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COLEGIOS ECLESIÁSTICOS DE...
Sacado del n. 11 - 2008

Los ciento cincuenta años de la fundación del Colegio Pío Latino Americano

El “Continente de la esperanza” en la Ciudad Eterna


Una de las señales de la predilección de los papas por la Iglesia de Latinoamérica (definida por Pablo VI «Continente de la esperanza») es el Pontificio Colegio Pío Latino Americano, creado hace ciento cincuenta años por Pío IX y desde siempre llevado por jesuitas. Aquí han vivido y se han formado generaciones de sacerdotes y obispos. Esta es su historia


por Pina Baglioni


Estudiantes del Colegio Pío Latino Americano con el retrato de su fundador en la foto más antigua conservada en el archivo

Estudiantes del Colegio Pío Latino Americano con el retrato de su fundador en la foto más antigua conservada en el archivo

«San Pedro y el Vaticano desde la azotea del Colegio (en G. Belli, 3)» dice el pie de foto del viejo retrato en blanco y negro. Quién sabe, quizá estemos en los años treinta. Y es evidentemente un día soleado: seis seminaristas con su breviario en la mano pasean por la terraza del Colegio sito en la vía Gioachino Belli, en el barrio Prati de Roma. Un séptimo está asomado observando la cúpula de San Pedro que se levanta al fondo.
El padre jesuita José Adolfo González Prados, colombiano, desde hace cuatro años rector del Pontificio Colegio Pío Latino Americano, saca con cierta reticencia la preciosa colección de viejas fotos de un armario de metal. Nos enseña otras fotos, otras caras de seminaristas que fueron pasando por el Colegio durante los años. Destacan sobre todo los de los años setenta, casi todos con pelo largo, vaqueros y zapatillas. «En 1973 estaba en el Pío Latino como vicerrector», explica el padre González: «Ya entonces teníamos más sacerdotes que seminaristas. Recuerdo que en aquel período no querían saber nada de la sotana, querían vestirse como la mayor parte de sus coetáneos. A diferencia de aquellos años, digamos tan “tumultuosos”, hoy los sacerdotes del Colegio no esconden quiénes son y se ponen el clergyman con gusto», dice mientras señala a los muchachos de aquellas fotos que luego fueron obispos, cardenales, ilustres teólogos. Y a quienes, en cambio, perdieron la vida al volver a su país por testimoniar el Evangelio. «Hemos tenido y seguimos teniendo mártires: por ejemplo el colombiano Isaías Duarte Cancino, obispo de Cali, asesinado por los narcos. Aquí vivió, entre 1937 y 1942, también el arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, mientras estudiaba teología en la Gregoriana», recuerda. «En este momento están en proceso un par de causas de beatificación de nuestros ex estudiantes que murieron en el ejercicio de su ministerio sacerdotal».
El rector es persona de pocas palabras. Enseña Teología Espiritual en la Gregoriana. «Pero no es uno de los cursos más importantes», dice. Y para contarnos un siglo y medio de vida del prestigioso Pío Latino Americano nos entrega algunos breves apuntes en un folio: del 21 de noviembre de 1858, fecha de la fundación, hasta octubre de este año, el Colegio ha formado a 32 futuros cardenales, 438 futuros obispos y a 3.971 seminaristas o sacerdotes. «Desde 1975 aquí damos cabida solo a sacerdotes que preferiblemente no tengan más de 37 años. Los seminaristas los tuvimos hasta 1974: ahora en realidad somos una residencia sacerdotal, pero queremos seguir definiéndonos colegio no solo por tradición, sino porque esperamos que un día la Providencia nos mande nuevos seminaristas».
Hoy en el Colegio Pontificio, que ya en 1973 fijó su residencia en la vía Aurelia Antigua, detrás de la Ciudad del Vaticano, viven setenta sacerdotes. Proceden de Cuba, Santo Domingo, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Haití, Venezuela, Perú y sobre todo de Colombia. Estudian casi todos en la Universidad Gregoriana para conseguir la licencia o el doctorado principalmente en Teología. Pero también en Filosofía, Derecho canónico, Historia eclesiástica, Sagrada Escritura, Misiología y Ciencias Sociales. “De mayores”, una vez vueltos a casa, más de la mitad de ellos irá a enseñar a los seminarios de sus países de procedencia, respondiendo de este modo a las peticiones de sus obispos.
También las celebraciones por el ciento cincuenta aniversario de la fundación de esta institución prestigiosa se desarrollarán el próximo mes de febrero de manera muy sobria. «Será una celebración casera: vendrán cuatro obispos de América Latina para rememorar juntos una historia maravillosa. La cita importante es la del 19 de febrero, cuando seremos recibidos por Benedicto XVI. Estamos muy contentos por esto».
No hay más que echar un vistazo a las paredes de los largos pasillos, a las salas y salitas del Colegio para comprender quiénes han sido los artífices del comienzo de esta historia maravillosa. Los retratos, los bustos de mármol, las inscripciones: todo lleva a las figuras del papa Pío IX y del sacerdote chileno Ignacio Víctor Eyzaguirre, considerados cofundadores del Pío Latino Americano. Paseando por el espléndido conjunto, conmueve encontrarse con la casulla con la que fue ordenado sacerdote Giovanni Maria Mastai Ferretti, el futuro Pío IX, confeccionada con la tela del manto nupcial de su madre. En ella hay cosido un borde de tela en el que aparece escrito “Pío IX” en latín y en árabe. «Es un verdadero misterio que aparezca también en árabe. Nadie sabe quién lo escribió, cuándo y por qué», añade el rector. Precisamente en la entrada está la foto de un risueño Juan Pablo II de visita al Colegio, el 17 de enero de 1982, para celebrar el ciento veinticinco aniversario de la fundación.
Junto a la memoria constante de Pío IX y de Eyzaguirre está también la de la Virgen. Una gran estatua de Nuestra Señora del Colegio, procedente de la sede del barrio romano de Prati, con muchos angelitos que vuelan a su alrededor, está de guardia frente a la capilla. Y además está la Virgen morenita de Guadalupe, patrona y reina de América Latina. Las imágenes que la representan, realizadas con todas las técnicas posibles e imaginables, están por doquier. Entre ellas está también la realizada en mosaico de la espléndida capilla diseñada por el padre catalán Luis Palomera, con el altar colocado en el centro, concebida para las concelebraciones. «Aquí es donde tiene lugar el momento más esperado de la semana: cada jueves, a las 19 horas, celebramos la misa todos juntos. Durante la Eucaristía los cantos litúrgicos van acompañados por los instrumentos de viento de nuestras tierras. En fin, somos un trozo de América Latina en el corazón de Roma».

En una foto de los años treinta, 
algunos seminaristas pasean leyendo 
el breviario por la terraza del Colegio 
en la sede de la vía Gioachino Belli, 
en el barrio Prati de Roma

En una foto de los años treinta, algunos seminaristas pasean leyendo el breviario por la terraza del Colegio en la sede de la vía Gioachino Belli, en el barrio Prati de Roma

Pío IX y el padre Eyzaguirre
La idea de colocar un trozo de América Latina en el corazón de Roma para la formación del clero latinoamericano se debe al tenaz sacerdote Ignacio Víctor Eyzaguirre. «Si hay un país en el mundo que necesita estrechar sus vínculos de unión con el centro de la unidad católica, ese país es sin duda alguna América», escribe en enero de 1856 en un memorial destinado al papa Pío IX. «Por consiguiente si la Santa Sede ha protegido y promovido en la capital del mundo cristiano seminarios eclesiásticos para diversos países de Europa y Asia, crear otro para la América española y portuguesa no parece merecer menos su pía consideración».
La Iglesia latinoamericana estaba sumida en una grave crisis desde los tiempos de José I de Portugal y Carlos III de España, que entre 1759 y 1767 habían echado de Brasil a 328 misioneros de la Compañía de Jesús y a otros dos mil de todos los demás países de lengua española. La violenta expulsión de los jesuitas, con sus consecuencias en las reducciones de Paraguay y en toda la obra que estaban desarrollando en el continente, tuvo también un contragolpe en el desarrollo de las vocaciones que estaban floreciendo de manera considerable. Alrededor de 1820 además, los movimientos independentistas de las colonias españolas amenazarían aún más la supervivencia de la Iglesia. Por un sentimiento de fidelidad a los regímenes precedentes, más de un obispo y muchos sacerdotes se retiraron de los territorios dominados por los insurgentes, volviendo en su mayoría a España con sus connacionales, mientras que otros, entre los miembros del clero y del episcopado, fueron alejados de sus sedes por los nuevos gobiernos.
De este modo, en los primeros decenios del siglo XIX tuvo lugar lo que dio en llamarse un «trágico interregno» en el gobierno de las diócesis: por ejemplo, en 1830, 8 de las 10 sedes episcopales de México estaban vacantes.
Por un curioso azar, el paladín de un proyecto que se revelará decisivo para la historia de la Iglesia latinoamericana va a encontrar justo al primer papa que había pisado aquel continente. En efecto, en julio de 1823 el sacerdote Giovanni Maria Mastai Ferretti, que entonces contaba con poco más de treinta años, había ido a Chile y Argentina en una misión pontificia dirigida por monseñor Giovanni Muzi. La misión era la respuesta al deseo del gobierno chileno, que en 1822 había pedido a la Santa Sede el reconocimiento de la República y el nombramiento de un representante pontificio. Sin embargo, desde la fecha de la invitación y la de la llegada de la legación pontificia, había cambiado el gobierno y el nuevo no quería ningún representante pontificio. Mastai Ferretti no se desanimó y aprovechó la ocasión para recoger todas las noticias que pudieran reavivar una proximidad mayor con la Santa Sede, como certifican muchos testimonios y las cartas que escribió al Secretario de Estado, el cardenal Giulio della Somaglia (G. De Marchi, Lezioni di storia della diplomazia pontificia, pro manuscripto).
En 1856, cuando el chileno Eyzaguirre pide ser recibido, parece como si el papa Pío IX no esperara otra cosa: lo recibe con los brazos abiertos, le concede inmediatamente plena aprobación para la fundación de un colegio latinoamericano, prometiendo, entre otras cosas, todo tipo de ayuda.

La misa celebrada en la capilla 
del Colegio, presidida por el superior general de la Compañía de Jesús, 
el padre Adolfo Nicolás, con motivo 
del ciento cincuenta aniversario 
de la fundación, el 21 de noviembre 
de 2008

La misa celebrada en la capilla del Colegio, presidida por el superior general de la Compañía de Jesús, el padre Adolfo Nicolás, con motivo del ciento cincuenta aniversario de la fundación, el 21 de noviembre de 2008

Las primeras sedes
Eyzaguirre salió para América Latina con las cartas del Papa destinadas a los obispos sudamericanos: en ella se pedían seminaristas y dinero para comenzar el proyecto. En enero de 1858, tras recorrer a lo largo y a lo ancho todo el continente, Eyzaguirre volvió a Roma con 58.700 pesos en el bolsillo, llevando consigo a los primeros alumnos: diez argentinos, seis colombianos y un peruano, elegidos entre los más dotados de siete diócesis distintas. Algo de dinero se dedicó al alquiler de un local provisional anejo a la iglesia de San Andrés del Valle y la inauguración tuvo lugar el 21 de noviembre del mismo año en la capilla del edificio; durante aquella ceremonia los primeros diecisiete estudiantes se consagraron solemnemente a la Virgen. El Papa estableció, mientras tanto, que la dirección de la nueva institución estaría a cargo de los padres de la Compañía de Jesús de modo que la formación de aquellos jóvenes tuviera su alimento en el libro de los Ejercicios espirituales de San Ignacio. Los estudiantes mejores se mandaron al Colegio Romano a estudiar Teología dogmática y moral y Filosofía, y se les adjudicó un profesor de apoyo en todas las asignaturas. Los menos instruidos, que no conocían ni una palabra de latín, fueron mandados a un instituto público. Solo tres años después los seminaristas se trasladaron a un local de los benedictinos en Santa María en Minerva. Aquel fue un período malo: los muchachos se adaptaban de mala gana a la férrea disciplina del Colegio, hasta el punto de que se hizo necesario crear, en febrero de 1863, una comisión «para el buen gobierno y la conservación del Colegio». Pero más que la comisión, lo que pareció ayudar definitivamente a encontrar una solución fue la iniciativa del rector Francisco Vannutelli, que decidió crear una congregación mariana gracias a la cual los seminaristas eran invitados diariamente a rezar el rosario y a entonar el canto Ave maris Stella. Los frutos se vieron inmediatamente: vida espiritual más intensa, observancia de las reglas, visitas a los enfermos en los hospitales, dedicación en el servicio de la misa y en las tareas domésticas. Pero los pobres seminaristas empezaron a enfermar por la precariedad de aquellos primeros alojamientos en el centro de Roma, en donde se moría de calor en verano y de frío en invierno. Algunos murieron de fiebre maligna, otros de tuberculosis. Precisamente por este motivo, en 1867 se decidió ir a San Andrés en el Quirinal, junto a la residencia papal, donde se respiraba otro aire. También en aquel año caía el dieciocho centenario del martirio de san Pedro y san Pablo, y de los quinientos obispos que de todas las partes del mundo llegaron a Roma, los latinoamericanos llevaron consigo a nuevos estudiantes destinados al Colegio, que de este modo alcanzaron el número total de 59 (cfr. Luis Medina Ascencio s.j., Historia del Colegio Pío Latino Americano. Roma: 1858-1978, Editorial Jus, 1979, págs. 45-53). Pero aquel 1867 ha de ser recordado también porque el Papa mostró una vez más su afecto: además de regalar dinero, cuadros, libros, concedió también que, en su honor, se llamara Colegio “Pío” Latino Americano.

El primer Concilio plenario de América Latina
Mientras tanto los huéspedes del Colegio iban creciendo: en julio de 1870, con motivo de los trabajos del Concilio Ecuménico Vaticano I, los obispos latinoamericanos que llegaron a Roma trajeron otros estudiantes, que de este modo se convirtieron en 82.
Al terminar el poder temporal y tras convertirse Roma en la capital del Reino de Italia, fue incluso necesario que interviniera el emperador de Brasil para impedir que se echara a los estudiantes de San Andrés en el Quirinal. Se les permitió permanecer en la Colina hasta que encontraran una nueva residencia. Ésta fue encontrada y realizada en 1887, gracias a la ayuda de Pío IX, y luego de León XIII, en la vía Gioachino Belli, en el barrio Prati de Roma. Y, por fin, el nomadismo del Pío Latino Americano, por lo menos durante los 75 años siguientes, se interrumpió.
El número de los seminaristas mientras tanto había llegado a 120, y el prestigio del Colegio creció hasta el punto de que en 1899 los locales de la vía Belli alojaron el primer Concilio plenario de América Latina, con la presencia de 53 obispos y arzobispos de aquellos países. Durante aquel Concilio, León XIII quiso extender también a las Filipinas la invitación a enviar a sus seminaristas al Pío Latino Americano.
En toda esta historia sale a relucir un elemento constante: el afecto profundo no solo por parte de Pío IX, sino de todos sus sucesores. El 19 de marzo de 1905 Pío X pidió abiertamente a los obispos latinoamericanos que «enviaran a Roma por lo menos un alumno al año sin pensar en los gastos... Porque entre las obras que muestran el atento cuidado de los Sumos Pontífices por América Latina ocupa sin lugar a dudas el primer lugar el Colegio fundado en Roma por nuestro predecesor Pío IX». Además fue Pío X quien concedió al Colegio, con la carta Sedis Apostolicae, el título de “Pontificio” y quien lo puso definitivamente en manos de la Compañía de Jesús. Después de él, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII insistieron en la utilidad de que un número cada vez mayor de latinoamericanos aspirantes al sacerdocio viniera a formarse a Roma. «Los alumnos del Pío Latino, no menos que los de otros colegios, encuentran en Roma a maestros de virtudes y ciencia», subrayó el papa Pacelli, «maestros que a su vez, cada cual en su rama, han sido igualmente objeto de cuidadosa selección». (Discorsi e Radiomessaggi di Sua Santità Pio XII, Tipografia Poliglota Vaticana, Ciudad del Vaticano 1956, X, p. 456).

Pablo VI visita el Colegio para la inauguración de la sede de la vía Aurelia el 30 de noviembre de 1963

Pablo VI visita el Colegio para la inauguración de la sede de la vía Aurelia el 30 de noviembre de 1963

La hora del Concilio Vaticano II
La predilección de los pontífices por este Colegio estaba más que justificada: había arrancado en 1858 con 17 seminaristas, y en el bienio de 1928-29 contaba con 300. Demasiados incluso para la ya de por sí espaciosa residencia de la vía Belli. La decisión que se tomó, pues, fue “separar” un trozo, el de los brasileños, que, por motivos de lengua y de la voluntad de sus obispos, se fueron por su cuenta el 3 de abril de 1934, creando el Pontificio Colegio Pío Brasileño. El destino elegido fue el de la Villa Maffei, en la vía Aurelia, un espacio en pleno campo romano que había sido donado por Pío IX en 1859 al recién nacido Pío Latino Americano para las vacaciones de fin de semana de los estudiantes. Con el paso de los años, otros pedazos se fueron separando, creando nuevos Colegios: en 1961 se fueron los filipinos y en 1967 los mexicanos.
Mientras tanto el Pío Latino Americano seguía su propio camino: en 1958, durante las celebraciones de sus primeros cien años de vida, considerados por el papa Pío XII «visiblemente bendecidos por Dios y fecundos en todo tipo de bienes», el Colegio acogió el primer Congreso de Rectores de seminarios mayores del continente latinoamericano. Y en aquel mismo año la Conferencia Episcopal latinoamericana (Celam) recibió su bautismo en la vía Belli, 3. Sin embargo, había llegado la hora también de abandonar el barrio Prati y pasar a un alojamiento aún más espacioso: los alumnos enviados cada año por las diócesis latinoamericanas aumentaban y se había tenido que rechazar muchas solicitudes de admisión. Se pensó en construir un nuevo edificio en los terrenos de la Villa Maffei, donde ya se había trasladado el Pío Brasileño. En diciembre de 1960 el papa Juan XXIII, en presencia de los superiores, de los alumnos y del cuerpo diplomático de América Latina al completo, fue a bendecir la colocación de la primera piedra del futuro Colegio. Se trataba de una piedra sacada de las Grutas Vaticanas, precisamente de antiguas construcciones limítrofes con el sepulcro de Pedro. Este hecho será recordado por Pablo VI el 30 de noviembre de 1963, con motivo de su visita al Colegio para la inauguración de la sede de la vía Aurelia: «Con fina intuición se sacó esta piedra angular... casi como para simbolizar los fundamentos más profundos sobre los que se asienta el Colegio: de fidelidad, de apego y afecto sincero hacia la Sede apostólica», dijo. «Sed dignos de la hora solemne que vive hoy toda la Iglesia, la hora del Concilio ecuménico: sabed vivir su espíritu y penetrar en sus escondidas profundidades. De Roma eterna y sagrada sabed capturar y conservar su perfume cristiano, que llevaréis en vuestras almas y sabréis difundir en vuestras tierras».
El período del Concilio se caracterizó por una gran euforia. La ola de optimismo atravesó también el nuevo Pío Latino Americano de la vía Aurelia, quinta “etapa” de la peregrinación que había vivido el Colegio desde sus orígenes: el edificio estaba dotado de trescientas habitaciones. Había incluso un piso destinado a los padres jesuitas, otro a los cardenales y a los obispos de visita a Roma, otro más para las monjas. «Al cabo de poco nos dimos cuenta, sin embargo, de que habíamos sido demasiado optimistas», cuenta hoy el rector, el padre González: «El número de seminaristas comenzó poco a poco a disminuir. Estábamos atravesando años de gran desorientación. Piénsese que para llenar aquel edificio mastodóntico dimos alojamiento al Colegio Lombardo. Nos dimos cuenta, después de algunos años, que había llegado el momento de vender la sede y buscar otra más pequeña, más adecuada a la realidad. Así fue como en 1973 el Pío Latino Americano cambió de dirección nuevamente, estableciendo su residencia definitiva aquí, en la vía Aurelia antigua». Un lugar muy bonito, inmerso en un parque dieciochesco que limita con el Instituto Don Guanella. A espaldas del edificio hay una villa de 1660 que aloja una biblioteca dotada de preciosos textos de Derecho canónico de los siglos pasados, donados por los obispos latinomericanos.
«Hoy nuestros sacerdotes que perfeccionan sus estudios aquí en Roma son más “frescos” que los del 68. Más libres desde un punto de vista ideológico», asegura el rector. «Saben que cuando vuelvan a su patria encontrarán pobreza, mucha pobreza. Sobre todo en las parroquias rurales. Y en algunos países, como Colombia, la guerrilla y las masacres de sacerdotes y monjas. Pero las respuestas a todo esto las están aprendiendo aquí en Roma, junto al Papa y a los sepulcros de los primeros mártires. Saben que deberán responder a todo esto a la “manera de la Iglesia”: dando testimonio del Evangelio con confianza y sencillez. Teniendo en cuenta que nuestra gente, pese a estar fascinada por las sectas protestantes que penetran en las casas y en las familias gracias a su, digámoslo así, mayor “cariño”, se sigue fiando todavía mucho de la Iglesia, de su gran corazón, desde siempre cercano a los oprimidos», añade. «Hay otra cosa que les espera, y es la más urgente: la pérdida de la fe. Hay que enseñar de nuevo el catecismo, el abecé del cristianismo. Esto es lo que la gente se espera de ellos. Y esto es lo que ellos tendrán que hacer».


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