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EDITORIAL
Sacado del n. 03 - 2009

Sagrados oradores


Quizás quienes dicen que los políticos vivimos en un mundo irreal exageran, aunque no del todo. Está de moda pensar que el paso del tiempo está empobreciendo el contenido de las reflexiones y los diálogos. Generalizando uno se equivoca, aunque también es cierto que predomina una curiosidad que llamaré exterior, aunque quizá fuera mejor definirla frívola


Giulio Andreotti


Giancarlo Pajetta habla en un mitin en Roma en 1948 <BR>[© International Photo/LaPresse]

Giancarlo Pajetta habla en un mitin en Roma en 1948
[© International Photo/LaPresse]

Hace ya tiempo que se perdió la costumbre de hablar –uso un término elocuente– tal y como nos enseñaron nuestros padres. Parece que hoy es menor la preocupación de parecer cultos; el resultado es que somos incomunicables y aburridos.
Quizás quienes dicen que los políticos vivimos en un mundo irreal exageran, aunque no del todo. Está de moda pensar que el paso del tiempo está empobreciendo el contenido de las reflexiones y los diálogos. Generalizando uno se equivoca, aunque también es cierto que predomina una curiosidad que llamaré exterior, aunque quizá fuera mejor definirla frívola. Cuando tengo la grata oportunidad de estar con los jóvenes, yo hablo muy poco, invitándoles, si lo desean, a hacerme preguntas, con total libertad sobre los temas. A veces me decepcionan: como aquella vez que, estando con un grupo de estudiantes, la primera pregunta que me hicieron fue cuánto cuesta un café en el bar del Congreso y el Senado. No digo que la curiosidad no sea legítima, pero no pienso que sea prioritaria. Por lo demás, el contacto con los jóvenes –ya sean o no estudiantes– es bueno sobre todo para mí porque me permite comprender hasta qué punto estoy presente y cuento para la gente.
Se dice que el Parlamento es el espejo del país; para cambiar de técnica conversacional se debería producir un cambio profundo en las plazas. La eterna pescadilla mordiéndose la cola.
En las asambleas diseminadas de oratoria forense de viejo cuño (cuatro adjetivos por lo menos por cada sustantivo), los que hoy siguen teniendo como tarea hacer un resumen –en argot parlamentario se llama sumario– lo tienen muy difícil.
En cambio, un ejemplo clásico del conciso estilo europeo, con respecto al redundante estilo que yo llamaré napolitano, son los discursos del presidente De Gasperi tanto en Viena como, luego, en Roma. Las superabundancias verbales y las modulaciones de la voz como si se estuviera en un escenario no tienen cabida en este tipo de comunicación esencial, en la que la solemnidad descansa en los conceptos, no en las formas.
Era una escuela muy distinta la del presidente De Gasperi, de formación austrohúngara, para la que las adjetivaciones y las inutilidades no tienen cabida vista la necesidad que había en el Parlamento de Viena de traducir simultáneamente a varias lenguas.
En realidad, durante la posguerra, los supervivientes de las viejas generaciones se expresaban en un estilo mixto entre el telegráfico y el ampuloso. Algunos de nosotros, entonces muy jóvenes, nos valimos del ejemplo de grandes maestros de oratoria sagrada. Nos enseñaban cómo había que hablar y qué se debía callar. Recuerdo la invitación a que siempre fuera posible hacer un completo resumen en pocas líneas. Había quien exagerando en el ahorro se expresaba con un estilo casi telegráfico.
Los que luego terminaron en la política después de una breve permanencia en la Acción Católica (en mi caso, en la universitaria) se inspiraron siempre en un equilibrio entre formas y contenidos. Provocar aplausos con artificios oratorios habría sido deprimente. Algunos no podían evitarlo, de modo que se podía resumir su discurso de veinte minutos en dos líneas.
Qué duda cabe que el arte oratorio y el tono justo tienen su papel junto al contenido de lo que se está diciendo. Al principio ocurría que algunos no sabían encontrar el equilibrio debido y gritaban frases ante un público reducidísimo y atento.
Un lugar autónomo entre los oradores de la posguerra se lo merece Mario Scelba, extraordinario ministro del Interior en un país agitado y poco maleable. De él asombraba no sólo su tonalidad muy bien modulada, sino también el uso de una síntesis entre el italiano y el dialecto sículo (que fue definido “siciliota”).
En las asambleas diseminadas de oratoria forense de viejo cuño (cuatro adjetivos por lo menos por cada sustantivo), los que hoy siguen teniendo como tarea hacer un resumen –en argot parlamentario se llama sumario- lo tienen muy difícil. En cambio, un ejemplo clásico del conciso estilo europeo, con respecto al redundante estilo que yo llamaré napolitano, son los discursos del presidente De Gasperi tanto en Viena como, luego, en Roma
Otro cariz completamente distinto tenían los discursos de De Gasperi, del que se decía que pensaba en austríaco y traducía hablando. Pero quizá lo bien valorado que estaba por parte de la gente le otorgaba automáticamente al presidente autoridad en las masas.
Claro que hablar en público, especialmente en los mítines, es completamente distinto que hablar en asambleas bajo techo o en los círculos. Las primeras veces se sudaba frío. Recuerdo mi primer mitin, pocos días después de la Liberación, en Lanuvio, donde me habían mandado para sustituir al viejo ex diputado Cecconi, que estaba enfermo. Llegué además encogido en un coche de tres ruedas de la empresa de tranvías, que me prestaron amablemente.
La experiencia de la dirección universitaria no me servía para nada. Todo era distinto. De todos modos, superé la prueba, utilizando el consejo del cardenal Salotti (fascinante orador sagrado) de prepararme de memoria la primera y la última frase del discurso: empezar bien y, en el momento oportuno, salir airoso.
El largo paréntesis de los veinte años del fascismo había hecho que se perdiera la costumbre de los mítines. Aparte de la la técnica fácil de los discursos mussolinianos desde el balcón de la plaza de Venecia de Roma, usada también por los jerarcas fascistas de varios tipos, que sabían hacerse escuchar –a veces durante mucho tiempo– provocando en los encuentros un intercambio de sensaciones e impulsos.
En nuestro campo sobresalía también el presidente Gronchi, con un timbre toscano muy acentuado y una fuerte modulación de registro. A todos nos servía un estilo particular para estos discursos. Sin banalidades pero también sin expresiones demasiado rebuscadas. Por lo demás, es cierto que contaba también mucho la forma, pero si no se conseguía que los presentes comprendieran por lo menos uno o dos conceptos básicos era todo inútil. Los comunistas, siempre más organizados que los otros, iban todos a clases de declamación (incluso Giancarlo Pajetta, que ya era muy bueno).
La radio, y luego, la televisión, lo cambiaron todo. Fue un revés para quienes no habían entendido lo distinto que era el coloquio mirando a los ojos al auditorio y comprobando si el mensaje llegaba. Por lo demás, los mítines en las plazas son ya muy raros y presuponen notables y costosos esfuerzos de an o podían hacerlo) de pedirle a la gente que te hicieran preguntas. A veces te llegaban algunas muy interesantes. Un día, mientras yo estaba hablando en un mitin en la provincia de Roma una voz me gritó: «¿Sabe usted cuánto cuesta un kilo de carne?». Yo lo sabía, porque mi madre me mandaba a hacer la compra, y tuve un sonado éxito.
No sé si es verdad lo que se decía de algunos “oradores”, que colocaban entre el público a algunos compinches que gritaban preguntas delicadas para conseguir éxito con respuestas ya preparadas. De todos modos, si no se exagera, la técnica de la interrupción estudiada siempre da resultados. Sirve para despertar a la gente que se te está quedando dormida; y para divertir, lo que no puede hacerse con los discursos técnicos.
También es importante en el orador la influencia que tiene sobre los presentes; para conseguir la atención y provocar por lo menos alguna manifestación de asentimiento. Y ni siquiera hoy, que los medios de comunicación han ganado terreno imparablemente, conseguirá nadie eliminar el impacto directo.
Un mitin de Giulio Andreotti en Roma en 1948 [© Publifoto/Olycom]

Un mitin de Giulio Andreotti en Roma en 1948 [© Publifoto/Olycom]

Otras veces he recordado el bochorno que sentí en un mitin de poca monta con el alcalde Rebecchini, en la plaza del Risorgimento de Roma. La tribuna era pequeña, como las de los teatros de Polichinela. En un momento dado los presentes empezaron a agitarse porque algunas mujeres reaccionaban con arañazos a unas molestias que, por lo demás, eran bastante limitadas. Corríamos el peligro de que nos llevaran por delante, así que, como he dicho, me gustó la calma de nuestro primer ciudadano, que seguía hablando como si nos estuviéramos dirigiendo a un público tranquilo.
Tuvo un éxito sin precedentes en los primeros años de la posguerra el nuevo hombre político Guglielmo Giannini, fundador del Hombre Cualquiera. Innovando el lenguaje estirado y correctísimo de los políticos, Giannini atacó sarcásticamente al presidente llamando a Parri Fessuccio [“tontorrón”, n. del t.] en vez de Ferruccio. Éxito deprimente que yo nunca traté de imitar, aunque los asistentes siempre me prestaron benevolente atención. Cuando Giannini más tarde llamó en voz alta “gilipollas” al respetable secretario del Partido Comunista, las acciones del Hombre Cualquiera subieron por las nubes. Aunque solo fuera por poco tiempo, el correctísimo método anglosajón fue abandonado.
También tenían notable éxito, aunque en espacios cerrados, los discursos a modo de diálogo, que por lo demás imitaban el modelo de los sermones de los jesuitas, llamado modelo del “docto y el ignorante”. El segundo tenía que ser mejor que el primero porque al final en la gente tenían que quedar certezas y no dudas.
No sé si en los centros menores siguen funcionando estos sermones con dos protagonistas. En Roma ya no.
Sobre los predicadores en las iglesias me ha entrado una duda. Cómo es que antiguamente se escuchaba estupendamente lo que decían sin que, como pasa ahora, nadie usara el micrófono.


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