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EL SAQUEO DE ROMA DEL 410
Sacado del n. 06/07 - 2010

AGOSTO 410

«La crueldad bárbara se mostró mansa»


Así se refiere san Agustín en su De civitate Dei I, 7, al Saqueo de Roma de agosto de 410


por Lorenzo Cappelletti


De los muchos centenarios que caen este año, está también el del llamado Saqueo de Roma de agosto de 410. Un suceso fatídico. Era la primera vez, después de muchos siglos, que las murallas de Roma eran violadas. Pero no es por este detalle histórico por lo que nos ocupamos del hecho, sino más bien por algunas sugestiones que ofrece a nuestro pasado reciente y a nuestro presente.
Para empezar disiparemos un posible equívoco que, por lo demás, ya quedó aclarado desde el punto de vista científico en la historiografia del siglo XVIII: aquella intrusión no tuvo lugar según las coordinadas imaginarias de un ataque de extraños que lo arrasan todo por pura maldad (cfr. el reciente Barbari. Immigrati, profughi, deportati nell’Impero romano de Alessandro Barbero). Los bárbaros que saquearon Roma «habían sido hasta bien poco antes una legión romana, a quienes les habíamos concedido derechos después de haberlos vencido, a quienes habíamos dado campos y casas», escribe Claudiano (In Eutropium), poeta pagano contemporáneo.
Y tampoco eran enemigos del cristianismo.

San Agustín en un fresco del siglo VI, Letrán, Roma; en el fondo, el íncipit del <I>De civitate Dei</I> en un código del siglo XV conservado en la Biblioteca Capitular de Verona

San Agustín en un fresco del siglo VI, Letrán, Roma; en el fondo, el íncipit del De civitate Dei en un código del siglo XV conservado en la Biblioteca Capitular de Verona

Los antecedentes
Alarico, el protagonista del Saqueo de 410, era un jefe godo de fe cristiana («quidem christianus sed professione haereticus», escribirá Isidoro de Sevilla en su Historia Gothorum) que desde el año 375 vivía como federado, es decir, ligado por un pacto con el Imperio, y como tal había luchado en el ejército de Teodosio contra los rebeldes (estos sí lo eran) a la autoridad imperial que luchaban por el poder en Occidente. Era uno de los muchos oficiales bárbaros que habían contribuido a salvaguardar el Imperio. Como Butheric, el magister militum bárbaro de Ilírico (los actuales y fatídicos Balcanes), cuyo asesinato en Tesalónica, en el 390, determinó la cruel represalia de Teodosio.
Teodosio, por lo demás, cuando murió en enero de 395 dejó el Imperio a sus dos jóvenes hijos, Honorio y Arcadio, colocándoles bajo la tutela carismática de Estilicón, también éste un general semibárbaro que de alguna manera debía velar por ellos y por su unión.
Y precisamente por esto cree que es su deber intervenir en Ilírico en aquel mismo año por un anuncio de devastación de los visigodos de Alarico, no contentos evidentemente del respeto de los pactos por parte del Imperio. Pero la acción de Estilicón no recibe la aprobación de la corte oriental, la cual, renegando de la política del compromiso, da origen a una decidida y autónoma reacción antibárbara.
Reacción que se desencadena sobre la parte más débil del Imperio. Alarico, después de arrasar Grecia, se asoma al Trivéneto y en 401 llega a amenazar Milán, donde residía Honorio.
Estilicón derrota varias veces a Alarico, pero no aniquila a su ejército. Además, no pudiendo combatir en demasiados frentes (mientras tanto también la frontera del Rhin cedía y Britannia era abandonada por las legiones), busca un acuerdo con él, haciendo que el Senado apruebe una consistente indemnización que iría para él y ofreciéndole la magistratura militar de los controvertidos Balcanes: la muerte de Arcadio en 408, en efecto, volvió a abrir el camino a una posible jefatura unitaria del Imperio a partir de Occidente. Pero ahora quienes se oponen son Honorio y sus consejeros milaneses, seguros de que nada podría desestabilizar la situación. «Sobornados por la propaganda “milanesa”» –como escribía Santo Mazzarino en esa mina de información e intuiciones que sigue siendo L’Impero romano– las tropas imperiales se rebelan a Estilicón y terminan ante los ojos de Honorio con todos los funcionarios estiliconianos. A Estilicón no le quedaba más que la guerra civil: desencadenar las legiones de federados fieles contra el ejército imperial romano. Al final no lo hizo. Aceptó la decapitación en agosto de aquel mismo 408, después de que lo sacaran de una iglesia en Rávena donde había pedido asilo. Fue más bárbaro el acto que quien lo sufrió. Salviano, un monje marsellés, escribirá decenios después: «Se busca en los bárbaros la humanitas romana; es ya insoportable la bárbara inhumanidad que existe entre los romanos» (De gubernatione Dei).
La muerte de Estilicón, sin embargo, provoca como contragolpe el abandono de muchos bárbaros federados y sobre todo la ruptura con Alarico, tratado en la corte de Honorio como un enemigo.
Estos son los antecedentes.

El Saqueo de Roma
El asedio y la toma de Roma arrancan de aquí. No son más que una forma directa de presión y chantaje sobre Honorio por parte de Alarico, que se desarrolla en tres fases entre el verano de 408 y el de 410.
En un primer momento, Alarico bajó rápidamente por la vía Flaminia, se apoderó de Puerto y del Tíber, bloqueó los abastos que llegaban a Roma por mar desde África del Norte.
En la ciudad asediada se daba el patético recurso a los ritos paganos sugerido por algunos adivinos procedentes de Toscana, para lo cual, paradójicamente, se pide permiso al papa Inocencio, que lo otorga. En Rávena, adonde se habían trasladado, Honorio y sus consejeros están perfeccionando una política totalmente “católica” (cfr. Le Sac de Rome de André Piganiol), preocupados principalmente por castigar a los herejes y excluir a los “no católicos” de la corte, abandonando a Roma a su propio destino. Hay muchas maneras de ser católico: matiz censurado por Giorgio Falco en su clásico La Santa Romana Repubblica, donde en el capítulo III, “Germani, Stilicone e Alarico”, el término “católico” es usado solo para designar el tiers parti.
Al final, obligados por el hambre y por una epidemia, los romanos pagan a Alarico la indemnización que había esperado en vano de Honorio. La Urbe, de este modo, queda nuevamente libre y se retoman las conversaciones con la corte imperial en Rávena. Pero pese a que Alarico limita ahora sus pretensiones a la posibilidad de que su pueblo pueda establecerse entre Austria y Carintia, no se llega a ningún acuerdo. Roma es de nuevo asediada y, para elevar el nivel de amenaza, Alarico crea un antiemperador en la persona de Atalo: un pagano que se bautizó ario para la ocasión, de quien Alarico se sirve solo para hacerse encumbrar al cargo de jefe de todo el ejército imperial, mientras que este acaricia sueños de gloria pensando que es el héroe del rescate de Roma. Pero, por parte de aquellos mismos funcionarios que habían eliminado a Estilicón y que habían recibido por este motivo África, el hambre cae otra vez sobre Roma, esta vez contra Alarico y su emperador fantoche. (La decisiva importancia estratégica de África para Roma hace comprender –dicho por inciso– por qué Alarico, después del Saqueo de Roma, se moverá hacia el sur hasta encontrar la muerte en Calabria, desde donde esperaba pasar a Sicilia y luego a África.) Además, Ataúlfo, cuñado de Alarico, es atacado a traición por otras milicias germánicas pagadas por Honorio. Hay muchas maneras de ser arios y godos.
Llegados aquí, la noche del 24 de agosto de 410, Alarico deja que los suyos entren en Roma y saqueen durante tres días la ciudad. ¿Una noche de san Bartolomé ante litteram? No. Desde luego, hubo numerosas víctimas, entre ellas la matrona Marcela, cuya muerte «es buena muestra de ese vínculo entre la aristocracia cristiana y el destino de la propia Roma, constantemente mantenido», escribe Emanuela Prinzivalli en su aportación al reciente La comunità cristiana di Roma. La sua vita e la sua cultura dalle origini all’Alto Medioevo; con la captura de rehenes, entre ellos la hermana de Honorio, Gala Placidia; con estupros; con algunos incendios; y grandes expoliaciones sobre todo por obra de los esclavos, aunque no solo de ellos, que después del primer asedio habían salido de Roma y se habían unido numerosos a Alarico. Escribe Le Goff en las primeras páginas de La civiltà dell’Occidente medievale: «La verdad es que los bárbaros se beneficiaron de la complicidad, activa y pasiva, de la masa de la población romana. La estructura social del Imperio, donde los estratos populares estaban cada vez más aplastados por una minoría de ricos y poderosos, explica el éxito de las invasiones bárbaras».

Vista desde el interior de la ciudad  de las Murallas Aurelianas junto a la Puerta Salaria, con pasillo y torre. Los godos entraron en Roma a la altura 
de la Puerta Salaria [© Archivio Foto Luce]

Vista desde el interior de la ciudad de las Murallas Aurelianas junto a la Puerta Salaria, con pasillo y torre. Los godos entraron en Roma a la altura de la Puerta Salaria [© Archivio Foto Luce]

Sin embargo, ocurrió algo nuevo
Las violencias, de todos modos, fueron la excepción y no la regla. La diferencia, en el fondo, estriba en esto. Y ello se debió a las disposiciones de Alarico ante todo por lo que concierne a la salvaguardia de la vida de las personas, y que las basílicas eran intocables. Tanto es así que Orosio, en las Historiae adversus paganos, llegó a decir algunos años después que en Roma no había pasado prácticamente nada: «nihil factum». Si esta es una exageración retórica y es también retórico el planteamiento literario del episodio narrado por él de una virgen que, a un bárbaro que le pedía oro y plata, le enseñó los vasos sagrados del culto del apóstol Pedro, de modo que pudo salvarse a sí misma, a los vasos de Cristo (así llama Orosio a los cristianos) y también a los paganos que se unieron al desfile que bajo escolta devolvió a la Basílica todo aquel oro; no es para nada retórica, sino bíblica (tanto veterotestamentario, cfr. Gen 18, 17-33, como neotestamentario, cfr. Rm 9, 22-33) y católica, la repentina convergencia hacia la salvación de romanos, cristianos, paganos y bárbaros. Una convergencia que no excluía a nadie porque fue hecho en el momento bueno por la misericordia de Dios, que hacía que cada cual hiciera su parte: «Para que estuviera protegido, el pío desfile fue rodeado completamente por espadas desenvainadas; cantando juntos, romanos y bárbaros hicieron escuchar públicamente un himno a Dios; la tromba de la salvación resonó lejos en el excidio de la Urbe, invitó y empujó a todos, incluso a quienes se habían encerrado en escondites; los vasos de Cristo (los cristianos) acudieron de todas partes hacia los vasos de Pedro y muchísimos paganos se mezclaron con los cristianos, si no en la fe, sí en la profesión de la misma: y precisamente por esto, cuanto más se confundían tanto más escapaban en el momento bueno del peligro; mientras más buscaban refugio los romanos reuniéndose en gran cantidad, más se esparcían los protectores bárbaros en gran número a su alrededor. ¡Oh decisión sagrada e inefable del juicio divino!» (Historiae adversus paganos VII, 39).
La propia apología que hace Agustín de la fe cristiana frente a la acusación de los paganos de ser ésta el origen del desastre de Roma (que es el motivo del que nace el De civitate Dei) hay que entenderla así. No como una respuesta dialéctica e ideológica. Léase de nuevo el libro I, donde Agustín manifiesta la intención de la obra. El planteamiento del libro es sobre el contraste entre la vanidad de los dioses de Roma que tienen necesidad, o mejor, que existen en cuanto dependen de los hombres, y el nombre de Cristo que actúa por sí mismo precisamente mediante aquellos bárbaros que, pese a su ferocidad, poseen la humildad («misericordia et humilitas etiam immanium barbarorum»), la virtud propia, junto a la fe («ex fide vivens»), de la ciudad de Dios peregrina en la tierra, que no se atribuye a sí misma lo que procede de Dios.
Agustín no niega que lo que ocurrió en Roma fue un desastre, pero se detiene en el hecho que, en medio de todas las devastaciones posibles, surgió algo nuevo que se remonta directamente a Cristo: «Todo cuando acaeción en el último saqueo de Roma: todas las ruinas, las matanzas, los saqueos, los incendios, las desolaciones fueron producidas por lo que ocurre habitualmente en la guerra, pero lo que ocurrió como algo nuevo, es decir, el que la crueldad bárbara, de manera inusitada, se mostrase tan mansa que amplísimas basílicas fueron designadas para que acogieran a gente que salvar, donde nadie fuera r">


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