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ORIENTE PRÓXIMO
Sacado del n. 01/02 - 2006

Tierra Santa entre el miedo y la esperanza


Oriente Medio, encrucijada de tres continentes, es la cuna de las tres religiones monoteístas. Es la fuente más importante de abastecimiento de hidrocarburos, pero también víctima de la situación creada por el conflicto no resuelto israelo-palestino. Es la zona del mundo en la que se gasta más en armas, pese a las gigantescas bolsas de pobreza. Las reflexiones del cardenal francés que durante treinta años ha trabajado en la diplomacia vaticana


por el cardenal Jean-Louis Tauran


Un palestino observa el muro construido por los israelíes dentro de la franja de Gaza

Un palestino observa el muro construido por los israelíes dentro de la franja de Gaza

Mientras me preparaba para el encuentro de esta tarde, pensaba que me alegraría que, al terminar, los asistentes hubieran podido percibir la libertad con la que los papas y sus colaboradores afrontan, desde una perspectiva exquisitamente ética, situaciones tan complejas como la de Oriente Medio. En el fondo, las palabras de los papas o la acción discreta de los diplomáticos pontificios son la voz de la conciencia, que en una región donde toda situación puede cambiar de la noche a la mañana, dice: no podemos aceptar la banalización de las pequeñas y grandes guerras que perpetúan la injusticia y afligen a poblaciones enteras, que no saben si tendrán un futuro. La Santa Sede nunca deja de alentar el regreso de la legalidad internacional: es decir, negativa al reconocimiento de la adquisición de territorios mediante la fuerza, derecho de los pueblos a la autodeterminación, respeto de la Carta y de las Resoluciones de la ONU, para ser muy sintéticos. Libertad, verdad y diálogo: así podría resumirse la diplomacia pontificia.
Pero antes de entrar en el tema que se me ha asignado, quisiera puntualizar brevemente algunas cosas: qué se entiende por “Oriente Medio”, qué indica la expresión “Santa Sede”.

Oriente Medio
La noción moderna de Oriente Medio la encontramos por primera vez en 1902, en un artículo de Alfred Mahan, que apareció en la National Review de Londres. Se trata de una zona que se extiende desde el Este del Mediterráneo hasta Pakistán, y que comprende pueblos árabes y no árabes. Desde 1948 comprende también al Estado de Israel. Las crisis políticas que lo sacuden y las guerras que lo desgarran, así como sus propios recursos energéticos le confieren una centralidad económica y estratégica siempre nueva, como ilustraré dentro de poco.

La Santa Sede
No es equivalente a Iglesia católica. No es lo mismo que el Estado de la Ciudad del Vaticano. Se trata de este centro único de comunión universal representado por el papa y su Curia al servicio de la Iglesia católica, la cual por naturaleza es una realidad universal. Por lo menos desde la alta Edad Media, los Estados han reconocido a este centro una individualidad y una independencia que le permiten ser un verdadero “socio” de los actores de la comunidad internacional, como persona jurídica de derecho internacional público que persigue finalidades religiosas y morales, de las que todos los pueblos pueden beneficiarse. En una palabra, la Santa Sede no es más que el papado. Una potencia moral.
El tema elegido para este encuentro está especialmente indicado para arrojar luz sobre cómo la Santa Sede, potencia moral, atenta a permanecer super partes, contribuye a cierta “moralización” de la vida internacional haciendo oír su voz en defensa de los derechos de la persona y de las naciones, por el respeto del derecho internacional y por la promoción de la cooperación y la paz.
¿Cómo se presenta hoy Oriente Medio?
Como es obvio les diré mis opiniones personales, fruto de cierta familiaridad con aquella parte del mundo. Me explico. Fui secretario de la Nunciatura apostólica en Beirut desde 1979 hasta 1983, en plena guerra civil. Luego, desde 1990, cuando el papa Juan Pablo II me nombró secretario para las Relaciones con los Estados, me ocupé de la normalización de las relaciones entre la Santa Sede y el Estado de Israel (las relaciones diplomáticas fueron establecidas en 1994). Además, desde la primera guerra del Golfo hasta la crisis iraquí, el tema medio-oriental fue uno de los que más movilizó mis energías, hasta el mes de octubre de 2003, cuando me destinaron al Colegio cardenalicio. Numerosas misiones a Oriente Medio también me han dado cierto conocimiento de los hombres y los problemas de la región. Todo ello para decir que mi ponencia será también, en cierto sentido, un testimonio.
Cada pueblo tiene derecho a su propia tierra con su soberanía y su libertad. Esto lo han dicho siempre los papas a todos y para todos. No se pueden defender los propios y legítimos derechos pisoteando los de los demás. Por eso los papas se han pronunciado a favor de la existencia de dos Estados -israelí y palestino-, que gocen de la misma libertad, soberanía, dignidad y seguridad
Oriente Medio hoy da miedo. Y con razón. Está en la encrucijada de tres continentes. Es la cuna de las tres religiones monoteístas. Se ha convertido en la fuente más importantes de abastecimiento de hidrocarburos. Pero es también víctima de la situación creada por el conflicto no resuelto israelo-palestino. Las consecuencias de la operación americana en Irak aún están por identificar. A esto se ha de añadir la amenaza nuclear y el terrorismo que encuentra en este contexto todos los ingredientes para su desarrollo.
Oriente Medio es la región del mundo que invierte más dinero en armamentos. Las corrientes islámicas extremistas están presentes por doquier. La ausencia de alternancia política, la pobreza de las clases sociales más humildes, la urbanización no controlada, la desocupación, así como la presión demográfica, favorecen a una minoría de privilegiados y la práctica de la corrupción.
Es cierto que hay atisbos de esperanza: ha sido posible organizar elecciones en los territorios palestinos; el retiro (por lo menos visible) de las tropas sirias de Líbano; se han organizado elecciones municipales en Arabia Saudí; Irak se ha dotado de una Constitución; en muchos países se advierte la exigencia de una verdadera participación en la vida política.
Pero podríamos preguntarnos también: ¿no podría la democracia hacer que la región se precipitara en la anarquía? ¿No podría llevar al poder a movimientos o a partidos de carácter islamista? La prolongada presencia americana en Irak, ¿no está exacerbando la xenofobia o el odio de la población local contra Occidente? Podemos intuir la complejidad de la situación en aquella parte del mundo atrapada entre miedos y esperanzas. El resultado es un sentimiento de inseguridad, que el éxito de Hamás en los Territorios palestinos, además de las condiciones de salud de Ariel Sharon, contribuyen a agravar. Es probable, pues, que Oriente Medio siga siendo durante muchos años una zona de turbulencias: la influencia de los movimientos islámicos perdurará, el sentimiento antiamericano y antioccidental seguirá siendo alto; el riesgo terrorista dentro y fuera de la región pesará sobre la seguridad; la evolución del mercado petrolífero dependerá mucho de esta inestabilidad. «L’expérience prouve qu’au Moyen Orient seul l’imprévu est previsible et le pire n’est jamais sûr!».

Frente a esta situación, ¿cuál ha sido la línea seguida por la Santa Sede?
Yo diría que se ha desarrollado siguiendo cinco convicciones:
1. Los papas han tenido la preocupación de seguir actuando “super partes”, como última instancia frente a todas las partes;
2. la Santa Sede, como sujeto de derecho internacional de carácter religioso, no ha propuesto soluciones técnicas, sino que ha tratado de facilitarlas, recordando en primer lugar lo estipulado por el derecho internacional;
La cúpula de la mezquita de Omar, en Jerusalén

La cúpula de la mezquita de Omar, en Jerusalén

3. nunca ha olvidado la presencia de las comunidades cristianas y ha defendido sus derechos específicos, especialmente el derecho a la libertad de conciencia y de religión;
4. ha animado el diálogo interreligioso judaísmo-cristianismo-islam;
5. ha defendido el estatuto especial, internacionalmente garantizado, para los Lugares Santos de las tres religiones.
Quisiera ahora ilustrar estas cinco convicciones en las que se basa la acción de la diplomacia pontificia en Oriente Medio.
1. Para la Santa Sede, la libertad, la seguridad y la justicia son factores principales en los que descansa la paz justa. Si la paz no es percibida por las partes interesadas como algo ecuánime, no sería duradera, sino que haría que germinaran sentimientos de frustración siempre susceptibles de degenerar. Para la Iglesia católica, toda persona tiene la misma dignidad y los mismos derechos fundamentales.
Por consiguiente, cada pueblo tiene derecho a su propia tierra con su soberanía y su libertad. Esto lo han dicho siempre los papas a todos y para todos. No se pueden defender los propios y legítimos derechos pisoteando los de los demás. Por eso los papas se han pronunciado a favor de la existencia de dos Estados –israelí y palestino–, que gocen de la misma libertad, soberanía, dignidad y seguridad, según los dictámenes del derecho internacional.
2. La Santa Sede ha recordado a todos los principios del derecho internacional que han de aplicarse de manera unívoca para evitar la lógica de los “dos pesos y las dos medidas”. El diálogo, las negociaciones, la mediación de la comunidad internacional, si son necesarios, son los únicos medios dignos del hombre para llegar a la composición pacífica de las inevitables controversias entre Estados.
La paz es también el resultado del respeto de los instrumentos técnicos propios de la colaboración internacional. El derecho internacional garantiza la libertad de las personas y de los pueblos. El respeto de los compromisos adquiridos, según el antiguo lema “pacta sunt servanda”, la fidelidad a los textos elaborados, a menudo a cambio de grandes sacrificios, la prioridad dada al diálogo, son medios capaces de evitar a los más débiles el convertirse en víctimas de la fuerza de los más fuertes y de recordarles a los más poderosos que tendrán que rendir cuentas de sus acciones ante la comunidad de las naciones. Por eso, por ejemplo, en el caso de la crisis iraquí, la Santa Sede recordó que todo debía decidirse dentro de la ONU, especialmente en relación al capítulo VII de la Carta, que habla de que solo el Consejo de Seguridad puede, por circunstancias especiales, decidir si un país miembro representa una amenaza contra la paz. Pero esto no significa que el recurso a la fuerza sea, para el mismo Consejo de Seguridad, la única respuesta adecuada. El derecho internacional ha colocado fuera de la ley a la guerra, especialmente gracias a la Carta de la ONU: me refiero al artículo 2 § 4, que afirma que los Estados miembros renunciarán a la guerra para resolver sus conflictos.
3. Su dimensión exquisitamente religiosa ha empujado a la Santa Sede a tratar de tutelar la libertad de conciencia y religión en una región de mayoría musulmana. Durante los dos últimos siglos, la suerte de los cristianos ha estado ligada a los intereses de las potencias europeas. Los cristianos de Oriente Medio, con motivo del proceso de descolonización del siglo XX, a menudo se han sentido abandonados frente a un islam mayoritario, a un nuevo Estado creado para acoger a los judíos, a los palestinos que buscan una tierra. ¡Se han sentido tres veces minoritarios!
Dicho esto, no quisiera que se pensara que la Santa Sede pretende proteger a los cristianos de Oriente Medio encerrándoles en un gueto o en pequeños “enclaves” religiosamente puros. Para los cristianos –especialmente para los católicos–, los puentes son preferibles a los muros. La Iglesia es católica, universal por esencia. La supervivencia de los cristianos en aquella parte del mundo no puede concebirse si no es en simbiosis con el judaísmo y el islam. Por eso la Santa Sede ha firmado un Acuerdo fundamental con el Estado de Israel (30 de diciembre de 1993) y un Acuerdo base con la Autoridad Palestina (15 de febrero de 2000): para tutelar los derechos de los católicos, salvaguardándolos de las crisis y los cambios de la vida política de ambas sociedades.
4. Por lo demás, las comunidades cristianas que se sienten respetadas se sentirán más empujadas a colaborar en la vida de la sociedad donde viven y, por consiguiente, a la construcción de la paz. Y uno de los medios más eficaces para conseguir esta tarea es el diálogo interreligioso. Todos recordamos la visita de Juan Pablo II a la Sinagoga de Roma, su visita al Muro de las Lamentaciones y su encuentro con los rabinos en Jerusalén, su visita a Belén, el encuentro con el rector de la Universidad Al-Azhar de El Cairo, su visita a Líbano o también la visita a la histórica mezquita de Damasco. Para la Santa Sede, el diálogo entre creyentes es el mejor antídoto para derrotar al terrorismo islámico, que es una perversión del islam. En su mensaje con motivo de la Jornada de oración por la paz, del 1 de enero de 2002, Juan Pablo II afirmaba que matar en nombre de Dios no es más que una perversión de la religión: «La violencia terrorista es contraria a la fe en Dios Creador del hombre, en Dios, que lo cuida y lo ama».
Se explica así el cariño de la Santa Sede por Líbano, donde religiones y culturas se han fecundado recíprocamente y han dado lugar al país más tolerante y democrático de Oriente Medio. Un país donde todas las comunidades viven paritariamente. Un país que representa un mensaje para toda la región.
No quisiera que se pensara que la Santa Sede pretende proteger a los cristianos de Oriente Medio encerrándoles en un gueto o en pequeños “enclaves” religiosamente puros. Para los cristianos -especialmente para los católicos-, los puentes son preferibles a los muros. La supervivencia de los cristianos en aquella parte del mundo no puede concebirse si no es en simbiosis con el judaísmo y el islam
Las religiones no deberían ser fuentes de división o dar miedo. Deberían ser, por el contrario, un poderoso factor de humanización o de unidad de la sociedad humana. Louis Massignon, eximio amante de Oriente, se atrevió a decir un día que, según él, cada una de las tres religiones monoteístas ilustraba una de las virtudes teologales: Israel, la esperanza; el islam, la fe; el cristianismo, la caridad.
5. Quien tenga cierta familiaridad con los textos de los papas y de la Santa Sede sobre Oriente Medio observará que usan poco la expresión Oriente Medio, prefiriendo hablar de “Tierra Santa”. La razón es obvia: se trata de una región que tiene una relación especial con la fe. Es “santa”: para los judíos, puesto que es la tierra de sus antepasados, la tierra del Libro; para los cristianos, porque es la tierra donde Jesús vivió, donde tuvieron lugar los grandes acontecimientos de la Redención y donde se originaron las comunidades cristianas; para los musulmanes, porque es la tierra donde nació su religión y donde están desde hace miles de años.
Además, en el centro, como fuente y síntesis de la sacralidad de esta tierra, está Jerusalén, patria ideal de todos los descendientes de Abraham. Jerusalén, hoy dividida, pero cuya vocación es ser símbolo de unión y paz para toda la familia humana. Así se explican la perseverancia y la intensidad con la que los papas, desde 1947, han defendido el carácter único y sagrado de aquella ciudad. Ya el 29 de noviembre de 1947 la Resolución 181 de la ONU propuso un régimen especial, bajo la égida de la comunidad internacional: un “corpus separatum”. Tras la anexión con la fuerza por parte de Israel de la zona “este” de la ciudad, la misma comunidad internacional defendió la adopción de “un estatuto internacionalmente garantizado” para las partes más sagradas de la ciudad, importantes para las tres religiones monoteístas. La Santa Sede siempre ha defendido este modo de ver, poniendo atención, sin embargo, en distinguir el aspecto territorial de Jerusalén (¿capital de dos Estados?) –que tendrá que ser objeto de unas negociaciones bilaterales entre israelíes y palestinos– del aspecto multilateral, consecuencia de la dimensión religiosa y universal de los Lugares Santos de las tres religiones, cuyos fieles están esparcidos por el mundo entero. Se trataría, en resumidas cuentas, para la comunidad internacional, de hacerse garante del carácter único y sagrado de la parte de Jerusalén “intramuros”, que alberga los Lugares Santos rodeados de comunidades humanas con sus lenguas, tradiciones culturales, escuelas, hospitales, tiendas… La Santa Sede es del parecer que un Estatuto Especial, garantizado por la comunidad internacional, es el único medio eficaz para evitar que, en el futuro, bajo la presión de acontecimientos o cambios políticos, una de las dos partes reivindique para sí el control de los santuarios o de las realidades humanas que los circundan.
Estas reflexiones mías han sido inspiradas esencialmente por la enseñanza y la acción del papa Juan Pablo II, considerando también el hecho de que de mis veintiocho años de servicio en la diplomacia pontificia, veinticinco de ellos pertenecen al pontificado de este gran Pontífice.
Pero quisiera hacer notar que su sucesor ha recogido su herencia también en el campo internacional y, en especial, en lo relacionado con Oriente Medio.
No hay más que leer el primer mensaje con motivo de la Jornada de Oración para la Paz del 1 de enero de 2006 o el discurso de Benedicto XVI con motivo de la presentación de las felicitaciones del Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede para convencernos. Como Juan Pablo II, Benedicto XVI basa la actividad internacional en la justicia, el perdón y la reconciliación. Confía en la fuerza del derecho. El mensaje del pasado 1 de enero contiene un hermoso homenaje al derecho humanitario. Ante los diplomáticos, el actual Papa insistió en el diálogo entre las religiones y las culturas, alabando la fecundidad de los intercambios entre «judaísmo y helenismo, entre mundo romano, mundo germánico y mundo eslavo… mundo árabe y mundo europeo». Uno de los primeros gestos del nuevo Papa fue la visita a una sinagoga en Colonia, en el pasado mes de agosto. Con el mismo vigor de su predecesor ha condenado el terrorismo, calificándolo de «actividad criminal, que llena de infamia a quien la realiza y que es mucho más deprobable cuando se apoya en una religión, rebajando así la pura verdad de Dios a la medida de la propia ceguera y perversión moral». Y pasando a Oriente Medio, Benedicto XVI ha reafirmado el derecho del Estado de Israel a existir en Tierra Santa, «según las normas del derecho internacional», así como el derecho «del pueblo palestino a poder desarrollar serenamente las propias instituciones democráticas por un futuro libre y próspero».
Dos muchachas palestinas a la salida de la escuela vuelven al campo de refugiados de Ain Al Hilhew, en Líbano

Dos muchachas palestinas a la salida de la escuela vuelven al campo de refugiados de Ain Al Hilhew, en Líbano

Concluyendo, permítaseme evocar lo que significaría la paz para Oriente Medio:
– liberaría energías humanas y recursos económicos para el desarrollo económico, social y cultural de pueblos enteros;
– consolidaría la sociedad civil y la democratización;
– eliminaría las causas de acción violenta de los extremistas, que se alimentan de la frustración de los desheredados;
– favorecería el diálogo constructivo entre las religiones y las culturas, evitando de este modo el extremismo religioso y la emigración de los cristianos.
Precisamente en estos días, cuando nuevas situaciones amenazan de nuevo los precarios equilibrios alcanzados en una parte del mundo donde entre otras cosas se invierte económicamente más en la compra de armamentos, es deber de todo hombre de buena voluntad recordar a todos que la guerra será siempre el medio peor para asegurar la paz. Los cristianos, por lo menos, creen en la posibilidad de otra lógica que puede ser resumida en pocas palabras: todo hombre es mi hermano. Sí, los cristianos pensamos que si todos estuviéramos convencidos de que estamos llamados a vivir juntos, que es hermoso conocerse, estimarse y ayudarse, pues bien, el mundo sería totalmente distinto.
Nadie, fuera de algún que otro fanático, tiene interés en ver de nuevo sangrar Oriente Medio. Por eso la Santa Sede seguirá, con convicción y perseverancia, ayudando a todos los pueblos de esta región, obligados por la geografía, por la historia –también diría que por la religión– a vivir juntos además de a respetar los derechos humanos fundamentales y el derecho internacional. Y esto ocurrirá solo si la fuerza de la ley consigue prevalecer por fin sobre la ley de la fuerza.


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