A cuatro años de la muerte de don Luigi Giussani (15 de octubre de 1922 – 22 de febrero de 2005)
Es Él quien toma algo que es nada y lo salva
por Rose Busingye

Don Luigi Giussani y Rose Busingye
En aquel tiempo había leído en 30Giorni un artículo en el que don Giussani hablaba de los Memores Domini. Decía que Cristo podía abrazar todos los momentos y todos los aspectos de la vida. Entonces –pensé–, si Jesús quería podía tomar y abrazar también mi nada, mi incapacidad tal y como era. Me habían advertido que para entrar en los Memores Domini tenía que hacer diez años de noviciado. «Jesús, cuánto tiempo se necesita para estar contigo», pensaba. Cuando don Gius me dijo que podía entrar enseguida, tuve miedo. «¿Sabes cuántos años tengo? No sé ni siquiera qué son estos Memores», le dije. «Pero ¿quieres a Jesús?», me preguntó Giussani. «Bueno, eso sí», le respondí. «¿Y quieres dar la vida?». «Ah, la vida… No tengo nada importante en la vida que dar a Jesús», contesté, «pero si él quiere, quiero que él tome para sí esta nada». Entonces Giussani se levantó, gritando casi: «¡Esto que acabas de decir, vete fuera y díselo a todos, a todos! Porque todos piensan que tienen algo importante que dar a Jesús, y así durante toda la vida es como si esperaran la recompensa. En cambio es Él quien toma algo que es nada, y lo salva».
Así era don Gius. Yo no bebo vino, y él todas las veces: «¡Bebe vino, prueba qué bueno está! ¿Sabes cómo hacen el vino?». Te explicaba todo sobre los viñedos, la vendimia, las cubas, las bodegas, y sin darte cuenta estabas bebiendo vino… Se estaba tan a gusto comiendo así, que uno comía y bebía hasta cosas que no había probado nunca.
Don Gius hacía que todo te resultara agradable. Y no te hablaba de Dios. No hacía falta hablar de Dios. Decía siempre que a un niño no le cuesta describir cómo es su padre: sabe cómo hace muecas, cómo saca músculos… Es más, ni siquiera lo describe. Simplemente uno ve al niño y dice: es hijo de su padre. Tiene una manera de ser que se parece a su padre. Giussani decía que nosotros no estamos sumergidos en Cristo y que por ello multiplicamos palabras sobre Cristo, hasta el aburrimiento. En cambio, quien está sumergido en Cristo, cambia. Uno ve cómo toca las cosas, cómo bebe y come, y piensa:¡cómo come! Me gustaría comer como él. Hacer las cosas como las hace él.
Una vez fui a verle y me dijo algo sobre la Virgen. Me dijo que es gracias a la Virgen que comprendemos mejor cómo actúa la humanidad de Cristo, que miraba tal vez a un mendigo, o una prostituta, y pedía que se cumpliera su destino. La Virgen hizo lo que Dios le pidió. Y basta. No fue por ahí a dar sermones. Nosotros no nos habríamos comportado así. Si a uno de nosotros le hubiera ocurrido lo que le ocurrió a ella, imagínate, habríamos salido por ahí agitando banderas y diciendo a todo el mundo: el ángel de Dios ha venido a hablarme. Me decía don Gius: «Mira, si de verdad te interesa que las personas se salven, da un paso atrás y pide que suceda. Porque al final sólo puedes pedir a quien puede salvarte a ti, si quiere, que salve también a los que amas».
Con todo, cuando veías a don Giussani lo primero que notabas es que se estaba bien con él. Incluso si no entendías nada, esto sí que lo entendías: habrías vuelto con gusto al día siguiente y también al otro. Cuando lo llevaban a descansar un poco, repetía: «No te vayas, espérame, nos vemos luego». Él y yo no nos hemos despedido nunca. Terminaba siempre así: nos vemos luego. Una vez me llamó por teléfono. «¿No vienes a Italia?». «Gius, estoy aquí, en Kampala, no pensaba venir». Y él: «Venga, ¡ven! ¡Ven!». Yo tomo el avión, y me paso todo el viaje preguntándome: qué tendrá que decirme. Llego, nos saludamos, y me dice: «Nada, quería verte…».
Para mis amigas del Meeting Point, es como un padre. A sus hijos les han puesto el nombre de Luigi, no saben qué significa este nombre. No lo hacen porque es amigo mío: lo que es mío es suyo, por eso don Gius se ha convertido en su gran amigo. Su cara, ahora, la pondrían en todos los árboles de África.
Echo de menos su “fisicidad”. Pero ahora ve qué es lo que nos hace falta, antes de que nosotros nos demos cuenta.