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REPORTAJE DESDE CUBA
Sacado del n. 02/03 - 2008

La Iglesia, la santería y la Salus animarum



por Davide Malacaria


Procesión en la fiesta de la Virgen 
de la Caridad del Cobre, en La Habana

Procesión en la fiesta de la Virgen de la Caridad del Cobre, en La Habana

Son muchos los santeros de Cuba. Muchos y difícilmente cuantificables, porque son pocos los santeros de verdad, ya que por lo general esta religiosidad popular, que puede incluso desembocar en lo mágico y el espiritismo, da origen a un sincretismo con el cristianismo distinto de persona a persona. La santería llegó a estos lares desde África, desde Nigeria precisamente, con los esclavos. Aquí esta religión, que representa un vínculo con las raíces africanas y, a la vez, un espacio de libertad frente a la fe de los esclavistas cristianos, adquiere una forma particular. Puesto que no pueden practicar el culto público, los santeros identifican a sus divinidades con los santos cristianos. Así Ochún, divinidad de las aguas y del amor, se convierte en la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, Yemayá, en la Virgen de la Regla, patrona de La Habana, y así sucesivamente. Por esto los santeros frecuentan las iglesias y hacen actos devocionales como todos los cristianos, pero, en vez de rezar al santo católico, van a adorar a su dios. Una práctica que habría podido dar origen a una cruzada dirigida a reafirmar una idea propia de pureza de la fe. En cambio la Iglesia cubana ha afrontado este problema de manera totalmente distinta, con un enfoque que tiene que ver con la suprema ley de la Iglesia: la salus animarum. «La santería es un problema difícil», explica monseñor Carlos Manuel de Céspedes, «porque este cruce entre devoción religiosa y espiritismo no es para nada una cuestión de lógica. De este modo, tampoco la relación con estas personas ha de descender de una lógica. La santería no es una institución: cada santero tiene su propia religiosidad en la que los elementos cristianos a veces son preponderantes, si no decisivos. De este modo el enfoque ha de ser valorado caso a caso, dentro de una relación personal». En la Virgen de la Regla los santeros son de casa. El padre Mariano Arroyo Marino, párroco del santuario, no se siente para nada molesto por el tropel de santeros que abarrota la iglesia. Con tranquilidad nos conduce dentro e indica las estatuas de los santos que embellecen las paredes. «La fe de la gente aquí es completamente visual», dice. «Por esto las estatuas son tan importantes… A los pies de cada estatua he puesto una breve nota sobre el santo: una especie de pequeña catequesis para beneficio de todos, incluidos los santeros». En el fondo de la iglesia, en una nave lateral, el padre Mariano ha colocado una copia de la estatua de la Virgen de la Regla. De este modo los santeros pueden rendirle honor sin molestar durante el desarrollo de la misa. Junto a la copia de la estatua, un poco más allá, el sacerdote ha colocado la imagen de la Virgen Dolorosa –que parece ser muy venerada por los santeros– como para marcar una especie de etapa de un recorrido ideal que conduce al Santísimo, en el fondo de la nave lateral. En fin, una especie de peregrinación que debería llevar a los santeros a Jesús. Pero no hay ninguna presunción en esta pequeña catequesis visual. Todo se confía al corazón de cada cual. Mejor dicho, al Señor. El padre Mariano explica que hay muchos tipos de santeros: entre ellos, muchos son de hecho cristianos. «Aquí vienen en masa a las misas de difuntos. Según una estadística mía personal, elaborada sobre la gente que participa en estas funciones, en un 20% se trata de santeros, otro 20% son santeros con características católicas, mientras que el resto de los participantes no se identifican con ninguna religión particular, aunque tienen su propia religiosidad. De este 60% solo una pequeña parte es católica». Cuenta que los santeros bautizan a sus hijos. Para poder participar en ciertos ritos importantes, los santeros, además, deben estar bautizados. Las vías del Señor son realmente infinitas. Por lo que parece la Iglesia cubana trata solamente de dejarlas abiertas todas… «No hacemos más que seguir lo que la Iglesia siempre ha hecho», resume monseñor García Hernández, presidente de la Conferencia episcopal cubana: «Zacarías oficia en el Templo en septiembre y, después de seis meses, dice el evangelista, es la Anunciación; así pues, pasados otros nueve meses, en diciembre, llega la Natividad del Señor. Y sin embargo se dice también que la Iglesia hizo su fiesta del Sol invicto, propia del culto pagano…». No, ninguna cruzada, sino solo un abrazo misericordioso.


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