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De los pequeños indicios, el estupor de la fe
Los apóstoles Pedro y Juan en el sepulcro vacío. Pedro vio. Juan vio y creyó. Entrevista a Jean Galot, profesor emérito de Cristología de la Universidad Pontificia Gregoriana
Entrevista a Jean Galot por Gianni Valente

Jesús resucitado y Tomás, de Santi di Tito (1536-1603), Catedral de Sansepolcro, Arezzo
Pero aquel domingo por la mañana, frente al sepulcro vacío, algo se rompió en aquella dolorosa pero realista resignación.
El jesuita Jean Galot, de 81 años, profesor emérito de Cristología de la Universidad Pontificia Gregoriana, ha vuelto recientemente a aquel escenario. En un ensayo publicado en La Civiltà Cattolica, lleno de referencias a recientes estudios exegéticos y a documentadas investigaciones sobre las costumbres funerarias del antiguo mundo judío, ha acompañado a Juan y Pedro hasta el umbral del sepulcro. Tratando de comprender por qué, en aquel momento, Juan tuvo la primera, la inicial percepción de que, en cambio, habían triunfado.
El ensayo del padre Galot lleva un título lleno de sugestión: Ver y creer. Porque todo comenzó así. Cuando los suyos, que lo habían visto muerto, con los mismos sentidos lo vieron y tocaron resucitado.
Recordemos los hechos. Esa mañana, María Magdalena volvió diciendo que habían movido la piedra del sepulcro…
JEAN GALOT: Y al saber la noticia, dos discípulos, Pedro y Juan, corrieron enseguida al sepulcro para ver lo que había pasado. Juan, que corría más deprisa, llegó el primero, pero no entró. Se limitó a mirar desde la puerta los lienzos que todavía estaban allí. Luego llegó Pedro, fue el primero que entró en el sepulcro y vio lo que había. Juan entró detrás de él.
Respecto a lo que se encontraron delante, la narración del Evangelio señala la diferente percepción de los dos: Pedro «vio», Juan «vio y creyó»…
GALOT: Pedro se queda impresionado, casi turbado por lo que ve, pero sigue perplejo. El estupor de Juan es aún mayor, porque tiene una primera, incipiente percepción del misterio de la resurrección.
¿Qué significa esta diferencia de percepciones?
GALOT: No quiero decir que la fe de Pedro sea menor que la de Juan. Pero desde luego indica una temperamento distinto. La fe de Pedro necesita, digamos, más tiempo. Pedro necesita tiempo para captar la realidad de lo que ve. Cuando Jesús les preguntó a los apóstoles «¿Quién decís que soy?», lo hizo después de un largo tiempo de convivencia, durante el cual Jesús había hecho ver lo que Él era. En aquella ocasión, Pedro respondió de manera sorprendente. Había tenido tiempo de observar y meditar. Su diligente respuesta era el resultado de una convivencia prolongada en el tiempo. En el sepulcro, Juan, con indicios escasos, capta, aunque de forma inicial, qué es lo que ha pasado realmente. Comprende que el cuerpo no ha sido robado, sino que Jesús ha salido vivo, en su cuerpo resucitado, de los lienzos que lo envolvían. También otro episodio, que sucede después, confirma la mayor actitud intuitiva de Juan. Cuando Jesús aparece en la orillas del lago e invita a los apóstoles a que echen la red por la parte derecha de la barca, frente a la pesca milagrosa, Juan es el que reconoce enseguida a Jesús: «El discípulo preferido de Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Al oír que era el Señor, Simón Pedro se ciñó la túnica y se tiró al agua» ( Jn 21, 7). También en este caso, Juan reconoció enseguida al autor del milagro, mientras que Pedro parece más concentrado en el resultado del milagro, preocupado por los problemas que planteaba la cantidad de pescado. Es una situación análoga a la de la visita al sepulcro vacío, donde Pedro concentra su mirada en los elementos que atestiguaban la desaparición del cuerpo, mientras que Juan capta la señal de la resurrección. La mirada más penetrante de Juan, por medio del sepulcro y de las señales que quedaban de la presencia de Jesús, comenzaba a entrar en la fe pascual.
¿Tiene que ver esta mayor comprensión de los indicios, incluso de los más pequeños, con el hecho de que Juan era el discípulo predilecto de Jesús?
GALOT: La predilección de Jesús por él le ayudaba a abrir los ojos, a hacer coincidir, en lo posible, su manera de ver las cosas con la de Cristo. Pero aunque su intuición es más inmediata, Juan se demuestra respetuoso con la autoridad de Pedro. No reivindica para sí ninguna autoridad, ningún primado. Al llegar el primero al sepulcro no entra, se detiene en el umbral y espera que entre antes Pedro, a pesar de que tenía curiosidad por ver lo que había dentro. Y ciertamente hubiera deseado compartir con su amigo Pedro el reconocimiento inicial de lo que había sucedido en el sepulcro, pero se daba cuenta de que el momento de compartir, el momento de la correspondencia de la mirada no había llegado todavía. Así que no apremia, no impone su mayor agudeza, respeta el tiempo que Pedro necesita para llegar a reconocer la misma realidad.
Pero ¿qué había allí dentro? ¿Qué habían visto realmente los dos?
GALOT: Recientes estudios exegéticos han puntualizado el contenido real del texto, señalando algunas imprecisiones de las traducciones corrientes que pueden confundir la comprensión. El primer error es que muchas versiones traducen con el vocablo vendas la palabra griega otónia, que en realidad indicaba todos los lienzos funerarios con los que se amortajaba a los difuntos, incluida la síndone o sábana, el lienzo más amplio, que envolvía todo el cuerpo. Además, según las versiones corrientes, sus apóstoles vieron los lienzos en el suelo, y el sudario (el pañuelo enrollado que se ataba en torno a la cara del difunto para que la boca quedara cerrada) «plegado en lugar aparte». En cambio, según las traducciones recientes y esmeradas, que se basan en el original griego, todo estaba en su lugar. Tampoco el sudario había sido movido, sino que yacía en medio de los lienzos. Se distinguía, en relieve, debajo de la síndone vacía.
¿Son tan importantes estos detalles?
GALOT: Ayudan a intuir qué es lo que despertó el estupor y el inicio de la fe de Juan. Si alguien se hubiese llevado el cuerpo, los lienzos no estarían en el mismo sitio, y el sudario habría sido sacado de los lienzos y puesto en un lugar aparte, en el momento de la desaparición, como parecen indicar muchas traducciones corrientes. En cambio, el cuerpo de Jesús no estaba, pero todo lo demás –los lienzos, el sudario– estaban en el mismo lugar. Y además, el sudario estaba envuelto en los lienzos, en su lugar inicial. Tal vez Juan, viendo todo esto, intuyó que nadie se había llevado a Jesús, sino que había salido vivo del sepulcro librándose de manera misteriosa de la síndone y el sudario que lo envolvían, contra la ley del movimiento de los cuerpos, dejando todo intacto. Eran las señales de una intervención sobrenatural, que había librado el cuerpo de Jesús de la colocación que tenía en el sepulcro sin romper ninguno de los lienzos usados para la sepultura. Por esto podemos decir que allí, frente a los lienzos tendidos sobre el sepulcro, comenzó a reconocer el acontecimiento de la resurrección.
Un acontecimiento que Jesús había anunciado varias veces…
GALOT: Cada vez que aludía a su pasión, Jesús añadía que al tercer día el Hijo del hombre resucitaría. Y, sin embargo, después de su crucifixión nadie recordaba estas palabras. Muchos ni siquiera se acordarán cuando lo vean resucitado. Todos se habían olvidado, menos María, la que durante nueve meses había llevado en su vientre ese cuerpo, el mismo cuerpo que habían crucificado. Podemos decir que, durante esos tres días, María guardó toda la esperanza del mundo. También Juan había oído varias veces las palabras de Jesús que anunciaban su resurrección. Con Pedro y Santiago estuvo presente durante la transfiguración, cuando Jesús les mandó que no dijeran a nadie lo que habían visto «sino cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de entre los muertos». Obedecieron, pero «se preguntaban qué era aquello de resucitar de entre los muertos» ( Mc 9, 9.10). Por tanto Juan tenía que estar preparado para captar el misterio de la resurrección. Y, sin embargo, recuerda esas palabras solamente cuando ve la sábana y el sudario intactos después de que Jesús hubiera salido vivo del sepulcro. Como refiere el texto evangélico la causa del comienzo de su adhesión a la fe está en lo que vio en el sepulcro. Son indicios exiguos, pero reales, visibles.
¿Cómo se desarrolla este inicio para Juan? ¿Acaso mediante una reflexión religiosa?
GALOT: En esta primera experiencia en el sepulcro vacío, Juan tenía solamente una idea vaga e indirecta de la resurrección de Jesucristo. Al constatar su ausencia del sepulcro, quizás intuyó el modo sobrenatural en que había ocurrido. Pero sólo las apariciones de Jesús durante los cuarenta días siguientes, los contactos concretos con el Resucitado le permiten fundar con certeza su misión de testigo. En aquellos encuentros Jesús se manifiesta para suscitar la fe, para procurarle a la fe un fundamento objetivo más evidente. No duda en mostrar su cuerpo con insistencia, un cuerpo que aún lleva las señales de la crucifixión. Refuerza el ver para que surja el creer. Con la multiplicación de los indicios se pasa de la primera intuición al reconocimiento de una realidad inimaginable, de un hecho real que se revela más grande y sorprendente que cualquier expectativa.
Y esto le sucede a un pequeño grupo de judíos asustados y resignados, poco propensos a visiones místicas, después de que todo había acabado.
GALOT: El punto de partida del movimiento de la fe, comenzando por los indicios del sepulcro vacío, es siempre una realidad visible. Este factor es importante, porque desmiente a los que interpretan la fe en la resurrección de Jesucristo como una mera convicción íntima. Barre todas esas tesis idealistas según las cuales los discípulos se convencieron de que Jesús había resucitado proyectando en esta autosugestión sus sentimientos subjetivos de amor a su Maestro. En cambio, creyeron porque vieron al Señor resucitado. La fe nace del reconocimiento de realidades visibles. No es un acto mental subjetivo que crea su propio objeto. San Agustín, en el De civitate Dei, subraya que en este aspecto el hecho cristiano es exactamente lo opuesto a la dinámica del sentimiento religioso que nace del hombre, representado por la religión imperial que diviniza a los destinatarios de su propia devoción: «Illa illum amando esse deum credit; ista istum Deum esse credendo amavit», «Roma, como amaba a Rómulo, lo creyó Dios. La Iglesia, en cambio, como reconoció que Jesucristo era Dios, lo amó».
Hoy muchos maestros espirituales, en la Iglesia, enseñan que la pureza interior de la fe no necesita indicios exteriores. Una fe que depende del ver y del tocar es, según ellos, tosca y ordinaria.
GALOT: Y, sin embargo, el testimonio de los apóstoles fue este. Su fe reside por completo en la sencillez de una constatación, comienza en ellos cuando le vieron y tocaron resucitado. Cuando Pedro busca un substituto de Judas en el colegio apostólico, usa un único criterio: el substituto de Judas debe ser un testigo no de la vida sino de la