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RATZINGER ESTUDIANTE EN...
Sacado del n. 01/02 - 2006

Aquel nuevo comienzo que floreció entre los escombros


«Me dijo: soy Joseph Ratzinger, y tengo algunas preguntas para usted. De allí arrancó la gran amistad de toda una vida. Nunca nos hemos perdido de vista. Y si teníamos algo que decirnos, nos llamábamos por teléfono». Encuentro con el profesor Alfred Läpple, prefecto del futuro sucesor de Pedro en el seminario de Freising


Entrevista con Alfred Läpple por Gianni Valente y Pierluca Azzaro


El joven Joseph Ratzinger el 8 de julio
de 1951, día de su primera misa

El joven Joseph Ratzinger el 8 de julio de 1951, día de su primera misa

De la ópera prima de Joseph Ratzinger existen sólo dos ejemplares mecanografiados, encuadernados en guadamecí rojo. Las letras en caracteres amarillo oro sobre la portada declaran que se trata de una traducción, la versión alemana de la Quaestio disputata de santo Tomás sobre la caridad. Uno de los dos ejemplares lo posee el autor. El otro lo conserva Alfred Läpple en su chalet de Gilching, en las afueras de Múnich. Cuenta: «La tradujimos juntos, línea a línea. Corría el año 1946. Recuerdo que buscábamos las versiones originales de todas las citas: Platón, Aristóteles, Agustín… Luego, muchos años después, el manuscrito original se estaba deteriorando, así que mi secretaria volvió a escribir el testo a máquina y mandó encuadernar dos ejemplares. Uno se lo regalé a Joseph el 14 de marzo del 79, cuando, con motivo de la fiesta de santo Tomás, vino a Salzburgo, al aula magna de la Universidad en la que yo enseñaba, para pronunciar una lección magistral sobre “Las consecuencias de la fe en la creación”». Está a punto de terminar enero, y los periódicos alemanes siguen hablando de la Deus Caritas est. El profesor Läpple, con su precioso texto mecanografiado encuadernado en la mano, sugiere su deducción: «Cuando escuché cuál era el tema de la primera encíclica del papa Benedicto, me pareció sugestivo que aludiera a este primer opus primum suyo cuando acababa de iniciar el seminario en el 46: quiere decir que al principio, en cada nuevo inicio suyo, sigue estando siempre la caridad…».
Hay nieve, aquí en Gilching y en buena parte de Baviera. Justo en las colinas de aquí detrás el joven Ratzinger hizo en el 43 su servicio militar en una batería antiaérea durante la guerra. El viejo profesor de corazón joven –una prestigiosa carrera universitaria como docente de pedagogía, 150 libros de espiritualidad, teología, exégexis, historia de la Iglesia, historia del arte, publicados en todo el mundo– ha salido esta mañana, con camisa y chaqueta, a limpiar con la pala el sendero de su jardín. Nos dicen que a los 91 años todavía conduce intrépido su nuevo Mercedes. Pero hoy el hilo de los recuerdos le conduce por los caminos apasionados de su vida. En su salón lleno de sol nos desvela el secreto de una amistad de sesenta años, que es también la narración del comienzo de un muchacho que se iba a convertir en el sucesor de Pedro.

¿Cuándo conoció a Joseph Ratzinger?
ALFRED LÄPPLE: Era el 4 ó 5 de enero de 1946. Yo acababa de volver del campo de prisioneros americano. Cuando, más de siete años antes, en el 39, tuve que partir como soldado de la Luftwaffe, me faltaba solo un año para hacerme sacerdote. Así que, recién vuelto, llamé al seminario de Freising para saber qué tenía que hacer. Hablé con el nuevo rector Michael Höck, un sacerdote que había sobrevivido a cinco años de internamiento en los campos de Sachsenhausen y Dachau, donde había terminado por haber escrito artículos contra Hitler en el periódico diocesano. Yo ya lo conocía, porque había sido prefecto mío durante los estudios en el seminario menor.
¿Qué le dijo el rector Höck?
LÄPPLE: Me dijo: querido Alfred, te esperaba, tengo una buena tarea para ti. Tendrías que encargarte de la prefectura de estudios para los nuevos, los que nunca han estado en el seminario. Yo fui, y mi llevó a la sala más grande (roter Saal) que había en el seminario, que normalmente se abría solo para las celebraciones solemnes. Habían colocado en ella los bancos y las sillas, y había sesenta principiantes. El rector Höck les dijo: queridos muchachos, les presento al mejor hombre que he encontrado para vosotros, os encontraréis bien con él. Entre estos sesenta muchachos estaban también los dos hermanos Ratzinger. Algunos días después, durante una pausa de tiempo libre, se me acercó este joven, al que todavía no había conocido. Me dijo: soy Joseph Ratzinger, y tengo algunas preguntas para usted. De aquellas preguntas nació nuestro primer trabajo juntos. Y fue el comienzo de muchas charlas, de muchos paseos, de muchas discusiones apasionadas y de muchos trabajos juntos. Allí nació la gran amistad de toda una vida. Nunca nos perdimos de vista. Y si había algo que decirnos, nos llamábamos por teléfono y nos escribíamos mucho.
Aquí arriba, la Frauenkirche de Múnich en 1944, asolada por
 los bombardeos aliados

Aquí arriba, la Frauenkirche de Múnich en 1944, asolada por los bombardeos aliados

Como prefecto de los seminaristas, tenía usted un currículum insólito: la guerra, el campo de prisioneros… ¿Cómo había sido?
LÄPPLE: Desde el 39 hasta el 45 estuve en la Luftwaffe, luego acabé prisionero de los americanos en Alemania, en la región de Westfalia, cerca de Hamm. De allí me deportaron a Francia, y estaba a punto de ser deportado a América, pero entre abril y mayo del 45 la guerra terminó y nos trasladaron a un campo de prisioneros cerca de Le Havre. Éramos casi medio millón, divididos en grupos de mil. Yo iba por el campo con el capellán militar americano, al que yo hacía de intérprete. Me di cuenta de que aquel lugar estaba lleno de sacerdotes, seminaristas, pastores protestantes, estudiantes de teología. A algunos los conocía incluso. Conseguí reunirlos en un campo separado. Eran más de trescientos, entre católicos y protestantes. Incluso organizamos cursos de teología en el campo. Luego aquellas clases incluso las publicamos. En la portada escribí una frase de Kierkegaard: «El cristianismo no es una doctrina, sino la comunicación de una vida». A Ratzinger todavía no lo conocía, pero nos encontraríamos dentro de este sentimiento común. Eran estas las cosas de las que hablaríamos con fervor.
Cuando se fue usted a la guerra, le faltaba poco para ser cura. ¿Dónde había estudiado?
LÄPPLE: Yo soy de 1915. Después de tres años de teología y filosofía en la escuela superior de Freising comencé la carrera universitaria en la Facultad de Teología de Múnich. Bajo la guía de mi profesor Theodor Steinbüchel comencé a trabajar en una disertación en teología sobre el tema de la conciencia del individuo en la Iglesia según Newman. Pero en febrero del 39 la Facultad teológica de Múnich fue cerrada por los nazis, porque el cardenal Faulhaber había negado su consentimiento a un profesor hitleriano, el doctor Hans Barion, que desde el 33 era miembro del Partido nacionalsocialista (NSDAP). Y luego comenzó la guerra…
Un joven que está a punto de hacerse sacerdote, apasionado por Newman y por el personalismo… ¿con qué espíritu iba a la guerra?
LÄPPLE: Con un corazón dividido. Hoy es fácil decir que podíamos haber dicho que no. Pero entonces la objeción de conciencia equivalía a la condena a muerte. A mí me ha­bían mandado a una escuela de oficiales de Baden en Viena, pero me negué a ser oficial. Pensaba: si Hitler gana, nunca seré sacerdote. Acabaré como soldado quizá en Noruega, o en África del Norte. Si quiero ser sacerdote, entonces Alemania ha de perder. Este era mi tormento. Esta era la tragedia que teníamos frente a nosotros, y que muchos ya entonces, inmediatamente después de la guerra, tuvieron el valor de contar.
¿De qué manera?
LÄPPLE: Yo había vuelto del campo de prisioneros hacía pocos días y en Múnich escuché una conferencia del escritor Ernst Wiechert. No he olvidado nunca sus palabras: «Considerad esto, amigos míos, y dejad que pueda gritarse también a quienes han ganado sobre el pueblo… Sabemos que han sido miles los que han vuelto la espalda a los demonios, y que poco a poco han llegado a ser cientos de miles de millones.. De ellos yo sé que no se atre­vían a abrir sus bocas, porque abrirlas significaba la muerte. Eran obedientes, eran silenciosos, pero cada paso de sus vidas era como poner los pies sobre las espinas. Y de noche, cuando nadie los veía, levantaban las manos a Dios y rezaban por la victoria de los enemigos. ¿Sabe el mundo qué significa esta oración? ¿Sabe el mundo qué debe haber sufrido un pueblo para rezar de esta manera?».
Dachau está aquí cerca. ¿Sabían ustedes qué estaba sucediendo allí?
LÄPPLE: Yo tenía amigos que habían trabajado en Dachau, y sabía algo. Pero cada uno de ellos me decía: Alfred, no puedo hablar. Si digo algo vuelvo allí y no salgo.
Y precisamente aquí, detrás de su casa, están también las colinas donde el joven Ratzinger hizo su servicio militar en una batería antiaérea en Gilching…
LÄPPLE: Aquel período lo cuenta él mismo en su autobiografía. También él, además, terminó en un campo de prisioneros americano, de donde salió el 19 de junio del 45. La fecha la recuerdo porque es el día de mi cumpleaños. Y aquel día yo cumplía treinta años.
El Instituto Georgianum, donde se alojaban los estudiantes de la Facultad de Teología de Múnich

El Instituto Georgianum, donde se alojaban los estudiantes de la Facultad de Teología de Múnich

¿El horror del que salían ustedes condicionaba el clima del seminario recién abierto?
LÄPPLE: En los periódicos había cada día resúmenes del proceso de Nuremberg, o las fotos con las montañas de cadáveres de los campos de concentración. Nos preguntábamos cómo había sido posible todo aquello. Pero todas aquellas cosas causaron en nosotros esta reacción: ahora hemos de volver a empezar desde cero. En primer lugar estábamos contentos de que la guerra hubiera terminado, no po­díamos más con todo lo que relacionado con la guerra. Queríamos convertirnos en sacerdotes. Estábamos felices de poder empezar por fin a estudiar.
¿Sin mirar atrás?
LÄPPLE: Era como volver a empezar desde cero. Todo había terminado, punto, había que dejar de hablar de todo aquello. Sabíamos que después, en el confesionario, vendrían tanto las víctimas como los verdugos. Nos contarían: yo estaba en el campo de concentración. O bien: yo era partisano. O bien: yo estaba en la guerra y maté a partisanos.
Perdone si insisto. Aquello era un nuevo comienzo de un seminario. Se estaban ustedes preparando a testimoniar la fe cristiana entre la misma gente que había vivido los atropellos del nazismo y la guerra. ¿No afloraba en ustedes una pregunta común sobre lo que había ocurrido?
LÄPPLE: Repito: frente a lo que había ocurrido estábamos bajo shock. Que cristianos hubieran hecho los campos de concentración… No había nada que discutir, ninguna respuesta nuestra hubiera podido explicar. Hitler no se había salido nunca de la Iglesia… Pero frente a esto no tenía sentido ponerse a remover estas cosas entre nosotros. Era Dios quien nos había salvado, era Èl quien nos había hecho salir del abismo y sólo Él con su perdón podía sanar los corazones. Era como si el final de la guerra nos hubiera regalado la vida una segunda vez. Había sólo que dar gracias a Dios con nuestras vidas, siendo buenos sacerdotes. Desde aquel momento íbamos a servir a nuestros fieles no durante algunas horas, sino para siempre.
En aquel seminario, como cuenta Ratzinger, había también seminaristas de treinta y cuarenta años, que habían tenido que suspender los estudios para ir a la guerra y habían vivido sus horrores…
LÄPPLE: Entre ellos había incluso quienes habían tenido durante la guerra puestos de mando. Después de convertirme en sacerdote venían todos a hablar conmigo, porque yo era el que había estado en la guerra. Decían: no puedo ir al rector, él estuvo en el campo de concentración, no ha ido a la guerra, no puede comprender… Entre ellos había un pacto tácito: nadie sabía dónde había estado ni qué había hecho el otro.
El profesor Läpple enseña la traducción de la Quaestio disputata 
de santo Tomás sobre la caridad, realizada por Joseph Ratzinger en 1946

El profesor Läpple enseña la traducción de la Quaestio disputata de santo Tomás sobre la caridad, realizada por Joseph Ratzinger en 1946

¿Qué le contaban?
LÄPPLE: Me preguntaban: yo he hecho esto, yo he hecho lo otro. En conciencia, ¿podré ser un buen sacerdote? Recuerdo a uno que había sido mayor y había matado a personas. Decía: no puedo ser sacerdote, cada vez que comenzara la misa diciendo «Dominus vobiscum» cualquiera podría levantarse y gritar: tú eres un asesino. Otro, mientras se retiraban de Rusia, había disparado a un compañero herido y con una pierna amputada que le imploraba que lo matara para dejar de sufrir. Me preguntaba: padre, yo lo maté. ¿Pero aquello fue realmente homicidio?
¿Y usted qué respondía?
LÄPPLE: Trataba de consolarles. Decía: si yo hubiera estado en tu lugar, habría hecho cosas peores.
Al principio ha dicho que también Joseph Ratzinger, en su primer encuentro, le vino a preguntar algo. ¿Qué le preguntó?
LÄPPLE: Me preguntó: ¿cómo pudiste conservar la fe durante todo el período de la guerra?
¿Y qué respondió usted?
LÄPPLE: Le dije que habían sido las oraciones de mi madre, que él quiso conocer más tarde. Y que sabía que Cristo me amaba, y que si me salvaba luego sería Cristo mismo quien consumiera mi vida.
¿Cómo estaba organizada la vida en el seminario de Freising?
LÄPPLE: La mitad del seminario seguía funcionando como hospital, en el que estaban los heridos de los ejércitos aliados. Pero ya desde un primer momento tratamos de organizar la vida de un seminario normal. Los chicos dormían en grandes dormitorios en grupos de cuarenta, cada uno tenía su cama tapada con una especie de cortina blanca, como un séparé. Por la mañana nos levantábamos a las 5,30, luego la misa, el desayuno, las clases. Respetando las reglas introducidas durante la secularización, los cursos de materias más relacionadas con la pastoral se hacían en el seminario. Los más científicos se hacían en la Escuela superior de filosofía y teología, que era un instituto estatal alojado en el edificio de al lado del seminario. Después de la comida teníamos tiempo libre, paseábamos, luego estudiábamos. Por la noche, tras la cena, había meditación o a veces una conferencia. Y luego nos íbamos a dormir contentos. No había calefacción, y por eso nos metíamos enseguida entre las sábanas, porque los dormitorios se congelaban…
¿Los hermanos Ratzinger destacaban por algún motivo?
LÄPPLE: En clase estaban siempre en primera fila. Los demás estudiantes, para distinguirlos, los llamaban Orgel-Ratz y Bücher-Ratz, el Ratzinger del órgano y el Ratzinger de los libros. Georg, el hermano de Joseph, ya entonces era músico. Como es sabido, hasta hace poco tiempo dirigió el Regensburger Domspatzen, los “gorriones de la catedral”, el famoso coro de muchachos de la Catedral de Regensburg.
¿Qué le llamaba más la atención de Joseph?
LÄPPLE: Era como un trapo seco que se empapa de agua casi con avidez. Cuando encontraba algo nuevo en el estudio, que podía corregir o abrir nuevos caminos con respecto a lo que ya se sabía, se llenaba de entusiasmo, no veía la hora de podérselo comunicar a los demás. Los dos pasábamos horas y horas discutiendo y paseando. Primero un tema, luego otro… Recuerdo como si fuera ayer el día que hablamos de la frase de Friedrich Nietzsche que dice que los cristianos han de tener caras de redimidos, para que se pueda creer en su Redentor. Vino a la misa en la que yo fui ordenado sacerdote por el cardenal Faulhaber, el 29 de junio de 1947, en Freising. Y también aquel día me hizo muchas preguntas.
La procesión del Corpus Christi guiada por el cardenal Michael von Faulhaber en una Múnich destruida por los bombardeos, 
el 31 de mayo de 1945.

La procesión del Corpus Christi guiada por el cardenal Michael von Faulhaber en una Múnich destruida por los bombardeos, el 31 de mayo de 1945.

¿Qué quería saber?
LÄPPLE: Me preguntaba: ¿qué pasa en el momento de la consagración, durante la misa? ¿Quién obra en ese misterio? ¿Soy yo quien lo hago? ¿Hay una especie de fuerza mágica? Estas eran sus preguntas aquel día, pero sobre todo el día de mi primera misa en Partenkirchen, el 6 de julio del 47. En aquella ocasión hablamos durante horas, paseando cerca de la pista olímpica construida para las Olimpíadas del 36. Le repetí un pasaje de san Juan Crisóstomo (lo había leído durante los ejercicios espirituales para prepararme para mi ordenación) donde escribía que el sacerdote presta a Cristo su ser, sus manos, sus palabras, pero que es Cristo mismo el que hace el milagro de cambiar el pan y el vino en carne y sangre. En el 97, con motivo de mis cincuenta años de sacerdocio en Munich-Pasing, Ratzinger me mandó esta carta en la que recuerda lo importante que fue para él aquel día.
¿Nos la puede leer?
LÄPPLE: «En aquel día de fiesta», me escribe recordando aquel paseo, «experimenté mucho más que antes qué significa poder ser sacerdote de Jesucristo en su Iglesia. Tú mismo entonces me dijiste lo que te conmovió que pudieras decir las mismas palabras de Jesús para la transformación del pan y del vino, donándole a él la voz, la palabra, tu propio ser». En mi primera misa, que celebré en Partenkirchen, mi pueblo natal, le pedí a Ratzinger que me acompañara para hacerme de maestro de ceremonias.
Usted era ya entonces estudioso de Newman. Fue usted quien le transmitió a Ratzinger el interés por el cardenal-teólogo inglés…
LÄPPLE: Newman no era un tema como los otros, era nuestra pasión. El tema de mi tesis era: “La conciencia en Newman”. Di el examen de doctorado en julio del 51, una semana después de que Ratzinger fuera ordenado sacerdote. Él me ayudó, fue él quien tradujo a su latín clásico las tesis que entonces tenían que defenderse en una conferencia pública en la Universidad de Munich, para conseguir el doctorado. Entre nosotros existía la gran libertad de mirar y juzgar las cosas, la libertad de los hijos de Dios de la que habla san Pablo. Por eso nos fascinaba Newman. Alguien que había vivido como un hombre libre en el ámbito del anglicanismo, un hombre así, ¿cómo considera la doctrina católica del primado en la Iglesia? ¿Puede ser pensable que acepte esta doctrina como un límite a su libertad? Fui yo quien le dio a leer a Ratzinger la frase de Newman que luego él ha citado a menudo…
¿Cuál?
LÄPPLE: La famosa frase de la Carta al duque de Norfolk: «Qué duda cabe que si tuviera que llevar la religión a un brindis tras una comida –cosa poco apropiada–, entonces brindaría por el papa. Pero primero por la conciencia y luego por el papa».
En los estudios del seminario, ¿salen ya a relucir en el joven Ratzinger los primeros rechazos?
LÄPPLE: El filósofo en Freising era Arnold Wilmsen, de planteamiento neoescolástico. Ratzinger nunca me ha hablado de ello demasiado, quizá porque no quería ser desconsiderado. Pero las clases de Wilmsen tenían sobre él el mismo efecto que el agua de lluvia sobre el impermeable. Me decía: lo siento por el tiempo que pierdo, sería mucho más útil venir a pasear aquí contigo…
Joseph Ratzinger, a la edad de 17 años, con el uniforme de auxiliar de la Luftwaffe, durante el servicio antiaéreo en Gilching

Joseph Ratzinger, a la edad de 17 años, con el uniforme de auxiliar de la Luftwaffe, durante el servicio antiaéreo en Gilching

¿Qué es lo que no funcionaba en la neoescolástica?
LÄPPLE: Lo ha escrito en su libro. Wilmsen, que se había adherido al neotomismo que había estudiado en las facultades romanas, le parecía alguien que no se hacía preguntas, sino que piensa sólo en defender de todo cuestionamiento las verdades que cree poseer.
¿Y por qué le creaba esto dificultad a Ratzinger?
LÄPPLE: No se trata tanto de una cuestión de doctrinas filosóficas en oposición, sino de qué es el hombre. El hombre es siempre alguien que pregunta, y cuando piensa que ha respondido a una pregunta, ya se le presenta otra más grande. Siempre le ha inquietado el impulso a considerar la verdad como un objeto poseído que hay que defender. No se sentía a gusto con las definiciones neoescolásticas que le parecían como barreras, según las cuales lo que está dentro de la definición es la verdad, y lo que está fuera es todo ello un error. Pero si Dios está en todos los lugares –decía–, no puedo desde luego ser yo quien levante barreras y diga: Dios está solo aquí. Y si Cristo mismo ha dicho que es el camino, la verdad y la vida, entonces la verdad es un Tú que te ama en primer lugar. Según él, Dios no se conoce porque es un summum bonum que se consigue captar y demostrar con fórmulas exactas, sino porque es un Tú que viene hacia ti y se hace reconocer. La inteligencia puede tratar de construir conceptos que definan contenidos verdaderos. Pero, según Ratzinger, ésta es una teología que pretende seccionar el misterio, no una teología que se arrodilla. Ya entonces no le interesaba una teología de este tipo. Los bávaros decimos: no es esta su cerveza.
¿Y cuál era en aquellos años la “cerveza” que prefería?
LÄPPLE: A Ratzinger no le interesan los libros abstractos con títulos como “La esencia del cristianismo”. No le interesa definir a Dios con conceptos abstractos. Una abstracción –dijo una vez– no tenía necesidad de tener una Madre. Dios no se nos acerca como definición abstracta, como summum bonum, sino como un Tú que nos ama en primer lugar, y a quién tú puedes dar las gracias. Sólo a un Tú le puedes decir que sí. Este enfoque lo encontraba, por ejemplo, también en Martín Buber, el filósofo judío personalista que decía que el mejor discurso sobre Dios es darle gracias. Pero también por esto le gustaba Newman, que como lema episcopal había elegido: “Cor ad cor loquitur”.
Era como volver a empezar desde cero. Todo había terminado, punto, había que dejar de hablar de todo aquello. Sabíamos que después, en el confesionario, vendrían tanto las víctimas como los verdugos
Después de los estudios filosóficos, en septiembre del 47 Ratzinger comenzó los cursos en la Facultad teológica de Múnich. ¿Qué hacía usted entonces?
LÄPPLE: Yo, después de mi ordenación sacerdotal, fui durante un año capellán y luego en el 48 volví al seminario de Freising como docente de pastoral y sacramentos. Pero yo tenía que terminar todavía los estudios teológicos y completar la tesis doctoral sobre Newman. Así que asistí también a algunos cursos universitarios en Múnich con Ratzinger. La Universidad había sido destruida por los bombardeos y la Facultad de Teología se había improvisado por el momento en el Fürstenried, la ex residencia de caza de los soberanos bávaros, en el sur de Múnich. Recuerdo que las clases se hacían al principio en un invernadero, calurosísimo en verano y frío en invierno.
La Facultad teológica de Múnich tenía una prestigiosa tradición, en la que predominaba un enfoque del cristianismo como hecho histórico…
LÄPPLE: Sí, pero después del cierre impuesto por los nazis en febrero del 39 y tras la guerra también allí se empezaba de nuevo. Ya no había ninguna escuela teológica orgánica. De los viejos profesores habían quedado pocos, y los nuevos venían de facultades teológicas y de experiencias diversas. El cuerpo docente era muy variado. En aquel clima los estudiantes se tomaban también ciertas libertades…
¿Qué quiere decir con esto?
LÄPPLE: Pues que a veces se matriculaban pero luego si las clases no resultaban interesantes hacían novillos: un estudiante tomaba los apuntes y luego los pasaba a los otros. Luego en la biblioteca se apasionaban con la lectura de los libros que expresaban las nuevas tendencias teológicas.
¿Quiénes eran los “peces gordos” de la Facultad?
LÄPPLE: Para mí los profesores más importantes eran tres: Gottlieb Söhngen, Michael Schmaus y Friedrich Wilhelm Maier.
¿Qué recuerda de Söhngen, el “maestro” de Ratzinger?
LÄPPLE: Enseñaba Teología Fundamental, y su modo de dar clases impresionaba. Se veía que vivía y sufría lo que explicaba. Venía con un papelito, en el que escribía cuatro o cinco palabras y luego una serie de preguntas. Hablaba improvisando, y si durante la clase se le ocurría alguna idea fulminante, se alejaba de la cátedra y se acercaba a los estudiantes, a hablarles casi cara a cara. Él venía de la filosofía, pero luego la teología se había convertido en su destino, como dijo Ratzinger en la homilía de su funeral. La suya no era teología de conceptos, sino teología existencial, teología para la fe.
Se sabe que él y Schmaus no se llevaban bien.
LÄPPLE: Söhngen estaba muy abierto a las nuevas influencias procedentes de Francia. Y además era de Colonia, un hombre positivo, alegre, extrovertido, fascinante. Schmaus, en cambio, era el clásico profesor distanciado, muy metido en su papel. Venía de la neoescolástica, aunque reavivaba la exposición de la dogmática católica recurriendo a los Padres y a la Sagrada Escritura con una erudición inextinguible. Söhngen consideraba que los trabajos de Schmaus eran sólo una riquísima teoría de citas sacadas de las fuentes sobre los distintos temas de la teología, sin una visión que tuviera en cuenta los desarrollos de la filosofía moderna y las preguntas que planteaban. Schmaus escribía obras de teología dogmática monumentales.
¿Cuáles eran los factores teológicos de este enfrentamiento?
LÄPPLE: Para Schmaus la fe de la Iglesia se comunicaba con conceptos definitivos, estáticos, que definen verdades perennes. Para Söhngen, la fe era misterio, y se comunicaba en una historia. En aquel tiempo se hablaba mucho de historia de la salvación. Había un factor dinámico, que garantizaba también la apertura y el tomar en consideración las nuevas preguntas.
¿Qué aprendió Ratzinger de Söhngen?
LÄPPLE: Normalmente Söhngen no daba nunca juicios lapidarios sobre ningún autor. Nunca rechazaba a priori ninguna aportación, viniera de donde viniera. Su método era recoger y valorar lo bueno que se pudiera hallar en cada autor y en cada perspectiva teológica, para integrar las cosas nuevas en la Tradición y seguir adelante, indicando el desarrollo ulterior que pudiera derivarse. Pero en Söhngen Ratzinger vio también el gusto de redescubrir la Tradición entendida como teología de los Padres. Y el gusto de hacer teología volviendo a las grandes fuentes: de Platón a Newman, pasando por Tomás, Buenaventura, Lutero. Y obviamente, san Agustín…
Recuerdo como si fuera ayer el día que hablamos de la frase de Friedrich Nietzsche que dice que los cristianos han de tener caras de redimidos, para que se pueda creer en su Redentor
Que se convirtió en el predilecto de Ratzinger.
LÄPPLE: La pasión de Ratzinger por Agustín había empezado ya en el seminario. Era una pasión existencial. Recuerdo una lección en la que Söhngen explicó que antes de Agustín todos –Platón, Xenofonte, Julio César– siempre habían hablado en tercera persona. El santo obispo de Hipona fue el primero en decir “yo”. Este era el punto de ruptura.
¿Cómo se planteaba la relación entre maestro y alumno?
LÄPPLE: Söhngen no acostumbraba a “moldear” a sus alumnos, a hacer clónicos de sí mismo. Ratzinger era libre frente a su maestro. Se vio también en su tesis doctoral…
¿De qué manera?
LÄPPLE: La cuestión de partida era tratar de buscar cuál era la definición mejor de la Iglesia. El 29 de junio del 43 Pío XII había publicado la Encíclica Mystici Corporis Christi, que definía a la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo. Söhngen había notado que esta definición no se hallaba en la Biblia. Entonces sugirió a Ratzinger que comprobara si san Agustín aplicaba a la Iglesia otras definiciones.
¿Qué es lo que no iba bien en la definición de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo?
LÄPPLE: Una de las cuestiones era, por ejemplo: si el hombre, entrando en la Iglesia, queda englobado en el Cuerpo místico de Cristo, ¿cómo puede seguir pecando? ¿Y en qué queda la libertad? Los descubrimientos de Ratzinger sorprendieron y entusiasmaron al maestro…
¿Qué encontró el alumno?
LÄPPLE: Ratzinger encontró mucho más de lo que su maestro le había sugerido que buscara. Documentó con una cantidad increíble de citas qué entendía san Agustín cuando definía a la Iglesia como pueblo de Dios. La misma expresión que iba a ser utilizada algún tiempo después por el Concilio Vaticano II y por Pablo VI. Pero Ratzinger no contraponía las dos definiciones de Iglesia, sino que las conciliaba.
¿Y cómo se lo tomó Söhngen?
LÄPPLE: Decía: ¡ahora mi estudiante sabe más que yo, que soy el maestro! Söhngen tenía en gran consideración a quien tenía por su mejor alumno. Una vez dijo que se sentía como san Alberto Magno, cuando en la Edad Media decía que su alumno gritaría más fuerte que él. ¡El alumno era santo Tomás! Estaba contento de que alguien supiera desarrollar de manera original y no preestablecida sus sugerencias.
El cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Múnich desde 1917 hasta 1952, en una foto de 1949

El cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Múnich desde 1917 hasta 1952, en una foto de 1949

Ratzinger revela en su autobiografía que en su tesis doctoral sobre Agustín influyó de manera determinante también usted, porque fue usted quien le regaló en el 49 el libro Catolicismo del jesuita francés Henri de Lubac…
LÄPPLE: Se lo regalé pensando que le haría una gran sorpresa. Y efectivamente él escribe en la autobiografía que aquel libro se convirtió en su libro de cabecera, y que le transmitió una relación nueva con el pensamiento de los Padres, pero también una manera nueva de considerar la teología. En efecto, más de un tercio del libro estaba ocupado por citas de los Padres.
Y, sin embargo, precisamente por aquellos años, De Lubac, Daniélou y los otros jesuitas de Lyón quedaban interdictos para la enseñanza, y sus libros puestos en el índice. ¿Cómo se lo tomaron?
LÄPPLE: Recuerdo cuando llegó la noticia de las medidas contra ellos. Söhngen no quería añadir leña al fuego, y no habló de ello en clase. Pero recuerdo que aquel día Ratzinger y yo entramos después de clase con él en su estudio, donde había un gran piano, porque Söhngen era también músico y lo tocaba como un concertista. Aquella vez, sin decir palabra, frente a nosotros, tiró con rabia sus libros sobre el escritorio. Luego se sentó frente al piano y desahogó toda su ira sobre el teclado.
En su autobiografía Ratzinger escribe que ya entonces la exégesis era el centro de sus intereses, y el punto de partida de su trabajo teológico…
LÄPPLE: Él siempre ha citado las Sagradas Escrituras. También hoy se puede ver que en sus homilías y en las catequesis más hermosas se parte a menudo de un fragmento de las Escrituras comentado con algunas citas de los Padres referida a éste. Porque para él no se hace una buena exégesis de un fragmento de la Biblia si no se parte de la interpretación que ha dado la Iglesia a través de los Padres. Esta es para él la Traditio vivens, la transmisión viva. Ha sido la Iglesia la que ha dado el Canon, la que ha reconocido cuáles son los libros canónicos. Él no es uno de esos exegetas de la sola Scriptura. Para él hay que partir del lema Christus praedicat Christum. El mejor exegeta de Cristo es el propio Cristo, en la Iglesia en la que él actúa. Y esto comporta también la mayor libertad, porque como dice san Agustín: «In Ecclesia non valet: hoc ego dico, hoc tu dicis, hoc ille dicit, sed haec dicit Dominus».
Maier, el profesor de exégesis del Nuevo Testamento, había vivido también una historia ajetreada.
LÄPPLE: Cuando eran un joven estudioso, antes del primer conflicto mundial, había sostenido con entusiasmo la tesis exegética según la cual el de Marco había sido el primer Evangelio escrito, ofreciendo de esta manera la fuente para los otros Evangelios sinópticos. Esta es la tesis que hoy se acepta comúnmente, pero que entonces era tachada de modernista. Las páginas con los argumentos expuestos por Maier fueron arrancadas del volumen misceláneo en el que habían sido publicadas. Y él había quedado interdicto de la enseñanza. Pero después de la Segunda Guerra Mundial las cosas habían cambiado, y fue una gran fortuna tener a Maier como profesor en Múnich.
Alfred Läpple celebra su primera misa en Partenkirchen. Joseph Ratzinger, 
que entonces tenía 20 años, le hace de maestro de ceremonias

Alfred Läpple celebra su primera misa en Partenkirchen. Joseph Ratzinger, que entonces tenía 20 años, le hace de maestro de ceremonias

Ratzinger escribe que Maier no había asimilado «el giro que habían introducido en la exégesis Rudolph Bultmann y Karl Barth»…
LÄPPLE: El profesor Maier se movía todavía en el horizonte de la exégesis histórico-crítica. Pero su enfoque directo, su manera de plantear las preguntas sin censura creaban una nueva inmediatez con el texto bíblico.
Ratzinger cuenta en su libro también la relación vivida con el llamado movimiento litúrgico. ¿A qué se refiere?
LÄPPLE: En aquellos años el movimiento litúrgico subrayaba la centralidad de la liturgia para la vida cristiana, y perseguía descubrir de nuevo los elementos esenciales de la liturgia, liberándolos de los añadidos que se habían ido estratificando a lo largo de los siglos. Josef Pascher, el profesor de Pastoral, era también el director del Georgianum, el colegio donde residían los estudiantes, y era un entusiasta defensor del movimiento litúrgico. Había sido influido por las corrientes francesas y en las discusiones que comenzaban entonces entre quienes subrayaban la teoría del sacrificio y quienes subrayaban la de la cena en la misa, Pascher formaba parte de este último grupo. Contra la reducción de la misa a repetición ritual de la Última Cena, en cambio, se había manifestado Romano Guardini…
Y Ratzinger, sobre este punto, ¿qué postura tenía?
LÄPPLE: Para él el carácter de sacrificio no podía quedar a un lado. Pero esto no excluía que la misa repitiera ritualmente también la Última Cena, la comida con la que los discípulos habían celebrado la Pascua judía. Esta capacidad suya de complementar las dos posiciones la ha vuelto a manifestar en una meditación sobre este tema que como Papa hizo durante el último Sínodo de obispos. Y, de todos modos, Ratzinger estimaba a Pascher y quedó marcado por su método que colocaba en el centro de la educación de los alumnos la celebración cotidiana de la santa misa. Se sentía mal cuando se daba cuenta de que algún profesor, con todas las definiciones exactas que había ido soltando durante la clase, luego no sabía casi decir misa, y se movía alrededor del altar casi como si fuera un extraño. Una vez, mientras uno de éstos estaba celebrando, me dijo: míralo, ni siquiera sabe lo que está sucediendo…
¿Cómo se vivió en 1950 en la Facultad teológica de Múnich la proclamación del dogma de la Asunción de María?
LÄPPLE: En general la acogida fue crítica. No había objeciones sobre el contenido del dogma, sino sobre la oportunidad de la dogmatización. Söhngen subrayaba que en las fuentes cristianas de los primeros siglos no había rastro de la doctrina de la asunción corporal de la madre de Jesús. Schmaus también fue censurado por Roma y por el arzobispo por un artículo crítico aparecido en el periódico de la diócesis (Münchner Katholische Kirchenzeitung).
29 de junio de 1951: en la Catedral de Freising el cardenal Faulhaber ordena sacerdotes a más de cuarenta seminaristas, entre ellos a los hermanos Georg y Joseph Ratzinger

29 de junio de 1951: en la Catedral de Freising el cardenal Faulhaber ordena sacerdotes a más de cuarenta seminaristas, entre ellos a los hermanos Georg y Joseph Ratzinger

¿Y Ratzinger?
LÄPPLE: Creo que tampoco él pensaba que fuera necesaria la dogmatización. En nuestras prácticas de devoción más tradicionales ya creíamos y celebrábamos la Asunción corporal de María, por ejemplo, en la oración del Rosario, Lex orandi, lex credendi. Pero pensábamos que en aquel momento la definición de un nuevo dogma crearía problemas al diálogo ecuménico que estaba floreciendo precisamente en Alemania.
En el 51, después de la ordenación, Ratzinger comienza su ministerio como capellán. ¿Qué recuerda de aquel período?
LÄPPLE: Había sido destinado a la parroquia de la Preciosísima Sangre, en Múnich, en donde se quedó un año. Antes de él habían vivido y trabajado allí dos mártires ajusticiados por el nazismo, el capellán Hermann Joseph Wehrle, asesinado el 14 de septiembre del 44 y el jesuita Alfred Delp, asesinado el 2 de febrero del 45. En aquel primer año de sacerdocio debía dar dieciséis horas de religión a la semana; eran demasiadas para alguien que estaba empezando. Seguía también a grupos católicos juveniles. Y tenía que tomar una decisión: ¿continuar los estudios de teología, emprender la carrera académica, o bien optar por el ministerio pastoral en alguna parroquia? Yo, entonces, hice una cosa que iba a contribuir a resolver el dilema…
¿Qué hizo?
LÄPPLE: En el 52, cuando dejaba mi puesto de docente de Pastoral de los sacramentos en el Seminario de Freising, decidí ir al obispo Faulhaber para decirle que mi mejor sucesor sería Joseph Ratzinger. El cual, el 1 de octubre, ocupó mi lugar. Fue así como comenzó su carrera académica. A él nunca le dije que yo había ido al obispo a proponerle su nombre. Pero me gusta pensar que quizá mi intervención pudo haber allanado su camino.
Así que en el 52 Ratzinger vuelve a vivir a Freising. En julio de 1953 aprueba los exámenes finales de doctorado, convirtiéndose en doctor en Teología. Mientras tanto, siempre bajo la guía de Söhngen, elige el tema de trabajo para el examen que hay que hacer en Alemania para conseguir la habilitación a la enseñanza. Se decide por san Buenaventura… ¿Cuál fue el tema específico?
LÄPPLE: Ratzinger tenía que analizar la perspectiva de san Buenaventura sobre la Revelación. En aquellos años era fuerte el debate sobre el concepto de Revelación. Se iba afirmando una perspectiva nueva, según la cual la Revelación era ante todo la acción histórica de Dios, en el proceso de la historia de la salvación, y no podía ser identificada con la comunicación de algunas verdades a la razón mediante conceptos, como sucedía en la perspectiva neoescolástica.
¿Qué descubrió esta vez Ratzinger?
LÄPPLE: Constató que en la percepción medieval de Buenaventura la “Revelación” era ante todo una acción, indicaba siempre la acción con la que Dios se muestra en un determinado momento histórico. La Revelación se reflejaba en la Sagrada Escritura, pero era siempre mayor que ésta, la precedía y no se identificaba con ella, así como un hecho precede y no se identifica con el relato que se hace de él. Así pues era extraño al pensamiento de Buenaventura la fórmula de la sola Scriptura con la que en los tiempos modernos se identificaba de hecho la Revelación con el conjunto objetivo y fijado de los contenidos de las Sagradas Escrituras. Además, en sus análisis, Ratzinger hacía notar que en dicha perspectiva existe Revelación sólo si la acción con la que el Misterio se manifiesta es percibido por alguien. Si Dios hubiera hablado solo con un lenguaje divino, no perceptible por ningún hombre, no hubiera habido ninguna Revelación.
A Ratzinger no le interesan los libros abstractos con títulos como “La esencia del cristianismo”. No le interesa definir a Dios con conceptos abstractos. Una abstracción -dijo una vez- no tenía necesidad de tener una Madre
Ratzinger ha contado en su autobiografía que las cosas se complicaron… ¿Qué es lo que fue mal?
LÄPPLE: En el otoño del 55 Ratzinger entregó su trabajo sobre Buenaventura. Söhngen mostró inmediatamente su entusiasmo. Pero el codirector era Schmaus, porque era él el medievalista de la Facultad teológica. Schmaus le dijo a Söhngen: mira que este es un trabajo modernista, no puedo dejarlo pasar. Söhngen se lo dijo a Ratzinger: con este trabajo no pasamos, porque Schmaus dice que es modernista. Creo que ciertos fragmentos le parecieron a Schmaus de un peligroso subjetivismo que ponía en crisis la objetividad de la Revelación.
La tesis que le abriría al futuro Papa las puertas de la docencia, de todos modos, no fue rechazada por modernismo…
LÄPPLE: No. El Consejo de Facultad se la devolvió al candidato para que la volviera a escribir, teniendo en cuenta las correcciones y las críticas que Schmaus había hecho en su ejemplar.
Pero la mole de intervenciones exigidas era de tal envergadura que se hubieran requerido años de trabajo. Fue por eso por lo que Ratzinger ideó una treta…
LÄPPLE: En la tesis de Ratzinger había una segunda parte dedicada a la teología de la historia de Buenaventura, comparada con la de Joaquín de Fiore, y sobre esta sección Schmaus no había expresado valoraciones críticas. Esta sección tenía su autonomía y podía ser leída como un texto acabado. Así que Söhngen le sugirió a Ratzinger: corta la primera parte, que es la que crea problemas, y presenta solo la segunda…
La tesis fue aceptada. Y el 21 de febrero de 1957, día de la lección pública en la Universidad de Múnich, en el aula grande de la Facultad estaba presente el público de las grandes ocasiones… ¿Cómo lo recuerda usted?
LÄPPLE: Ratzinger hizo su exposición. Luego Schmaus comenzó preguntando más o menos si según Ratzinger la verdad era algo estático e inmutable o algo histórico-dinámico. Pero no respondió Ratzinger. Tomó la palabra Söhngen, y ambos profesores comenzaron a enfrentarse en lo que parecía una gran disputatio medieval. El público aplaudía a Söhngen y parecía complacido de que Schmaus, el profesor altanero, estuviera recibiendo una buena paliza. Ratzinger no dijo ni pío. Al final llegó el rector y dijo: ya vale, el tiempo ha terminado. Entonces el director de la tesis y el codirector se levantaron y dijeron deprisa y corriendo: vale, está capacitado para la enseñanza…
¿Qué pasó después? Ratzinger alude a algunos problemas por parte de sus detractores…
LÄPPLE: Ratzinger tomó la enseñanza de Teología dogmática en la Escuela de Altos Estudios, junto al seminario de Freising; la misma donde había estudiado él. Mientras tanto, corría la voz de que Ratzinger iría a enseñar a un instituto de pedagogía que había sido inaugurado hacía poco en Pasing, en la periferia de Múnich.
Ratzinger habla de problemas con la curia episcopal. ¿A qué se refiere?
LÄPPLE: Recordemos que durante toda la guerra no hubo ordenaciones sacerdotales. En las diócesis y las parroquias había mucho trabajo que hacer. Se oía decir: antes pensemos en la pastoral, luego pensaremos en la teología y en la ciencia. Los obispos no estaban contentos cuando alguien pedía dedicarse a hacer teología científica. Pero en Alemania había una ley según la cual si un profesor es llamado por una universidad estatal a enseñar teología, su obispo no puede vetarlo.
Y Ratzinger cogió el toro por los cuernos…
LÄPPLE: El verano del 58 Joseph recibió la llamada de la Universidad de Bonn para la Cátedra de Teología Fundamental. Poco después el cardenal Wendel, que entonces era arzobispo de Múnich, le llamó y le dijo: le felicito, he sabido que va al Instituto pedagógico de Pasing… Y Ratzinger respondió: «Se lo agradezco muchísimo, señor arzobispo, pero yo, en fin, me han llamado a Bonn…». Y sacó la carta de l


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