LOS DOS DISCURSOS DEL DÍA DE LA FIESTA NACIONAL
El presidente y el cardenal
por Gianni Valente

El cardenal Jorge María Bergoglio, primado de Argentina
El nuevo presidente Néstor Kirchner, durante la ceremonia de toma de posesión (en la que intervinieron el presidente brasileño Lula da Silva, el venezolano Hugo Chávez y el cubano Fidel Castro) pronunció ante el Parlamento un discurso caracterizado por elementos de ruptura con las políticas económicas que dominaron Argentina en los años noventa. Precisamente él, considerado el candidato menos carismático, que los electores votaron sin demasiado entusiasmo, sólo para alejar la pesadilla de la vuelta de Menem, tocó la vena patriótica de los argentinos trazando la vía de un «capitalismo nacional», con una vuelta al papel positivo del Estado «que ponga igualdad allí donde el mercado excluye y abandona», a partir de la constatación elemental que «los problemas de la pobreza no se solucionan desde las políticas sociales sino desde las políticas económicas». Kirchner afirmó también que la monumental deuda exterior argentina «no puede volver a pagarse a costa del hambre y de la exclusión», sino sólo si a la Argentina le va bien. A nivel internacional, señaló como prioridad «la construcción de una América Latina políticamente estable, próspera, unida, con bases en los ideales de democracia y de justicia social. El Mercosur y la integración latinoamericana deben ser parte de un verdadero proyecto político regional». También los primeros actos del nuevo Gobierno argentino confirmaron el eje preferencial con el Brasil de Lula, sobre todo en cuestiones de política económica e internacional. «Es como si en nuestros países el mismo partido hubiera ganado las elecciones», dijo el nuevo ministro de Asuntos Exteriores argentino Rafael Bielsa.
El mismo día de la toma de posesión del nuevo presidente, la homilía del cardenal primado argentino Jorge Mario Bergoglio durante el Te Deum celebrado con motivo del aniversario de la Revolución de Mayo tocó el corazón del país con palabras de realismo y participación cristiana con los sufrimientos del pueblo argentino, vistos en una comparación prolongada y sugestiva con la narración evangélica del Buen Samaritano: «Puestos en camino nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy y cada vez más ese herido es mayoría. En la humanidad y en nuestra patria. La inclusión o la exclusión del herido al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo». El arzobispo de Buenos Aires recurrió a las imágenes y a los personajes de la parábola evangélica para aludir a los mecanismos especulativos de tipo internacional y a la desidia social y política que «está logrando hacer de esta tierra un camino desolado». Citó la poética profecía del Martín Fierro: «nuestros eternos y estériles odios e individualismos abren las puertas a los que nos devoran de afuera». Denunció la alianza entre «los “salteadores del camino”» y «los que pasan por el camino mirando a otra parte». Y describió el «hundir a un pueblo en el desaliento» como «el cierre de un círculo perverso perfecto: la dictadura invisible de los verdaderos intereses, esos intereses ocultos que se adueñaron de los recursos y de nuestra capacidad de opinar y pensar». Para salir del colapso, el cardenal invitó a sus compatriotas a no recriminar el pasado y volver a una política concreta y mínima: «Comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria, con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo por cada llaga del herido. No confiemos en los repetidos discursos y en los supuestos informes acerca de la realidad». Y después de haber tocado la vena del patriotismo («Donde había una tierra desolada nuestros padres aborígenes y luego los demás que poblaron nuestra Patria, hicieron brotar trabajo y heroísmo, organización y protección social»), concluyó su homilía pidiendo a María que la memoria cristiana pueda servir de consuelo a toda la nación: «¡Cuidemos la fragilidad de nuestro Pueblo herido! Cada uno con su vino, con su aceite y su cabalgadura. Cuidemos la fragilidad de nuestra Patria. Cada uno pagando de su bolsillo lo que haga falta para que nuestra tierra sea verdadera Posada para todos, sin exclusión de ninguno. […] Que nuestra Madre, María Santísima de Luján, que se ha quedado con nosotros y nos acompaña por el camino de nuestra historia como signo de consuelo y de esperanza, escuche nuestra plegaria de caminantes, nos conforte y nos anime a seguir el ejemplo de Cristo, el que carga sobre sus hombros nuestra fragilidad».
G.V.