Benedicto XVI en la tierra de Karol Wojtyla
Dulzura y valor del Papa en Polonia
Del viaje de Benedicto XVI quedan en la memoria muchas imágenes distintas entre sí: el homenaje a su predecesor, el calor humano de la gente, la defensa de la Tradición, la soledad de la visita a Auschwitz. La narración del vaticanista de La Stampa
por Marco Tosatti
Varios y distintos iconos ha
fraguado Benedicto XVI con su viaje a Polonia; el primero de los viajes
verdaderamente “suyo”, no heredado –como lo fue la
participación en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia–
del predecesor. De todas las imágenes, naturalmente, destaca la
tremenda imagen de la visita a Auschwitz; porque el dolor y el horror
destacan sobre todo, o casi. Precisamente por este motivo hablaremos al
final del singular “políptico” trazado por el papa
Ratzinger.

El icono del recuerdo
La amistad que ligaba a Joseph Ratzinger con Karol Wojtyla, dos personas muy distintas, y sin embargo unidas por fortísimas e imperceptibles afinidades, no es ningún secreto. Benedicto XVI quiso hacer un homenaje al gran predecesor en la patria que tanto amaba; y quiso tratar de comprender el misterio de una persona tan extraordinaria casi interrogando al genius loci. Porque, como ya explicó en la audiencia general tras su regreso a Roma, la fe «no es algo meramente intelectual o sentimental. La verdadera fe implica a toda la persona: pensamientos, afectos, intenciones, relaciones, corporeidad, actividad, trabajo diario». El Papa parecía escrutar con esos ojos intensos, penetrantes, los lugares en los que se desarrolló la existencia de Karol, y sobre todo los santuarios que marcaron su vida: Czestochowa, Kalwaria Zebrzydowska y de la Misericordia Divina, en Lagiewniki, casi en las afueras de Cracovia. A Kalwaria el joven Wojtyla iba a rezar, en un panorama de bosques y montes; en Lagiewniki vivía sor Faustina Kowalska, portadora del mensaje de la Misericordia Divina, de la que Juan Pablo II se hizo eco e intérprete, y que Benedicto XVI hace suyo: «Un mensaje central precisamente para nuestro tiempo: la Misericordia como fuerza de Dios, como límite divino contra el mal del mundo». En Kalwaria el Papa alemán hizo ver una de las finas rendijas en su armadura hecha de reserva y timidez. En Wadowice dijo: «He llegado con gran emoción al lugar del nacimiento de mi gran predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II, a la ciudad de su infancia y de su juventud. Wadowice no podía faltar en el itinerario de la peregrinación que estoy realizando en tierra polaca tras sus huellas. He querido detenerme precisamente aquí, en Wadowice, en los lugares en los que su fe nació y maduró, para orar juntamente con vosotros a fin de que pronto sea elevado al honor de los altares. Johann Wolfgang von Goethe, el gran poeta alemán, dijo: “Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo”. Del mismo modo, para comprender la vida y el ministerio de Juan Pablo II, era necesario venir a su ciudad natal. Él mismo confesó que aquí, en Wadowice, “comenzó todo: comenzó la vida, comenzó la escuela, los estudios, comenzó el teatro... y el sacerdocio”». Poco después, en Kalwaria, pronunció las palabras que le valieron el alistamiento en el partido del “Santo ya”: «Quisiera decir que, como el querido cardenal Stanislaw, –dijo improvisando– también yo espero que la Providencia conceda pronto la beatificación y la canonización de nuestro amado Papa Juan Pablo II ».
El icono del calor humano
Es difícil resistir al “tratamiento Polonia”. Benedicto XVI, en efecto, se ha dejado conquistar. Es verdad que estaba dispuesto, como buen alemán, a dejarse deslumbrar por lo que vive en el Este; es verdad que gran parte de la simpatía, como ha admitido él mismo, ya existía, alimentada por las banderas polacas que ondean numerosas en todas las audiencias generales; es cierto que Polonia es “distinta” del resto de Europa, un país en el que todavía el catolicismo, la fe, son riqueza popular, no algo de lo que hablar con cautela en público, con el temor de ofender la sensibilidad de los demás; es verdad que el papa Ratzinger cuenta con esta base, con esta fe para reemprender la marcha en el Viejo Continente; pero dicho esto, nunca le vimos sonreír tanto. Se instauró realmente una relación especial. Para empezar, con las presencias. Si el día de la llegada a Varsovia la acogida parecía calurosa, aunque no plebiscitaria, todo cambió ya desde la primera misa, la celebrada en la plaza Pilsudski, frente al histórico hotel “Victoria”. Sin caer en el habitual baile de cifras entre los entusiastas y los escépticos, la gente, considerando que era un viernes por la mañana, era realmente mucha. Y para el estupor de muchos, era gente que se arrodillaba en la consagración: en los prados, en la acera, en medio de la calle.
El crescendo continuó con la llegada a Czestochowa. Recordamos a Juan Pablo II en 1983 mientras el país estaba todavía enjaulado por el golpe del general Jaruzelski; y la muchedumbre que se extendía desde los bastiones hasta los árboles por la gran explanada. Benedicto XVI no fue tratado con menos generosidad. Decenas de miles de personas vivieron con el Papa, arrodillado frente a ellos, en el silencio más total, la experiencia de la adoración eucarística, para cantar luego las letanías de la Virgen, viviendo una liturgia empapada de tradición, con una sencillez y una naturalidad todo menos descontadas; y fueron miles los que comulgaron, siendo el presidente polaco Lech Kaczynski el primero en recibir la hostia de manos del Papa.
Cracovia lo recibió regiamente. ¿Cómo se podía resistir a la muchedumbre que en Kalwaria gritava: «Wir lieben dich», «te queremos», y respondía con un atronador: «¡Recordaremos! ¡Recordaremos!» a su petición de rezar por él y por la Iglesia? ¿O le inundaba con «Sto Lat», «Cien años», el canto de buen augurio que hasta hacía poco más de un año reservaba para Karol Wojtyla? No se podía resistir, como no se resistió. Hasta el punto de que en Blonia, el sábado por la noche, durante el encuentro-vigilia con los jóvenes, se vio claramente al papa Ratzinger mover los labios, como para unirse a los cantos de los chicos, y casi esbozar un batir de manos ritmado. Un esbozo, un comienzo, controlado inmediatamente, como si tuviera miedo de exagerar, o de querer imitar a Juan Pablo II, que se prestaba a ese juego de todo corazón. Pero era suficiente para demostrar la alegría, el gozo que se adivinaba en la sonrisa y en el rostro. Le llegaba muy dentro, esto era evidente; el dique de su timidez parecía ceder por la onda de un cariño tan arrasador.

El icono de los puntos sobre las
«íes»
Puso bastantes de ellos. Recordó que al comienzo del pontificado Juan Pablo II le escribió al cardenal Wyszynski: «No estaría sobre la cátedra de Pedro este Papa polaco que hoy, lleno de temor de Dios pero también de confianza, inicia un nuevo pontificado, si no hubiese sido por tu fe, que no se ha arredrado ante la cárcel y los sufrimientos; si no hubiese sido por tu heroica esperanza, tu ilimitada confianza en la Madre de la Iglesia; si no hubiese existido Jasna Góra y todo el período que en la historia de la Iglesia en nuestra patria abarca tu servicio de obispo y primado». Y dijo haciendo una glosa: «¿Cómo no dar gracias hoy a Dios por todo lo que se realizó en vuestra patria y en todo el mundo durante el pontificado de Juan Pablo II? Ante nuestros ojos tuvieron lugar cambios de enteros sistemas políticos, económicos y sociales. La gente de muchos países recobró la libertad y el sentido de la dignidad. “No olvidemos las maravillas obradas por Dios”». Esto por lo que respecta a la gratitud y a la historia. Sobre el cristianismo: «Al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, quisieran falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el hombre moderno. Se trata de dar la impresión de que todo es relativo: incluso las verdades de la fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de la verdad». Los obispos y el Papa son responsables de la verdad del Evangelio, pero «todo cristiano debe confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, esforzándose por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando es exigente y humanamente difícil de comprender. No debemos caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación».
Así despacha la “religión de consumo personal” y las adhesiones parciales. Recordemos ahora otro punto delicado. Lo afrontó hablando con los sacerdotes reunidos en Varsovia en la Catedral de San Juan. «El Papa Juan Pablo II, con ocasión del gran jubileo, exhortó muchas veces a los cristianos a hacer penitencia por las infidelidades del pasado. Creemos que la Iglesia es santa, pero en ella hay hombres pecadores. Es preciso rechazar el deseo de identificarse solamente con quienes no tienen pecado. ¿Cómo habría podido la Iglesia excluir de sus filas a los pecadores? Precisamente por su salvación Cristo se encarnó, murió y resucitó. Por tanto, debemos aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana. Practicándola, confesamos los pecados individuales en unión con los demás, ante ellos y ante Dios. Sin embargo, conviene huir de la pretensión de erigirse con arrogancia en juez de las generaciones precedentes, que vivieron en otros tiempos y en otras circunstancias. Hace falta sinceridad humilde para reconocer los pecados del pasado y, sin embargo, no aceptar fáciles acusaciones sin pruebas reales o ignorando las diferentes maneras de pensar de entonces. Además, la confessio peccati, para usar una expresión de san Agustín, siempre debe ir acompañada por la confessio laudis, por la confesión de la alabanza. Al pedir perdón por el mal cometido en el pasado, debemos recordar también el bien realizado con la ayuda de la gracia divina que, aun llevada en recipientes de barro, ha dado frutos a menudo excelentes». Inmediatamente surgieron dos escuelas de pensamiento. La primera prefirió dar una lectura “polaca” de este texto, referida al problema de los sacerdotes que de alguna manera colaboraron al parecer con el régimen en los decenios pasados. Es una cuestión delicada; porque además todos saben cuán dignas de crédito pueden ser a veces las listas, muy generales, hechas por elementos de los servicios secretos. Hizo bien el arzobispo de Cracovia, el cardenal Stanislao Dziwisz, en prohibir la publicación de los nombres hasta que una comisión estudie cada una de las posiciones personales y las acusaciones.
La segunda escuela de pensamiento, sin negar que Benedicto XVI pudiera haberse referido también a ese caso específico, tiende a interpretar aquellas palabras más ampliamente; es decir, como un freno a las interpretaciones demasiado “autoflagelantes” del mea culpa de Juan Pablo II con motivo del Gran Jubileo de 2000, que pretendía la purificación de la memoria de la Iglesia en los umbrales del tercer milenio. Y también en aquella ocasión, Benedicto XVI quiso colocar otro “punto”: «Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual». Y por fin, a los jóvenes, en el parque de Blonia, en Cracovia, recordó lo difícil que puede llegar a ser llamarse en voz alta cristianos: «Este rechazo de Jesús por parte de los hombres, mencionado por san Pedro, se prolonga en la historia de la humanidad y llega también a nuestros días. No se necesita una gran agudeza para descubrir las múltiples manifestaciones del rechazo de Jesús, incluso donde Dios nos ha concedido crecer. Muchas veces Jesús es ignorado, es escarnecido, es proclamado rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana; es arrumbado en el armario de cuestiones y de personas de las que no se debería hablar en voz alta y en público… Una fe fuerte debe superar las pruebas. Una fe viva debe crecer siempre. Nuestra fe en Jesucristo, para seguir siendo tal, debe confrontarse a menudo con la falta de fe de los demás».

El icono del dolor
Era impresionante ver a Benedicto XVI entrar en solitario en el campo de concentración, avanzar solo, seguido, muchos metros más atrás, por cardenales, obispos, y por el grupo. Solo, como si tuviera que hacer frente a un enemigo, y los demás, temerosos, se quedaran rezagados. Jesús hacia el Getsemaní, aquella noche. Solo. Benedicto XVI avanzaba, con sus pasitos frecuentes y rápidos, hacia el lugar-símbolo del Mal, por tercer vez: había estado ya en Auschwitz en 1979 con Juan Pablo II, y luego el año siguiente con los obispos alemanes. Y realmente se movía como si conociera bien aquel camino. Una ráfaga de imágenes se fijan en la memoria: la oración frente al muro de la muerte, el viento quitándole el birrete, la señal de la cruz; las lágrimas de una superviviente, el rostro tenso del Pontífice mientras sube el lamento del Kaddish, la oración por los muertos, y el arco iris a sus espaldas, una señal que rubrica su visita, en un cielo preñado de nubes y tempestad.
Las palabras de Benedicto XVI suscitaron –como ocurre a menudo cuando un papa roza el universo judío– reacciones y polémicas; no vamos aquí a volver sobre el tema. Pero merece sin duda ser recordado el comienzo del discurso del Pontífice, un grito apasionado. «Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto? Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante». Joseph Ratzinger, como «hijo del pueblo alemán», dijo de sí mismo: «No podía por menos de venir aquí. Debía venir». Demasiado denso y rico fue su discurso para tratar de resumirlo: Pero hay un pasaje que quizá establece un momento especial en las relaciones entre judíos y católicos, y que sin duda da una idea especial de cómo entiende el papa Ratzinger la historia y el papel del pueblo judío. «En el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía morir, para que el dominio perteneciera sólo al hombre, a ellos mismos, que se consideraban los fuertes que habían sabido apoderarse del mundo. En realidad, con la destrucción de Israel, con la Shoah, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte». Pero leyendo las palabras de Benedicto XVI se tiene la impresión de que las alusiones (como la referida al exterminio del pueblo gitano: «Era considerado como un elemento inútil de la historia universal, en una ideología en la que ya sólo debía contar lo útil mensurable; todo lo demás, según sus conceptos, se clasificaba como lebensunwertes Leben, una vida indigna de ser vivida», son mucho más actuales de lo que pensamos, y no se refieren solo a la evidente y brutal infamia de hace sesenta años, sino que hablan al Occidente del aborto y de la eutanasia.

Benedicto XVI saluda a la muchedumbre que lo recibe a su llegada al aeropuerto de Varsovia con motivo de su viaje apostólico a Polonia del 25 al 28 de mayo de 2006
El icono del recuerdo
La amistad que ligaba a Joseph Ratzinger con Karol Wojtyla, dos personas muy distintas, y sin embargo unidas por fortísimas e imperceptibles afinidades, no es ningún secreto. Benedicto XVI quiso hacer un homenaje al gran predecesor en la patria que tanto amaba; y quiso tratar de comprender el misterio de una persona tan extraordinaria casi interrogando al genius loci. Porque, como ya explicó en la audiencia general tras su regreso a Roma, la fe «no es algo meramente intelectual o sentimental. La verdadera fe implica a toda la persona: pensamientos, afectos, intenciones, relaciones, corporeidad, actividad, trabajo diario». El Papa parecía escrutar con esos ojos intensos, penetrantes, los lugares en los que se desarrolló la existencia de Karol, y sobre todo los santuarios que marcaron su vida: Czestochowa, Kalwaria Zebrzydowska y de la Misericordia Divina, en Lagiewniki, casi en las afueras de Cracovia. A Kalwaria el joven Wojtyla iba a rezar, en un panorama de bosques y montes; en Lagiewniki vivía sor Faustina Kowalska, portadora del mensaje de la Misericordia Divina, de la que Juan Pablo II se hizo eco e intérprete, y que Benedicto XVI hace suyo: «Un mensaje central precisamente para nuestro tiempo: la Misericordia como fuerza de Dios, como límite divino contra el mal del mundo». En Kalwaria el Papa alemán hizo ver una de las finas rendijas en su armadura hecha de reserva y timidez. En Wadowice dijo: «He llegado con gran emoción al lugar del nacimiento de mi gran predecesor el siervo de Dios Juan Pablo II, a la ciudad de su infancia y de su juventud. Wadowice no podía faltar en el itinerario de la peregrinación que estoy realizando en tierra polaca tras sus huellas. He querido detenerme precisamente aquí, en Wadowice, en los lugares en los que su fe nació y maduró, para orar juntamente con vosotros a fin de que pronto sea elevado al honor de los altares. Johann Wolfgang von Goethe, el gran poeta alemán, dijo: “Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo”. Del mismo modo, para comprender la vida y el ministerio de Juan Pablo II, era necesario venir a su ciudad natal. Él mismo confesó que aquí, en Wadowice, “comenzó todo: comenzó la vida, comenzó la escuela, los estudios, comenzó el teatro... y el sacerdocio”». Poco después, en Kalwaria, pronunció las palabras que le valieron el alistamiento en el partido del “Santo ya”: «Quisiera decir que, como el querido cardenal Stanislaw, –dijo improvisando– también yo espero que la Providencia conceda pronto la beatificación y la canonización de nuestro amado Papa Juan Pablo II ».
El icono del calor humano
Es difícil resistir al “tratamiento Polonia”. Benedicto XVI, en efecto, se ha dejado conquistar. Es verdad que estaba dispuesto, como buen alemán, a dejarse deslumbrar por lo que vive en el Este; es verdad que gran parte de la simpatía, como ha admitido él mismo, ya existía, alimentada por las banderas polacas que ondean numerosas en todas las audiencias generales; es cierto que Polonia es “distinta” del resto de Europa, un país en el que todavía el catolicismo, la fe, son riqueza popular, no algo de lo que hablar con cautela en público, con el temor de ofender la sensibilidad de los demás; es verdad que el papa Ratzinger cuenta con esta base, con esta fe para reemprender la marcha en el Viejo Continente; pero dicho esto, nunca le vimos sonreír tanto. Se instauró realmente una relación especial. Para empezar, con las presencias. Si el día de la llegada a Varsovia la acogida parecía calurosa, aunque no plebiscitaria, todo cambió ya desde la primera misa, la celebrada en la plaza Pilsudski, frente al histórico hotel “Victoria”. Sin caer en el habitual baile de cifras entre los entusiastas y los escépticos, la gente, considerando que era un viernes por la mañana, era realmente mucha. Y para el estupor de muchos, era gente que se arrodillaba en la consagración: en los prados, en la acera, en medio de la calle.
El crescendo continuó con la llegada a Czestochowa. Recordamos a Juan Pablo II en 1983 mientras el país estaba todavía enjaulado por el golpe del general Jaruzelski; y la muchedumbre que se extendía desde los bastiones hasta los árboles por la gran explanada. Benedicto XVI no fue tratado con menos generosidad. Decenas de miles de personas vivieron con el Papa, arrodillado frente a ellos, en el silencio más total, la experiencia de la adoración eucarística, para cantar luego las letanías de la Virgen, viviendo una liturgia empapada de tradición, con una sencillez y una naturalidad todo menos descontadas; y fueron miles los que comulgaron, siendo el presidente polaco Lech Kaczynski el primero en recibir la hostia de manos del Papa.
Cracovia lo recibió regiamente. ¿Cómo se podía resistir a la muchedumbre que en Kalwaria gritava: «Wir lieben dich», «te queremos», y respondía con un atronador: «¡Recordaremos! ¡Recordaremos!» a su petición de rezar por él y por la Iglesia? ¿O le inundaba con «Sto Lat», «Cien años», el canto de buen augurio que hasta hacía poco más de un año reservaba para Karol Wojtyla? No se podía resistir, como no se resistió. Hasta el punto de que en Blonia, el sábado por la noche, durante el encuentro-vigilia con los jóvenes, se vio claramente al papa Ratzinger mover los labios, como para unirse a los cantos de los chicos, y casi esbozar un batir de manos ritmado. Un esbozo, un comienzo, controlado inmediatamente, como si tuviera miedo de exagerar, o de querer imitar a Juan Pablo II, que se prestaba a ese juego de todo corazón. Pero era suficiente para demostrar la alegría, el gozo que se adivinaba en la sonrisa y en el rostro. Le llegaba muy dentro, esto era evidente; el dique de su timidez parecía ceder por la onda de un cariño tan arrasador.

28 de mayo, Benedicto XVI reza en el campo de concentración de Auschwitz, frente a las 22 lápidas que en varios idiomas recuerdan a todas las víctimas de la locura nazi
Puso bastantes de ellos. Recordó que al comienzo del pontificado Juan Pablo II le escribió al cardenal Wyszynski: «No estaría sobre la cátedra de Pedro este Papa polaco que hoy, lleno de temor de Dios pero también de confianza, inicia un nuevo pontificado, si no hubiese sido por tu fe, que no se ha arredrado ante la cárcel y los sufrimientos; si no hubiese sido por tu heroica esperanza, tu ilimitada confianza en la Madre de la Iglesia; si no hubiese existido Jasna Góra y todo el período que en la historia de la Iglesia en nuestra patria abarca tu servicio de obispo y primado». Y dijo haciendo una glosa: «¿Cómo no dar gracias hoy a Dios por todo lo que se realizó en vuestra patria y en todo el mundo durante el pontificado de Juan Pablo II? Ante nuestros ojos tuvieron lugar cambios de enteros sistemas políticos, económicos y sociales. La gente de muchos países recobró la libertad y el sentido de la dignidad. “No olvidemos las maravillas obradas por Dios”». Esto por lo que respecta a la gratitud y a la historia. Sobre el cristianismo: «Al igual que en los siglos pasados, también hoy hay personas o ambientes que, descuidando esta Tradición de siglos, quisieran falsificar la palabra de Cristo y quitar del Evangelio las verdades que, según ellos, son demasiado incómodas para el hombre moderno. Se trata de dar la impresión de que todo es relativo: incluso las verdades de la fe dependerían de la situación histórica y del juicio humano. Pero la Iglesia no puede acallar al Espíritu de la verdad». Los obispos y el Papa son responsables de la verdad del Evangelio, pero «todo cristiano debe confrontar continuamente sus propias convicciones con los dictámenes del Evangelio y de la Tradición de la Iglesia, esforzándose por permanecer fiel a la palabra de Cristo, incluso cuando es exigente y humanamente difícil de comprender. No debemos caer en la tentación del relativismo o de la interpretación subjetiva y selectiva de las sagradas Escrituras. Sólo la verdad íntegra nos puede llevar a la adhesión a Cristo, muerto y resucitado por nuestra salvación».
Así despacha la “religión de consumo personal” y las adhesiones parciales. Recordemos ahora otro punto delicado. Lo afrontó hablando con los sacerdotes reunidos en Varsovia en la Catedral de San Juan. «El Papa Juan Pablo II, con ocasión del gran jubileo, exhortó muchas veces a los cristianos a hacer penitencia por las infidelidades del pasado. Creemos que la Iglesia es santa, pero en ella hay hombres pecadores. Es preciso rechazar el deseo de identificarse solamente con quienes no tienen pecado. ¿Cómo habría podido la Iglesia excluir de sus filas a los pecadores? Precisamente por su salvación Cristo se encarnó, murió y resucitó. Por tanto, debemos aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana. Practicándola, confesamos los pecados individuales en unión con los demás, ante ellos y ante Dios. Sin embargo, conviene huir de la pretensión de erigirse con arrogancia en juez de las generaciones precedentes, que vivieron en otros tiempos y en otras circunstancias. Hace falta sinceridad humilde para reconocer los pecados del pasado y, sin embargo, no aceptar fáciles acusaciones sin pruebas reales o ignorando las diferentes maneras de pensar de entonces. Además, la confessio peccati, para usar una expresión de san Agustín, siempre debe ir acompañada por la confessio laudis, por la confesión de la alabanza. Al pedir perdón por el mal cometido en el pasado, debemos recordar también el bien realizado con la ayuda de la gracia divina que, aun llevada en recipientes de barro, ha dado frutos a menudo excelentes». Inmediatamente surgieron dos escuelas de pensamiento. La primera prefirió dar una lectura “polaca” de este texto, referida al problema de los sacerdotes que de alguna manera colaboraron al parecer con el régimen en los decenios pasados. Es una cuestión delicada; porque además todos saben cuán dignas de crédito pueden ser a veces las listas, muy generales, hechas por elementos de los servicios secretos. Hizo bien el arzobispo de Cracovia, el cardenal Stanislao Dziwisz, en prohibir la publicación de los nombres hasta que una comisión estudie cada una de las posiciones personales y las acusaciones.
La segunda escuela de pensamiento, sin negar que Benedicto XVI pudiera haberse referido también a ese caso específico, tiende a interpretar aquellas palabras más ampliamente; es decir, como un freno a las interpretaciones demasiado “autoflagelantes” del mea culpa de Juan Pablo II con motivo del Gran Jubileo de 2000, que pretendía la purificación de la memoria de la Iglesia en los umbrales del tercer milenio. Y también en aquella ocasión, Benedicto XVI quiso colocar otro “punto”: «Los fieles esperan de los sacerdotes solamente una cosa: que sean especialistas en promover el encuentro del hombre con Dios. Al sacerdote no se le pide que sea experto en economía, en construcción o en política. De él se espera que sea experto en la vida espiritual». Y por fin, a los jóvenes, en el parque de Blonia, en Cracovia, recordó lo difícil que puede llegar a ser llamarse en voz alta cristianos: «Este rechazo de Jesús por parte de los hombres, mencionado por san Pedro, se prolonga en la historia de la humanidad y llega también a nuestros días. No se necesita una gran agudeza para descubrir las múltiples manifestaciones del rechazo de Jesús, incluso donde Dios nos ha concedido crecer. Muchas veces Jesús es ignorado, es escarnecido, es proclamado rey del pasado, pero no del hoy y mucho menos del mañana; es arrumbado en el armario de cuestiones y de personas de las que no se debería hablar en voz alta y en público… Una fe fuerte debe superar las pruebas. Una fe viva debe crecer siempre. Nuestra fe en Jesucristo, para seguir siendo tal, debe confrontarse a menudo con la falta de fe de los demás».

Benedicto XVI observa un cuadro que representa a Juan Pablo II que le han regalado los fieles de Wadowice, el 27 de mayo
Era impresionante ver a Benedicto XVI entrar en solitario en el campo de concentración, avanzar solo, seguido, muchos metros más atrás, por cardenales, obispos, y por el grupo. Solo, como si tuviera que hacer frente a un enemigo, y los demás, temerosos, se quedaran rezagados. Jesús hacia el Getsemaní, aquella noche. Solo. Benedicto XVI avanzaba, con sus pasitos frecuentes y rápidos, hacia el lugar-símbolo del Mal, por tercer vez: había estado ya en Auschwitz en 1979 con Juan Pablo II, y luego el año siguiente con los obispos alemanes. Y realmente se movía como si conociera bien aquel camino. Una ráfaga de imágenes se fijan en la memoria: la oración frente al muro de la muerte, el viento quitándole el birrete, la señal de la cruz; las lágrimas de una superviviente, el rostro tenso del Pontífice mientras sube el lamento del Kaddish, la oración por los muertos, y el arco iris a sus espaldas, una señal que rubrica su visita, en un cielo preñado de nubes y tempestad.
Las palabras de Benedicto XVI suscitaron –como ocurre a menudo cuando un papa roza el universo judío– reacciones y polémicas; no vamos aquí a volver sobre el tema. Pero merece sin duda ser recordado el comienzo del discurso del Pontífice, un grito apasionado. «Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania. En un lugar como este se queda uno sin palabras; en el fondo sólo se puede guardar un silencio de estupor, un silencio que es un grito interior dirigido a Dios: ¿Por qué, Señor, callaste? ¿Por qué toleraste todo esto? Con esta actitud de silencio nos inclinamos profundamente en nuestro interior ante las innumerables personas que aquí sufrieron y murieron. Sin embargo, este silencio se transforma en petición de perdón y reconciliación, hecha en voz alta, un grito al Dios vivo para que no vuelva a permitir jamás algo semejante». Joseph Ratzinger, como «hijo del pueblo alemán», dijo de sí mismo: «No podía por menos de venir aquí. Debía venir». Demasiado denso y rico fue su discurso para tratar de resumirlo: Pero hay un pasaje que quizá establece un momento especial en las relaciones entre judíos y católicos, y que sin duda da una idea especial de cómo entiende el papa Ratzinger la historia y el papel del pueblo judío. «En el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía morir, para que el dominio perteneciera sólo al hombre, a ellos mismos, que se consideraban los fuertes que habían sabido apoderarse del mundo. En realidad, con la destrucción de Israel, con la Shoah, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte». Pero leyendo las palabras de Benedicto XVI se tiene la impresión de que las alusiones (como la referida al exterminio del pueblo gitano: «Era considerado como un elemento inútil de la historia universal, en una ideología en la que ya sólo debía contar lo útil mensurable; todo lo demás, según sus conceptos, se clasificaba como lebensunwertes Leben, una vida indigna de ser vivida», son mucho más actuales de lo que pensamos, y no se refieren solo a la evidente y brutal infamia de hace sesenta años, sino que hablan al Occidente del aborto y de la eutanasia.