propias ideas o ideologías a la Iglesia. Un gran hombre,
un gran político cristiano. Pero además de Donat-Cattin he
conocido también a otro político, muy distinto de
Donat-Cattin, pero igualmente fascinante…
¿A quién se refiere?
BERTONE: A Giorgio La Pira. Me acuerdo muy bien de que
le acompañé en coche al concierto ofrecido a los padres del
Concilio Vaticano II en la Basílica de San Pablo extramuros. Cuando
era estudiante de teología mantuve con él una pequeña
correspondencia que conservo con cariño.
Volvamos a sus años juveniles. Uno de los
episodios más gustosos del citado libro de Viani es el que refiere
que usted, en la posguerra, con otros muchachos de la zona, se
divertía disparando con residuos bélicos como pistolas Mauser y ametralladoras Stein. ¿Ha seguido
cultivando este hobby?
BERTONE: No, por favor. Esa chiquillada me
costó un buen rapapolvo de mis padres que habían sido
avisados por los guardias que nos habían descubierto…
Personalmente quisiera que se reflexionara seriamente sobre el uso de las
armas y sobre todo que estuviera prohibido el deplorable y vergonzoso
comercio de armas, que es una de las causas predominantes de muchos
conflictos.
Cuando la agencia de noticias Ansa anunció su nombramiento
como secretario de Estado, en su pueblo hablaron de que usted de
pequeño quería ser ingeniero…
BERTONE: No me acuerdo. La verdad es que me gustaban
los idiomas y pensaba que me gustaría ser intérprete y
quizás… diplomático. Pero luego –cuando a los
catorce años iba al colegio de Valdocco– un salesiano, don
Alessandro Ghisolfi, me invitó a un retiro vocacional y luego me
propuso que entrara en la familia de don Bosco. Aún recuerdo la
fecha, era el 3 de mayo de 1949, el día de la tragedia de Superga
que afectó al equipo de fútbol Torino. Acepté. Y el 24
de mayo, fiesta de Santa María Auxiliadora, se lo dije a mis padres.
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 | | Bertone en una foto de 1950, año de su profesión religiosa | | |
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¿Cómo se lo tomaron sus padres?
BERTONE: Se quedaron algo perplejos, pero no me
obstaculizaron. Al contrario. Cuando, después de un tiempo, tuve un
momento de crisis –el noviciado me parecía un ambiente
oprimente– fueron ellos, sobre todo mi madre, los que con
decisión me dijeron que reflexionara antes de dejarlo. Los
escuché y tomé la decisión justa. Gracias a Dios.
Usted hizo su primera
profesión religiosa el 3 de diciembre de 1950 y fue ordenado
sacerdote el 1 de julio de 1960. Posteriormente obtuvo la licenciatura en
teología con una tesis sobre la tolerancia y la libertad religiosa.
Luego sus superiores le mandaron a estudiar a Roma…
BERTONE: Adonde yo no tenía muchas ganas de ir.
Roma no me gustaba. Y, sin embargo, allí he vivido más de
treinta años. Con todo, en la Urbe conseguí la licenciatura y
el doctorado en Derecho canónico con una investigación sobre
“El gobierno de la Iglesia en el pensamiento de Benedicto XIV-Papa
Lambertini (1740-1758)”. El director de la tesis era don Alfons Maria
Stickler, hoy cardenal. Así como hoy son también cardenales
otros dos profesores míos de aquellos años: don Antonio
María Javierre Ortas, que daba clases de Eclesiología, y don
Rosalio José Castillo Lara, profesor de Derecho penal.
Se dice que monseñor Stickler apreciaba mucho
sus capacidades, pero que le criticaba porque se aplicaba poco…
BERTONE: Es verdad, me regañaba porque pasaba
poco tiempo en la biblioteca. En aquellos años, como he hecho
siempre, no he querido nunca dedicarme exclusivamente a estudiar, sino que
siempre he tratado de hacer actividad pastoral con los jóvenes,
predicando en los retiros espirituales (en uno de ellos participó
también Maria Fida Moro) y con los cursos de preparación para
el matrimonio, así como con los fieles laicos comprometidos en el
mundo social y también político. Además, eran los
años del Concilio y a los jóvenes estudiantes nos fascinaba
este acontecimiento y tratábamos de ser de alguna manera
espectadores e incluso, por qué no, protagonistas.
¿Qué recuerdos conserva del Concilio
Vaticano II?
BERTONE: Muchos. Ante todo, participé en la
espléndida ceremonia inaugural del 12 de octubre. Ocurrió que
ese día el ingeniero Vacchetti, proyectista del Aula del Concilio,
no sabía cómo distribuir los primeros textos reservados a los
más de dos mil padres. Entonces me ofrecí para coordinar un
grupo de una decena de seminaristas con los que, respetando el secreto,
logramos distribuirlos en poco tiempo. Me acuerdo también de la
avidez con que los jóvenes sacerdotes leíamos las
crónicas del Concilio escritas por los entonces jóvenes
Arcangelo Paglialunga en la Gazzetta di Torino, y por Raniero La Valle y Giancarlo Zizola en el Avvenire d’Italia.
Además buscaba la manera de entrar en San Pedro para poder
oír directamente de los padres lo que se debatía en el
Concilio. Para lograrlo a veces nos ofrecíamos a acompañar a
los padres más ancianos que necesitaban ayuda.
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 | | Bertone, joven sacerdote,
de excursión con los chicos del oratorio en 1955 | | |
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¿Había aspectos del Concilio que le
interesaban especialmente?
BERTONE: Habiendo hecho la tesis de licenciatura sobre
la libertad religiosa me apasionaba mucho a los debates que llevaron a la
Declaración Dignitatis humanae. Recuerdo que gracias a Castillo Lara, que era perito del
episcopado venezolano, obtuve el permiso de participar en uno de los
debates que llevaron a la redacción del texto. Fue una
discusión intensa con intervenciones enjundiosas como las de los
cardenales Giuseppe Siri, Josef Beran, Charles Journet, etc. La
cuestión llegó a ser tan controvertida que Pablo VI
decidió aplazar la votación del texto. Y entonces
ocurrió un episodio curioso que se me quedó grabado en la
memoria. Los cardenales Julius Doepfner y Leo Jozef Suenens no estaban de
acuerdo con la decisión del papa Montini y les pidieron a un par de
jóvenes teólogos que recogieran las firmas de los padres para
hacer un llamamiento al pontífice con el fin de votar enseguida. Me
acuerdo de que estos dos famosos teólogos se pusieron cada uno
frente a los dos bares del Concilio, llamados simpáticamente bar
Jona y bar Abba, para recoger las firmas de los padres. Consiguieron unas
mil. Pero el Papa no aceptó la petición. E hizo bien, porque
al final el documento se aprobó con menores resistencias respecto a
las que se habían manifestado en un primer momento.
¿Por qué se acuerda con tanta exactitud
de los nombres de los dos bares del Concilio?
BERTONE: Porque estaban siempre llenos y porque todo
era gratis: cafés, dulces, bebidas, bocadillos… Y para
nosotros que veníamos andando desde la calle Marsala [al lado de la
estación Términi, n. de la r.], donde estaba entonces la sede provisional del Ateneo
Salesiano, era una verdadera bendición…
¿Otros recuerdos del Concilio?
BERTONE: Me acuerdo que participé en una
conferencia interesante de un joven Hans Küng, que aún no se
había salido del camino, sobre “Iglesia y carismas”. Y
también participé en una reunión de los padres, por
así decir, conservadores que se habían reunido en el
Augustinianum para estudiar la estrategia que habían de usar para
contraponerse a cualquier apertura sobre el tema de la colegialidad.
Estaban los arzobispos Dino Staffa y Geraldo de Proença Sigaud. La
verdad es que no nos querían dejar entrar, pero dijimos que
éramos alumnos de Stickler, que era perito conciliar, y entonces las
puertas se abrieron. También el Ateneo Salesiano organizaba
encuentros con grupos de padres conciliares.
Al terminar este primer periodo de su permanencia en
Roma, de 1961 a 1965, regresa a Piamonte para enseñar
teología moral en el estudiantado internacional de Bollengo, cerca
de Ivrea. Pero en 1967 está de nuevo en Roma.
BERTONE: Me llamaron para enseñar
Teología moral especial en el Ateneo Salesiano que en 1973 Pablo VI
convirtió en universidad pontificia. En 1976, tras la muerte
prematura de un eminente jurista belga, don Gustave Leclerc, fui llamado a
dirigir la Facultad de Derecho canónico, donde hasta 1991
enseñé Derecho único eclesiástico en los dos
tratamientos específicos de “Derecho constitucional de la
Iglesia” y “Relaciones entre la Iglesia y la comunidad
política”, además de Derecho de los menores y Derecho
internacional. Desde 1978 enseñé las mismas materias
también en la Universidad Pontificia Lateranense.
Un salesiano, don Umberto Fontana, contaba a Verona Fedele que le
conoció en los primeros años setenta. Y le describe
así: «Verdadero salesiano… Sociable, organizaba
acalorados partidos de fútbol. Las noches de verano, además,
fiestas camperas con costillas a la brasa en el patio de la Universidad, y,
a veces, una buena botella de vino…». Así que ya en
aquellos años le gustaba el fútbol y el buen comer…
BERTONE: Pues sí. Cuando podía, trataba
de ir al estadio Olímpico para ver al Juventus, equipo del que soy
hincha desde pequeño. Respecto al buen vino, como buen
piamontés no puedo por menos que apreciarlo, pero he de decir que,
especialmente en verano, una buena cerveza fresca no está
mal…
Desde 1979 a 1985 es usted decano de la Facultad de
Derecho, desde 1987 a 1989 es vicerrector y desde 1989 a 1991 es rector de
la Pontificia Universidad Salesiana…
BERTONE: En estos años me llamaron
también para colaborar en la última fase de la
revisión del Código de derecho canónico. En concreto,
dirigí el grupo de trabajo que tradujo el Código al italiano,
con la aprobación de la Conferencia Episcopal italiana (CEI).
Igualmente en este ámbito visité un centenar de
diócesis, italianas y extranjeras, para la presentación de la
«gran disciplina de la Iglesia». Por encargo del entonces
cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la
doctrina de la fe, seguí además la redacción del
Código de los cánones de las Iglesias orientales promulgado
en 1990.
Su hermano de hábito don John Baptist Zen
refirió a la agencia de prensa católica asiática Ucan que como rector de la UPS
visitó usted China. ¿Qué recuerda de aquel viaje?
BERTONE: Fue en 1990. Visité Hong Kong y
Pekín, donde, junto con mis acompañantes, me detuve a rezar
en la catedral. Pero no me acuerdo de haber mantenido encuentros
significativos ni con las autoridades civiles ni con obispos de la Iglesia
católica, ya fueran oficiales o clandestinos.
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 | | Bertone en la misión diocesana de Vercelli en Isiolo, Kenia, en 1994 | | |
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Fue precisamente durante los años que se
dedicó a la enseñanza cuando comenzó a colaborar con
la Curia romana…
BERTONE: Sí. Al principio de manera informal y
luego me comenzaron a nombrar consultor de varios dicasterios. En 1989 me
llamaron a formar parte del grupo de rectores de las universidades
católicas que colaboraban en la redacción de la futura
constitución apostólica Ex corde
Ecclesiae, sobre la identidad y la
misión de la universidad católica, un documento muy esperado,
sobre todo en los Estados Unidos.
¿Cuándo conoció al cardenal
Ratzinger?
BERTONE: Si mal no recuerdo mi nombramiento como
consultor de la Congregación para la doctrina de la fe es de 1984.
Pero al entonces cardenal Ratzinger, que estaba en Roma desde comienzos de
1982, lo había conocido antes.
En 1988 formó parte del grupo de peritos que
acompañó al cardenal Ratzinger en las negociaciones con
monseñor Marcel Lefebvre.
BERTONE: Se trató de una experiencia muy
fatigosa e interesante, aunque el resultado no fue positivo. De todos modos
estoy convencido, y aún más tras la histórica
audiencia que el año pasado Benedicto XVI concedió a
monseñor Bernard Fellay, de que si por parte lefebvriana hay
voluntad sincera de volver a la plena comunión con la Santa Sede, no
va a ser difícil encontrar los modos apropiados para conseguir ese
resultado.
¿Colaboró también con la
Secretaría de Estado en este periodo?
BERTONE: En 1990, el cardenal Agostino Casaroli que
fue secretario de Estado hasta diciembre de ese año, me
encargó que participara en las reuniones de la Comisión
europea de la democracia a través del derecho, creada por el Consejo
de Europa. Se trataba de un organismo cuyo objetivo era crear un
fructífero diálogo entre el Este y el Oeste, sobre todo para
ayudar a los países que acababan de salir del Telón de acero
a crear textos constitucionales y organismos, como el Tribunal supremo,
dignos de la gran tradición jurídica europea.
El 1 de agosto, el papa Juan Pablo II le nombra
arzobispo metropolitano de Vercelli.
BERTONE: Para mí fue un gran honor haber sido
elegido para gobernar la sede episcopal más antigua de Piamonte,
como sucesor del gran san Eusebio, amigo de san Atanasio, con el que
resistió frente a la expansión de la herejía arriana
del siglo IV.
Usted una vez comparó a san Eusebio con san
Juan Bosco…
BERTONE: Hay muchas afinidades entre Eusebio y don
Bosco. Basta recordar las batallas que don Bosco combatió contra las
desviaciones y las herejías que pululaban también en el
Turín decimonónico, pero también la dulzura en el
trato con las personas. Y lo mismo en las relaciones políticas: don
Bosco era un santo listo, hay quien dice que demasiado listo, a la hora de
negociar con los representantes del poder para tener la simple posibilidad
de actuar con el fin de abrir sendas a la libertad de la Iglesia.
También en esto hay analogías con Eusebio.
Hablando de políticos. Usted era arzobispo de
Vercelli durante el periodo de “Manos limpias”, cuando la junta
municipal fue enjuiciada y encarcelada. Pidió que le dejaran visitar
a los administradores en la cárcel y expresó en un comunicado
toda su amargura por las escenas de júbilo que se habían dado
ante el cuartel de la “Guardia di Finanza” a la llegada de los
detenidos: «La ilusión de haber ganado una batalla de justicia
está viciada por crueles euforias y algazaras increíbles,
indignas de hombres y cristianos coherentes».
BERTONE: Por mor de información, estos
administradores fueron absueltos. No me gusta la justicia
espectáculo, tanto en ámbito eclesiástico como civil.
De todos modos, en aquellos años, como presidente de la
Comisión eclesial justicia y paz de la CEI, firmé dos
importantes documentos (Legalidad, justicia y
moralidad, en 1993, y Estado social y educación a la convivencia social, en 1995) en los que se reafirmaba la necesidad de mayor
honestidad en la administración de la cosa pública.
Durante los años que pasó en Vercelli
hizo usted algunos viajes al extranjero.
BERTONE: Visité las comunidades emigrantes de
Vercelli en Estados Unidos, Canadá y Sudamérica. Pero sobre
todo consolidé la relación de la archidiócesis con la
misión de Isiolo en Kenia –que visité varias
veces–, favoreciendo la institución del Vicariato
apostólico y consagrando al primer obispo, monseñor Luigi
Locati, que fue bárbaramente asesinado el 14 de julio del año
pasado, dando testimonio de su fe con su sangre.
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 | | Bertone, secretario de la Congregación para la doctrina de la fe, con el entonces cardenal Joseph Ratzinger, durante la rueda de prensa de presentación del tercer secreto de Fátima, en 2000 | | |
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El 13 de junio de 1995 se anunció su regreso a
Roma, donde fue llamado para colaborar con el cardenal Ratzinger como
secretario del ex Santo Oficio. ¿Cuáles fueron los momentos
más importantes en los siete años que desempeñó
este cargo?
BERTONE: Fueron años de mucho trabajo. La
Congregación en este periodo publicó documentos muy
significativos. Pienso en la declaración Dominus Iesus, el Reglamento para el
examen de las doctrinas, las normas acerca de los delitos más graves
reservados a la Congregación, la Nota doctrinal sobre algunas
cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en
la vida política…
Documentos que dieron pie a debates y también
suscitaron controversias…
BERTONE: Pues, sí. Recuerdo que la Dominus Iesus recibió
críticas incluso de eminentes personalidades. De modo que el papa
Juan Pablo II, después de una comida de trabajo con la
jerarquía de la Congregación, decidió que en un Ángelus reafirmaría
que era un documento que él había querido y aprobado. Y
así lo hizo.
Durante los años como secretario del ex Santo
Oficio no faltaron las misiones en el extranjero.
BERTONE: Efectivamente, tuve la suerte de poder
acompañar al cardenal Ratzinger en dos importantes encuentros: con
los episcopados latinoamericanos en Guadalajara, México, en 1996, y
con los de América del Norte y Oceanía en 1991, en San
Francisco, donde era arzobispo William Joseph Levada, hoy prefecto de la
Congregación. Luego tuve que ir también a la República
Checa para seguir la delicada cuestión de las ordenaciones
clandestinas de hombres casados que se hicieron durante los años
oscuros de la persecución comunista.
Tampoco faltaron encargos especiales. Como la
publicación del tercer secreto de Fátima o el caso
Milingo…
BERTONE: Dos historias muy distintas, unidas
quizá por el hecho de que los medios de comunicación las
siguieron con cierta morbosidad.
¿Queda aún algo por decir respecto a
Fátima?
BERTONE: Absolutamente no. Como queda reafirmado oficialmente, el tercer secreto es el que se publicó en
2000 y sor Lucía no predijo nunca la elección y posterior
muerte de Juan Pablo I ni hizo conexiones entre Fátima y los
atentados del 11 de septiembre. Le he oído personalmente a sor
Lucía afirmar esto. El único aspecto que puede seguir
adelante concierne al hecho de que sor Lucía ha pedido que la
oración del Rosario se convierta en oración litúrgica.
Pero esto es otra cuestión.
Eminencia, aprovecho su referencia al Rosario para
decirle que algunos círculos de devotos a la Virgen María le
miran a usted con algo de recelo por algunas cartas que envió como
secretario del ex Santo Oficio en las que recordaba que no están
permitidas las peregrinaciones oficiales de diócesis a Medjugorje. Y
también porque ha revelado que la Conferencia episcopal regional de
Lacio ha decretado el non constat de
soprannaturalitate respecto al conocido caso de
la Virgen de Civitavecchia…
BERTONE: Acusar a un salesiano de ser algo frío
en su piedad mariana es francamente un poco ridículo. Desde
pequeño he sido educado a dirigirme siempre con confianza a Santa
María Auxiliadora. Y con el transcurso de los años, gracias a
Dios, esta confianza no ha cesado nunca. Esto no quiere decir, sin embargo,
que no se deba respetar siempre, tal y como es, la postura oficial de la
Iglesia sobre cuestiones delicadas como las que conciernen a verdaderas o
presuntas apariciones marianas.
¿Y respecto a monseñor Milingo? Parece
un caso cerrado…
BERTONE: Sobre esto quiero sólo decir que tan
contento estaba de su regreso después de la primera huida, como
triste estoy hoy por su segunda caída. Espero que vuelva
definitivamente a tomar su puesto en la Iglesia católica y rezo por
ello. Se lo he encomendado al siervo de Dios Juan Pablo II.
El 10 de diciembre de 2002 fue usted nombrado
arzobispo de Génova, y el 2 de febrero de 2003 entró en la
Catedral de San Lorenzo. ¿Se esperaba este nombramiento?
BERTONE: No me lo esperaba, pero lo recibí con
entusiasmo salesiano. Para mí ha sido un honor haber sido nombrado
para gobernar una diócesis antigua y prestigiosa y ser el sucesor de
pastores de gran importancia como el beato Tomás Reggio y el gran
Giuseppe Siri…
En quien dijo usted que quería inspirarse.
Aunque uno de sus primeros actos –inmediatamente amplificado por los
medios de comunicación– fue el de ir a la discoteca y cantar
con los jóvenes esa canción que dice «Soy un vagabundo,
no poseo nada … pero arriba tengo a Dios»…
BERTONE: No era una discoteca sino el Paladonbosco. Y
precisamente don Bosco nos enseñó que hay que salir al
encuentro de los jóvenes. Además, la canción, que no
es por supuesto un himno litúrgico, me ha llamado siempre la
atención porque tiene contenidos verdaderos.
El periodo pasado en Génova se caracteriza por
sus numerosas intervenciones públicas, que le dieron resalte en la
prensa local, aunque también nacional. Metieron mucho ruido, por
ejemplo, sus críticas a la moda de celebrar en Italia la fiesta de
Halloween y al Código da Vinci de Dan Brown, o su elogio a la película The Passion de Mel Gibson. Tanto
que alguien habló de excesiva locuacidad…
BERTONE: Me han referido estas críticas, que no
me han hecho mella, porque además no venían nunca de mis
superiores. Creo que una sana parresia en los hombres de Iglesia es más una virtud que
un vicio…
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 | | Juan Pablo II lo crea cardenal el 21 de octubre de 2003 | | |
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Han pasado a la historia sus comentarios a los partidos
de fútbol desde el Estadio Marassi de Génova o su ocurrencia
de que por Sophia Loren la Iglesia podía hacer una excepción
respecto a la clonación. Pero hablemos de sus intervenciones
más serias. Usted ha tomado una postura firme contra la guerra en
Irak.
BERTONE: He repetido con convicción el juicio
sobre la guerra formulado por Juan Pablo II y la Santa Sede. Y la
situación actual en Irak pone de manifiesto cuánto fue
profético dicho juicio. Pero cuando fue asesinado el pobre Fabrizio
Quattrocchi [el rehén italiano asesinado en Irak, n. de la r.] y la familia me
pidió que celebrase el funeral, no dudé y lo hice en la
Catedral. Y luego, cuando se propuso la retirada inmediata de nuestras
tropas en Irak, denuncié la peligrosidad –para las poblaciones
locales– de nuestra salida prematura.
Especialmente afiladas son sus opiniones sobre las
relaciones económico-financieras entre el Norte y el Sur del
mundo…
BERTONE: Lo único que hago es repetir las
opiniones de eminentes estudiosos y de enteros
episcopados: los préstamos internacionales del Banco Mundial y del
Fondo Monetario Internacional y los de país a país son de
tipo usurario y deberían ser declarados ilegales. La deuda, en
efecto, se convierte en usura cuando lesiona el derecho inalienable a la
vida y a todos los demás derechos que no le han sido concedidos al
hombre porque le pertenecen por naturaleza. Algunos tecnócratas,
sobre todo los de las multinacionales, del Banco Mundial y del Fondo
Monetario, han impuesto a las poblaciones pobres condiciones inaceptables,
como la esterilización obligatoria o la obligación de cerrar
las escuelas católicas. Para la doctrina social de la Iglesia se
debe realizar un capitalismo demócrata popular, es decir, un sistema
de libertad económica no en condiciones de oligopolio, que acoja al
mayor número de sujetos, permitiéndoles acceder a la
empresarialidad y a la creatividad, favoreciendo una sana competencia
dentro de un cuadro normativo claro.
Usted intervino también sobre la
cuestión del proyecto de una mezquita en Génova y tuvo
palabras duras para con un ministro italiano («Ciertas personas
habría que mandarlas a trabajos forzados en Cirenaica, para que
comprendieran el verdadero valor del respeto») que hizo suyas las
viñetas contra Mahoma que encendieron el mundo islámico.
BERTONE: La del Islam es
una cuestión delicada. He dicho siempre que hay que tutelar siempre
la dignidad humana de los musulmanes creyentes, también de los que
–cada vez más numerosos– viven en nuestros
países. Y por tanto, no me opongo a la construcción de
mezquitas aquí, aunque sería de desear una cierta
reciprocidad con los cristianos que viven en países
islámicos. Y como principio no excluyo la hipótesis de que en
el futuro haya en las escuelas italianas un espacio para una hora de
religión islámica, siempre que sea compatible con los valores
constitucionales de nuestra República, y se desarrolle en un marco
normativo y de control de los contenidos y de los profesores análogo
al que reglamenta la enseñanza de la religión
católica. Pero preveo que esto será bastante difícil.
Recién llegado a Génova tuvo que hacer
frente a las polémicas suscitadas por un libro que acusaba a la
Iglesia genovesa de haber planeado la huida a Sudamérica de una
serie de criminales de guerra nazis.
BERTONE: Para responder a estas acusaciones
infamantes, por desgracia ampliamente divulgadas por el periódico de
la ciudad Il Secolo XIX, imprimimos 50.000 ejemplares de una edición especial del Settimanale Cattolico con
artículos que documentaban la falta de fundamento y la mentira de
dichas acusaciones. Además, está terminando sus trabajos una
Comisión histórica nombrada por mí que, por lo que
resulta, probará la absoluta limpidez del comportamiento de la
Iglesia genovesa en aquel periodo .
En Génova tuvo usted que tratar por motivos
institucionales con hombres políticos de distintas corrientes. Con
el alcalde de los Demócratas de Izquierda, Giuseppe Perico, con el
presidente de la Diputación provincial, Alessandro Repetto (de la
formación de centro-izquierda La Margarita), con los presidentes de
la Junta regional Sandro Biasotti (centro-derecha) y luego con Claudio
Burlando (centro-izquierda), con el ex ministro de Forza Italia Claudio
Scajola… ¿Qué tal le fue?
BERTONE: Generalmente bien. Aunque, cuando era
necesario, la Iglesia genovesa hizo oír su voz de manera clara. De
todos modos, las declaraciones de estima que los políticos citados
por usted me han manifestado, me han conmovido de verdad.
Génova es también la diócesis de
dos sacerdotes como Gianni Baget Bozzo y Andrea Gallo, tan vecinos y tan
lejanos…
BERTONE: La Iglesia de Génova es una Iglesia
rica en historia y tradición. Pero es una Iglesia viva
también hoy. Y de esta Iglesia forman parte los dos, aunque a veces
tengan opiniones tan distintas.
Durante estos años en Génova tuvo
también la posibilidad de realizar algunas misiones a varias partes
del mundo…
BERTONE: En Génova, ante todo, traté de
visitar todas las parroquias y todas las comunidades religiosas de la
diócesis. Y he de decir que en tres años las visité
casi todas. Luego he seguido con gran atención las obras sociales y
de caridad que la Iglesia genovesa lleva adelante con gran amor por la
ciudad: comenzando por esas dos grandes realidades que son los hospitales
Gaslini y Galliera, cuyo presidente es el arzobispo de Génova. Pero
históricamente Génova es una ciudad abierta al mundo. Y
así he tenido que ir a América Latina para visitar a las
comunidades ligures de Perú y Argentina. También fui a
visitar la misión diocesana en el barrio Guarícano, en Santo
Domingo, y luego a Cuba, donde a petición del obispo de Santa Clara,
hemos abierto una nueva misión diocesana en colaboración con
la diócesis italiana de Chiavari.
Y en Cuba se entrevistó con Fidel…
BERTONE: En Cuba en primer lugar fui a ver a la
Iglesia local, y me entrevisté con el buen cardenal de La Habana
Jaime Lucas Ortega y Alamino, con el arzobispo de Santiago de Cuba y con
otros prelados. Luego me entrevisté también con Fidel Castro
que había manifestado su deseo de verme. Fue un buen coloquio, muy
largo. Castro expresó el deseo de invitar a Benedicto XVI a Cuba.
«Es un papa que me gusta», me dijo y añadió:
«Es una buena persona, lo comprendí enseguida mirando su cara,
la cara de un ángel». Palabras que he referido al Papa al
regresar a Italia. Pero a Castro también le pedí que se
reuniera con el episcopado cubano después de diez años de
relaciones problemáticas. Y es lo que hizo el 16 de noviembre de
2005.
Usted fue creado cardenal en el consistorio del 21 de
octubre de 2003, y en abril de 2005 participó en el cónclave
que eligió papa al cardenal Ratzinger con el nombre de Benedicto
XVI.
BERTONE: Mi nombramiento como cardenal fue un honor
que se concedió a la Iglesia de Génova antes que a mi
persona. Es algo que quiero recordar. Respecto al cónclave, como es
natural no puedo decir nada, aunque para nosotros, los cardenales, no
está prevista la excomunión en caso de violar el secreto. De
todos modos, no es un misterio que la elección del cardenal
Ratzinger fue para mí una alegría especial, visto que tuve el
privilegio de conocerle de cerca y apreciar sus grandes dotes humanas y
cristianas.
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 | | El cardenal Bertone y el senador Giulio Andreotti durante el Congreso organizado con motivo del centenario del nacimiento del cardenal Giuseppe Siri que se celebr en el Palacio Ducal de Génova el 4 de mayo de 2006 | | |
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En fin, el pasado 22 de junio la Oficina de prensa
vaticana anunció su nombramiento como secretario de Estado a partir
del 15 de septiembre.
BERTONE: Ya en diciembre de 2005 el Santo Padre me
había pedido mi disponibilidad a aceptar este cargo. Tras un periodo
de reflexión y oración di mi disponibilidad. Y el 22 de junio
el Santo Padre consideró oportuno anunciar su decisión.
Una decisión revolucionaria, visto que
interrumpe la tradición casi continua de poner a la cabeza de la
Secretaría de Estado a un eclesiástico con experiencia en la
diplomacia pontificia.
BERTONE: También yo he leído esta
observación, pero creo que el Santo Padre no consideravinculante
esta tradición con “t” minúscula.
Además, usted es también un religioso y,
a parte de la breve experiencia del conventual Antonio Francesco Orioli que
fue secretario de Estado ad interim por un mes en el turbulento 1848, su único
predecesor no perteneciente al clero secular fue el barnabita Luigi
Emmanuele Nicolò Lambruschini, que además, antes de ser
secretario de Estado con Gregorio XVI desde 1836 hasta 1846, había
sido arzobispo de Génova…
BERTONE: Sí, lo he leído. Pero, por
favor, no me comparen con el cardenal Lambruschini, que sería sin
duda un santo varón, pero era también, políticamente,
un reaccionario de arriba abajo.
Una curiosidad. Decía usted antes que cuando
era joven quería estudiar idiomas. ¿Qué idiomas habla?
BERTONE: De joven estudié el francés y
no tengo problemas. Luego durante algunos años los superiores me
mandaron a pasar unos periodos de verano en Alemania y por tanto le
tomé familiaridad al alemán. Además comprendo y hablo
discretamente bien el español y el portugués.
¿Y el inglés?
BERTONE: Es mi punto débil. Consigo entender el
sentido de los textos más afines a los contenidos teológicos
y sociales, pero no lo hablo. Se lo dije inmediatamente al Santo Padre
cuando me propuso servirle como secretario de Estado. Y él me
animó revelándome que personalidades importantes, como el
gran canciller Helmut Kohl, tampoco saben inglés. Y además,
al servicio de la Santa Sede hay óptimos intérpretes.
Eminencia, la última pregunta. ¿Quiere
decir algo respecto a la guerra que ha estallado en Líbano a
mediados de julio?
BERTONE: Nada nuevo respecto a las apremiantes
intervenciones del Papa, y a las apropiadas declaraciones del cardenal
Angelo Sodano y del arzobispo Giovanni Lajolo. Sólo que yo
también rezo todos los días, e invito a rezar, para que el
Señor nos dé la paz no mañana o pasado mañana,
sino que nos dé la paz hoy. Y nos preserve de otras matanzas
inútiles.

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