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NUEVOS BEATOS
Sacado del n. 06/07 - 2008

«No tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos»


Esto decía santa Teresita del Niño Jesús de su padre, Luis Martin, que pronto será beatificado junto con su esposa, Celia Guérin, en el 150 aniversario de su matrimonio


por Paolo Mattei


Luis Martin

Luis Martin

El relojero y la encajera. Parece el título de un folletín de finales del siglo XIX. Y en cambio es una historia verdadera. La historia de dos esposos que pronto serán elevados al honor de los altares. Sería el segundo caso después del de los cónyuges Beltrame Quattrocchi, beatificados en 2001 por Juan Pablo II. Pero para Luis y Celia Martin la resonancia del acontecimiento podría ser mucho más amplia. Son los padres de aquella que Pío X definió «la santa más grande de los tiempos modernos», Teresita del Niño Jesús. Su causa se abrió en 1957, y hoy parece próxima al momento conclusivo. Ya en 1994 el papa Wojtyla había declarado la heroicidad de las virtudes de un padre y de una madre «más dignos del Cielo que de la tierra», como había escrito Teresa en una de sus últimas cartas. Pero hace sólo dos meses que la Consulta médica reconoció el primer milagro atribuido a su intercesión: la curación imprevista en junio de 2002 en el Hospital San Gerardo de Monza, Italia, del bebé Pietro Schilirò, que había nacido con una grave forma de insuficiencia pulmonar considerada irreversible. El 3 de julio el Papa aprobó el milagro y el 12 de julio, el cardenal Saraiva Martins, prefecto emérito de la Congregación para las Causas de los santos, en una conferencia celebrada en la parroquia de Notre Dame de Alençon, con motivo del 150 aniversario de bodas del matrimonio Martin, anunció que su beatificación tendrá lugar el 19 de octubre, Jornada mundial de las misiones, en la Basílica de Lisieux, en cuyas cercanías están enterrados los padres de Teresa.
Luis Martin, relojero y joyero de profesión, había meditado cuando era joven hacerse monje, pero en 1845 no le fue permitido entrar en el monasterio del Gran San Bernardo porque tenía antes que aprender el latín. Por un motivo desconocido, un permiso análogo se le había negado a Celia, que deseaba entrar en la congregación de las Hermanas de la Caridad, que dirigían el Hospital Nuevo de Alençon, su pueblo. Y entonces ella se orientó hacia el matrimonio. El primer encuentro con Luis tuvo lugar en el puente de San Leonardo. La joven fabricante del famoso y delicado “punto de Alençon” oyó claramente una voz interior, mientras Luis le pasaba por delante, que le decía: «He aquí a quien he destinado para ti». Eran los mismos días de gracia durante los que la Inmaculada, a quien Celia había invocado, sonreía en la gruta de Massabielle a la pequeña Bernadette Soubirous. El matrimonio se celebró en la iglesia parroquial de Alençon, tras pocos meses de noviazgo, el 13 de julio de 1858, tres días antes de la última aparición de Lourdes.
A parte de este preludio, la vida de estos dos esposos se desarrolló, durante 19 años –el tiempo que duró su matrimonio–, en medio de la cotidianidad de una familia como las demás, acomodada, en que el trabajo y la educación de los hijos absorbían casi todo el tiempo de la jornada. Solo que los dos esposos vivían como cristianos sus deberes, comenzando el día con la misa diaria, practicando el respeto de las leyes de la Iglesia, participando en la vida de la parroquia, poniendo especial relieve en el descanso del domingo, confesándose frecuentemente, pidiendo al «buen Dios», según la expresión que Celia tenía siempre en sus labios, que les mandara hijos para poder educarlos «para el Cielo». Tuvieron nueve hijos, conocieron cuatro veces el dolor de la muerte prematura, que por desgracia no era una excepción en aquella época, y criaron con amor a las cinco hijas que alcanzaron la edad madura. La última que vio la luz, en enero de 1873, fue Teresa. No se dolieron de haber recibido a los hijos que Dios había querido darles. Escribía Celia en una carta a su cuñada, también ella adolorada por haber perdido un hijo recién nacido: «Estoy afligida, tengo el corazón oprimido como cuando perdí a mis hijos, y, sin embargo, Dios te ha dado una grande gracia, porque el pequeño tuvo tiempo de recibir el bautismo. Cuando se ve a una criatura en peligro, es siempre por allí que se comienza. Cuando cerraba los ojos de mis amados hijitos, experimentaba un dolor muy grande, pero no me quejaba de las penas e inquietudes que había sufrido por ellos. Algunos me decían: “Mucho mejor hubiera sido no haberlos tenido nunca”. Yo no podía tolerar este modo de hablar. No me parecía que las penas e inquietudes pudieran ser colocados en la balanza contra la felicidad eterna de mis hijos».
El testimonio más grande de su santidad lo encontramos en los escritos de Teresa, que tuvo la gracia de aprender muy pronto la confianza en Dios viendo a sus padres. De Celia conservó pocos recuerdos: su madre murió a causa de un tumor de seno en 1877, cuando Teresa era muy pequeña. Pero las cartas de su madre rebosan de referencias a su infancia vivaz y alegre: «Teresita es a veces realmente divertida», escribe en 1876 a la segundogénita, Paulina, entonces en el colegio: «Me preguntaba el otro día si iría al cielo. Yo le dije que sí, si se portaba bien, y me contestó: “Ya, y si no soy buena, iré al infierno... Pero sé muy bien lo que haré en ese caso: me echaré a volar contigo, que estarás en el cielo, luego tú me apretarás muy fuertemente entre tus brazos. ¿Cómo se las arreglará Dios para cogerme?”. Y leí en sus ojos que estaba firmemente convencida de que Dios no podría hacerle nada mientras estuviese en brazos de su madre…».
En esta familia la oración y la confianza en Dios no era sólo una recomendación. Se vivían diariamente, y las cinco hijas respiraban un clima en el que «el extraordinario poder formativo de la oración» era el método naturalmente aprendido a cada paso. «En nuestra casa», recordaba durante su vejez Celina, la penúltima, compañera de juegos y “amiga del alma” de Teresa, «la educación tenía como principal aliciente la piedad. Había una liturgia del hogar: oración de la noche en familia, mes de María, oficios del domingo, lecturas devotas de la Vigilia. Mi madre me sentaba en sus rodillas para ayudarme a preparar mis confesiones, y era precisamente a la confianza de sus hijas que miraba siempre».
¡Qué pronto aprendió Teresa con este método! Cuando comenzó a caminar, cuenta su madre, le resultaba difícil subir las escaleras de casa. Entonces se ponía ante el primer peldaño y gritaba: «¡Mamá!», y no se movía de allí hasta que su madre no respondía: «¡Sí, mi niña!». Sólo entonces levantaba el pie y superaba el obstáculo. «Hacía falta una invocación y una respuesta dando ánimos a cada peldaño», observa el padre Antonio Sicari comentando el episodio. Y añade: «Más tarde, Teresa, educadora de jóvenes novicias, les enseñará que no hay mejor método para aprender a subir hacia Dios que llamarle a cada paso».
Celia Guérin

Celia Guérin

Es lo que hacía Celia ante las dificultades del trabajo, las enfermedades de los hijos, los contratiempos de cada día, los problemas que le dio durante muchos años su hija Leonia, una chica cerrada, introvertida, indócil, con dificultades para aprender, con quien sólo al final de su vida Celia consigue algún resultado. En las alegrías y los dolores del vivir se sentía protegida y amada, y esta certeza se comunicaba como por ósmosis al corazón de sus hijas: «La señorita X», escribe a Paulina, «ha venido a darme noticias tuyas; me ha dicho que has crecido mucho y me alegro. Es una persona muy buena esta señorita, qué pena que tenga ideas tan liberales. Creo que un 1222435067887">Esta actitud hará que Celia reciba la noticia de su grave enfermedad, con 45 años y cinco hijas que criar, sin caer en la desesperación: «El buen Dios me concede la gracia de no asustarme; estoy muy tranquila, casi me siento feliz, no cambiaría mi destino con ningún otro. Si el buen Dios quiere curarme, me alegraré mucho, porque en el fondo deseo vivir: me duele dejar a mi marido y a mis hijitas. Pero por otro lado me digo: “Si no sano es quizá porque para ellos será más útil que yo me vaya…”. Mientras tanto haré todo lo posible para obtener un milagro: cuento con la peregrinación a Lourdes, pero, si no sano, trataré de cantar igualmente a mi regreso».
Celia no obtuvo la gracia tan esperada. A la edad de 54 años Luis tuvo que afrontar solo la tarea de sacar adelante una casa, cuando la hija primogénita María tenía 17 años y Teresa apenas cuatro. Se decidió, pues, a trasladarse a Lisieux, donde vivía el hermano de Celia, Isidoro, y ofrecerles a sus hijas el apoyo materno de su cuñada Celina Fournet, amiga y confidente de su mujer. El recuerdo de estos años se mantuvo extraordinariamente vivo en Teresa, que, al ser la más pequeña de la casa, fue rodeada de una amor especial por parte de su padre: a ella le dedicaba el paseo vespertino con la visita al Santísimo Sacramento; las tardes pasadas pescando en el río; el último beso, después de la oración de la noche ante la estatua de la Virgen que tanto le gustaba a Celia y Luis, y que había traído de Alençon. Así fue como el corazón de Teresa se abrió de nuevo; superó poco a poco el dolor por la muerte de su madre, que al principio la había vuelto más frágil, propensa al llanto y melancólica, y descubrió en los ojos de su padre un amor que remitía naturalmente a Dios y se ensanchaba en el horizonte de la caridad: «Durante los paseos que daba con papá, le gustaba mandarme a llevar la limosna a los pobres con que nos encontrábamos. Un día vimos a uno que se arrastraba penosamente sobre sus muletas. Me acerqué a él para darle una moneda; pero no sintiéndose tan pobre como para recibir una limosna, me miró sonriendo tristemente y rehusó tomar lo que le ofrecía. No puedo decir lo que sentí en mi corazón. Yo quería consolarle, aliviarle. Papá acababa de comprarme un pastel y me entraron muchas ganas de dárselo, pero no me atreví. Sin embargo, quería darle algo que no me pudiera rechazar, pues sentía por él un afecto muy grande. Entonces recordé haber oído decir que el día de la primera comunión se alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me consoló, y aunque todavía no tenía más que seis años, me dije para mí: “El día de mi primera comunión rezaré por mi pobre”. Cinco años más tarde cumplí mi promesa, y espero que Dios haya escuchado la oración que le dirigí por uno de sus miembros dolientes».
En estas pocas páginas no podemos por menos que hacer referencia a la Historia de un alma, viendo reflejada en ella la talla de Luis, la gracia de estado que le permitió formar, sin demasiadas palabras, pero con el ejemplo, ese espíritu de confianza en Dios que tanto caracterizó a Teresa: «Las fiestas...! ¡Cuántos recuerdos me trae esta palabra...! ¡Cómo me gustaban las fiestas...! Me gustaban, sobre todo, las procesiones del Santísimo. ¡Las fiestas! Si bien las grandes eran raras, cada semana traía una muy entrañable para mí.: “el domingo”. ¡Qué día el domingo...! Era la fiesta de Dios, la fiesta del descanso. Toda la familia iba a misa. Durante todo el camino, y también en la iglesia, la reinecita de papá le daba la mano. Su sitio estaba junto al de él, y cuando teníamos que sentarnos para el sermón, había que encontrar también dos sillas, una junto a otra. Esto no resultaba muy difícil, pues todo el mundo parecía encontrar tan entrañable el ver a un anciano tan venerable con una hija tan pequeña, que la gente se apresuraba a cedernos el asiento. Cuando el predicador hablaba de santa Teresa, papá se inclinaba y me decía muy bajito: “Escucha bien, reinecita, que está hablando de tu santa patrona”. Y yo escuchaba bien, pero miraba más a papa que al predicador. ¡Me decía tantas cosas su hermoso rostro...! A veces sus ojos se llenaban de lágrimas que trataba en vano de contener…».
Teresa insiste sobre todo en el verbo mirar, cuando se refiere al padre: «¿Y qué decir de las veladas de invierno, sobre todo de las de los domingos? ¡Cómo me gustaba sentarme con Celina, después de la partida de damas, en el regazo de papá...! Luego subíamos para rezar las oraciones en común, y la reinecita se ponía solita junto a su rey, y no tenía más que mirarlo para saber cómo rezan los santos...».
Hay que decir que Teresa, que nunca se sintió una santa, se había sentido siempre hija de santos. De modo que puede decir en una carta al padre, cuando estaba ya en el Carmelo: «Cuando pienso en ti, pienso naturalmente en el buen Dios».
Le tocó a Luis, entre 1882 y 1887, acompañar a tres de sus cinco hijas a la puerta del Carmelo de Lisieux: Paulina, la que había hecho de mamá a Teresa, fue la primera que entró; María, la primogénita, cuatro años después; Teresa, en fin, que para su padre fue el sacrificio mayor, después de un año, al haber obtenido un permiso especial para tomar el hábito carmelita a la edad de 15 años. Uno de sus amigos le decía: «Abraham no tiene nada que enseñarle; usted habría hecho lo mismo que él si el buen Dios le hubiera pedido que sacrificara a su reinecita...». Respondió inmediatamente: «Sí, pero confieso que habría levantado mi espada lentamente, esperando al ángel y el carnero ».
Teresa, última de nueve hijos, a la edad de tres años y medio en una foto de julio de 1876

Teresa, última de nueve hijos, a la edad de tres años y medio en una foto de julio de 1876

Y, sin embargo, de él habían aprendido cómo encontrar en la vida «la parte mejor, la que no le será quitada». En 1885 salió para hacer su última peregrinación, rumbo a Tierra Santa, continuando una querida tradición. A menudo su mujer y sus hijas le habían visto salir con el bastón en la mano hacia Chartres, o ir a París para rezar en el santuario de Nuestra Señora de las Victorias. En aquella ocasión, le escribió a María desde Constantinopla: «En fin, mi querida María, mi grande, mi primera, sigue conduciendo tu pequeño batallón lo mejor que puedas y sé algo más razonable que tu viejo padre, que tiene ya bastante con todas las bellezas que le rodean y que sueña el Cielo y el infinito». Así evocaba las palabras que Celia había enviado a su cuñada cuando tomó conciencia de la gravedad de su enfermedad: «Así, pues, ha pasado un año más … No lo añoro, espero con impaciencia el fin del próximo: sin embargo, no tengo muchos motivos para alegrarme viendo el tiempo que corre, pero soy como los niños que no se preocupan del mañana: espero siempre la felicidad».
En los últimos años de su vida, después de haber ofrecido todas sus hijas a Dios –también Leonia y Celina entraron en el monasterio después de su muerte–, tuvo que afrontar la prueba más difícil: una dolorosa enfermedad que lentamente le causó la pérdida de sus facultades mentales y lo condujo al internamiento en el sanatorio de Caen. Alternando momentos de lucidez con largas crisis, trataba de ofrecerlo todo al buen Dios, aceptando por amor, él que siempre había sido muy activo y emprendedor, esta dolorosa condición: «Siempre estuve acostumbrado a mandar y ahora me veo obligado a obedecer, es duro. Pero sé por qué el buen Dios me ha enviado esta prueba: nunca había sufrido una humillación en la vida, por eso necesitaba una».
Cuando murió en 1894, Teresa escribió: «La muerte de papá no me parece una muerte, sino una verdadera vida. Vuelvo a encontrarle después de seis años de ausencia, lo siento en torno a mí mirándome y protegiéndome». Quizá la santidad de sus padres no tenga los caracteres extraordinarios de la de Teresa. Pero para ver lo que Teresa debe a sus padres es suficiente el testimonio de un amigo de Luis, Cristóbal Desroziers, que escribía en 1899, tras leer la primera edición de Historia de un alma: «Con viva emoción he encontrado el retrato físico y moral del querido Luis, uno de los hombres que más he querido sobre la tierra. No he conocido nunca un corazón más grande, ni un alma más generosa, y seguramente de él le viene a sor Teresa del Niño Jesús la nobleza de sus sentimientos».


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