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HISTORIAS DESDE LAS MISIONES
Sacado del n. 10 - 2011

Operación Mato Grosso

De la Valtellina a los Andes


«Siempre he deseado ver con mis propios ojos cómo era el oratorio de Valdocco cuando estaba don Bosco. Mi deseo se ha cumplido aquí, al pie de los Andes». Así hablaba el cardenal Martini visitando la misión del salesiano Ugo de Censi, iniciador de la Operación Mato Grosso. Esta es la historia


por Giovanni Ricciardi


El padre Ugo de Censi con el padre Daniele Badiali en Yanama, Perú, en 1992 [© Don Mirko Santandrea]

El padre Ugo de Censi con el padre Daniele Badiali en Yanama, Perú, en 1992 [© Don Mirko Santandrea]

 

El padre Ugo de Censi tiene hoy ochenta y seis años, y sesenta de sacerdocio en la congregación salesiana. Desde 1976 vive en Chacas, un pueblito perdido del este del Perú, a los pies de la Cordillera de los Andes, que le recuerdan, en su majestuosidad, las montañas de su Valtellina. Un lugar donde la vida es precaria, los medios de sustento han de serles arrancado cada día a la montaña, y la pobreza es la situación en la que están todos.

«Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar», canta una de las melo­días latinoamericanas más famosas, Guantanamera: un verso que resume, en su hermosura, la belleza de la experiencia misionera del padre Ugo. Echar la suerte, apostar, sembrar una semilla que en Chacas ha dado un fruto excepcionalmente abundante, hasta el punto de que el cardenal Martini, cuando visitó la misión para inaugurar una casa regalada por la diócesis de Milán, dijo: «Siempre he deseado ver con mis propios ojos cómo era el oratorio de Valdocco cuando estaba don Bosco. Mi deseo se ha cumplido aquí, a los pies de los Andes».

El padre Ugo vuelve de vez en cuando a Italia para ver a un grupo de voluntarios que llevan años echándole una mano en la recogida de comida, ropa, y trabajando gratuitamente para enviar dinero a la misión: una experiencia aconfesional, sin una identidad jurídica en la Iglesia, en la que son acogidos todos los que tienen ganas de dar una mano. Desde los setenta su nombre sigue siendo el mismo: Operación Mato Grosso. El padre Ugo predica retiros para quienes desean un momento más decididamente católico dentro del movimiento. Las fórmulas son sencillas, se reza según la tradición de la Iglesia, se permanece de rodillas, también para confesarse. Hay mucha gente, que en silencio toma apuntes que dicta el padre, como un maestro de escuela, añadiendo poco de su cosecha. Este año el tema ha sido: “Bernadette y Aquerò”. Objetivo del retiro: “Aprender a persignarse bien”.

La referencia a Lourdes no es casualidad, sino una etapa fundamental en la vida de este salesiano “avispado, alegre y protestón”, como lo definían sus superiores. Pero también delicado de salud. La espondilitis tuberculosa que le fue diagnosticada en el seminario lo tuvo inmóvil durante tres años en el hospital. Y la fístula abierta que le obligó a un período de inactividad tan largo se cerró solo frente a la gruta de Massabielle. De este modo, el padre Ugo, una vez restablecido, pudo ser ordenado sacerdote en 1951 por el cardenal Schuster, en la Catedral de Milán. «Pero los superiores», cuenta, «me consideraban de todos modos un bullanguero. Así que, “para que se me pasaran las ganas de bromear” me dieron el cargo de director espiritual de un reformatorio masculino en Arese». Allí estuvo durante veinte años: «Y allí aprendí que las palabras religiosas no sirven para nada. Los muchachos que escuchaban mis sermones se daban media vuelta. Y al final, frente a mi decepción, algunos decían: “¿Pero te has mirado? ¿No ves qué cara tienes? Intenta por lo menos quererme un poco”».

Así que, a finales de los sesenta, conmovido por las narraciones de los hermanos misioneros que hablaban de la pobreza y de las inmensas exigencias de las misiones, comenzó a viajar a Suramérica y a organizar ayudas para estas obras salesianas. Hasta que en 1976, a los 52 años, tomó la decisión de irse a vivir establemente a Perú, a Chacas. Lo acompañaban algunos muchachos salidos del reformatorio de Arese. «Yo había perdido mucho de la exterioridad de la religión. Pero en Chacas volví a ser niño. Y descubrí las cosas sencillas de la fe: la vida de Jesús y la devoción, cantar bien en la iglesia, tener las manos juntas en la oración. Estas cosas las volví a hacer con los muchachos de la misión».

«Yo por ahora soy cura», escribía en los primeros meses de su permanencia en los Andes: «Chacas tiene una iglesia enorme, el domingo se llena de gente, todos en silencio. Yo me siento como en casa, siento que son mi gente. Me gusta hacerlos cantar. Siento que me quieren, quisiera conocerlos uno por uno». Luego sigue diciendo: «Yo creo que aquí voy a ser un cura a la antigua: catecismo, canto, visitar a los enfermos, misas... con esta gente que necesita pan, calles, trabajo, higiene. Para encontrar solución a estas necesidades me ayudarán los muchachos de la Operación que vendrán».

Y esto fue así, durante los años siguientes. Con la ayuda de los voluntarios de la Operación Mato Grosso, el padre Ugo llevó a cabo un número impresionante de obras de caridad: escuelas profesionales para talladores de madera, para enfermeras y maestras de escuela, un hospital en Chacas, casas para niños huérfanos o abandonados, reparación y construcción de puentes y carreteras, incluso la realización de una central hidroeléctrica que proporciona energía al pueblo. Todas estas obras llevan el nombre de don Bosco o de María Auxiliadora, según la más genuina tradición salesiana. Y naturalmente tampoco podía faltar el oratorio para miles de niños y muchachos, que lo abarrotan cada domingo.

«Deberíais venir a Chacas», escribe del padre Ugo un hermano y colaborador salesiano suyo, «para conocer su casa, para que podáis descubrir la riqueza de un corazón libre como el suyo, un corazón del cual es fácil enamorarse. Descubriríais que la casa del padre Ugo es una plaza sin paredes, sin puertas, no porque no haya sino porque las han tirado la gente que se agolpa en la puerta para entrar. Algo así como dice el Salmo: “De la viña del Señor se han tirado los recintos y todos los viandantes pueden hacer la vendimia”».

El santuario de Pomallucay, en Perú (en el que desde 1992 surge el seminario de la diócesis de Huari) proyectado y realizado por los voluntarios de la Operación Mato Grosso [© Don Mirko Santandrea]

El santuario de Pomallucay, en Perú (en el que desde 1992 surge el seminario de la diócesis de Huari) proyectado y realizado por los voluntarios de la Operación Mato Grosso [© Don Mirko Santandrea]

En estos años cientos de voluntarios italianos han vivido la experiencia de dedicar algunos meses a ayudar al padre Ugo en su misión. Algunos se han quedado más de un año, otros han decidido quedarse para siempre. Otros han sentido por el ejemplo del padre el deseo de seguirlo en el camino sacerdotal. El padre Ugo ha fundado de este modo un seminario para aspirantes al sacerdocio que luego son “donados” a las distintas diócesis de Perú, al no tener la Operación Mato Grosso personalidad jurídica dentro de la Iglesia. Entre ellos estuvo un joven sacerdote italiano, el padre Daniele Badiali, que terminó su existencia terrenal en 1997, asesinado por un grupo de bandidos que lo habían raptado para pedir un fuerte rescate.

La vocación del padre Daniele había crecido en la Operación Mato Grosso. Dos años de voluntariado en Chacas, de 1984 a 1986, lo llevan a tomar la decisión definitiva. Vuelve a Faenza, estudia en el Seminario regional de Bolonia e, inmediatamente después de su ordenación por la diócesis de Faenza-Modigliana, es enviado como sacerdote fidei donum a la diócesis de Huari en Perú, para ayudar al padre Ugo en su misión, haciéndose cargo el 1 de septiembre de 1991 de la parroquia de San Luis, en la Cordillera Blanca: un territorio vasto, con más de sesenta pueblitos esparcidos por las montañas, a los que se puede llegar solo a pie o a caballo. El padre Daniele trata de llegar hasta todas las comunidades, incluso las más lejanas, y su casa parroquial se convierte en punto de referencia para las muchas necesidades de los pobres. En una carta describe este estado: «He robado este tiempo para escribir a la gente que sigue llamando a mi puerta continuamente para pedir víveres, para pedir medicinas, para pedir, para pedir, para pedir... Estoy entontecido por estos asaltos continuos, me es difícil salir de casa, inmediatamente veo que corren tras mí para buscarme, para pedir. No sé qué hacer... Me escaparía de todo esto, porque no sé decir que sí y siento que no puedo negarles ayuda... Estoy llamado a darlo todo sabiendo que mañana vuelvo a empezar de nuevo y he de darlo todo otra vez. La espina me la clavan los pobres y es un dolor continuo que quisiera calmar pero no depende de mí. Es mediodía, voy a comer con los muchachos del taller, una viejecita está en el umbral de casa. No habla, otros en cambio te suplican hasta cansarte. Su silencio me ha llegado al corazón, cierro los ojos, bajo a tomar un tazón de sopa, la pasta es italiana: se la doy, me avergüenzo, es ella quien ha de implorar a Jesús la gracia que me salve. Me da las gracias con una sonrisa que me parece dulcísima. ¿Y si detrás de esta viejecita tan sucia estuviera real­mente Jesús?».

Comienza el trabajo del oratorio con los niños. En marzo de 1992 prepara a cuatrocientos para la primera comunión. En octubre de aquel mismo año un voluntario y amigo de Daniele, Giulio Rocca, en el que estaba creciendo también la vocación al sacerdocio, es asesinado por un grupo terrorista. Daniele escribe esto de su muerte: «Giulio ha muerto como un mártir, no lo ha elegido él, el estado de cosas le ha llevado a morir de una muerte violenta parecida a la de los mártires. Ahora está claro también para mí el camino de la Operación Mato Grosso: perder la vida hasta el martirio. Todo esto me asusta, pero al mismo tiempo siento una quietud dentro de mí...».

Durante los años siguientes, fuera de algunos viajes a Italia por motivo de salud, se dedica en cuerpo y alma al trabajo de la misión. Construye un refugio andino con sus muchachos para acoger a escaladores y turistas y sacar algún beneficio económico para ayudar a los pobres. En 1997, pese a haber programado un regreso a Italia, decide quedarse en Perú encargándose también del trabajo del padre Ugo, que había vuelto a Italia para predicar el retiro a los voluntarios. Pasa ocho semanas en el pueblo de Yanama para llevar a ochocientos niños a la confirmación. Cada viernes los prepara para la confesión: es el momento más importante para el padre Daniele, que en aquel último año de su vida lo describe de este modo: «Hoy es el día de la Pasión. Me he quedado sin palabras, quisiera sólo llorar. He sentido frío. Deseaba la mano de los muchachos, no pedía que vinieran a mi lugar, sino solo que me dieran la mano. ¿Qué quiere decir darle la mano a alguien que sufre? Tenía que hablar de la muerte de Jesús, no podía hablar de ella como una fábula. La distracción de los muchachos se me clavaba en el corazón como la risa del diablo: “Te inquietas, te agitas, pero es todo inútil...”. Por lo menos debían rezar o tener las manos unidas. Pero no se puede pretender, solo hay que dar... perdonar. Me he sentido un condenado, la misma escena de la Pasión se repetía aquí. Recibía todos los golpes. He tenido que aceptarlos todos, habría sido un error no quererlos. Espero solo que este sufrimiento le sea útil a alguien. Lo ofrezco. Dios mío, solo de Ti deseaba hablarles a los niños».

A su regreso a la parroquia de San Luis, el 10 de marzo de 1997, comienza la preparación para la comunión de quinientos niños: dos semanas de intensa compenetración, dividida entre catecismo, rezo y juegos, hasta el Jueves Santo, día en que iban a recibir por primera vez a Jesús. El padre Daniel trabaja sin descanso mientras espera el regreso del padre Ugo de Italia. En aquellos días le escribe: «Me veo incapaz de abandonarme, de dejar que Dios lo lleve todo: aunque me parece jugarlo todo, veo que todavía he de apostar por Dios. Ser siervo inútil es realmente llamar al dueño, dejarlo en sus manos todo, no querer estar al frente de nada. Ser siervo de Jesús es realmente invocarlo con sus propias armas: la bondad, el perdón, el abandono, la paciencia, una sonrisa... morir».

El padre Daniele durante una confesión [© Don Mirko Santandrea]

El padre Daniele durante una confesión [© Don Mirko Santandrea]

Seis días después, el 16 de marzo, un domingo después de celebrar la misa nocturna en el pueblito de Yauya, encuentra de repente el camino bloqueado con piedras. Aparece un bandido armado que pide una persona como rehén. Una voluntaria italiana, Rosamaria, hace ademán de bajar del jeep, pero Daniele la detiene: «Voy yo, tú quédate». En un trozo de papel que había que entregar al padre Ugo se indica una petición de rescate por el prisionero. Pero dos días después, el 18 de marzo, el cuerpo del padre Daniele es encontrado en una escarpada pedregosa. Días antes, cuando todavía estaba en libertad, había escrito a un amigo que estaba en Italia, a propósito de la “buena batalla” de la fe: «Sobre todo uno se da cuenta de que la batalla a favor de Dios está ya perdida... se ha de morir en el campo de batalla para que entre Dios a vencer al enemigo, al diablo. Nosotros tenemos solo que preparar la venida de Dios. Cuesta mucho porque hemos de dar la vida por un Dios que cuenta cada vez menos en la vida de los hombres. Te darás cuenta muy pronto de que ese Dios a quien deseas servir, al fin y al cabo, no es tan buscado ni querido por los hombres. Y conforme avances más te parecerá que este Dios desaparece de la vida de los hombres, incluso de la nuestra. Te deja solo para que lo representes en el campo de batalla. Te preguntarás a menudo: “¿Pero cuándo llega el Señor?”. No escucharás ninguna respuesta, tú mismo tendrás que dar la respuesta con tu vida. El general entrará cuando y como quiera Él... No conocemos ni el momento, ni la hora... Lo único cierto son las disposiciones que ha dejado para luchar contra el enemigo: “Ve, vende lo que tienes y dáselo a los pobres... Si quieres ser mi discípulo toma mi cruz y sígueme...”. Tu compañero de batalla, padre Daniele». Ahora, en la diócesis de Faenza-Modigliana, ha comenzado su proceso de beatificación.

Del martirio del padre Daniele han florecido muchas vocaciones en la Operación Mato Grosso. Hoy el seminario de la diócesis de Huari tiene casi cuarenta aspirantes al sacerdocio y la misión del padre Ugo es más activa y floreciente que nunca. Aunque él, con casi noventa años de edad, no quiere saber nada de nombrar a un sucesor, ni de dar una regla a su obra: «Si es obra de Dios», repite a menudo, «entonces seguirá. Si no, es mejor que termine».

A su veneranda edad parece realmente como si hubiera vuelto a ser niño: «Dios no es lo que tengo», dice, «sino lo que me falta y lo que más deseo. No sé hacer otra cosa más que reconocer mi incredulidad. Ser pecador, ser incapaz de vivir de Dios, ser un pobre que necesita solo la misericordia de Dios, la necesidad de Dios. Que Dios me tome y haga de mí lo que Él quiera. Pero que me tome».

 

 

 

 

 

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Para contribuir al proceso de beatificación y canonización del padre Daniele Badiali (aportando un testimonio sobre el padre Daniele, llevando cartas escritas por él, contando eventos milagrosos atribuidos a su intercesión), dirigirse a don Alberto Luccaroni, juez delegado. Para recibir información y publicaciones sobre el padre Daniele, dirigirse a don Mirko Santandrea, vicepostulador.
Para más información, visita el sitio www.padredanielebadiali.it.



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