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Sacado de LECTURA ESPIRITUAL

El martirio de los santos Juan y Pablo

26 de junio


Eran dos dignatarios de corte. El emperador Juliano el Apóstata intenta convencerles a que abjuren. Pero, al ver que se niegan, los manda matar en secreto. También sus amigos padecen martirio.
Un senador cristiano fue el primero que honró a estos mártires


por Lorenzo Cappelletti


Todo lo que sabemos de ellos procede de documentos litúrgicos, algunos contemporáneos de los propios mártires, y de la Passio, de la que conservamos la transcripción del siglo VI, dato este último que hace que algunos no se fíen demasiado. Sería como si la liturgia cristiana se pudiera permitir fabular y no fuera memoria de los hechos. Y esto sin tener en cuenta además que en el siglo pasado, gracias precisamente a la Passio, se encontró la casa donde Juan y Pablo fueron martirizados, donde fueron enterrados y donde, algunos años después, Bizancio y Pamaquio edificaron la confessio.

Se nos presenta a los dos hermanos como dignatarios de la corte imperial, herederos de Constantina, la hija de Constantino muerta en el 354. Estaban a malas con el nuevo emperador, Juliano, debido precisamente a los bienes heredados, que probablemente les fueron disputados, aunque ellos, movidos por su fe cristiana, es probable que se defendieran para que no les fueran confiscados a beneficio de los dioses falsos y mentirosos. Es probable que se tratara de la misma casa encontrada bajo la Basílica dedicada a ellos en el Celio de Roma, y que documenta de modo palpable la presencia de cristianos

La Passio se abre con las palabras de Juliano (aunque no interviene en persona, respetando el dato histórico según el cual Juliano nunca estuvo en Roma): «Vuestro Cristo dice en el Evangelio que quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser su discípulo». Juliano pretende justificar la confiscación de los bienes recibidos por los dos hermanos, valiéndose de un chantaje ético inconcebible fuera de la apostasía cristiana. Tanto es así que hoy día es la norma.

Ante la invitación del emperador a serle fiel, los dos cristianos se niegan: «Tú has abandonado la fe por cosas que sabes muy bien que nada tienen que ver con Dios. Por esta apostasía te hemos retirado el saludo». Por esto, añaden, nos hemos substraído «a societate imperii vestri».

Juliano manda entonces a los dos hermanos un mensaje repleto de lisonjas y amenazas: «También vosotros fuisteis educados en la corte, por eso no podéis evitar estar a mi lado; os digo aún más, yo quiero que seáis de los primeros de mi corte. Pero, ojo: si vuestra respuesta es negativa no podré permitir que quedéis sin castigo». (Efectivamente, escribe el historiador Sócrates, «Juliano consiguió que muchos cristianos hicieran sacrificios a los dioses, en parte con lisonjas, y en parte con donativos». Hubo defecciones sobre todo en los militares, pero tampoco faltaron entre los clérigos).

Los dos hermanos le mandaron esta respuesta: «Nosotros no te agraviamos colocando delante de ti a una persona cualquiera, sino a Dios, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todas las cosas. Por eso tu ira sólo la temerán los hombres apegados al mundo. Nosotros sólo tememos la enemistad del eterno Dios. Por eso queremos hacerte saber que nunca aceptaremos tu culto (numquam ad culturam tuam), ni iremos a tu palacio».

 El emperador les concede otros diez días más «para reflexionar», para que «decidáis venir a mí, no a la fuerza sino espontáneamente».

Los dos hermanos replican: «Hazte la cuenta de que ya han pasado esos diez días». A lo que Juliano responde: «¿Creéis que los cristianos os harán mártires?...».

 Pablo y Juan llaman entonces a sus amigos, Crispo, sacerdote de la comunidad de Roma, Crispiniano y Benedicta. Les cuentan todo. Celebran juntos la eucaristía y luego invitan a los cristianos, dando disposiciones relativas a todos sus bienes. Transcurridos los diez días, los arrestan prohibiéndoles salir de casa.

Al saber la noticia, Crispo y los demás amigos acuden, pero no se les permite entrar. A quien dejan entrar es al instructor militar Terenciano (el que, según la Passio, redactaría el relato una vez que se hubo convertido) y sus policías. Los hermanos estaban rezando, Terenciano les conmina a adorar a un ídolo si no querían que los atravesara con la espada «no siendo conveniente matar públicamente a hombres crecidos en la corte». Juliano quería evitar a toda costa que hubiera mártires, y si no había más remedio, por lo menos que pasaran por otra cosa.

«Para nosotros», responden los dos, «no hay más señor que el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, de quien Juliano no ha temido renegar; y puesto que él ha sido rechazado por Dios, lo que quiere es arrastrar a los demás a su misma destrucción».

Dos horas más tarde se les ajusticia. Es el 26 de junio del 362. Se les entierra secretamente en el criptopórtico de su propia casa. Luego se hace circular el rumor de que se les había exiliado.

Crispo, Crispiniano y Benedicta imaginan cuál ha sido su verdadero fin, pero no pueden hacer más que llorar e implorar para que les dijeran dónde habían sido enterrados. Por fin se les concede saberlo. Pero se les decapita también a ellos, esta vez a manos del hijo de Terenciano. Pimenio y Juan (sacerdotes) y Flaviano, ilustre ex gobernador de Roma, consiguen los cuerpos de los nuevos mártires y los entierran junto a Juan y Pablo. Todas estas inhumaciones en una casa han causado incredulidad e incluso hilaridad a muchos críticos. Pero hoy, una vez descubiertas las fosas...

La Passio cuenta que cuando el hijo de Terenciano fue a la casa de los mártires se puso a gritar que Juan y Pablo le atormentan. Terenciano se queda aterrorizado, se echa al suelo boca abajo y trata de justificarse: soy un pagano, sólo he obedecido a las órdenes del César, sin darme cuenta. Se convierte y recibe el bautismo durante la Pascua siguiente. Pero también su hijo y él serán posteriormente masacrados y enterrados, por Pimenio y Juan, en la casa de Juan y Pablo.

La crítica prevenida podría considerar esta cadena de delitos sólo como un recurso para unir acontecimientos ocurridos en lugares y épocas diferentes, o para justificar el hecho de juntar simples reliquias, cuando no para dar atractivo al relato añadiendo hechos y nombres. En realidad, hay que tener en cuenta que si hay un dato seguro sobre la actitud religiosa de Juliano el Apóstata es su animadversión por el culto a los mártires. Porque además considera que esta práctica impedía la respuesta de los dioses en los oráculos. Superstición ciega y temerosa frente a la concreta sencillez de una memoria. Escribe con desprecio: «Las iglesias cristianas construidas generalmente sobre tumbas de mártires no son más que inmundas cámaras mortuorias y osarios». Sigue diciendo: «Los galileos no han hecho más que llenar el mundo de tumbas y sepulturas». Es un testimonio para nosotros de la corporeidad e historicidad inextirpables del acontecimiento cristiano.

En la guerra contra los persas, comenzada en marzo del 363, los dioses del paganismo, en cuyas manos había vuelto a poner Juliano la suerte del imperio, parecen protegerlo. Va de victoria en victoria, siempre en primera fila para animar a sus soldados. Pero el 26 de junio del 363. un año exacto después del martirio de los dos hermanos, una lanza pone punto final a su trágica utopía.

Su sucesor, Joviano, es cristiano ortodoxo, es decir, auténtico, y la Iglesia vuelve a ser libre (porque, como enseña san Agustín, el que un emperador se defina formalmente cristiano no siempre desemboca en más libertad). El nuevo emperador, al enterarse de la tragedia ocurrida en la villa del monte Celio, convoca al senador Bizante, también cristiano, y le encarga la búsqueda de los restos de los mártires. Con su hijo Pamaquio, Bizancio construye sobre las reliquias de aquellos mártires un oratorio y luego una basílica, que junto al nombre de Juan y Pablo conservará en los siglos también los suyos: Título de Juan y Pablo o de Bizancio y de Pamaquio. La historia de estos santos, también ellos pertenecientes a la vida de corte, se entrelaza de este modo con la de los dos hermanos mártires.

Senador como su padre, también Pamaquio es un patricio de la gens Furia. Las grandes familias romanas siguen siendo en su mayor parte paganas entre el siglo IV y el V. Pamaquio es una excepción. Es el cristiano de Roma y del senado más a la vista. Tres amigos nos hablan de él en algunas cartas conmovedoras. Nada menos que san Jerónimo, san Agustín y san Paulino de Nola

Jerónimo, que había estudiado de joven con él –le llama «compañero y amigo de antes»–, en una de esas cartas juega con el griego de su nombre, que «se revela profético y tú te revelas un luchador en todos los modos contra el diablo y las fuerzas adversas» (en la lucha, los atletas pammacharii podían recurrir a cualquier treta para ganar a los adversarios). Aquel senador romano afrontaba con ironía (una ironía que Juliano el Apóstata, in hilaritate tristis, nunca había conocido) las burlas de los colegas purpurados cuando se presentaba en la Curia senatus. «Es él quien se ríe –dice Jerónimo– de quien le toma el pelo». Eran dotes muy útiles a los cristianos y que a él le procuraban la admiración de sus amigos santos, quienes también elogiaban sus consejos, que ellos mismos le pedían, en materia de fe. Es precisamente Pamaquio quien llama la atención al obispo de Roma, Siricio, sobre las herejías que comienzan a insinuarse en la Iglesia (por ejemplo la de Joviniano). Será también Pamaquio y «toda la hermandad de Roma casi al completo» quien llamará la atención de Jerónimo sobre el Peri Archon de Orígenes, cuya traducción latina de Rufino le acababa de llegar a Pamaquio. «Hemos encontrado muchos pasajes que han puesto en efervescencia nuestro pequeño cerebro», escribe el senador, «y nos parece que son poco ortodoxos».

En la carta que san Jerónimo le escribe en el 397 para darle el pésame por la muerte de la joven mujer de Pamaquio, Paulina, dice de él: «Una perla brilla incluso en la suciedad, y una gema esplendente y tersísima destella incluso en el fango. Es la promesa que hizo el Señor: “Glorificaré a quienes me dan gloria”. Quien quiera puede muy bien entender estas palabras como referidas al futuro... Yo, por mi parte, estoy viendo que aquella promesa se cumple en él incluso en esta vida... Hemos recibido mucho más de lo que hemos dado. Hemos dejado pequeñeces y nos encontramos con cosas grandes; Cristo ha mantenido sus promesas centuplicando los intereses».

Pamaquio fue víctima de las hordas de Alarico, que destruyeron Roma el 24 de agosto del 410. ¡Pero qué importa cuando uno pertenece ya a la Ciudad de Dios!

 

 

 

 

 

ES DEMASIADO FÁCIL LLAMARLO TRAIDOR

Retrato del emperador apóstata que dejó la fe cristiana para volver a los dioses

 

El emperador Juliano el Apóstata (Flavio Claudio Juliano), el traidor por antonomasia, nace a finales del 331 en Constantinopla. No llegará a conocer a su madre, que muere pocos meses después de haberle dado a luz. Pocos años después perderá a su padre, que será asesinado en la sistemática eliminación de todos los colaterales varones de la familia de Constantino cuando, en el 337, muere el emperador que había abierto las puertas del imperio romano a la Iglesia. La razón de Estado, ya se sabe, no admite razones. No se salva nadie. Sólo Juliano, que tenía apenas seis años, y su hermanastro Galo, algo mayor pero tan enfermizo que todos pensaban que moriría pronto de muerte natural. Los tres hijos varones de Constantino (Constante, Constantino II y Constancio II) podrían reinar sin ser molestados

Constanzo II, primo de Juliano, le pone como tutor a Eusebio de Nicomedia, el verdadero jefe del partido arriano, y, una vez muerto éste, en el 342, a otro arriano, Jorge de Capadocia. No son solamente herejes formales; hay en ellos una falta de honestidad radical. Los arrianos no son más que una facción política que se sirve de la fe cristiana. Desde la época de Constantino sólo tienen un objetivo: la hegemonía religiosa en la corte imperial. A esto es a lo que en realidad se dedican los dos tutores, sin preocuparse de Juliano. El único influjo que ejercen es el de impedir que se sienta atraído por el acontecimiento cristiano. Esta es la terrible putrefacción de la herejía, de la que Juliano se contagia.

En contacto diario con el joven Juliano estará sobre todo el eunuco Mardonio, preceptor capaz de suscitar en él el amor por la filosofía y la cultura helenista. Fue sustituido más tarde por Máximo de Efeso, un filósofo neoplatónico (su verdadero maestro y autor, para usar palabras de Dante) que iniciará a Juliano en todo tipo de prácticas mágico-religiosas. En esto había quedado el elevado idealismo neoplatónico: teúrgia barata.

Hacia los veinte años Juliano abandona la fe cristiana. Apostasía que mantuvo oculta más de diez años. En esta década se casa con Helena. Para comprender este matrimonio sólo hay que decir que la mujer era hermana del odiado Constancio II, el cual, mientras tanto, en el 354, había mandado matar a su hermanastro Galo, para recordarle cuál era el destino que le podía deparar la suerte también a él. Al mandarlo como césar a Galia, en el 355, lo que Constancio quería efectivamente era desembarazarse también de Juliano. La Galia de entonces era la frontera en la que se jugaba el destino del imperio, y en ella imperaba el caos administrativo y militar. Pero Juliano demostraría quién era. Se convertirá en el ídolo de las tropas, que lo proclamaron augusto ya en el 359. La suerte parece sonreírle a él y a sus dioses.

En el 361, muerto Constancio II, Juliano es aclamado emperador. Será entonces cuando haga pública su apostasía del cristianismo y pondrá en marcha el proceso de restauración del paganismo: se reabrirán los templos al culto, el ejército volvería al culto de los dioses, se les arrebataría a los cristianos la enseñanza de la gramática y la retórica.

Juliano no pretendía sólo un regreso al paganismo, sino más bien una reforma del mismo. Pero ésta quedará en una especie de sucedáneo de baja calidad de la fe cristiana. Pretende una jerarquía sacerdotal pagana ejemplar, dicta en sus mínimos detalles la organización del culto, les exige a los sacerdotes paganos la predicación de los dogmata hellenica (el paganismo dogmático es en realidad un monstrum), invita a la caridad: «Es una vergüenza –escribe Juliano a Teodoro, pontifex pagano de la Galacia– que mientras ningún judío pide limosna y los impíos galileos [cristianos]  mantienen incluso a nuestros mendigos, además de a los suyos, nuestros necesitados estén manifiestamente desprovistos de cualquier tipo de ayuda por nuestra parte».

En esta apostasía de Juliano hay algo fatal. El persigue la utopía de reavivar el paganismo, pretende coherencia de sí mismo y de los demás, se abandona a devaneos místicos. Todo contrapuesto a aquel cristianismo arriano racionalista, intrigante y sin ningún atractivo que se le había inculcado. No se daban cuenta de que era el mejor modo para perpetuar su maldición. No sólo no vuelven los dioses del paganismo, sino que la gracia de Jesucristo parece estar cada vez más lejos. Ocurre lo mismo con la ostentada tolerancia de Juliano, que se cree filósofo (su modelo es Marco Aurelio) y aborrece las persecuciones cruentas, pero a veces lo son mucho más que si se tratara de una persecución abierta. Sobre todo en Oriente y África, donde el disenso era mayor, son más numerosos los mártires. Pero también en Roma, el 26 de junio del 362, dos hermanos, Juan y Pablo, fueron martirizados.



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