Rímini, Sábado Santo - 19 de abril de 2003
La fuerza de Dios es la alegría de su pueblo
Apuntes del saludo final de Luigi Giussani al Triduo pascual de los universitarios de C.L.
por Luigi Giussani

El apóstol Juan apoya su cabeza en el brazo de Jesús, Tilman Riemenschneider, detalle del altar de la última cena, Sankt-Jacob, Rothenburg ob der Tauber (Alemania)
La cuestión es muy sencilla: el Señor responde a la necesidad que tiene el hombre, demostrándole que cuanto más sigue la palabra de Dios, más resulta su experiencia humana motivada, engrandecida, robustecida y afianzada.
Hay un pensamiento que quiero compartir con vosotros. Con una frase Dios dice al hombre todo lo que le interesa (el “interés” de la búsqueda humana es perseguir aquello por lo que vale la pena vivir; de otro modo, sería inútil la existencia del hombre y sería especialmente inútil hablar de Dios): «El hombre busca la felicidad», dice la Biblia.
« El hombre busca la felicidad», el cumplimiento de una seriedad intensa y feliz. ¿Cuál es el método para encontrarla? Desde que el Señor nos toma por los hombros y nos empuja hacia adelante, desde ese momento ya no hay nada que pueda sustituir el don de Dios en la vida.
Por tanto, sería bueno que pusieseis empeño, implicando a vuestros sacerdotes o a las personas adultas, más maduras, para esclarecer una a una las palabras usadas por Dios. Por ejemplo, cuando intentéis inventar una respuesta a vuestras exigencias haréis gran estrépito, pero comprobaréis que sólo la hallamos cuando descansamos nuestra cabeza en el hombro de Cristo.
Toda la fuerza del hombre se concentra en la búsqueda de la satisfacción, de la felicidad. Ahora bien, no sólo existe Dios en estos sentimientos, sino que Su respuesta es a estos sentimientos, su Presencia corresponde a estos sentimientos. Una Presencia que te lleva a decir: ¡Esto es!
La fuerza del Señor es nuestra alegría. Con esta fórmula los antiguos profetas de Israel fijaron la atención de sus seguidores y compañeros, y los constituyeron en unidad alrededor de esa evidencia; con la misma fuerza y claridad con la que don Giorgio nos ha hablado de nuestro seguimiento de Cristo, de ¡seguir a Cristo! Se puede seguir a Cristo, casi inevitablemente se debe.
La fuerza del Señor es la alegría de su pueblo. «La fuerza de Dios es alegría de su pueblo». Son palabras que toda nuestra vida está llamada a comprender, a abrazar y a llevar donde vivimos. Ayudémonos a llevarlas juntos, ayudémonos a abandonarnos juntos a esta fuerza de Dios que es alegría para el hombre: la fuerza del Señor es la alegría de su pueblo.