Las tumbas de los apóstoles
Santiago el Menor
La carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico
por Lorenzo Bianchi

Santiago el Menor
El martirio de Santiago, del que nos da noticia a finales del siglo I Flavio Josefo (Antigüedades judías, XX, 197. 199-203), nos lo describe detalladamente Eusebio de Cesarea, que refiere por extenso especialmente la precedente narración de Hegesipo (Memorias, 5). Tras la muerte del prefecto de Judea, Festo, y mientras su sucesor designado, Albino, estaba viajando desde Roma, el sumo sacerdote Anano el Joven aprovechó el momento para convocar el sinedrín y condenar a Santiago a la lapidación. Era el año 62. Santiago fue arrojado desde el pináculo del Templo y como no murió empezaron a apedrearlo, pero él se hinco de rodillas y rezó por los que le estaban lapidando: «uno de ellos, un batanero, golpeó al Justo en la cabeza con el mazo que usaba para batir las prendas, y de éste modo fue martirizado. Y allí le enterraron al lado del templo, y su columna todavía permanece cerca del templo» (Hegesipo, en Eusebio, Historia eclesiástica, II, 23, 18). Según el testimonio de Jerónimo, su cipo sepulcral permaneció en su lugar hasta la época del emperador Adriano (117-138); luego tuvieron que perderse sus huellas, puesto que hacia la mitad del siglo IV, se da noticia del hallazgo del cuerpo de Santiago y los cuerpos de los mártires Simeón y Zacarías, llevado a cabo por un ermitaño llamado Epifanio. El cuerpo de Santiago fue trasladado temporalmente dentro de Jerusalén por el obispo Cirilo el 1 de diciembre del 351, posteriormente fue llevado a la iglesia construida en el lugar del hallazgo; y luego tenemos noticia de otro traslado –igualmente el día 1 de diciembre– a otra iglesia de Jerusalén, construida bajo el emperador bizantino Justino II (565-578) y dedicada a Santiago. Pero aquí las varias noticias se integran con dificultad. Hay que poner en relación con un traslado de parte de las reliquias desde Jerusalén (¿o quizá desde Constantinopla?) a Roma, el comienzo de la construcción, bajo el papa Pelagio I (556-561), de una basílica dedicada a los apóstoles Santiago y Felipe, cuya fiesta litúrgica se celebra desde entonces en Occidente el 1 de mayo (ahora desplazada al 3 de mayo); basílica que fue terminada por el papa Juan III (561-574), y que actualmente está consagrada a los Santos Doce Apóstoles.
En enero de 1873, como decíamos en el capítulo dedicado al apóstol Felipe, una comisión científica, llevó a cabo un examen debajo del altar de la iglesia de los Santos Doce Apóstoles, en Roma. Las reliquias pertenecían a dos individuos distintos. El de complexión más robusta, del que se conservaban solo astillas y fragmentos óseos, aunque en cantidad consistente, además de un fémur presente ab immemorabili en la Basílica, fue identificado con Santiago el Menor. En 1879 las reliquias fueron guardadas en un arca de bronce dentro de un sarcófago de mármol que fue colocado en la cripta de la iglesia, debajo del altar central y del lugar donde habían sido halladas; y allí siguen estando. La reliquia del fémur fue, en cambio, colocada en un relicario expresamente fabricado para ello. Actualmente no está expuesta a los fieles.
En Santiago de Compostela se venera la reliquia de la cabeza de Santiago el Menor; según una tradición la trajo a Occidente el obispo de Braga Mauricio Burdino, después de haberla sacado de Jerusalén hacia el año 1104 durante su peregrinación a Tierra Santa. Hacia 1116 Urraca, reina de Castilla y León, se hizo con ella y la regaló a la iglesia de Santiago, donde aún se conserva dentro de un busto-reliquiario en la capilla dedicada al apóstol. Pero otro cráneo atribuido a Santiago el Menor se halla desde la Edad Media en la ciudad italiana de Ancona, ahora se conserva en el Museo diocesano anejo a la iglesia catedral de San Ciriaco. Dicho cráneo fue analizado tras el examen de las reliquias conservadas en Roma y resultó compatible con ellas.