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REPORTAJE DESDE LÍBANO
Sacado del n. 06/07 - 2010

Entre los miedos del pasado y la búsqueda de nuevas formas de convivencia


Las guerras son un pasado que no quiere pasar, la paz aún es precaria. Cristianos y musulmanes están llamados a buscar nuevos equilibrios y nuevas convergencias para estabilizar un Estado multiconfesional que tiene una importancia capital para la paz en Oriente Próximo


por Davide Malacaria y Lorenzo Biondi


Beirut [© Getty Images]

Beirut [© Getty Images]

Beirut muestra su rostro opulento: los rascacielos, el tráfico intenso, la selva de carteles publicitarios, totalmente idénticos a los de cualquier metrópoli occidental. De la guerra parece quedar ya solo un lejano recuerdo. Aunque de vez en cuando, recorriendo sus calles puede uno encontrarse con restos del pasado: edificios fantasmas acribillados por las balas, viaductos derruidos por las bombas, esqueletos de casas habitadas por plantas devoradoras. Naturalmente la tensión sigue siendo alta, como atestigua la fuerte presencia de militares que por doquier asoman por garitas blanquirrojas con el emblema del cedro o de camiones blindados, que intentan ocultarse bajo redes miméticas.
La historia reciente de Líbano es realmente atormentada. En 1975 comenzó la larga y sangrienta guerra civil, que terminó en 1989 con el acuerdo de Taef. Años en los que Israel y los Estados Árabes, sobre todo la cercana Siria, presentan batalla en este rincón del mundo, apoyando a los aliados de turno o enviando tropas de invasión. Tiempos en los que la línea de demarcación amigo-enemigo afecta también a las diversidades religiosas, excavando un precipicio entre las distintas comunidades. Luego, tras años de relativa tranquilidad, el país parece volver a caer de nuevo en el abismo: en febrero de 2005 el primer ministro Rafiq Hariri es asesinado. Una muchedumbre oceánica se echa a las calles de Beirut pidiendo el retiro de las tropas sirias que aún seguían en el país, seguida de otra manifestación, convocada por Hezbolá, de signo opuesto. Un callejón sin salida que se resuelve con el retiro de los militares sirios y la creación de un tribunal internacional que tiene la tarea de investigar sobre el asesinato de Hariri (los culpables no han sido encontrados todavía). Los delitos excelentes, sin embargo, siguen. Como cuando en junio de 2005 es asesinado el periodista e intelectual Samir Kassir, uno de los fundadores del movimiento Izquierda Democrática; y como cuando, en diciembre del mismo año, es asesinado el periodista y parlamentario del Movimiento por el Futuro, Gebran Tueni; o cuando –en noviembre de 2006– es eliminado el ministro de Industria Pierre Gemayel, exponente del Partido de las Falanges. Una escalada de violencia por parte de asesinos sin rostro. Pero el hecho más traumático de los últimos años sigue siendo la guerra contra Israel del verano de 2006, tras una incursión por sorpresa de Hezbolá contra los militares de Tsahal.
Actualmente el país de los cedros está tratando trabajosamente de dejar atrás el pasado, en busca de una estabilidad que pueda mantener juntas a las dieciocho comunidades religiosas que conviven aquí desde hace siglos. En un área, la mediooriental, en la que la estabilidad es desde hace tiempo algo provisional.

Un país con vocación multiconfesional
«La guerra ha terminado, pero las divisiones siguen», nos explica el padre Khalil Alwan, rector del santuario de Nuestra Señora de Líbano, en Harissa, el más venerado del país. «Beirut está todavía dividido en barrios musulmanes y cristianos. No hay ya conflictos reales, señalados por alambradas, pero sí psicológicos. Es raro encontrar musulmanes en barrios cristianos y viceversa, aunque últimamente las cosas están cambiando... Pero es todavía pronto». Y sin embargo, aquí, en el santuario, colocado sobre una colina que domina la capital, este improbable encuentro es cosa de todos los días. Entre el gentío de peregrinos se distinguen hoy algunas chicas con la cabeza cubierta por un velo que, como los demás, suben por la escalinata que lleva hasta la cumbre de este edificio cónico, para acercarse a la estatua de la Virgen, colocar la mano en su base, inclinar la cabeza. Y rezar una silenciosa oración. Sí, porque aquí, al santuario, vienen también musulmanes, desde el lejano Irán. «En general las mujeres islámicas vienen hasta aquí para pedir la gracia de poder tener un hijo, pero como es obvio, a la Virgen María se le pide de todo», nos explica el rector, que pertenece a la Congregación de los Misioneros Libaneses Maronitas. «Para los musulmanes María es solo la madre del profeta Jesús que ellos no reconocen como Dios, sin embargo es objeto de una profunda devoción. En los barrios musulmanes de Beirut, donde hay iglesias dedicadas a la Virgen María, es fácil ver a musulmanes rezando». El Padre Chamoun Ihab, de la misma Congregación que el rector, confirma sus palabras. Y recuerda el tiempo de la guerra, cuando era párroco en el sur, donde la mayoría es musulmana de la rama chií. Entonces era fácil encontrar islámicos en la iglesia, durante la misa. Y mujeres con velo apelotonarse cerca de la estatua de la Virgen...
Este año la Anunciación es fiesta civil, una decisión del gobierno recibida con favor por cristianos y musulmanes. El objetivo declarado es crear un momento de encuentro entre las distintas comunidades religiosas. «Bienvenida sea esta decisión política», afirma el padre Antoine Daou, secretario de la Comisión de la Conferencia Episcopal libanesa para el diálogo con el islam, «pero desde luego el diálogo entre las religiones hay que construirlo sobre bases más sólidas y respetando las identidades respectivas: hacer comprender a los musulmanes la figura de María del Evangelio, que es muy distinta de la del Corán». El padre Antoine detalla sus fecundas relaciones con los islámicos, y cuenta que en el pasado estuvo presente en las conmemoraciones del ayatolá Jomeini como delegado del Patriarcado de Antioquía de los maronitas. «En el campo de las relaciones interreligiosas a menudo se usan expresiones limitadas, como “respeto por el otro”, “tolerancia”... El Evangelio nos pide muy otra cosa, es decir, amar al prójimo, ya sea cristiano o musulmán. En Líbano existe una historia de siglos de convivencia entre cristianos y musulmanes. Para construir una sociedad equilibrada no hay que construir quién sabe qué, sino volver a ese pasado de pacífica vida en común». Siglos de convivencia, que llevaron a realizar un Estado único en el mundo, ni teocrático ni laico. «La “fórmula” libanesa es la participación igualitaria de cristianos y musulmanes en el Parlamento, gobierno y otras instituciones», explica Béchara Raï, arzobispo de Jbeil, la antigua Byblos; «de este modo, la presidencia de la República se le otorga a los cristianos maronitas, la del Parlamento a los musulmanes chiíes y la del gobierno a los musulmanes suníes. Los problemas de la convivencia proceden de dos tendencias innatas y contradictorias: los musulmanes tienden a la teocracia islámica y los cristianos a la laicidad occidental. Las interferencias externas inciden en estos puntos». Monseñor Raï está familiarizado con el Vaticano, pues es miembro del Consejo Pontificio para las Comunicaciones sociales y del de la Pastoral de los emigrantes e itinerantes. Nos reunimos con él en el tribunal eclesiástico de Beirut mientras recibe a sus fieles en grupos, de uno en uno, cada cual con su problema, que expone para conseguir una solución. Uno de estos lleva en la mano el rosario musulmán y lo desgrana entre los dedos mientras espera. «Las Iglesias orientales son un puente entre el cristianismo y el islam», añade. «Occidente no puede dialogar con el islam prescindiendo de los cristianos orientales. Estos últimos les dirán a los occidentales que el islam de por sí no es fuente de violencia y a los musulmanes que los cristianos de Occidente no son actores de guerra y odio. Los cristianos de Oriente quisieran que los occidentales comprendieran que el islam no es solo una religión, sino un régimen político teocrático que une a la religión y el Estado. No se puede tratar con los musulmanes según la mentalidad laica occidental». El arzobispo termina su análisis explicando que la inestabilidad de Oriente Próximo, la crisis económica que la acompaña y el fundamentalismo islámico son la causa de una constante emigración de cristianos del país. Es una constatación general aquí. Y, a la vez, un temor: que se dé una hemorragia tan grande que llegue a reducir la presencia cristiana a una minoría sin influencia, que es también el miedo de asistir, antes o después, a la transformación de Líbano en un Estado islámico. Temores que se fundan, igual que lo que ocurre en Israel con los palestinos, también en la cruda ley de la demografía, por la que los musulmanes tienen más hijos que los cristianos.
El santuario de Nuestra Señora de Líbano, en Harissa [© Lorenzo Biondi]

El santuario de Nuestra Señora de Líbano, en Harissa [© Lorenzo Biondi]

En el sur, donde los cristianos son una escasa minoría, este problema es más sentido. Tierra de mayoría chií, sus calles están llenas de carteles con el rostro de barbudos a quienes Hezbolá considera héroes. De ellos destaca Nasralá, el guía. Una celebración pintada de amarillo y verde, para recordarles a todos que aquí, entre la incredulidad de la comunidad internacional, un grupito de milicianos aguerridos ha parado el avance de uno de los ejércitos más poderosos del planeta, el israelí. Una parte del mundo los considera terroristas, la otra, resistentes. Aquí, en Líbano, Hezbolá es sencillamente un partido como los demás, aunque algunos piden su desarme.
Elías Nassar, arzobispo de Sidón de los Maronitas, nos recibe una mañana especialmente bochornosa. Nos explica que en su región la relación entre musulmanes y cristianos ahora es tranquila y que él mismo, el día anterior, fue invitado a un encuentro con algunos muftíes locales, para reforzar sus relaciones recíprocas. Pese a ello, el éxodo de los cristianos le causa tristeza. «La verdad es que hay más solidaridad entre islámicos que entre cristianos», explica, mientras en el aire suena la oración que el almuecín entona desde la cercana mezquita. «Los países árabes envían montones de dólares, que luego invierten en obras que dan trabajo a los musulmanes. En cambio, de los cristianos, siento decirlo, llega realmente poco, tanto de las otras regiones de Líbano como de los gobiernos o las Iglesias occidentales. Y los cristianos del lugar no encuentran trabajo, ni la Iglesia local tiene fondos para ayudarles. Así que se ven obligados a dejar la región. En 1985 había dos mil familias católicas en Sidón, ahora solo ciento veinte. La ayuda económica no la necesitamos para crear algo contra las otras comunidades, sino para seguir junto a ellas».
En Tiro, la otra diócesis del sur, la situación es similar. «Desde hace cuatrocientos años, por razones históricas y geográficas, en nuestra ciudad y en la región, cristianos y musulmanes han estado conviviendo. Celebran juntos los matrimonios, van juntos a los funerales: es la vida de cada día», explica monseñor Chucralah-Nabil Hage, que es el arzobispo de Tiro de los Maronitas, tras hablar de la historia de su región que, en el pasado, vivió largos períodos de paz interrumpidos por sangrientos enfrentamientos de carácter religioso. «Por desgracia», dice al terminar su digresión histórica, «desde 1948 el sur del país ha vivido en una guerra continua. Y con el tiempo la gente ha ido abandonando la zona tanto por motivos económicos como de seguridad. Pero mientras que los musulmanes, al terminar los conflictos, volvieron a sus pueblos, los cristianos prefirieron irse y construir en otro lugar el futuro de sus hijos». De este modo la Iglesia local tiene que actuar en un territorio de mayoría musulmana casi total. Una tragedia, quizá. O quizá una ocasión para un tipo de convivencia distinta... Monseñor se pone a desgranar cifras, como las de la escuela Cadmus, el orgullo de la archidiócesis, con sus ochocientos estudiantes, casi todos musulmanes. O como las de otras escuelas esparcidas por la región, que ofrecen sus servicios educativos por lo general a estudiantes islámicos. Habla de ello sin demasiado énfasis. Sencillamente son institutos eficientes, que atraen a los musulmanes por su profesionalidad. «Pero ahora también los musulmanes están abriendo buenas escuelas», termina diciendo el prelado. También en otras diócesis del país, especialmente en las que los islámicos son mayoría, la presencia de estudiantes musulmanes en las escuelas cristianas es algo común, añade monseñor. Le preguntamos sobre la última guerra, contra Israel, que fue devastadora para el país de los cedros. El arzobispo nos dice recordando el conflicto que en aquella dramática circunstancia ocurrió algo inesperado, es decir, floreció una caridad imprevista. Huyendo de las bombas los islámicos encontraron refugio en la comunidad cristiana. Las casas de los fieles, pero también las estructuras cristianas como las escuelas, los monasterios e incluso el arzobispado católico y greco-católico de Tiro, se abrieron para acoger a los prófugos. «Nada de extraordinario», se apresura a decir el arzobispo: «Nuestros vecinos estaban en apuros, ayudarles era normal. No hay nada que de qué vanagloriarse en esto».
Lo que pasó en Tiro también ocurrió en Sidón. Y en Bierut. Y en Trípoli. Y en todos los pueblos de Líbano. Como cuenta también el padre Marcel Abi Jalil, antiguamente superior general del orden de los maronitas mariamitas, que vive en Deir el Qamar. El pueblo es un enclave cristiano de Chouf, una región habitada por los drusos, secta de derivación musulmana con connotaciones vagamente esotéricas. Mientras habla, el padre Marcel señala el gran palacio que surge junto a su casa, en cuyo interior los islámicos mataron en 1860 a cientos de cristianos, uno a uno. Historias del pasado, explica, y nos invita a visitar una gran cruz erigida por el beato padre Yacoub sobre el monte que domina todo el pueblo. La cruz está rodeada de lo que antiguamente eran estaciones del Vía Crucis y que algún soldado demasiado escrupuloso (por aquí han pasado sirios e israelíes) se encargó de destruir. También dispararon contra Jesús (y pensar que ya estaba en la cruz...), así que después tuvieron que tapar los agujeros de las balas. Pero eso pertenece al pasado, sigue diciendo el padre Marcel, «ahora la situación está tranquila».

La Catedral maronita de San Jorge y la mezquita Jami al-Amin, Beirut [© Lorenzo Biondi]

La Catedral maronita de San Jorge y la mezquita Jami al-Amin, Beirut [© Lorenzo Biondi]

La caridad bajo las bombas
Durante la última guerra, Cáritas libanesa fue la primera ONG en moverse para ayudar a la población islámica. El padre Simon Faddoul, que es su presidente, nos hace una pequeña revelación hablándonos de aquellos días: en aquellos trágicos momentos llegaron hasta Cáritas ayudas económicas incluso de países árabes. «Era la primera vez que pasaba algo parecido...». Actualmente, nos explica, Cáritas desarrolla sus actividades en favor de toda la población, más allá de las diferencias religiosas, y actúa dentro de una asociación de ONG que reúne a organizaciones asistenciales musulmanas y cristianas. Habla también de programas de acogida dirigidos a refugiados iraquíes y a los palestinos que llevan decenios viviendo en los campos de refugiados en el interior de Líbano, a quienes todavía hoy se les sigue negando el derecho a vender y comprar (casas y tierras especialmente). «Mediante las actividades sociales se pueden eliminar barreras y construir puentes», termina diciendo el padre Simón. «En la vida de todos los días somos todos libaneses. Es la política la que crea las divisiones».
Del mismo tono son las palabras del arzobispo de Trípoli de los maronitas, Georges Bou-Jaoudé: «Para nosotros la libertad religiosa no es un problema, tampoco en esta ciudad que es mayoritariamente musulmana: en las fiestas religiosas bajamos a la calle tranquilamente, podemos hacer procesiones y otras cosas». Trípoli está en el norte de Líbano, y la mayoría de su población es sunní. Mientras hablamos con el prelado en una gran sala del arzobispado, entra el muftí sunní de la ciudad, Malik al-Shaar. El abrazo con el arzobispo pone de manifiesto una fraternidad inusual. «Todos los hombres proceden de la misma raíz, la de Adán y Eva», comienza a explicar el muftí con su modo de hablar lleno de sabiduría. «Todas las religiones monoteístas están reveladas por el mismo Dios. El profeta Mahoma dice que todos los profetas son hermanos, enviados por Dios. En segundo lugar es nuestra religión, el islam, la que nos impone vivir junto a todos, prescindiendo de las opiniones políticas. En fin, vivimos todos en un único país. Vivimos juntos como hombres, como creyentes y como ciudadanos: así la convivencia tiene una dimensión humana, otra religiosa y otra nacional. Ahondar en las relaciones recíprocas nos acerca al Creador. Y la convivencia con el otro es un valor de nuestra fe islámica: quien rechaza al otro para nosotros no es un creyente. Hay dieciocho confesiones distintas en Líbano, pero con un denominador común que es el de contribuir, juntos, al bienestar de la vida nacional. Las diferencias no pueden ser motivo de hostilidades: tienen que ver con la fe, no con las relaciones humanas. Desde que me eligieron muftí trabajo para favorecer todo esto. No somos unos la fotocopia de los otros, somos complementarios: cristianos, musulmanes y judíos». Mientras habla el muftí busca con los ojos al arzobispo (que nos hace humildemente de traductor del árabe), buscando su conformidad, que no falta. Esta sintonía no parece derivar de algo ajeno al papel de un obispo de la Santa Iglesia Romana, sino de algo que tiene que ver con la esencia misma de su tarea pastoral, allí donde la búsqueda de soluciones de paz y concordia con todos beneficia a los fieles y a la colectividad. En esta ciudad, en realidad, quedan bien pocos fieles, nos confiesa el arzobispo, solo quince mil, «pero la situación va a mejorar», añade: «Entre los musulmanes existe la voluntad de ver a los cristianos volver a la ciudad, incluso por motivos económicos y comerciales. La ciudad no puede vivir sin cristianos. Hasta hace poco tiempo no había representación cristiana en el Ayuntamiento. La pedimos y ahora tres concejales de veinticuatro son nombrados entre los cristianos, con el consentimiento general. La tradición es aquí la convivencia. Los extremistas a menudo pertenecen al estrato más pobre de la población y su fanatismo se debe a influencias exteriores, del extranjero». Sobre esto el muftí cita al ex presidente de la República, Elias Hrawi, quien, en su tiempo, explicó los conflictos entre libaneses con estas palabras: «Es la guerra de otros en nuestra tierra». «También en nuestro país, como en todo el mundo, hay exaltados», sigue diciendo el muftí, «pero la cura ha de dar una respuesta adecuada a la enfermedad. El extremismo es la reacción a un mal y, a veces, el fruto de una mala comprensión de la religión. La pobreza, la injusticia y la inestabilidad son un terreno fértil para el nacimiento del extremismo. Cada vez que la situación política o social se estabiliza, el fundamentalismo se debilita. Por eso quisiera hacer un llamamiento al mundo: ayúdennos a encontrar un remedio para la pobreza y la inestabilidad, de este modo derrotaremos al fundamentalismo».
«No existe solo el extremismo musulmán», tercia monseñor Georges Bou-Jaoudé: «quiza esté más a la vista, porque los extremistas islámicos son más numerosos. En realidad en el mundo hay muchos fundamentalistas, no hay más que pensar en la política americana bajo la presidencia de Bush... Un extremismo genera otro extremismo...». Para favorecer la distensión general, explica monseñor, en las ocasiones públicas él y el muftí se presentan juntos. Una sintonía que ha logrado alejar peligros. Como cuando en una librería cristiana de Trípoli se encontraron por el suelo algunos libros del Corán. ¿Acto sacrílego de un cristiano? Si hubiera sido así habría habido un incendio. «En cambio había sido un musulmán que quería crear un incidente...», terminan diciendo, con esa concordia tan especial, nuestros interlocutores.
«La situación local presenta problemas, pero en todo el mundo hay problemas», constata seráficamente el arzobispo greco-ortodoxo de Trípoli, Ephraim Kyriakos. «A pesar de todo seguimos aquí... gracias a Dios». Y al decir esto subraya el agradecimiento final. Los fanáticos en Líbano son realmente una minoría, añade, porque aquí hay libertad: el problema son las influencias externas... «No nos dejan en paz», termina diciendo casi con un suspiro detrás de la copiosa barba, «pero a pesar de todo seguimos aquí»; luego hace una pausa y añade: «Rezamos para que todo siga así». El problema, se queja, es que el Estado libanés no es laico... Las relaciones con los musulmanes de su diócesis son serenas, sigue diciendo, y habla de iniciativas sociales comunes, como la dirigida a los minusválidos. Le preguntamos si en sus relaciones con los islámicos recuerda algún episodio especialmente significativo. «¿Un episodio?», repite y se ríe divertido... «Sí, desde luego... cuando me recibieron mejor los musulmanes que los cristianos...».

Caná. El sagrario que recuerda el momento más trágico de la guerra de 2006, cuando durante un bombardeo murieron en este pueblo del sur de Líbano 29 personas, casi todos niños [© Lorenzo Biondi]

Caná. El sagrario que recuerda el momento más trágico de la guerra de 2006, cuando durante un bombardeo murieron en este pueblo del sur de Líbano 29 personas, casi todos niños [© Lorenzo Biondi]

El islam desviado por el 11 de septiembre
En Beirut encontramos al profesor Mohammed Sammak, secretario general del Comité nacional para el diálogo islámico-cristiano: «La presidencia de Bush y el fundamentalismo islamista se han apoyado el uno al otro, mediante una cultura del rechazo del otro. El resultado es que el islam moderado ha quedado aplastado entre ambos polos. También los medios de comunicación han favorecido este extremismo: títulos a toda página de los atentados y ni siquiera una línea dedicada a la gran mayoría moderada. El islam ha sido “desviado” por los medios de comunicación y por algunos políticos occidentales; nuestra religión es la víctima y no la causa del terrorismo, aunque los terroristas digan que combaten por el islam. Occidente, después del 11 de septiembre, está llevando a cabo un castigo colectivo contra todos los islámicos: una novedad peligrosa para vuestra cultura, fundada en la responsabilidad individual del criminal». El análisis del profesor es fluido y toca puntos inusuales. Como, por ejemplo, cuando explica que la propia palabra «fundamentalismo» nada tiene que ver con la tradición islámica, sino que nace en América, dentro del movimiento cristiano evangélico. «En el islam existe la yijad», explica, «que en realidad es una guerra defensiva. Por desgracia ha sido interpretada mal por algunos musulmanes y malentendida por los no musulmanes. Un malentendido voluntario en Estados Unidos, según una línea política muy concreta...».
Sammak participó en el Sínodo especial para Líbano de 1995. En aquella ocasión se le pidió que preparara el borrador del documento final sobre las relaciones entre el islam y el cristianismo. «Fue la primera vez que un documento escrito por un musulmán fue propuesto como documento oficial de la Iglesia...», recuerda. Desde entonces es un interlocutor privilegiado de la comunidad cristiana libanesa. Nos explica que una vez superado el incidente de Ratisbona, la imagen de Benedicto XVI entre los musulmanes es muy positiva actualmente, gracias a los gestos y las palabras distensivas en los que se ha prodigado. Pero también gracias a la histórica visita del rey de Arabia Saudí al Vaticano, en 2007. Añade: «Cuidar a los cristianos de Oriente es una responsabilidad para nosotros, los musulmanes». Una afirmación que, en la práctica, confía a los musulmanes la tutela de la presencia cristiana en tierras árabes. Una frase realmente sorprendente, que demuestra que los caminos del Señor son realmente infinitos. Las palabras de Sammak recuerdan otras afirmaciones análogas de exponentes de relieve del mundo islámico. ¿Pueden ser suficientes palabras como éstas para disipar el miedo de la progresiva islamización del país que serpea dentro de la Iglesia libanesa? Este es un tema que afecta a la propia esencia de la cristiandad en tierra islámica (y no solo aquí). Es decir, si es más importante el problema del número, y por consiguiente de la relación de fuerzas, o si en cambio es posible aceptar simplemente la condición de pequeña grey (como, por otra parte, en tierras de Occidente), para ser, por usar las palabras del arzobispo de Beirut de los maronitas, monseñor Paul Youssef Matar, «levadura» dentro de una sociedad ya islámica. Es un problema que la Iglesia libanesa habrá de resolver andando el tiempo. Ahora, quizá, las heridas de la guerra civil siguen estando demasiado frescas.
Sin embargo, mientras tanto la política parece haber encontrado caminos de convergencias, pues la coalición que ganó las últimas elecciones ha llevado al gobierno a musulmanes suníes y a cristianos, codo con codo. Aún más significativo es lo que ha pasado en la minoría (que, sin embargo, no participa en el gobierno de unidad nacional), en donde el mayor partido cristiano del país, el presidido por el general Michel Aoun, se ha coaligado con Hezbolá. Alianza sorprendente, nacida en años en los que el ruido del choque de civilizaciones era ensordecedor. Quizá estas agrupaciones, tan difíciles en otras partes, reflejan solo la normalidad de un país que vive y prospera en la multiconfesionalidad. O quizá, como muchos nos han dicho, lo que ha facilitado el acercamiento entre las comunidades ha sido la ayuda prestada por los cristianos a los musulmanes durante la guerra de 2006.
No tenemos respuestas. Solo un recuerdo ligado a Caná, pueblo del sur en la diócesis de Tiro. Aquí hay veintinueve tumbas en un sagrario. Dispuestas en semicírculo a su alrededor están las fotografías de los difuntos: casi todos niños, en recuerdo de aquella nueva matanza de inocentes que fue el momento más trágico de la guerra de 2006. Alguien dice que este es el pueblo del primer milagro de Jesús. Hipótesis probablemente infundada. Lo cierto es que no muy lejos de ese sagrario existe un lugar que recuerda aquel primer milagro, mediante representaciones en piedra que atestiguan una antigua devoción cristiana. Da algo de tristeza ver esa devoción transformada hoy en una desconocida meta turística, pero qué más da. Caná es un pueblo musulmán, pero como muchos otros pueblos de mayoría islámica, tiene una iglesia cristiana. Está cerrada, pues no es horario de apertura. Viene en nuestra ayuda un viejo de sonrisa buena, que guarda las llaves. Y mientras abre el portón nos sorprendemos mirando sus toscos dedos ennegrecidos que desgranan un rosario musulmán ya muy gastado. Y de repente todo se vuelve mucho más sencillo.


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