Archivo de 30Días
Como un payaso inútil
La historia de Cecilia Eusepi, una muchacha que vivió a principios de siglo en un pueblo a las puertas de Roma y que a 18 años murió de tuberculosis. Está camino de los altares y se la considera una hermana espiritual de santa Teresita del Niño Jesús
por Stefania Falasca
«… Como un payaso medio bobo e inútil». Esta es
sólo la historia de una muchacha. La historia de una breve vida, que
pocos han conocido. No era un genio, no ha dejado ninguna obra. Nada
sensacional ni especial. Salvo que para Alguien fue, en cambio, muy
preciosa. Hasta ella misma se maravillaba: «A veces asombrada me
pregunto, qué atractivo puede haber hallado en mí
Jesús que lo atrae hacia mi nada, que me colma con sus cuidados
más afectuosos. Mi debilidad extrema, esta es la única
respuesta posible».
Cecilia Eusepi se llamaba esta muchachita que vivió a principios de siglo en un pueblo a las puertas de Roma y que murió de tuberculosis a los dieciocho años. Nos ha dejado pocos cuadernos con sus recuerdos de infancia y un diario, escritos sólo por obediencia a su confesor cuando ya estaba consumida por la enfermedad. Y, sin embargo, quizás dentro de poco la veremos subir a los altares. En cuanto algunos de los milagros realizados por su intercesión superen el severo examen de la comisión médica y teológica. La causa de beatificación, presentada poco después de su muerte, ocurrida en 1928, va viento en popa. Hace diez años, el 1 de junio del 87, Juan Pablo II la declaró venerable. Y hoy algunos la consideran una hermana espiritual de santa Teresita del Niño Jesús, cuyo centenario de la muerte se celebra este año, y a la que Cecilia Eusepi se parece en muchísimos aspectos. «Es más», declara Tito Sartori, postulador general de la causa, «no sería arriesgado definirla una pequeña Teresita nuestra. Entre las últimas figuras de santidad reconocidas por la Iglesia, Cecilia es la que más ha absorbido y seguido hasta el fondo el “caminito” indicado por la gran santa francesa patrona de las misiones».

Un signo de la gracia
Nepi es una antigua ciudad de la Tuscia a cuarenta kilómetros de Roma. Una de las tantas soñolientas ciudades de provincia que antaño pertenecían a la Italia campesina. En este ambiente fue a vivir Cecilia, que venía de Monte Romano, el pueblo vecino donde había nacido el 17 de febrero de 1910, la última de once hermanos. Con su madre viuda y el tío materno se estableció a tres kilómetros de la ciudad, en el caserío “La massa”, propiedad de los duques Lante della Rovere, donde su tío trabajaba como granjero. Muy vivaz y sensible, Cecilia crece rodeada de un cariño particular, sobre todo por parte de su tío, a cuyos cuidados se la había confiado su padre antes de morir. A los seis años, igual que tantas niñas del pueblo, la mandaron a la escuela en el internado para huérfanas de guerra del monasterio cisterciense de Nepi. Por su destacada sensibilidad y rapidez en aprender todo lo que se le enseñaba, las monjas no escondían su esperanza de verla un día en el claustro. Pero no era la vida monástica lo que atraía a Cecilia. A cien metros del convento se hallaba la parroquia de San Tolomeo, regida por los Siervos de María, y al lado el seminario, entonces lleno de aspirantes a sacerdotes para las misiones. En torno a la parroquia de San Tolomeo giraba toda la vida juvenil de la ciudad. Cecilia, una vez terminada la escuela primaria, pasaba aquí su tiempo, y es en este contexto donde madura tempranamente y con sorprendente claridad su vocación. Tanto es así que a la edad de doce años, con otras compañeras mayores, pide entrar como terciaria en la orden de los Siervos de María y el año siguiente, a pesar de su joven edad y los intentos de hacerle cambiar de opinión por parte de sus familiares, el obispo le da la dispensa para entrar como postulante en las Mantellate Siervas de María. Irá a estudiar a Roma, Pistoia, y luego a Zara. Pero su aspiración de ir a las misiones no se cumplirá. En octubre del 26, debido a la enfermedad que dos años después la llevará a la muerte, regresa a Nepi.
Esta es toda su breve vida. Y de todas sus circunstancias habla Cecilia misma en su narración autobiográfica Historia de un payaso. Título humorístico, emblemático de la consideración que tenía de sí misma: «Un payasín», nada más. Escribe para obedecer al padre Gabriele Roschini, su confesor, a quien se lo entrega en junio del 27 en un viejo cuaderno de escuela. «Padre, perdóneme si soy tan desordenada… perdone el título», le dice riendo, «pero no he encontrado otro mejor para mi historia». La petición de escribir un diario nace del cardenal Alessio Lepicier, de la orden de los Siervos de María, que durante sus visitas a Nepi había tenido ocasión de conocer a esta hermosa muchachita de mirada clara. Lo refiere el padre Roschini en el proceso: «Un día Su Eminencia me recibió en audiencia y le informé que Cecilia había regresado a Nepi debido a la enfermedad, y Su Eminencia me dijo: “Esa muchacha es un signo de la gracia de Dios. Es un alma elegida. Padre, haría usted bien si le pidiese a la joven que escriba un diario. Estoy seguro de que nos será de provecho”». La historia sencilla de «un payaso» comienza precisamente con la intención de obedecer a la voluntad de los superiores, a pesar de que le costara fatiga, por los sufrimientos que le provocaba la enfermedad: «…De buena gana me preparo a este trabajo, sabiendo que es grato a Jesús, ante todo obedeciendo, luego manifestando Su misericordia infinita hacia mí, pequeña y debilísima florecilla».
![La iglesia de San Tolomeo, Nepi, Viterbo [© Fotopoint, Nepi]](/upload/articoli_immagini_interne/1262606179059.jpg)
Como santa Teresita
El diario se detiene bastante en los años de la infancia, Cecilia usa un estilo repleto de imágenes y comparaciones tiernas e infantiles, que se desenvuelven en una narración conmovida y rica de detalles. Cecilia tiene un recuerdo extraordinario de los objetos y emociones vividas desde sus primeros años y junto a la percepción de ser frágil aparece clara en ella desde el principio la percepción de ser amada de manera particular, sin ningún mérito personal. A veces nos hacen sonreír sus expresiones dialectales e ingenuas, que contrastan aparentemente con la sabiduría que caracteriza sus reflexiones. Quien lea esta narración tal vez se asombre por el modo infantil y confidencial que tiene Cecilia de hablar de su vínculo de pertenencia a Jesús: «Sí, amo tanto a Jesús… pero ¿dónde están las obras? ¿Las obras que demuestren este amor? No las tengo… padre, pero no me asusto, volaré hacia Él con las alas de mis grandes deseos, o, mejor, trataré de ser una niña pequeña, para estar siempre en Sus brazos, ¿qué obras se pueden pretender de los niños? Éstos para demostrar su cariño usan solo caricias y besos, no ofrecen nada más que pequeñas y humildes flores de campo, pudiendo tener cuantas quieran». Toda la sabiduría de Cecilia reside en este ser niño, abandonado a la gracia de Dios. Igual que santa Teresita del Niño Jesús. Ella misma lo dice: «Llegaré a Jesús por un pequeño sendero, breve, muy breve, que me ha trazado Teresita del Niño Jesús». La lectura de la Historia de un alma fue lo que despertó en Cecilia, siendo aún niña, su deseo de abrazar la vida religiosa. «Desde pequeña me preocupaba por los trabajos de los misioneros. Los buenos padres hablaban de tierras lejanas, de conversiones y bautismos. Las aspiraciones más grandes colmaban mi corazón, yo también esperaba ir lejos donde nadie me conociera para hacer que toria de un alma aún no había cumplido diez años y Teresa de Lisieux todavía no había sido proclamada venerable. Dirá más tarde: «No había pensado nunca llamarla hermana, aunque había notado entre su alma y la mía una gran semejanza, no por la correspondencia a la gracia, sino por los dones de gracia que Jesús nos había concedido».
«La importancia de la lectura de la vida de los santos, en particular la de la santa francesa, en la vivencia humana de Cecilia es incalculable», comenta Tito Sartori. «La narración autobiográfica y su diario son testimonio y documentación clara. Cecilia manifiesta su evidente dependencia de Teresa tanto en el uso de conceptos como en los movimientos del espíritu: el cantar la misericordia del Señor, la conciencia de la propia debilidad, el sentirse atraída por Jesús. Pero hay también hechos que extrañamente las asocian: el haber abrazado la vida religiosa en tierna edad, el saber que ha sido preservada del pecado mortal, el evento de su propia conversión, la dificultad en leer los libros de espiritualidad, el desear no el sufrimiento, sino sólo el abandono, el haber recibido dos misioneros como hermanos que acompañaron con las oraciones, el experimentar también la crisis espiritual, el morir joven por la misma enfermedad».

La «pequeña nada» de Jesús
El 23 de octubre de 1926, con su regreso a Nepi, comienza para Cecilia el último breve y doloroso camino de su vida, marcado por la manifestación y agudizamiento progresivo de la tuberculosis. Periodo que es aún más doloroso por la soledad de lo que ella llamará «el exilio en La Massa». Un exilio que le hace sufrir porque era consciente de que no tomaría los votos, por la lejanía de Nepi y las calumnias de los propietarios de la finca. Su único consuelo, la devoción filial a la Virgen Dolorosa, que ella llama su «corazón», y a la Eucaristía, su «tesoro», que el padre Roschini dos veces a la semana, con cualquier condición de tiempo, le lleva puntualmente. Rompen, sin embargo, este exilio las frecuentes visitas de los campesinos, de los compañeros de la Acción católica y de los jóvenes del seminario acompañados por los padres, que no pocas veces le piden a esta muchachita enferma y poco instruida consejos para sus homilías. En estos últimos años Cecilia tendrá una conciencia lucidísima del “caminito”: «Humildad, abandono, amor». «Abandono», escribe, «¡qué preciosa es esta virtud! ¡Oh, si todos te comprendieran, la tierra se transformaría en antecámara del Paraíso! Nos hace descansar tranquilamente sobre las rodillas de Jesús, nos hace dormir posando nuestra cabeza en el corazón de Él, nos hace vivir felices, porque abandonados a este amigo estamos seguros de nuestro destino. Como el niño que debe atravesar de noche un bosque tupido con su madre, y se agarra a las faldas de ésta seguro de que su madre lo llevará a buen puerto, así es el alma que se abandona a Jesús». Hasta el final le acompañará esta sencillez y alegría, murió cantando las oraciones a María que había aprendido de pequeña. Era el 1 de octubre de 1928. También esta fecha parece una coincidencia. Teresa había fallecido el día antes, el 30 de septiembre de 1897. Y en 1927, año en que Pío XI la proclamó patrona de las misiones, el 1 de octubre Teresa se le apareció en sueños a Cecilia, como queda documentado en el diario, anunciándole la muerte justamente en ese día.
«Cuando murió», recuerda un anciano labrador que la conoció, «algunos decían: “Ha muerto una santa”, pero otros decían que era sólo buena, una buena chica que había sufrido y criticaban a los primeros como si tuvieran que hacer santos a la fuerza. Pero su funeral fue una fiesta, fue como ir a una boda. Los Siervos de María dieron en su honor una comida y aquel mismo día les llegó, de benefactores lejanos, una consistente cantidad de dinero que sirvió para resolver las estrecheces económicas del seminario. Justamente como Cecilia había dicho y deseado». Cecilia hubiera querido reposar para siempre en la iglesia de San Tolomeo, al pie del altar de la Dolorosa, allí donde estaba su “corazón”. También este deseo se cumplió. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando por temor de los bombardeos los frailes decidieron trasladar sus restos mortales dentro de la iglesia, se abrió el ataúd y los presentes vieron con sorpresa que el cuerpo estaba intacto (igual que está hoy) «y tan suave era la piel», recuerda el padre Pietro, párroco actual de San Tolomeo, «que parecía que estaba durmiendo… Al vestirla nos dimos cuenta de que en la espalda tenía una amplia herida que dejaba ver las entrañas, fue doble nuestra sorpresa cuando notamos que no había ninguna señal de la devastación producida por la tuberculosis».
«Todo consiste», había escrito Cecilia al principio de la Historia de un payaso, «en reconocer la propia nada… Estoy segura de que si Jesús hubiese hecho a otra alma las mismas gracias que me ha hecho a mí, la aureola de santidad no hubiera tardado en ceñir esta cabeza, pero Jesús, al que le gusta bromear con sus criaturas, se complace en colmar de gracias a las que nadie se espera, que quizás no son dignas, que ve más miserables, para hacer resplandecer mayormente su misericordia, complaciéndose en su confusión y su asombro».
Cecilia Eusepi se llamaba esta muchachita que vivió a principios de siglo en un pueblo a las puertas de Roma y que murió de tuberculosis a los dieciocho años. Nos ha dejado pocos cuadernos con sus recuerdos de infancia y un diario, escritos sólo por obediencia a su confesor cuando ya estaba consumida por la enfermedad. Y, sin embargo, quizás dentro de poco la veremos subir a los altares. En cuanto algunos de los milagros realizados por su intercesión superen el severo examen de la comisión médica y teológica. La causa de beatificación, presentada poco después de su muerte, ocurrida en 1928, va viento en popa. Hace diez años, el 1 de junio del 87, Juan Pablo II la declaró venerable. Y hoy algunos la consideran una hermana espiritual de santa Teresita del Niño Jesús, cuyo centenario de la muerte se celebra este año, y a la que Cecilia Eusepi se parece en muchísimos aspectos. «Es más», declara Tito Sartori, postulador general de la causa, «no sería arriesgado definirla una pequeña Teresita nuestra. Entre las últimas figuras de santidad reconocidas por la Iglesia, Cecilia es la que más ha absorbido y seguido hasta el fondo el “caminito” indicado por la gran santa francesa patrona de las misiones».

Cecilia Eusepi; a la izquierda, Teresa de Lisieux, ambas a la edad de quince años
Nepi es una antigua ciudad de la Tuscia a cuarenta kilómetros de Roma. Una de las tantas soñolientas ciudades de provincia que antaño pertenecían a la Italia campesina. En este ambiente fue a vivir Cecilia, que venía de Monte Romano, el pueblo vecino donde había nacido el 17 de febrero de 1910, la última de once hermanos. Con su madre viuda y el tío materno se estableció a tres kilómetros de la ciudad, en el caserío “La massa”, propiedad de los duques Lante della Rovere, donde su tío trabajaba como granjero. Muy vivaz y sensible, Cecilia crece rodeada de un cariño particular, sobre todo por parte de su tío, a cuyos cuidados se la había confiado su padre antes de morir. A los seis años, igual que tantas niñas del pueblo, la mandaron a la escuela en el internado para huérfanas de guerra del monasterio cisterciense de Nepi. Por su destacada sensibilidad y rapidez en aprender todo lo que se le enseñaba, las monjas no escondían su esperanza de verla un día en el claustro. Pero no era la vida monástica lo que atraía a Cecilia. A cien metros del convento se hallaba la parroquia de San Tolomeo, regida por los Siervos de María, y al lado el seminario, entonces lleno de aspirantes a sacerdotes para las misiones. En torno a la parroquia de San Tolomeo giraba toda la vida juvenil de la ciudad. Cecilia, una vez terminada la escuela primaria, pasaba aquí su tiempo, y es en este contexto donde madura tempranamente y con sorprendente claridad su vocación. Tanto es así que a la edad de doce años, con otras compañeras mayores, pide entrar como terciaria en la orden de los Siervos de María y el año siguiente, a pesar de su joven edad y los intentos de hacerle cambiar de opinión por parte de sus familiares, el obispo le da la dispensa para entrar como postulante en las Mantellate Siervas de María. Irá a estudiar a Roma, Pistoia, y luego a Zara. Pero su aspiración de ir a las misiones no se cumplirá. En octubre del 26, debido a la enfermedad que dos años después la llevará a la muerte, regresa a Nepi.
Esta es toda su breve vida. Y de todas sus circunstancias habla Cecilia misma en su narración autobiográfica Historia de un payaso. Título humorístico, emblemático de la consideración que tenía de sí misma: «Un payasín», nada más. Escribe para obedecer al padre Gabriele Roschini, su confesor, a quien se lo entrega en junio del 27 en un viejo cuaderno de escuela. «Padre, perdóneme si soy tan desordenada… perdone el título», le dice riendo, «pero no he encontrado otro mejor para mi historia». La petición de escribir un diario nace del cardenal Alessio Lepicier, de la orden de los Siervos de María, que durante sus visitas a Nepi había tenido ocasión de conocer a esta hermosa muchachita de mirada clara. Lo refiere el padre Roschini en el proceso: «Un día Su Eminencia me recibió en audiencia y le informé que Cecilia había regresado a Nepi debido a la enfermedad, y Su Eminencia me dijo: “Esa muchacha es un signo de la gracia de Dios. Es un alma elegida. Padre, haría usted bien si le pidiese a la joven que escriba un diario. Estoy seguro de que nos será de provecho”». La historia sencilla de «un payaso» comienza precisamente con la intención de obedecer a la voluntad de los superiores, a pesar de que le costara fatiga, por los sufrimientos que le provocaba la enfermedad: «…De buena gana me preparo a este trabajo, sabiendo que es grato a Jesús, ante todo obedeciendo, luego manifestando Su misericordia infinita hacia mí, pequeña y debilísima florecilla».
![La iglesia de San Tolomeo, Nepi, Viterbo [© Fotopoint, Nepi]](/upload/articoli_immagini_interne/1262606179059.jpg)
La iglesia de San Tolomeo, Nepi, Viterbo [© Fotopoint, Nepi]
El diario se detiene bastante en los años de la infancia, Cecilia usa un estilo repleto de imágenes y comparaciones tiernas e infantiles, que se desenvuelven en una narración conmovida y rica de detalles. Cecilia tiene un recuerdo extraordinario de los objetos y emociones vividas desde sus primeros años y junto a la percepción de ser frágil aparece clara en ella desde el principio la percepción de ser amada de manera particular, sin ningún mérito personal. A veces nos hacen sonreír sus expresiones dialectales e ingenuas, que contrastan aparentemente con la sabiduría que caracteriza sus reflexiones. Quien lea esta narración tal vez se asombre por el modo infantil y confidencial que tiene Cecilia de hablar de su vínculo de pertenencia a Jesús: «Sí, amo tanto a Jesús… pero ¿dónde están las obras? ¿Las obras que demuestren este amor? No las tengo… padre, pero no me asusto, volaré hacia Él con las alas de mis grandes deseos, o, mejor, trataré de ser una niña pequeña, para estar siempre en Sus brazos, ¿qué obras se pueden pretender de los niños? Éstos para demostrar su cariño usan solo caricias y besos, no ofrecen nada más que pequeñas y humildes flores de campo, pudiendo tener cuantas quieran». Toda la sabiduría de Cecilia reside en este ser niño, abandonado a la gracia de Dios. Igual que santa Teresita del Niño Jesús. Ella misma lo dice: «Llegaré a Jesús por un pequeño sendero, breve, muy breve, que me ha trazado Teresita del Niño Jesús». La lectura de la Historia de un alma fue lo que despertó en Cecilia, siendo aún niña, su deseo de abrazar la vida religiosa. «Desde pequeña me preocupaba por los trabajos de los misioneros. Los buenos padres hablaban de tierras lejanas, de conversiones y bautismos. Las aspiraciones más grandes colmaban mi corazón, yo también esperaba ir lejos donde nadie me conociera para hacer que toria de un alma aún no había cumplido diez años y Teresa de Lisieux todavía no había sido proclamada venerable. Dirá más tarde: «No había pensado nunca llamarla hermana, aunque había notado entre su alma y la mía una gran semejanza, no por la correspondencia a la gracia, sino por los dones de gracia que Jesús nos había concedido».
«La importancia de la lectura de la vida de los santos, en particular la de la santa francesa, en la vivencia humana de Cecilia es incalculable», comenta Tito Sartori. «La narración autobiográfica y su diario son testimonio y documentación clara. Cecilia manifiesta su evidente dependencia de Teresa tanto en el uso de conceptos como en los movimientos del espíritu: el cantar la misericordia del Señor, la conciencia de la propia debilidad, el sentirse atraída por Jesús. Pero hay también hechos que extrañamente las asocian: el haber abrazado la vida religiosa en tierna edad, el saber que ha sido preservada del pecado mortal, el evento de su propia conversión, la dificultad en leer los libros de espiritualidad, el desear no el sufrimiento, sino sólo el abandono, el haber recibido dos misioneros como hermanos que acompañaron con las oraciones, el experimentar también la crisis espiritual, el morir joven por la misma enfermedad».

La tumba de Cecilia en la iglesia de San Tolomeo, donde el cuerpo de la joven se conserva aún intacto
El 23 de octubre de 1926, con su regreso a Nepi, comienza para Cecilia el último breve y doloroso camino de su vida, marcado por la manifestación y agudizamiento progresivo de la tuberculosis. Periodo que es aún más doloroso por la soledad de lo que ella llamará «el exilio en La Massa». Un exilio que le hace sufrir porque era consciente de que no tomaría los votos, por la lejanía de Nepi y las calumnias de los propietarios de la finca. Su único consuelo, la devoción filial a la Virgen Dolorosa, que ella llama su «corazón», y a la Eucaristía, su «tesoro», que el padre Roschini dos veces a la semana, con cualquier condición de tiempo, le lleva puntualmente. Rompen, sin embargo, este exilio las frecuentes visitas de los campesinos, de los compañeros de la Acción católica y de los jóvenes del seminario acompañados por los padres, que no pocas veces le piden a esta muchachita enferma y poco instruida consejos para sus homilías. En estos últimos años Cecilia tendrá una conciencia lucidísima del “caminito”: «Humildad, abandono, amor». «Abandono», escribe, «¡qué preciosa es esta virtud! ¡Oh, si todos te comprendieran, la tierra se transformaría en antecámara del Paraíso! Nos hace descansar tranquilamente sobre las rodillas de Jesús, nos hace dormir posando nuestra cabeza en el corazón de Él, nos hace vivir felices, porque abandonados a este amigo estamos seguros de nuestro destino. Como el niño que debe atravesar de noche un bosque tupido con su madre, y se agarra a las faldas de ésta seguro de que su madre lo llevará a buen puerto, así es el alma que se abandona a Jesús». Hasta el final le acompañará esta sencillez y alegría, murió cantando las oraciones a María que había aprendido de pequeña. Era el 1 de octubre de 1928. También esta fecha parece una coincidencia. Teresa había fallecido el día antes, el 30 de septiembre de 1897. Y en 1927, año en que Pío XI la proclamó patrona de las misiones, el 1 de octubre Teresa se le apareció en sueños a Cecilia, como queda documentado en el diario, anunciándole la muerte justamente en ese día.
«Cuando murió», recuerda un anciano labrador que la conoció, «algunos decían: “Ha muerto una santa”, pero otros decían que era sólo buena, una buena chica que había sufrido y criticaban a los primeros como si tuvieran que hacer santos a la fuerza. Pero su funeral fue una fiesta, fue como ir a una boda. Los Siervos de María dieron en su honor una comida y aquel mismo día les llegó, de benefactores lejanos, una consistente cantidad de dinero que sirvió para resolver las estrecheces económicas del seminario. Justamente como Cecilia había dicho y deseado». Cecilia hubiera querido reposar para siempre en la iglesia de San Tolomeo, al pie del altar de la Dolorosa, allí donde estaba su “corazón”. También este deseo se cumplió. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando por temor de los bombardeos los frailes decidieron trasladar sus restos mortales dentro de la iglesia, se abrió el ataúd y los presentes vieron con sorpresa que el cuerpo estaba intacto (igual que está hoy) «y tan suave era la piel», recuerda el padre Pietro, párroco actual de San Tolomeo, «que parecía que estaba durmiendo… Al vestirla nos dimos cuenta de que en la espalda tenía una amplia herida que dejaba ver las entrañas, fue doble nuestra sorpresa cuando notamos que no había ninguna señal de la devastación producida por la tuberculosis».
«Todo consiste», había escrito Cecilia al principio de la Historia de un payaso, «en reconocer la propia nada… Estoy segura de que si Jesús hubiese hecho a otra alma las mismas gracias que me ha hecho a mí, la aureola de santidad no hubiera tardado en ceñir esta cabeza, pero Jesús, al que le gusta bromear con sus criaturas, se complace en colmar de gracias a las que nadie se espera, que quizás no son dignas, que ve más miserables, para hacer resplandecer mayormente su misericordia, complaciéndose en su confusión y su asombro».