DICASTERIOS. Habla el prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura apostólica
Pablo VI como punto de referencia
«Mi visión del Concilio ha sido la del papa Montini, una visión, por usar la terminología utilizada por el papa Benedicto XVI, basada en la hermenéutica de la reforma y por supuesto no en la de la discontinuidad». Agostino Vallini, uno de los quince nuevos purpurados nombrados por el Papa, cuenta su experiencia de sacerdote y obispo
Entrevista con Agostino Vallini por Gianni Cardinale

Agostino Vallini, prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura apostólica
Excelencia, con su nombramiento entre los cardenales electores del Sagrado Colegio vuelve un eclesiástico natural de la provincia de Roma…
AGOSTINO VALLINI: Francamente aún no había caído en la cuenta. Naturalmente estoy muy contento y le agradezco al Santo Padre su especial benevolencia y la confianza que ha depositado en mí. Pero la verdad es que mis orígenes son un poco mixtos.
¿Cuáles?
VALLINI: Soy hijo de un mariscal de los “carabinieri” natural de la provincia de Pisa, cerca de Volterra, que se casó con mi madre que era de Corchiano, en la provincia de Viterbo. Yo nací cuando mi padre estaba al frente del cuartel de Poli, un pueblecito de la provincia de Roma, que desde el punto de vista eclesiástico está en la diócesis suburbicaria de Tívoli. Luego durante la guerra mi padre fue hecho prisionero y deportado a Alemania. Entonces mi madre se fue a vivir a su pueblo natal. Al final de la guerra la familia se pudo reunir por fin y mi padre fue trasladado primero a Caserta y luego, en 1951, al mando de la estación de “carabinieri” de barrio Barra de Nápoles, donde viví desde la adolescencia hasta la edad madura, aunque he pasado largos periodos en otros lugares.
Un barrio tristemente famoso…
VALLINI: Un barrio de periferia de una gran ciudad, pero, deseo subrayar, lleno de gente honesta y trabajadora. Es injusto clasificar Barra y otros barrios populares de Nápoles como barrios caracterizados por el hampa. No es así. Fenómenos de delincuencia como la camorra son absolutamente marginales; por desgracia son noticia y pueden hallar espacio en las zonas socialmente menos cuidadas. He vivido en Barra durante muchos años, conozco bien la periferia de Nápoles, en todos los estratos sociales, y puedo asegurar que la gran mayoría de sus habitantes son personas estupendas, con un gran corazón, sentidamente cristianas, que deberían tener derecho a ver mejor garantizados sus derechos de ciudadanos, como los de otras regiones de Italia.
En Nápoles nace su vocación, va al seminario y en 1964 es ordenado sacerdote…
VALLINI: Realmente mi vocación al sacerdocio nace en Corchiano, con el ejemplo de vida de mi párroco, don Domenico Anselmi, que se preocupó mucho por mí. En Nápoles maduró la decisión de entrar en el seminario, donde seguí todas las etapas formativas hasta el sacerdocio. Después de la ordenación presbiteral mi deseo era profundizar en los estudios de eclesiología, pero el arzobispo de entonces, el cardenal Alfonso Castaldo, decidió mandarme a estudiar derecho canónico a la Pontificia Universidad Lateranense, con vistas a la enseñanza en la Facultad teológica de Nápoles.
Estamos en plena época conciliar, y postconciliar…
VALLINI: Pues sí; recuerdo el gran entusiasmo con que seguíamos los trabajos del Vaticano II y recibíamos y estudiábamos sus documentos. El Concilio ha sido una gran experiencia de fe y de amor a la Iglesia y al hombre. Me licencié «in utroque iure» en 1969 y regresé a Nápoles. Pero monseñor Pietro Pavan, entonces rector de la Lateranense y futuro cardenal, que había sido mi profesor –con el cual mantuve luego relaciones de estima y amistad hasta el final de su vida– me llamó a enseñar en la Universidad del Papa. Pues bien, en este periodo, que no siempre fue sereno tampoco a nivel eclesiástico, mi punto de referencia fue constantemente el papa Pablo VI y su magisterio. Mi visión del Concilio ha sido la de Pablo VI, una visión, por usar la terminología utilizada por el papa Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana del pasado 22 de diciembre, basada en la «hermenéutica de la reforma» y por supuesto no en la «de la discontinuidad y de la ruptura».
¿Dejó Nápoles durante los años que enseñó en Roma?
VALLINI: No, en Roma residía sólo en los periodos semestrales de clases y luego volvía de vez en cuando por motivos de estudio. El resto del año lo pasaba en mi ciudad de adopción, donde enseñaba Derecho Canónico en la Facultad teológica de Italia meridional y desempeñaba actividad pastoral, colaborando en la parroquia, aunque formalmente no he sido nunca párroco. Me ocupaba también de un grupo de la FUCI (Federación Universitarios Católicos Italianos), y el cardenal Corrado Ursi me nombró asistente diocesano de la USMI (Unión Superiores Mayores de Italia): entonces había en Nápoles unas tres mil religiosas… De todos modos, en 1978 tuve que dejar mis clases de Roma, porque mi arzobispo me llamó a dirigir el seminario teológico diocesano de Capodimonte. Pero seguía siendo profesor de derecho en la Facultad teológica.
De la que llegó a ser decano en 1987.
VALLINI: Sí, el cuerpo docente me indicó y el nuevo arzobispo Michele Giordano, que en 1988 fue creado cardenal, me confirmó en el cargo. Por eso terminé mi ministerio de rector del seminario. No se podían desempeñar contemporáneamente dos cometidos tan arduos.
Fue una experiencia breve la de decano.
VALLINI: Sí, porque en 1989 el Papa me nombró obispo auxiliar y con este nuevo cargo tuve que ocuparme de la organización de la visita pastoral de Juan Pablo II a Nápoles, que duró tres días, del 9 al 11 de noviembre de 1990, con 14 citas. Fue una experiencia muy hermosa, porque de acuerdo con el cardenal hicimos de modo que la visita estuviera preparada por un intenso camino espiritual y pastoral de toda la comunidad diocesana. Me acuerdo de modo especial que el Papa aceptó visitar también el nuevo barrio de Scampìa. Los fieles y toda la población le dispensó una acogida maravillosa.
Además de la visita del Papa, ¿qué le ha quedado de su experiencia como auxiliar de Nápoles?
VALLINI: Muchísimo. He aprendido a ser obispo. Y además ha crecido en mí el amor por el pueblo napolitano. Un pueblo rico en fe, lleno de recursos y de sanas tradiciones, pero muy a menudo mortificado en muchos aspectos que atañen a la vida social: pienso en los graves problemas de empleo, sobre todo juvenil, de la vivienda, de la seguridad. Un pueblo que merece mucho más de lo que tiene.
En noviembre de 1999 le llega el nombramiento como obispo de la diócesis de Albano, la más populosa de las diócesis suburbicarias…
VALLINI: Es una diócesis que supera los 500.000 habitantes y es también muy vasta, con tres zonas bastante diferentes entre sí. Está la zona de los Castillos romanos, con Albano, Castelgandolfo, Ariccia, Genzano, Nemi, Lanuvio, Marino, Ciampino; luego, en el medio, la zona industrial con Pomezia y Aprilia —el municipio más populoso— y, por último, la zona del litoral, desde Torvaianica hasta Anzio y Nettuno. Es una diócesis en expansión con todos los problemas inherentes a la estabilidad del tejido social y, desde el punto de vista religioso, con los problemas pastorales, entre ellos la construcción de nuevas iglesias…

La fachada de la Cancillería, sede del Tribunal Supremo de la Signatura apostólica
VALLINI: Ha sido una experiencia muy apasionante, entre otras cosas porque he recibido una herencia muy rica, siendo el sucesor de un obispo de gran valor como monseñor Dante Bernini, que gobernó la diócesis de Albano durante muchos años. Fue él quien convocó el Sínodo diocesano, cuyos frutos he podido recoger yo, poniendo en marcha algunas orientaciones pastorales importantes, como la primacía operativa otorgada a la evangelización. Una opción que el Papa nos confirmó en la famosa audiencia que concedió a la diócesis con motivo del Año Santo, la tarde del 27 de agosto de 2000, en Castelgandolfo, en un horario insólito, a las 21.00. Creo que es la única diócesis que ha sido recibida en audiencia nocturna. Pero esto se debe naturalmente a la benevolencia del Santo Padre para con la diócesis de Albano, en cuyo territorio, como he dicho, se encuentra Castelgandolfo.
En mayo de 2004 el Papa le llamó a la Curia romana para dirigir el Tribunal Supremo de la Signatura apostólica.
VALLINI: Dejé Albano dando gracias a Dios por la experiencia vivida y consciente del gran honor que se me hacía llamándome a una tarea de colaboración más estrecha con el ministerio del Pontífice romano. Esto ha requerido que volviera a los estudios de derecho canónico a tiempo pleno.
¿Ha tenido que comenzar desde el principio?
VALLINI: No. Siempre he tratado de estar al día desde el punto de vista científico, siguiendo lo más posible las revistas especializadas. Además, sea como auxiliar de Nápoles que como obispo de Albano he desempeñado encargos relativos a cuestiones jurídicas en la Conferencia Episcopal Italiana. En los últimos años el Consejo permanente me puso a la cabeza del Comité que se encarga de las entidades y de los bienes eclesiásticos.
La última pregunta. Su dicasterio es quizá uno de los menos conocidos de la Curia romana. ¿De qué se ocupa?
VALLINI: La Signatura apostólica, que tiene cierta analogía con la Corte de casación y el Consejo de Estado del ordenamiento jurídico del Estado, se ocupa de cuestiones muy delicadas. Ejerce una triple función: judicial, contencioso-administrativa y administrativa-disciplinaria. Los cometidos del Tribunal Supremo son bastante restringidos: examina las querellas de nulidad y las peticiones de “restitutio in integrum” contra las sentencias de la Rota Romana; los recursos, en las causas sobre el estado de las personas, contra la negativa de la Rota Romana a un nuevo examen de la causa, y otros recursos. En segundo lugar, mediante la llamada “sectio altera” introducida por Pablo VI «para tutelar de modo más conveniente los derechos esenciales de los fieles», examina los recursos contra los actos administrativos singulares dados por los dicasterios de la Curia Romana o sancionados por ellos, siempre que esté en discusión si el acto impugnado ha violado cualquier ley al deliberar o al proceder. Examina también otras controversias administrativas, que le presenten el Romano Pontífice o los dicasterios de la Curia Romana, así como también los conflictos de competencia entre los mismos dicasterios. Por último, vigila sobre la recta administración de la justicia en los tribunales de toda la Iglesia.
Se trata, pues, de un trabajo complejo y delicado.
VALLINI: Desde luego. Una tarea que requiere tiempo pleno y que se ha de hacer con gran cuidado y responsabilidad.