Sesenta años
La celebración de los sesenta años de la Asamblea Constituyente se ha vivido en un clima especial debido al referéndum sobre las modificaciones que el Parlamento había hecho a la Carta, por iniciativa de la mayoría del centroderecha, sin un debate en profundidad
Giulio Andreotti

Una manifestación por las calles de Milán
Pese al cuidado que pongo en no parecer nostálgico, como superviviente de 1946, recuerdo que la Asamblea había estado precedida por una profunda consulta a las Universidades –promovida por el Ministerio para la Constituyente– mientras que los partidos dedicaron jornadas de estudio y reflexión, aunque en honor de la verdad el centro del debate fue entre monárquicos y republicanos, especialmente en los últimos días (el 9 de mayo el rey había abdicado).
Recuerdo bien esta campaña electoral (porque además para mí fue la primera), con los virtuosismos de que teníamos que hacer gala para mantener separadas la opción institucional y la normativa estatutaria.
En el lenguaje normal por lo menos en Roma, república quería decir caos, o mejor dicho, gran caos. No sé si era una sutil venganza de los papalinos de Pío IX, pero era así. Añádase a esto que Pietro Nenni gritaba enfatizando: «La República o el caos», lo cual no ayudaba a dar un contenido moderado al modelo por el que luchaba; antes bien, metía aún más miedo que el de Togliatti, que en el gobierno de Salerno se había ganado la fama de conciliador.
En los ambientes católicos la desconfianza hacia la República era de todos modos notable; por ello, conociendo sus convicciones republicanas, el Vaticano había impedido el regreso del exilio de don Luigi Sturzo, que pudo hacerlo solo tras el referéndum. El Papa, por lo demás, mandó al nuncio apostólico a decirle una palabra de consuelo al rey derrotado; lo recibió personalmente antes de salir para Portugal y le ayudó incluso con un préstamo (que posteriormente fue “devuelto”).
He reconstruido recientemente siguiendo mi experiencia directa los acontecimientos de junio de 1946, a los que también les ha dedicado un artículo muy documentado La Civiltà Cattolica.
Cuando la tarde del 10 de junio el presidente de la Corte de Casación añadió a las cifras del referéndum la extraña convocatoria de otra sesión, para «ver los recursos llegados mientras tanto», sucedieron días de incertidumbre y de caos, según las descripciones periodísticas de la época, entre ellas las del diario del marqués Falcone Lucifero, ministro de la Casa Real. He hablado con él de ello varias veces durante los años siguientes y estoy convencido de que el rey se mostró más abierto con De Gasperi que con sus inmediatos colaboradores.
De hecho, inmediatamente después de la recordada audiencia solemne de la Casación, acompañé al presidente al Quirinal, naturalmente hasta la puerta del estudio. Nada más subir al coche, tras la audiencia, De Gasperi, me dijo muy relajado que el rey se iría al cabo de tres días; así fue, pese a que ilustres juristas le habían aconsejado que esperara.
La atención se centró pronto en la Asamblea, que comenzó sus trabajos el 25 de junio. Su objetivo era la elaboración de la Carta, dejando al Consejo de Ministros la legislación ordinaria. Un paréntesis de gran importancia estuvo representado por el debate sobre el Tratado de Paz, durante el que Vittorio Emanuele Orlando usó la infeliz expresión: «Explosión de servilismo».
En la tarea de construir la Constitución los diputados de las distintas corrientes trabajaron con una imprevista y nueva convergencia. Cuando (a finales de mayo del 47) se rompió clamorosamente la coalición gubernamental se temió que el clima de co-operación en el Parlamento se quebrase. Pero no fue así. Togliatti, Calamandrei, La Pira, Dossetti siguieron en su esfuerzo cotidiano de convergencia como si ni en el Ministerio del Interior ni en el país hubiera cambiado nada. Este es el secreto de la validez de la Carta. Para abandonar el voto contra los gobiernos presididos por la Democracia Cristiana los comunistas iban a necesitar veintinueve años, pero en la base de la vida nacional la Constitución, votada casi por unanimidad en diciembre de 1947, se convirtió en garantía y regla de comportamiento para todos. Aún más, cuando llegó el momento de considerar la creación de la Comunidad Europea, se vio que estaba en total sintonía con el artículo 11 de la Constitución: «Italia… accede, en condiciones de igualdad con los demás Estados, las limitaciones de soberanía necesarias para un ordenamiento que asegure la paz y la justicia entre las naciones, y promoverá y favorecerá las organizaciones internacionales encaminadas a este fin».
Quienes presentaron las modificaciones berlusconianas aseguran –lo que en principio es exacto– que nadie quiere modificar los principios ni las garantías fijados en la primera parte: pero la preocupación de quienes estamos en contra es que si se cambian los equilibrios de las estructuras puede verse comprometida esta salvaguardia.

La sesión inaugural de la Asamblea Constituyente en el hemiciclo del Parlamento italiano, el 25 de junio de 1946
Con guiños populistas se ha tratado de vender las excelencias de la reforma subrayando que significaría la reducción de los parlamentarios (los diputados pasarían de 630 a 518, y los senadores de 315 a 252). Para colmo de desinformación se ha dicho que nuestro Parlamento es el más poblado de Europa, cuando en la Cámara de los Comunes de Londres se sientan 646 diputados frente a nuestros 630 y en la de los Lores son 733.
La afluencia de los ciudadanos al referéndum ha desbordado todas las previsiones: muy bien. El No ha salido victorioso con una diferencia considerable.
Ahora ambos frentes dicen que se pueden discutir algunas modificaciones, con amplios acuerdos. A mí me parece que hay que ir con pies de plomo. Se hace necesaria una pausa de reflexión; mientras tanto se puede pedir la colaboración de las Universidades y los Ayuntamientos.
Si, como es de desear, la Unión Europea retoma su camino ascendente, quizá la progresiva integración conllevará modificaciones constitucionales.
Puede que en mí predomine la nostalgia (el día de la inauguración de 1946 yo estaba sentado, al ser el más joven, al lado de Vittorio Emanuele Orlando, que, como decano, presidía la sesión). Pero la defensa de la Constitución, de todos modos, posee un valor que hay que entender y salvaguardar con gran atención y con intransigencia rigurosa.