Italia, Santa Sede, EE UU
No fue fácil explicarles a los americanos qué era la Democracia Cristiana italiana, aunque no les fue difícil comprender la esencia de los otros partidos similares de Alemania, Chile y del resto de los países. En Roma está el Papa y no era fácil pensar que un movimiento cristiano prescindiera de esto
Giulio Andreotti

Pío IX: fue el primer pontífice que puso pie en territorio americano
Para llegar a una aclaración ideológica, Ciriaco De Mita, Secretario de la DC, organizó tres mesas redondas sobre el tema, con presidencia mixta ítalo-americana. En Nueva York hubiéramos tenido que ser ponentes el ex presidente Nixon y yo mismo. Pero por desgracia, sin saberlo, la dirección del partido había encargado la organización de esta mesa redonda a la agencia de Relaciones Públicas que por entonces había montado la campaña contra Nixon que le obligaría a dimitir. Así que la tercera mesa redonda no se celebró, y lo único que pude hacer, en un almuerzo con Nixon y con Haig, fue esbozar las líneas de un posible debate, que luego no llegó a hacerse.
En los últimos tiempos, ya no a propósito de la Democracia Cristiana sino sobre un tema aún más profundo, se advierte la necesidad de ayudar a los americanos a entendernos. Me refiero a las corresponsalías que publican haciéndose eco de las frecuentes polémicas sobre la posición por así decir filosófica del Estado Italiano. No podemos imputarles dificultad de comprensión si incluso aquí entre nosotros hay disputas y polémicas confundiéndose laicidad y laicismo. A pesar de que la Constitución es clarísima: (art. 7): “El Estado y la Iglesia católica son, cada uno en su orden, independientes y soberanos. Sus relaciones están reglamentadas por los Pactos Lateranenses. Las modificaciones de los Pactos, aceptadas por ambas partes, no requieren procedimientos de revisión constitucional”.

El cardenal Francis Spelmann, arzobispo de Nueva York, con Pío XII
La hostilidad civil hacia la Iglesia se debe principalmente, aunque no exclusivamente, a este motivo histórico. Y si a menudo se cita al gran filósofo Benedetto Croce por su ensayo “Por qué no podemos evitar llamarnos cristianos”, también es verdad que el propio Croce en su diario arremete contra “esos curitas” que políticamente se enfrentan a los liberales.
Recientemente no son pocos los políticos que polemizan contra el llamado mundo católico italiano, acusándolo de invasiones de campo porque toma firmemente posiciones en defensa de los derechos de la vida. Por desgracia en esta materia no hay sintonía –ni aquí ni fuera– entre progresos científicos y posiciones filosófico-morales. Si, por un lado, la ciencia asegura ya que existe la vida desde el momento de la procreación, debería estar prohibido el aborto, que destroza esta vida. Defender esto es ganarse el epíteto de clerical. Cito por analogía también el tema de la familia, basada en el matrimonio. Ya los divorcios y las uniones de hecho le habían dado un fuerte golpe al modelo institucional. Pero la reciente petición de legitimar las uniones entre homosexuales (siguiendo el modelo del gobierno de Zapatero en España) forma parte de una serie de manipulaciones clamorosas de un modernismo que se opone a todas las reglas tradicionales.
Fue determinante a la hora
de eliminar las dificultades, muchas en ámbito católico, para llegar a un acuerdo militar y a la aprobación
del Pacto Atlántico
la audiencia de Pío XII
a nuestro Embajador en Washington, Alberto Tarchiani. Explicó que sólo de este modo se desanimaba y se bloqueaba
la agresividad de Moscú
De otro orden son los enfrentamientos sobre la escuela,
en cuyo caso los términos se confunden dividiéndolos
sólo en dos categorías: Escuela Pública y Escuela Privada. En cambio debería
distinguirse la Escuela Católica –y por analogía
también los Institutos judíos– de los Institutos no
públicos creados solo para fines comerciales.
De todos modos la escuela católica –cosa que ésta debería reivindicar– tiene un gran mérito histórico en la formación de los italianos. Cuando el Estado no tenía –y se negaba a tener– instituos públicos de formación profesional, nacían en Piamonte las escuelas de artes y oficios creadas por los salesianos y los josefinos. Y no es casualidad que la Italia industrial naciera en el Norte.
No voy a hablar ahora de las posturas de la Santa Sede sobre las cuestiones internacionales, en las que predomina la convergencia objetiva con las posiciones italianas. Citaré sólo, como ejemplo, el modelo europeo de Seguridad y Cooperación para el Desarrollo, que asocia al Viejo Continente con los Estados Unidos de América y Canadá (Acta Final de Helsinki de 1975 y Tratado para la Seguridad Europea de 1990). La Santa Sede participó oficialmente en la iniciativa, muy importante.
Pero deseo añadir también un recuerdo histórico, que documento en mi Diario de 1949, que pronto se publicará. Fue determinante a la hora de eliminar las dificultades, muchas en ámbito católico, para llegar a un acuerdo militar y a la aprobación del Pacto Atlántico la audiencia de Pío XII a nuestro Embajador en Washington, Alberto Tarchiani. Explicó que sólo de este modo (ser más fuertes militarmente que la Unión Soviética) se desanimaba y se bloqueaba la agresividad de Moscú.
Que fuera un pacto de paz nadie puede hoy negarlo. La Unión Soviética se derrumbó sin que la OTAN tuviera que disparar ni un solo cañonazo.
El tema tendría que ampliarse, pero por el momento me limito a estas pinceladas para impedir que en el exterior sigan siendo prisioneros de una desinformación esencial sobre la actitud de Italia y, específicamente, de los católicos italianos.