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NOVA ET VETERA
Sacado del n. 05 - 2009

Archivo de 30Días

Introducción



por Stefania Falasca


La portada del libro de Stefania Falasca <I>Mio fratello Albino. Ricordi e memorie della sorella di papa Luciani</I>

La portada del libro de Stefania Falasca Mio fratello Albino. Ricordi e memorie della sorella di papa Luciani

«También con la pluma se puede hacer mucho bien, también con la pluma...»: lo recordaba con frecuencia Nina, repitiendo las palabras de su hermano Albino cuando, siendo éste un joven sacerdote, le robaba horas al sueño para escribir los artículos que le pedían. «Si supieras lo que me han costado», le decía luego. Antonia Luciani, hermana menor de Juan Pablo I, ha contado muchos recuerdos como éste. Como los que presentamos en esta sección, en la forma editorial en que salieron en 2003, a los veinticinco años de la muerte del siervo de Dios Albino Luciani.
Cuando en 2002 comenzamos a grabar sus memorias en Roma, gracias a su hija Lina y a su marido Sandro, en la casa donde Nina transcurría a menudo los meses invernales, nunca hubiéramos pensado que iban a tener una aceptación tan unánime. Al cabo de poco tiempo de salir el libro, en pleno verano, llegaron cientos de cartas: de purpurados y de obispos de las distintas diócesis del mundo, de sacerdotes sencillos, de fieles comunes, hasta el punto que fue necesaria una cuarta reimpresión.
Nina, con la naturalidad y familiaridad de siempre, nos había dejado entrar, sin sentimentalismos ni añoranzas, en la vida ordinaria de una familia.
Y a través de su sencillez, la viveza de su narración, sin darse cuenta nos llevó al corazón de la vida y la inteligencia cristiana, de aquella humilitas que no es más que la gracia de sentirse pequeños ante Dios... pequeños, para saber siempre reconocer lo que solo el Señor sabe hacer florecer, cuando quiere y como quiere.
Nina murió el pasado 4 de junio en Levico, provincia de Trento, donde desde 1952 vivió criando a sus dos hijos y luego a su nieto. Hace un año la había precedido su amado hermano, el maestro Berto, que con ella compartió tantas de estas memorias.
El funeral, en presencia de diez sacerdotes, además del obispo de Belluno y el vicario general de la diócesis de Trento, se celebró en la pequeña iglesia de Santa Juliana, donde cada mañana temprano Nina iba, mientras pudo, a oír misa. El párroco, durante la homilía, quiso contar un pequeño recuerdo. Una de aquellas mañanas, viéndola allí en la iglesia, le dijo: «Si puede, diga una oración también por mí.. Ya se encuentra uno con pocos que rezan por los pobres curas». Y ella le respondió: «Rezo siempre por los sacerdotes, siempre, como hacía de pequeña con mi madre... nosotros tuvimos uno en casa».
Sin su compañía la historia de 30Días no habría sido la misma. Nosotros se lo agradecemos.
Las páginas que siguen vuelven a su infancia y nos llevan al comienzo.


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