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REPORTAJE DESDE CINA
Sacado del n. 10 - 2008

China-Vaticano

Esperando a Matteo Ricci



por Gianni Valente


Matteo Ricci

Matteo Ricci

A finales de octubre, tras el Sínodo de los obispos sobre la Palabra de Dios, se desarrolló en Roma la reunión periódica de la comisión encargada por Benedicto XVI de estudiar la situación de la Iglesia católica en la República Popular China. Los participantes en el encuentro –responsables de dicasterios vaticanos competentes en la materia, más los jefes de las Iglesias de Hong Kong, Taiwán y Macao, incluido el cardenal Joseph Zen– tomaron conciencia del impasse que está viviendo el proceso de normalización de las relaciones entre la Santa Sede, el gobierno de Pekín y la Iglesia de China. Entre las señales ambivalentes del momento está precisamente la no participación de los obispos de la República Popular en el último Sínodo. Lo que hizo que se perdiera esa oportunidad fue sobre todo la insistencia por parte china para que en la eventual delegación de obispos de la China continental se incluyera también a José Ma Yinglin, el obispo de Kunming consagrado en 2006 sin mandato apostólico. La ordenación ilícita del obispo Ma Yinglin provocó el último de los graves momentos de tensión en las relaciones entre la Santa Sede y el gobierno chino, que tuvo lugar antes de la Carta del Papa a los católicos chinos de junio de 2007. Y recientes indicios hacen pensar que en el establishment chino hay quienes pretenden convertir a Ma Yinglin en el nuevo líder de la Iglesia China, otorgándole el papel de interlocutor autorizado del gobierno. Un patrocinador de la operación es sin duda el laico Antonio Liu Bainian, vicepresidente de la Asociación patriótica de los católicos chinos, personaje que históricamente ha tenido un papel clave en los organismos de control político que pretenden guiar la vida de la comunidad incluso en los aspectos más íntimamente eclesiales. Detrás de este momento de stand by está en parte el “efecto lastre” de los llamados organismos “patrióticos”, empeñados en perpetuar su existencia. La Santa Sede, incluso mediante la Carta apostólica firmada por el Papa, ha dado a entender de todos los modos que prefiere un diálogo directo y sin interferencias con los aparatos del Estado y del Partido: el problema es precisamente la naturaleza híbrida de la Asociación Patriótica, que pretende guiar la Iglesia “desde el interior”, como órgano garante de la instancia “democrática” que debería encauzar también las dinámicas eclesiales. Pero las intenciones de los líderes políticos con respecto al futuro de estos organismos siguen siendo poco descifrables. A principios de enero la foto de Hu Jintao y Liu Bainian estrechándose cordialmente la mano, publicada en primera página por el Diario del Pueblo, había sido interpretada por los observadores como una señal del crédito político de que todavía goza el vicepresidente de la Asociación Patriótica.
Mientras tanto, como para confirmar que estamos en un momento de impasse, en los últimos meses parecen haberse desacelerado todos los trámites para los nombramientos de nuevos obispos (aunque antes de Navidad don Pablo Meng Ningyou podría ser ordenado obispo coadjutor de la diócesis de Taiyuan). También lleva retraso la convocación de la próxima Conferencia de representantes católicos, la asamblea de delegados de las diócesis registradas en la Administración Estatal de Asuntos Religiosos, que se reúne periódicamente para distribuir los cargos en los organismos oficiales de la Iglesia China, incluido el Colegio de Obispos (órgano no reconocido por la Santa Sede, que engloba a todos los obispos chinos reconocidos por el gobierno). Liu Bainian quisiera que fuera elegido como presidente de los obispos chinos el controvertido Ma Yinglin. Pero todos saben que el experimentado sensus fidei de los católicos chinos –obispos, sacerdotes, religiosos, laicos– no aceptaría la guía de un obispo consagrado sin mandato apostólico. Y precisamente las maniobras políticas que se están llevando a cabo entorno a Ma Yinglin obstaculizan la posibilidad de que su petición de reconocimiento por parte de la Santa Sede sea recibida con rapidez.
En la fase de incertidumbre tienen cabida iniciativas individuales o de grupo que pueden ofrecer nuevos motivos para el diálogo abierto entre China y la Santa Sede. Como la misa en italiano celebrada por un sacerdote chino el 26 de octubre en la Catedral de Shangai, por iniciativa de la comunidad italiana local, con la aportación de un coro de shangaieses que cantó también himnos marianos populares como Mira a tu pueblo. O como el simposio académico sobre las religiones del mundo contemporáneo que se desarrolló en Pekín del 14 al 17 de octubre, en el que miembros de la Academia china de las Ciencias discutieron en total libertad junto a estudiosos italianos de la Universidad de Macerata y de la Universidad Católica de Milán. El simposio –en el que participó el obispo de Macerata, Claudio Giuliodori– brindó también la oportunidad de intercambiar ideas sobre las iniciativas que se preparan para la celebración de los cuatrocientos años de la muerte de Matteo Ricci. El aniversario del dies natalis del gran jesuita, muerto en 1610, ofrecerá de nuevo a la Sede apostólica la ocasión para reafirmar que «tampoco la Iglesia católica de hoy le pide a China y a sus autoridades políticas ningún privilegio, sino únicamente poder reanudar el diálogo, para llegar a una relación basada en el respeto recíproco y el conocimiento profundo» (Juan Pablo II, mensaje al congreso “Matteo Ricci: por un diálogo entre China y Occidente”, 24 de octubre de 2001).


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