Procesión en la fiesta de la Virgen
de la Caridad del Cobre, en La Habana
Son muchos los santeros de
Cuba. Muchos y difícilmente cuantificables, porque son pocos los
santeros de verdad, ya que por lo general esta religiosidad popular, que
puede incluso desembocar en lo mágico y el espiritismo, da origen a
un sincretismo con el cristianismo distinto de persona a persona. La
santería llegó a estos lares desde África, desde
Nigeria precisamente, con los esclavos. Aquí esta religión,
que representa un vínculo con las raíces africanas y, a la
vez, un espacio de libertad frente a la fe de los esclavistas cristianos,
adquiere una forma particular. Puesto que no pueden practicar el culto
público, los santeros identifican a sus divinidades con los santos
cristianos. Así Ochún, divinidad de las aguas y del amor, se
convierte en la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba,
Yemayá, en la Virgen de la Regla, patrona de La Habana, y así
sucesivamente. Por esto los santeros frecuentan las iglesias y hacen actos
devocionales como todos los cristianos, pero, en vez de rezar al santo
católico, van a adorar a su dios. Una práctica que
habría podido dar origen a una cruzada dirigida a reafirmar una idea
propia de pureza de la fe. En cambio la Iglesia cubana ha afrontado este
problema de manera totalmente distinta, con un enfoque que tiene que ver
con la suprema ley de la Iglesia: la salus
animarum. «La santería es un
problema difícil», explica monseñor Carlos Manuel de
Céspedes, «porque este cruce entre devoción religiosa y
espiritismo no es para nada una cuestión de lógica. De este
modo, tampoco la relación con estas personas ha de descender de una
lógica. La santería no es una institución: cada
santero tiene su propia religiosidad en la que los elementos cristianos a
veces son preponderantes, si no decisivos. De este modo el enfoque ha de
ser valorado caso a caso, dentro de una relación personal». En
la Virgen de la Regla los santeros son de casa. El padre Mariano Arroyo
Marino, párroco del santuario, no se siente para nada molesto por el
tropel de santeros que abarrota la iglesia. Con tranquilidad nos conduce
dentro e indica las estatuas de los santos que embellecen las paredes.
«La fe de la gente aquí es completamente visual», dice.
«Por esto las estatuas son tan importantes… A los pies de cada
estatua he puesto una breve nota sobre el santo: una especie de
pequeña catequesis para beneficio de todos, incluidos los
santeros». En el fondo de la iglesia, en una nave lateral, el padre
Mariano ha colocado una copia de la estatua de la Virgen de la Regla. De
este modo los santeros pueden rendirle honor sin molestar durante el
desarrollo de la misa. Junto a la copia de la estatua, un poco más
allá, el sacerdote ha colocado la imagen de la Virgen Dolorosa
–que parece ser muy venerada por los santeros– como para marcar
una especie de etapa de un recorrido ideal que conduce al Santísimo,
en el fondo de la nave lateral. En fin, una especie de peregrinación
que debería llevar a los santeros a Jesús. Pero no hay
ninguna presunción en esta pequeña catequesis visual. Todo se
confía al corazón de cada cual. Mejor dicho, al Señor.
El padre Mariano explica que hay muchos tipos de santeros: entre ellos,
muchos son de hecho cristianos. «Aquí vienen en masa a las
misas de difuntos. Según una estadística mía personal,
elaborada sobre la gente que participa en estas funciones, en un 20% se
trata de santeros, otro 20% son santeros con características
católicas, mientras que el resto de los participantes no se
identifican con ninguna religión particular, aunque tienen su propia
religiosidad. De este 60% solo una pequeña parte es
católica». Cuenta que los santeros bautizan a sus hijos. Para
poder participar en ciertos ritos importantes, los santeros, además,
deben estar bautizados. Las vías del Señor son realmente
infinitas. Por lo que parece la Iglesia cubana trata solamente de dejarlas
abiertas todas… «No hacemos más que seguir lo que la
Iglesia siempre ha hecho», resume monseñor García
Hernández, presidente de la Conferencia episcopal cubana:
«Zacarías oficia en el Templo en septiembre y, después
de seis meses, dice el evangelista, es la Anunciación; así
pues, pasados otros nueve meses, en diciembre, llega la Natividad del
Señor. Y sin embargo se dice también que la Iglesia hizo su
fiesta del Sol invicto, propia del culto pagano…». No, ninguna
cruzada, sino solo un abrazo misericordioso.