La correspondencia entre el cardenal Ferrari y monseñor Conforti
De la correspondencia Ferrari-Conforti ofrecemos solo cinco cartas que se refieren a dos momentos dramáticos de la vida de Conforti: su nombramiento como arzobispo de Ravenna y su dimisión de aquella sede por motivos de salud
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Guido Maria Conforti, arzobispo de Ravenna [© Misioneros Saverianos]
Nombramiento para Ravenna
Conforti había fundado en Parma en 1895 el Instituto emiliano para las misiones extranjeras, que se convertiría en congregación religiosa tres años después. El obispo de Parma le había nombrado vicario general de la diócesis de Parma ya en 1895. El 16 de mayo de 1902 fue a Roma, llamado por el papa León XIII, quien le comunicó que le había nombrado arzobispo de Ravenna. En la carta al cardenal Ferrari, Conforti cuenta el acontecimiento y expresa su desazón por el nombramiento. Acepta en obediencia al Papa, convencido de que hacía la voluntad de Dios. No falta un velado rapapolvo a quien contribuyó a su nombramiento. La alusión al cardenal Ferrari es evidente.
En la carta de respuesta del cardenal puede verse la gran estima en que tenía a Conforti.
Monseñor Conforti al cardenal Ferrari
Parma, 22 de mayo de 1902
Eminencia:
Con espíritu agitado por miles de afectos y sentimientos y no sin confusión me dispongo esta vez a escribir a V.E., a quien nunca pude ocultar nada de lo que de alguna manera me afectara.
El miércoles pasado se me convocaba en Roma por medio de una carta urgente, e inmediatamente me puse en camino rumbo a aquella ciudad, llegando al día siguiente y presentándome, hacia las 10, ante el prelado, el cual, para mi gran sorpresa, me invitaba al Vaticano para las 18 horas del mismo día, para ser recibido en audiencia por el Santo Padre, que deseaba hablarme.
A la hora convenida me llegué allá e inmediatamente me llevaron ante la augusta presencia del Sumo Pontífice, junto a monseñor Maffi, actual administrador de Ravenna, que también había sido llamado con urgencia. El corazón me latía fuertemente sin poderme explicar lo que estaba pasando, pero cuando Su Santidad me dijo que me destinaba a arzobispo de Ravenna, dándome como auxiliar a monseñor Maffi, sentí que me desmayaba y rompí a llorar. Rogué al Santo Padre que me librara de tanto peso, alegando mi poca virtud y doctrina, mi inexperiencia, mi maltrecha salud, la debilidad de mi carácter, las necesidades presentes del Seminario de las Misiones que acabo de fundar, pero ninguna de estas razones fue aceptada. Le rogué que invirtiera las partes, poniendo en mi lugar a monseñor Maffi, frente al cual bajo todos los aspectos puer sum et nescio loqui, pero en vano. Le rogué, en fin, que si era su voluntad que yo fuera obispo, que por lo menos me diera una diócesis menos ilustre e importante que Ravenna, y a esta última réplica, con timbre bastante decidido me respondió con estas precisas palabras, que nunca podré olvidar: «No siga insistiendo ni mucho menos encarguéis a otros que lo hagan porque entonces me obligará a una orden imperiosa. Al Vicario de Cristo hay que obedecerle inmediatamente. Le he invitado a venir en persona a Roma precisamente para abreviar los trámites y para que oyera de la boca misma del Papa lo que él desea de usted. Dispóngase, pues, a cumplir la voluntad de Dios, que copiosamente le concederá su gracia».
Salí del Vaticano muy agitado y durante la noche me atacó una fiebre muy alta. ¡Oh, qué inadecuado me siento para la misión que se quiere encomendar a mi debilidad! Solo el pensamiento de cumplir la voluntad divina, de la que no puedo dudar porque me ha sido manifestada por el Vicario de Cristo, me regala cierto consuelo.
Solo la esperanza de hallar en el nuevo oficio, al que estoy obligado por la obediencia, almas buenas que querrán ayudarme y sabrán compadecerme me transmite algo de valor. Quiera el Cielo que quienes han contribuido con buen fin a mi nombramiento no se arrepientan luego por mi culpa. A principios del próximo mes, si me lo permite, me acercaré a importunarle, pues siento gran necesidad de abrir mi ánimo a V.E., que siempre me ha prodigado benevolencia y compasión.
El cardenal Ferrari a monseñor Conforti
Milán, 22 de mayo de 1902
Monseñor reverendísimo:
Libre ya de la obligación del secreto, muy distinto del que me confió sor Ghezzi, le mando estas letras; pero mis palabras podrían casi casi airear las de san Bernardo (pese a ser yo todo menos santo) cuando escribía por primera vez a Eugenio III, recién elegido Papa. En aquel antiguo Padre podría encontrarme de alguna manera también yo; y si las cosas van de este modo, el padre se convertirá en hijo, y el hijo en padre.
Pero dejemos a un lado todo esto; y puesto que no dispongo de tiempo, como tampoco usted lo tendrá en estos días, sin tantas ceremonias le presento mis congratulaciones, y si no las acepta, entonces se las presento a Ravenna, y a usted le desearé todas esas gracias que le serán indispensables para ser de verdad un buen Cireneo. Sin embargo, será muy fácil para usted imaginarse con qué placer le vería; pero un poco porque no tendrá tiempo, y más que un poco soy yo que non sum dignus. Y con afectuosa reverencia, quedo afmo. suyo en el Señor,
+ Andrea C. Card. Arz.
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Guido Maria Conforti
[© Misioneros Saverianos]
El arzobispo Conforti tuvo que ponerse al frente de una diócesis en la que la propaganda anticlerical había alejado al pueblo de la fe: las iglesias estaban desiertas, no se bautizaba ya a los niños y ni siquiera se llevaba a los muertos a la iglesia. Además, encontró un clero dividido en partidos opuestos. Las dificultades y el clima influyeron en su ya precaria salud. En 1904 el arzobispo sufrió varios derrames de sangre, hasta el punto que se llegó a pensar que tenía una tuberculosis galopante. Por eso decidió presentar su dimisión al Papa. Le cuenta al cardenal las razones de este grave paso y le pide que medie para conseguir la aprobación del santo padre Pío X.
El arzobispo Conforti al cardenal Ferrari
In omnibus Christus!
Parma, 11 de septiembre de 1904
Eminentísimo Príncipe:
Permítame que abra mi corazón a V.E. con esa confianza que me inspira su bondad e implorar su apoyo en este grave momento, que quizá le cause pesar, pero que habrá de reconocer que para mí es indispensable.
Desde que llegué a Ravenna mi pobre salud ha venido continuamente degradándose y ahora me encuentro en un estado muy poco halagüeño. El año pasado, entrando en la estación estival, que en Ravenna es muy calurosa y bochornosa, me entró una tos continua, insomnio y frecuentes fiebres que duraron más de tres meses, hasta el punto que los médicos llegaron a creer que se trataba de una tuberculosis incipiente. El mes de agosto me trasladé algún tiempo a Parma y el aire de allí y los cuidados asiduos determinaron en mí una notable mejoría, por lo que volví a mi sede y al trabajo con discreto optimismo. Sin embargo, no tardé en darme cuenta de un notable empeoramiento, y, en efecto, no ha pasado mes que no haya tenido que guardar cama durante algunos días. Además, el regreso de la estación estival me ha provocado los acostumbrados ataques de tos y fiebre que he intentado soportar sin darles demasiada importancia, cumpliendo lo mejor que podía mis obligaciones, lo cual ha contribuido al empeoramiento de mi salud, cosa de lo que pueden dar fe los no infrecuentes esputos de sangre, que siempre oculté a los de casa para no entristecerlos.
A finales del pasado mes de julio fui a Parma, donde aún me encuentro, pero en condiciones bastante deplorables. A primeros de agosto tuve dos derrames de sangre, a pocos días de distancia, y si en estos días, gracias a los diligentes cuidados a los que me he sometido, me siendo mucho mejor, no puedo decir que me haya curado del todo, pues aún echo de vez en cuando esputos sanguinolentos. No le oculto a V.E. que este conjunto de cosas me provoca mucho dolor, no pudiéndome esperar que en un futuro mi salud alcance mejoría, máxime cuando pienso que también en el pasado tuve siempre, ya desde mi más tierna infancia, una gran tendencia a las enfermedades del pecho.
Pero mucho más dolor me causa el pensamiento de no poder desarrollar en Ravenna toda la actividad y energía que la gravedad de las condiciones morales locales requerirían. Aquella ilustre diócesis ha caído muy bajo por el hecho de que desde hace cincuenta años siempre ha sido gobernada por arzobispos que, pese a su encomiable piedad y doctrina, llegaban a esta sede ya viejos y enfermos, por lo que bien poco pudieron hacer por el bien de la misma.
El pensamiento, pues, que también por mi causa se haya de prolongar este doloroso estado de cosas me aflige profundamente y no me deja ni un instante de paz. Por ello, y no ya por las cruces y penas inseparables del ministerio episcopal, llegué a la engorrosa determinación de presentar a las augustas manos del Santo Padre mi dimisión, lo cual hice hace algunas semanas. Recibí respuesta de que su Santidad no podía aceptar mi renuncia y me proponía que eligiera un auxiliar o un coadjutor de mi confianza. Respondí agradeciéndole la atención, pero al mismo tiempo insistiendo en la renuncia, haciendo notar sumisamente que esa opción hubiera creado un estado de cosas anormales, que hubiera podido durar mucho tiempo, dada mi edad no tan avanzada, sin contar que la Mensa, pese a que se cree que es muy rica, no ofrecía margen suficiente para una compensación económica al coadjutor. Aún no he recibido respuesta a esta replica mía, por lo que ruego cuanto puedo y sé a V.E. que haga valer sus buenos oficios ante el Santo Padre.
No es vano temor lo que me lleva a dar este grave paso, sino el deseo de mayor gloria de Dios y de mayor bien de las almas, que sin duda se conseguiría con mi renuncia. Ravenna necesita un obispo capaz de toda la energía y actividad, y yo me siento físicamente inadecuado para la grave tarea. Por mi parte no pido más que poderme retirar a la soledad de mi Instituto para las Misiones, donde dedicaré el resto de mis días, que no pueden ser muchos, a educar a tantos queridos jóvenes que anhelan las pacíficas conquistas de la fe y el martirio. Esta es mi única aspiración en esta tierra.
Si el Santo Padre desea asignarme algún sostén pecuniario yo lo aceptaré con agradecimiento a beneficio de la humilde Obra, a la que he consagrado todas mis fuerzas. Perdóneme también esta vez si abuso de su bondad, que sé que es muy grande, y bendígame.
Respuesta del cardenal Ferrari
J.M.J
Excelencia ilustrísima y reverendísima:
El Santo Padre, muy a su pesar, ha tenido que reconocer el grave peso de las razones aducidas por V.E. en su instancia, y ya está pensando en cómo actuar en esa diócesis. He añadido una alusión al sostén pecuniario, y ha respondido que, como es justo, sabrá tenerlo en cuenta. Con gran pena he realizado la tarea que me había mandado, pero con Vd. he levantado los ojos al Cielo y he dicho: “Fiat voluntas Dei”. Sin embargo, deseo que la Providencia le depare seguir haciendo todavía mucho bien; y una vez que recupere completamente la salud, especialmente mediante el absoluto reposo, podemos esperar que V.E. prodigue sus fuerzas y su santo celo no solo en su Seminario, sino también en la querida diócesis parmense.
Siento mucho tener que pasar por Génova, pues salgo hoy a las 2.40, porque me hubiera gustado hacerle una visita en Parma. ¿No podré verle en Milán más adelante? Para mí sería una gran alegría, y espero que así sea.
El Santo Padre le bendice con todo cariño, y yo le renuevo mi veneración profunda, besándole humildemente las manos.
De V.E. Revma,
Roma, 16 de septiembre de 1904
humilmo. devmo. afmo.
+Andrea C. Cardenal Ferrari Arz. de Milán
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Guido Maria Conforti, obispo de Parma
[© Misioneros Saverianos]
In omnibus Christus!
Parma, 18 de septiembre de 1904
Eminentísimo Príncipe:
Nada más recibir su venerada misiva, me acerqué a la capilla para dar gracias al Señor por la gracia conseguida, y ahora satisfago el deber de expresarle a V.E. mi más viva gratitud por los buenos y eficaces oficios ante el Santo Padre para que fueran oídos.
Me siento como si hubiera renacido, ahora que he sido liberado de esa inmensa cruz que, hace dos años, se me imponía y que yo aceptaba para agradar al Vicario de Cristo. Acostumbrado a reconocer en los acontecimientos humanos la voluntad de Dios, que todo lo dispone por nuestro bien, no siento ningún remordimiento por el paso engorroso que he dado, frente a las dificultades no leves que me impedían poder hacer todo ese bien que yo hubiera querido. Antes bien, creo haber realizado un sagrado deber al preocuparme de que se mande a Ravenna a un arzobispo que pueda y sepa hacer lo que yo, por mi maltrecha salud, solo hubiera podido desear hacer.
Lo privado ha de claudicar ante el bien común; y yo de buen grado he cumplido este sentimiento para mí obligado. De ahora en adelante mis pensamientos y mis cuidados irán dirigidos a educar para el apostolado católico a tantos queridos jóvenes; una ocupación disconforme con el excelso carácter episcopal del que contra todo mérito fui distinguido. V.E. siempre bueno, siempre paternal conmigo, ayúdeme con sus oraciones para que pueda alcanzar este objetivo nobilísimo y saludable y de ese modo por lo menos siga siendo útil a la Iglesia de Dios en los años, quizá no muchos, que aún me quedan de vida.
Agradezco a V.E también la hermosa carta pastoral que me ha mandado como regalo y la amable invitación que me hace de llegarme hasta Milán. Es muy vivo el deseo que siento de volver a ver y rendir homenaje a V.E. para que deje pasar largo tiempo antes de realizarlo.
Le beso con profunda reverencia la Sagrada Púrpura y con exuberante reconocimiento y gratitud, me pongo a su disposición, eminentísimo Príncipe.
Devotísimo, obligadísimo, afectísimo Hijo en Cristo
Guido M. Arzobispo
Así termina la historia de Ravenna y monseñor Conforti volvió a Parma a su Instituto. Tras recuperarse bastante bien, fue nombrado por el papa Pío X en 1907 coadjutor del obispo de Parma con derecho a sucesión. Cosa que ocurrió a finales de diciembre de aquel año, y gobernó la diócesis durante 24 años, hasta su muerte. La amistad con el cardenal Ferrari y el intercambio de cartas duraron hasta la muerte del cardenal en 1921.
Al cuidado del padre Augusto Luca, sx
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