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LECTURAS
Sacado del n. 04 - 2003

En tu vientre prendió el amor


Meditación del sacerdote Giacomo Tantardini Santuario de San Leopoldo Mandic – Padua miércoles 18 de diciembre de 2002


por Giacomo Tantardini


Juan Pablo II durante la Via crucis

Juan Pablo II durante la Via crucis

A menudo, cuando tengo que hablar, recuerdo aquellas palabras de Péguy tan actuales: «Nos han dicho tantas cosas, oh Reina de los apóstoles,/ que ya no nos atraen los discursos./ Ya no tenemos más altares que los tuyos,/ ya no sabemos más que una simple oración». Esta tarde mis palabras, el deber hablar, y, por tanto, la obediencia a este deber, quisieran solamente reavivar en vosotros y en mí esta sencilla oración, este «ven», «sí, ven» «ven, Jesús». Sólo pidiendo se le puede decir algo al Señor. Es una de las cosas más hermosas que el Señor, en la experiencia de gracia que hacemos, nos hace posible experimentar. Un niño no demuestra que la madre existe. Cuando dice «mamá» reconoce su presencia pidiendo que lo quiera. No es una demostración. No se demuestra una presencia. Cuando se reconoce, se pide. Por eso el Credo cristiano es una plegaria. En el fondo, al Señor se le puede decir sólo: «Ven», «sí, ven».
Lo pensaba estos días: ¡cuántas veces hemos dicho «hágase tu voluntad» como una respuesta nuestra! Pero el hombre no puede decir «hágase tu voluntad» sino como petición. «Hágase tu voluntad» es una petición. Aunque estas palabras las decimos nosotros, no es una respuesta nuestra, es una petición. Sobre todo en esos momentos en que es como imposible que salga del corazón una palabra de este tipo. «Hágase tu voluntad» es una petición. Que suceda en nosotros. Pero el sujeto no somos nosotros que hacemos su voluntad. Hágase tu voluntad en mí, pero hazla tú, haz tú tu voluntad en mí. El Padrenuestro es una plegaria.
Deseo aludir ahora a algo, que fue para mí un descubrimiento, asistiendo a una misa la semana pasada. Oyendo hablar a un cura, un buen sacerdote. Me acordé de pronto de mi viejo párroco, por el que entré cuando era un chaval en el seminario (después de los 14 años, porque mis padres no quisieron que fuera al terminar la enseñanza primaria. El cura por el que entré en el seminario era de verdad un buen cura, sencillo y muy concreto. Yo pensaba que todas las palabras que decía eran en el fondo moralistas. En el fondo hablaba sólo de los mandamientos. De lo que había que hacer. Y, sin embargo, todas las palabras que decía eran católicas. Mientras que, me decía para mis adentros, las palabras que este cura está diciendo son todas gnósticas. La gnosis o gnosticismo es la gran herejía que san Juan, el discípulo predilecto, define así: «El Anticristo es aquel que niega que el Hijo de Dios, Jesús, vino en la carne». Todas las palabras de mi viejo párroco remitían a la humanidad de Jesús. Y, por tanto, a los sacramentos. ¡Todas! En cambio todas las palabras que se dicen ahora remiten a ideas. A ideas cristianas, porque se refieren a contenidos cristianos. Pero son ideas, son palabras cristianas en las que ya no existe la humanidad de Jesús.
La humanidad de Jesús. El hombre creado por Dios había pecado. Y habían pasado muchos siglos esperando al Mesías. Luego, hace dos mil años, vino. La humanidad de Jesús es algo real, que comenzó a existir en Nazaret cuando tuvo lugar su concepción. La Virgen dijo «heme aquí» y el Hijo eterno de Dios se hizo carne. En aquel momento comenzó a ser hombre, solamente en aquel momento, antes era sólo Dios. En aquel momento comenzó a ser también hombre. La humanidad de Jesús quiere decir que su madre lo llevó nueve meses en su vientre. Jesús no sería verdadero hombre si no hubiera estado sometido al tiempo y al espacio. Sometido al tiempo y al espacio: nueve meses en el pequeño vientre de María. Y en aquellos nueve meses la Virgen veía que su vientre crecía. Alvus tumescit virginis. Estuvo sometido al tiempo. Y luego el parto maravilloso, es decir, lleno de estupor, en Belén. Talis decet partus Deum. Y el niño se hizo grande, a los doce años respondía e interrogaba a los doctores de la ley. Y luego, después de treinta años de silencio y trabajo en Nazaret, los milagros, sus discípulos. Después, la muerte. Y la muerte fue muerte real. Y la resurrección no coincide con la muerte, sino que ocurrió la mañana del tercer día después de su muerte. La mañana de Pascua. En cambio, la perversión del gnosticismo es que ya no existen estas distinciones reales. ¡Ya no existen! La muerte es vida, el dolor es felicidad, el pecado es gracia. ¡No! El pecado es pecado. El pecado mortal da la muerte al alma, y si se muere en pecado mortal se va al infierno. Todo está en las manos de la misericordia de Dios que es y sigue siendo misterio. De ese modo, con esperanza en cada hombre, es decir, rezando, la santa Iglesia dice que si se muere en gracia de Dios se va al Paraíso, pero si se muere en pecado mortal se precipita en la segunda muerte que no tiene fin, en la muerte eterna.
Todo esto es como si ya no existiera. Las palabras ya no evocan estas cosas tan sencillas, es decir, ya no evocan la humanidad de Jesús. Decía Péguy: «¿qué es un niño cristiano respecto a un niño no cristiano? «Un niño cristiano es un niño al que miles de veces se le ha mostrado la infancia de Jesús». Se le ha mostrado la historia de Jesús. No las ideas, sino la historia de Jesús. Por tanto, nosotros no tenemos que suscitar artificiosamente las preguntas. Es la realidad la que despierta las preguntas en el corazón. Es la vida la que plantea las preguntas. Y la respuesta a todas las preguntas que la vida nos plantea no es una explicación cristiana que nosotros podemos dar. La respuesta a todas las preguntas que la vida nos plantea es la humanidad de Jesús. La respuesta al dolor es Jesús y éste crucificado. El Viernes santo murió en la cruz. Y la noche anterior, la noche del Jueves santo (noctem cruentam crimine / aquella noche cruenta de aquel crimen tan grande), aquella noche sufrió en el huerto de Getsemaní hasta sudar sangre. Y luego vino el juicio, la flagelación, la coronación de espinas. ¡Su humanidad! No la respuesta cristiana que nos inventamos nosotros. Su humanidad, ver su humanidad es la respuesta al dolor. Y así el misterio permanece intacto, y en el corazón, si el Señor lo toca, se cumple la espera y se cumplen todas las respuestas.
ýn fin, hace cincuenta años las palabras que se oían en la iglesia, incluso las más moralistas, remitían a la humanidad de Jesús. Remitían a una historia, remitían a un hombre que había sido concebido en el vientre de su madre, que se llamaba María, que lo había llevado en su seno nueve meses, que había sido parido, que había sido amamantado (como hemos escuchado antes: Lactas sacrato ubere), amamantado como todos los niños, que había comenzado a sonreír como sonríen todos los niños a sus padres. Este niño se hizo grande, y vivió tres años formando una pequeña compañía a su alrededor. Este hombre es todo lo que el Misterio ha querido revelarnos y comunicarnos. Este hombre es Dios. «De su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia». Dice Juan, el discípulo predilecto. Y san Pablo: «En Él reside corporalmente la plenitud de Dios». Todo lo que Dios ha querido manifestarnos y donarnos está en su humanidad.
«Tabernaculum eius caro eius», escribe san Agustín. La morada de Dios es su carne. Su humanidad: su manera de mirar, de preguntar, de asombrarse, de llorar, de cansarse. Como cuando se sentó en el pozo de Jacob, aquella tarde, cuando una mujer, que no era desde luego la mujer más moral de la aldea, fue a buscar agua al pozo. Todo lo que Dios es, lo que el Misterio eterno e infinito es, lo conocemos y lo gozamos mediante su humanidad. Abrazando, mirando su humanidad. Y es así. La noche del Jueves santo, a Felipe (Felipe es un apóstol simpático, porque hace muchas preguntas. Como todos los apóstoles, que eran a cuál más simpático) que le preguntaba: «Muéstranos al Padre y nos basta», Jesús le miró y dijo: «¿Tanto tiempo estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». El que me ha visto a mí. No una visión mística. El que ha visto con los ojos, con los ojos de carne, el que ha visto a este hombre ha visto al Padre.
En fin, la semana pasada es como si lo hubiera intuido por primera vez… Y me acordé de las palabras de san Jerónimo: «Ingemuit totus orbis, et arianum se esse miratus est». Todo el mundo se dio cuenta con desconcierto de que ya no era cristiano. Se dio cuenta de que ya no era cristiano, con todas sus palabras cristianas. Con todas sus ideas cristianas, ya no era cristiano. Si desaparece la referencia inmediata, si las palabras no remiten inmediatamente a su humanidad, ya no hay cristianismo. Ya no existe esta historia maravillosa. Tampoco hay creación ni gracia, pues confunden la creación y la gracia. Ya no hay pecado ni salvación, pues confunden el pecado y la salvación, llegando a decir que en el pecado está la salvación. Todo se confunde, porque ya no existe una referencia inmediata a su humanidad, a su historia.

Hablaré ahora de tres aspectos que nos sugieren los cantos de Navidad que hemos oído esta tarde.
1. Lo primero, ante todo, contra lo que el gnosticismo, la gran herejía gnóstica, combate es el hecho de que la criatura es buena y ha sido herida por el pecado original. El pecado original. Todos los cantos que hemos escuchado (¡todos!) hablan del pecado original. Quod Eva tristis abstulit. Dicen que Eva se ha vuelto triste. Era tan hermosa esa compañía, era tan hermoso el Paraíso terrenal. Era una sorpresa continua. Eva, pecando, se ha vuelto triste, y nos ha hecho caer en esta condición que ya no es hermosa. Queda el corazón que espera, pero la situación ya no es hermosa. En vez de la sorpresa, hay preocupación. Es una de las cosas más bellas que dice Péguy. ¿Qué ha provocado el pecado original? Ha hecho que todo sea una preocupación. En vez de la sorpresa, ha hecho que todo sea ajetreo, preocupación.
Pero respecto al pecado original os quiero leer la estrofa del himno de Alessandro Manzoni sobre la Navidad, porque resume la condición del hombre que nace herido por el pecado: «Quién entre los nacidos al odio». Así se nace después del pecado de Adán y Eva, se nace al odio. «Sois todos malos», dice Jesús. «¿Quién entre los nacidos al odio,/ qué persona,/ al Santo inaccesible / puede decir: perdona?». ¿Quién podía decir «perdona» al Santo inaccesible, que no tenía rostro? Porque, antes de la humanidad de Jesús, el Misterio no tenía un rostro al que mirar, antes de esa humanidad que fue posible ver, que María vio, que José vio. Esos dos jóvenes que fueron los primeros en ver a Dios, cuando ella, María, dio a luz.
«¿Quién entre los nacidos al odio,/ qué persona,/ al Santo inaccesible…». Inaccesible. Al que no se puede llegar. Tan verdad es que en un canto se dice que «tú eres la puerta abierta del cielo», tú Virgen, tú, su madre, eres la puerta abierta de par en par, pervia, fácil, hacia Dios. «¿Qué persona,/ al Santo inaccesible / puede decir: perdona? / ¿Hacer un nuevo pacto eterno?». ¿Quién podía renovar la alianza, por la que el Misterio, el Señor, el Creador ya no causaría temor? Porque después del pecado el hombre tiene miedo de Dios: «He tenido miedo y me he escondido». ¿Quién podía volver a dar esa amistad que hace que no sintamos miedo cuando Dios se acerca, y que veamos su cercanía como una compañía inefable y una sorpresa continua?
«¿Hacer un nuevo pacto eterno? /¿Al vencedor infierno / arrancarle su presa?». Arrancarle su presa al infierno que había vencido.
Esta es la condición del hombre. Así se nace, y nadie podría haber dicho ni siquiera «perdona». Así se nace. Pero, precisamente porque se nace así, los cristianos no condenan a nadie. Porque a aquel hombre que se topó con los bandidos, bajando de Jerusalén a Jericó, y que se quedó al borde del camino medio muerto, herido de muerte, el Buen Samaritano que es Jesús, que pasaba, no le condenó. No le dijo «mira cómo te desesperas». No, tuvo compasión de él. Si no aceptamos el pecado original, nos condenamos recíprocamente, nos hacemos chantaje recíprocamente. No existe ni siquiera esa compasión humana que un pagano como Cicerón decía que era la virtud más humana. Hemos nacido heridos, hemos nacido malos. A la larga, no es posible para nadie, sin ayuda, observar ni siquiera esas leyes escritas en el corazón que son los diez mandamientos. Somos pobres pecadores. El Buen Samaritano no acusó a nadie, no reprendió a nadie, tomó al hombre herido en sus brazos, lo subió a su montura, secó y vendó sus heridas.
2. Pero algo ha sucedido. El hombre no podía decir «perdona», el hombre no podía volver, como la piedra que cae de la montaña, llega al valle y no puede volver si una fuerza amiga, que está fuera de la piedra, no la levanta. Lo dice Manzoni en el mismo himno. Pero algo ha sucedido. Y esto lo digo con las palabras de Dante. «En tu vientre prendió el amor». Hace dos mil años. ¡Dos mil años! No fuera del tiempo, sino en un momento del tiempo. En Nazaret, en aquella aldea de la extrema periferia del pueblo elegido, en la Galilea de los gentiles. En aquel espacio de tiempo, «en tu vientre», en el vientre de aquella muchacha que se llamaba María, de aquella mujer (no de la Mujer con la mayúscula), en el vientre de aquella mujer (aquel vientre, aquella carne y aquella sangre) «prendió el amor». El amor, la posibilidad de ser perdonados, la posibilidad de decir «perdona», prendió en el vientre de aquella muchacha.
«En tu vientre prendió el amor, / por cuyo calor». No por las palabras que decimos, no por las respuestas que nos inventamos: «por cuyo calor». Calor, ¿hay algo más físico que el calor, el calor que prendió en el vientre de aquella muchacha? «Por cuyo calor, en la eterna paz / germinó esta flor». «Por cuyo calor» la vida florece, la vida, que había sido herida mortalmente, florece de nuevo. «Por cuyo calor», por el calor de esa presencia humana que ha sido concebida en el vientre de María. «En tu vientre prendió el amor / por cuyo calor». A contacto con esta humanidad, contacto visible… porque después de nueve meses lo parió, con un parto estupendo, con un parto sin dolor. Mientras que el parto de la mujer, como consecuencia del pecado original, es un parto en el dolor, el parto de esta mujer, de esta muchacha, fue un parto en el estupor. Qué hermoso es lo que la Iglesia llama la virginidad en el parto de María. Un parto que llenaba de estupor. Así lo parió, con un parto que la llenó de estupor a ella y luego a José, y luego a los pastores… y a aquellos que lo vieron luego.
«En tu vientre prendió el amor, / por cuyo calor, en la eterna paz» en el Paraíso. En el Paraíso la vida florece para siempre. Pero ya aquí, cuando este calor toca el corazón, incluso sólo por un instante, incluso sólo con una chispa de ese rocío, incluso sólo con una promesa de brote de primavera… este calor, tocando los corazones, hace germinar. «Germinó esta flor».
Quiero leeros cómo san Pío X dice estas cosas en su catecismo de un modo muy sencillo y hermoso: «¿Cómo el Hijo de Dios se hizo hombre? El Hijo de Dios se hizo hombre tomando en las purísimas entrañas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, un cuerpo como el nuestro y un alma como la nuestra». Dios tomó cuerpo y alma como tenemos nosotros. El cuerpo vino todo de aquella muchacha, todo de su sangre y de su carne. Un cuerpo humano. Y más adelante: «Haciéndose hombre el Hijo de Dios,» (¡porque sucedió, aconteció! Verbum caro factum est: sucedió que el Verbo eterno se hizo carne. Sucedió hace dos mil años en Nazaret), «¿dejó por esto de ser Dios? Haciéndose hombre el Hijo de Dios no dejó de ser Dios; mas sin dejar de serlo, comenzó a ser juntamente verdadero hombre». Y luego la última pregunta: «Ha existido siempre Jesucristo? Jesucristo como Dios ha existido siempre; como hombre comenzó a existir desde el momento de la Encarnación». Como hombre comenzó a existir cuando María dijo sí.
3. ¿Qué sucede cuando este calor toca el corazón del hombre, el calor encendido en el vientre de aquella muchacha? «En tu vientre prendió el amor». ¡El amor! La posibilidad de ser perdonados. Hasta aquel instante, hasta aquel momento, de este amor, de este perdón se vislumbraba sólo la sombra, el reflejo, la espera. El Antiguo Testamento es sombra, reflejo respecto a la realidad. Cuando llega la realidad se deja con respeto la sombra a un lado. Cuando la presencia que ama está presente, se mira la presencia, y se deja de mirar la fotografía. Así es la relación entre la realidad humana de Jesús y la Antigua Alianza. La realidad humana de Jesús es el imprevisto e imprevisible cumplimiento de toda espera. «Todo ha sido hecho en vista de Él».
Cuando este calor toca el corazón, ¿qué despierta? Despierta en el corazón la esperanza. Cuando este calor toca el corazón del hombre, asombra al corazón del hombre. La segunda virtud, la esperanza, indica este estupor. Cuando lo toca, conmueve al corazón del hombre. Cuando este calor toca el corazón, el hombre, preocupado, vive un instante de asombro, durante el cual ya no se siente preocupado. Ajetreado en mil quehaceres, preocupado (pre-ocupado quiere decir que el corazón está cargado de muchas cosas), el corazón se asombra. Y el corazón vuelve a ser o se vuelve como el del niño. Cuando este calor toca el corazón, despierta esta conmoción, despierta este estupor, despierta esta esperanza. Esta esperanza no es un mero saber que después habrá algo. Esta esperanza es el inicio del florecimiento del Paraíso en la tierra.
El brote es el inicio, aún no es la flor plena. La primera yema es sólo el inicio. Cuando este calor toca el corazón, el corazón retoña. Se llama esperanza.
Leamos a Dante: «Aquí eres» aquí en el Paraíso, es san Bernardo el que reza, «meridiana faz / de caridad para nosotros». En el Paraíso es diferente que en la tierra. Porque el Paraiso es este amor asegurado para siempre. En la tierra todo está solamente en esperanza, es decir, en estupor, en estupor real pero precario, y por eso nos podemos perder. Podemos perder la gracia de Dios. Es más, dice el dogma de la fe, sin una ayuda especial de la gracia, no se puede permanecer en estado de gracia. Por tanto, es un estupor precario. Real, desde luego, pero precario. «Lo que sucedía, mientras sucedía, suscitaba estupor, ya que era Dios quien lo llevaba a cabo». Dice Giussani, describiendo su vida. «Lo que sucedía, mientras sucedía, suscitaba estupor, ya que era Dios quien lo llevaba a cabo haciendo de ello la trama de una historia que acontecía –y acontece– ante mis ojos». Tejiendo así la trama de un camino que acontecía y que me acontece ante los ojos.
«Aquí eres faz meridiana / de caridad para nosotros», aquí eres para nosotros sol resplandeciente de caridad, esplendor de caridad. La caridad es cuando el deseo del corazón se siente satisfecho, cuando se cumple lo que el corazón desea. «Y abajo», en la tierra, «entre los mortales»: qué realista es el cristianismo: entre los que van hacia la muerte. «Y abajo, entre los mortales, / eres fuente viva de esperanza». Eres la posibilidad de que ese estupor se renueve continuamente. ¡Tú! Tú, oh María, Tú, oh Virgen, eres la posibilidad de que la gracia de Dios se renueve, eres la posibilidad de que ese calor («en tu vientre prendió el amor») toque nuestro corazón, lo toque de modo que nuestra vida vaya de inicio en inicio, lo abraza posiblemente a cada instante. La santidad es cuando ese calor abraza casi (casi, porque la tierra no es el Paraíso) cada instante. El Padre Leopoldo fue así. Ese calor, ese estupor casi a cada instante abrazaba el corazón, de modo que el corazón lo amaba. «El estupor verdadero», intuía Cesare Pavese, «no está hecho de novedad, sino de memoria». De modo que el corazón lo ama, como la casa en que el corazón habita.
«Aquí eres faz meridiana / de caridad para nosotros; y abajo, entre los mortales, /eres fuente viva de esperanza». Y luego Dante termina hablando de la oración. ¿qué puede hacer el hombre, el hombre herido por el pecado y el hombre perdonado, cuando este calor, encendido hace dos mil años en el vientre de María, lo toca? El hombre puede pedir: «Mujer, eres tan grande y tanto vales / que quien demanda gracia y a ti no recurre, / su deseo quiere volar sin alas». Mujer, eres tan grande y vales tanto, que quien quiere gracia y no recurre a ti, su deseo es como si quisiera volar sin alas. Pero luego hay una estrofa aún más bella, más bella, porque sugiere que también pedir es fruto de su gracia: «Tu benignidad no sólo socorre / al que pide, mas muchas veces / libremente al pedir se anticipa». Y esto es un misterio. El misterio más inefable de la predilección de Dios: que no sólo responde al ruego, sino que acorre antes del ruego. Porque si no no sabríamos ni siquiera rogar. Tu benignidad, la tuya, María, no sólo socorre a quien pide, sino que muchas veces (podemos decir siempre, si no no se pide, se pretende o se dicen sólo palabras) «libremente al pedir se anticipa». Se anticipa, precede. «Que nos preceda y acompañe siempre tu gracia». Precede quiere decir que se da antes, antes incluso que la petición. Para pedir, por lo menos en última instancia, hay que sentirse atraídos, sentir que el calor que prendió en el vientre de María nos ha despertado.
Termino. Antes, arrodillado en la celda del padre Leopoldo prometí terminar hablando de estas cosas. Hablando de la que, para mí, mejor dicho, no para mí, sino según la santa Iglesia, es la alternativa a la gran herejía que cité al principio, cuando hablaba del gnosticismo en la Iglesia. Fue Judas, uno de los doce, quien le traicionó. La persecución del mundo, del diablo, se da siempre por medio de cristianos. Judas, uno de los doce, lo traicionó: ¡era uno de los doce! Pedro y Pablo murieron en Roma a causa de la envidia de algunos cristianos. Es siempre así. Hoy también es así. De todos modos, la alternativa al Anticristo, a quien no reconoce a Jesús, el Hijo de Dios en la carne, reside, para mí, en tres cosas.
La primera es la confesión. La confesión tal y como el Concilio de Trento la definió. A cuya humilde fidelidad el Papa ha llamado recientemente a todo el pueblo cristiano. La confesión, es decir, acusación sincera, completa, humilde, breve y prudente (son las cinco características de la confesión de los pecados del catecismo de san Pío X. La confesión sincera y completa de cada uno de los pecados mortales. La confesión comporta este realismo. Que dice que el pecado es pecado). Y el gesto, el más sencillo de este mundo, de un pobre pecador, quizá mucho más pecador que tú, como es el confesor, un gesto aplicado por él, pero realizado por Jesucristo, un gesto de Jesucristo te perdona. El sacramento de la confesión como lo instituyó Jesús y la santa Iglesia pide que sea: juicio y misericordia. Tan verdad es que en el catecismo, cuando era un chaval, había una imagen que describía muy bien el hecho de que si uno se confiesa mal comete un sacrilegio. Era la imagen de un niño que se alejaba con el diablo a sus espaldas. Mientras que en otra imagen el ángel de la guarda estaba al lado de un niño sonriente que se confesaba bien. La confesión, pues, como la santa Iglesia manda que nos confesemos. El sacramento de la confesión es el primer modo con el que María derrota sola todas las herejías. Así decía una antífona de la liturgia que san Juan Bosco toma en su oración a la Virgen: «Tú que has destruido sola [ella sola, no nosotros] todas las herejías del mundo».
Lo segundo es el santo Rosario. Os leo algunas frases del papa Luciani cuando era patriarca de Venecia, sobre el Rosario. «Personalmente, cuando estoy solo y me pongo a hablar con Dios y la Virgen, más que adulto, prefiero sentirme niño»… Esto vale para toda la vida. Ser adultos en la fe quiere decir darse cuenta con más facilidad de lo que uno es, es decir, nada: «Sin mí no podéis hacer nada». Sigue diciendo el papa Luciani: «… para abandonarme a la ternura espontánea que tiene un niño ante su padre y su madre. Estar ante Dios como lo que soy en realidad, con la miseria y con lo mejor de mí mismo. El Rosario, oración sencilla y fácil, me ayuda a ser niño. Y no me da vergüenza para nada». El Rosario (con el Padrenuestro, el Ave María y las jaculatorias que se repiten) es la oración en la que somos lo que realmente somos: nada. En la que por la gracia nos volvemos niños, en la que el corazón se vuelve niño, de modo que entra (que entra, diciendo el Rosario) en el Reino de los cielos. Así florece el corazón.
Y por último, lo tercero: las jaculatorias. La confesión, el Rosario, las jaculatorias. Las jaculatorias, es decir, las pequeñas oraciones. Como cuando se entra en la iglesia y se dice: «Alabanzas y gracias sean dadas en todo momento al Santísimo Sacramento». ¡En todo momento! Y quizás uno se da cuenta de que hace mucho tiempo que no dice gracias. Pero al entrar en la iglesia y hacer la genuflexión, uno repite: «Alabanzas y gracias sean dadas en todo momento». Y este gracias abarca todo, abarca las horas, los días, las semanas y los meses en los que uno no ha dicho nunca gracias. Y luego esa otra jaculatoria, tan sencilla y querida, que tantas veces Giussani nos ha recomendado: «Veni, Sancte Spiritu, veni per Mariam». Ven, oh Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Aquel que en el vientre de María «prendió el amor». Aquel que en el vientre de María despertó el amor. El Espíritu Santo es la infinita correspondencia entre el Padre y el Hijo. Me sorprende esto desde que lo intuí. Es infinita la correspondencia entre el Padre y el Hijo. La infinita, eterna, sobreabundante correspondencia entre el Padre que engendra y el Hijo que es engendrado. Por sobreabundancia de correspondencia, y no por dialéctica, por sobreabundancia de alegría la Trinidad ha creado el mundo y me ha creado también a mí. «Veni Sancte Spiritus, veni per Mariam». Ven por medio de María.

Termino repitiendo la estrofa de un himno que Giussani sugirió hace quince días: «Jesu mi dulcissime». Jesús, mi dulzura. Solamente quería decir esto, hablar sólo de la humanidad de Jesús. «Jesu mi dulcissime». Jesús , dulzura para mí. Sólo una presencia es dulzura para el corazón. Dulzura es una palabra que decimos dos veces a la Virgen en la Salve: «dulcedo», dulzura, «dulcis virgo Maria». Así, confiándole a ella lo que nosotros no somos capaces y que muchas veces no queremos… «Jesu mi dulcissime, spes suspirantis animae»: esperanza, sorpresa, conmoción del alma que suspira, que espera («tú conoces mi gemido»). Es la vida, es la realidad la que hace suspirar. Las cosas hacen suspirar. «Spes suspirantis animae». Alma que suspira, incluso cuando no nos damos cuenta, a esa dulzura, que suspira a esa presencia que María llevó en su vientre nueve meses y que dio a luz en Belén. «Spes suspirantis animae. Te quaerunt piae lacrymae». Te buscan las lágrimas piadosas. Lágrimas, porque el dolor de la vida hace llorar. También nuestros pobres pecados hacen llorar. Y las lágrimas se trasforman en lágrimas de gratitud. Porque si no después de poco ni siquiera se llora más, después de poco también el rostro se endurece y se convierte en una máscara. Las lágrimas del dolor, ante esta presencia, se convierten en lágrimas de gratitud, porque su perdón, su dulzura, su ternura es más grande. «Te quaerunt piae lacrymae et clamor mentis intimae». Te busca el grito del corazón, cuando dormimos y cuando estamos despiertos. A ti, Jesucristo, hijo de María, Hijo de Dios, el grito de cada corazón te busca. Y nosotros, por la gracia, podemos comenzar a buscar y a ser hallados aquí en la tierra.


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