UGANDA. Las negociaciones entre el gobierno y los guerilleros del LRA
Si estalla la paz
Tras veinte años de guerra, con millones de muertos e infinitos sufrimientos, hoy se respira en el norte del país un aire nuevo. Pero como todos los procesos de paz, también este tiene sus espinas y podría naufragar
por Davide Malacaria
Quizá se consiga esta
vez. Quizá esta vez pueda florecer la paz realmente en el norte de
Uganda. Veinte años de guerra, millones de muertos, entre 25.000 y
30.000 niños secuestrados para transformarlos en asesinos
sanguinarios por los rebeldes que obedecen al alucinado Joseph Kony, pero
quizá, por primera vez tras años de inútiles intentos,
ahora se consiga. Los jefes de los guerrilleros del LRA (Lord’s
Resistance Army), grupo que lleva años actuando
violentamente en el norte del país, y el gobierno ugandés han
emprendido unas negociaciones verdaderas, que podrían poner punto
final a un conflicto que parece eterno. En el norte de Uganda, poblado por
la etnia acholi, se respira un aire nuevo: tras años de terror, la
gente vuelve a ver la esperanza. Pero, como todos los procesos de paz,
también este tiene sus espinas, sus entresijos. Y como todos los
procesos de paz, puede naufragar.

El padre Giuseppe Filippi, superior de los combonianos
de Uganda, explica: «Creo que esta nueva oportunidad comenzó a
florecer cuando monseñor John Baptiste Odama, el prelado de Gulu que
busca desde hace años con todos los medios caminos para la paz, fue
a la ONU para suplicarle a la comunidad internacional que se interesara por
este rincón de mundo, consiguiendo la atención de algunos
Estados europeos, especialmente de Alemania y otros países del norte
de Europa. Además, el presidente ugandés, Joweri Museveni,
que antes era reacio a dialogar con los rebeldes, ha visto que se iban
deteriorando las relaciones con quienes le apoyaban mayormente, Inglaterra
y Estados Unidos, por cierta rigidez demostrada durante las últimas
elecciones, cuando el líder de la oposición acabó en
la cárcel, y ahora de alguna manera se ve obligado a dialogar con
los rebeldes para ganar nuevamente puntos como líder
democrático. Pero no se hubiera llegado a tanto sin la paz en
Sudán. La paz entre el gobierno de Jartum y los rebeldes les
privó a los militantes del LRA de sus bases de apoyo en el sur de
Sudán y de sus abastecimientos. Además, el gobierno
autónomo del sur de Sudán no puede tolerar la presencia de
bandas armadas en su territorio». El padre Mario Cisternino,
también comboniano, pero que no vive establemente en Uganda desde
hace ocho años, ha seguido participando en los acontecimientos de su
país de misión, volviendo de vez en cuando y estando en
contacto permanente con su gente y sus hermanos de hábito. Habla de
un país en las últimas, de gente que hace años que lo
perdió todo, de millones de personas que viven en campos de
refugiados, por lo que el norte de Uganda es, ni más ni menos, un
enorme «campo de concentración». Habla de cuando vio
desfilar las tropas de ugandeses dirigidas al cercano Ruanda y a Congo,
donde hubo masacres indecibles. «A muchos de aquellos soldados los
había bautizado yo», recuerda con amarga ironía. Pero
aquí no son los musulmanes los que matan, y no le importa nada a
nadie. El padre está amargado. Es difícil no darle la
razón. «La verdad es que no creo que Museveni quiera realmente
la paz. Nadie le cree en el norte de Uganda. Por eso es necesario que la
comunidad internacional haga presiones, de lo contrario también este
enésimo intento terminará en agua de borrajas». Y como
otros observadores internacionales, hace una lista de las muchas dudas que
surgen entorno a esta extraña guerra, donde un puñado de
rebeldes, en total pocos miles, ha mantenido a raya a uno de los
ejércitos africanos más poderosos, hasta el punto de exportar
la guerra a los Estados limítrofes. Un ejército dispuesto a
mirar a otra parte mientras los rebeldes secuestraban y mataban, extenuando
a una etnia potencialmente rival de la etnia en la que se apoya Museveni.
Pero qué más da. Esto pertenece al pasado, ahora en el
presente, hay que traer la paz al país. Dice Cisternino que quienes
presionan para hallar una solución al conflicto por el momento son,
especialmente, la omnipresente Comunidad de San Egidio, conocida mejor como
“la ONU de Trastévere”, y Pax Christi holandesa.
Vittorio Scelso sigue desde hace años en nombre de San Egidio la
crisis ugandesa. Cuenta que esta Comunidad comenzó a interesarse por
Uganda tras el secuestro de las muchachas de Aboke, cuando el LRA
secuestró a 139 chicas estudiantes del Instituto comboniano Saint
Mary College (109 fueron liberadas enseguida, 24 escaparon más
tarde, las otras fueron asesinadas o desaparecieron). El caso
alcanzó resonancia internacional. San Egidio se metió de por
medio. Trató varios caminos, pero en vano. Aunque algo bueno ha
quedado de aquel fracaso, puesto que en la mesa de negociaciones se sienta
uno de sus enviados. «Ha habido muchísimos intentos de
mediación fallidos en Uganda», dice Scelso. «Nosotros
comenzamos a seguir este nuevo filo el año pasado, gracias a los
contactos con los rebeldes de la diáspora que tienen su base en
Londres. Un hilo que se ha entrelazado con el de Pax Christi holandesa que
ha llevado a la situación actual. Creo que en lo que está
sucediendo han tenido su parte las dificultades militares en las que se
encontraba el LRA, especialmente tras la paz en el sur de Sudán.
También ha ayudado activamente a la creación de este nuevo
clima el vicepresidente del sur de Sudán, Riek Machar, el verdadero dominus de este diálogo que
se desarrolla en Juba, capital del sur de Sudán. Entre otras cosas,
Machar, ofreciendo alimentos a los rebeldes, amortigua sus impulsos
agresivos, dado que muchas de sus correrías eran para conseguir
provisiones». Cuenta que los diálogos han dado su primer
fruto, es decir, una tregua. La primera tregua de verdad desde hace
años, respetada por ambos bandos. No es poco. Además los
rebeldes han aceptado agruparse en dos grandes campos en Sudán del
sur. Hasta ahora han llegado unos 1.600. «Puede parecer un
número pequeño, pero en realidad estamos hablando de la casi
totalidad de los rebeldes», explica Scelso. «Por ahora falta
solo por entregarse el alto mando de los rebeldes. Si esto ocurriera, la
cuestión quedaría cerrada. Pero el problema es muy
complejo…». Sí, porque a Kony le persigue una orden de
busca y captura emitido por el Tribunal Penal Internacional. Y si se
entregara correría el peligro de que lo trasladaran a La Haya.
Así que si por una parte trata de negociar la paz, por otra trata de
eludir los peligros que se ciernen sobre él. Y esto es un problema
serio para la paz, puesto que si Kony no consigue garantías no se
rendirá. «Quienes están obligados a ejecutar esta orden
de captura son los países adheridos al Tribunal Internacional, entre
los que están Uganda y Sudán. También por esto Kony se
ha negado a participar personalmente en los coloquios de paz. Hay que dar
con una solución que salve el trabajo del Tribunal Internacional,
pero que le prepare también una salida a Kony». En este caso
específico viene como anillo al dedo la frase summum ius summa iniuria. Es lo que
piensa la gente de Uganda. «Nuestra gente está cansada de esta
guerra», sigue diciendo el padre Cisternino. «Están
dispuestos a todo con tal de llegar a la paz, incluso a perdonar las
fechorías de Kony. Es un sentimiento extendido en la
población acholi. Hay que dar con una solución. El
país más rígido en sostener la aplicación de la
orden de captura de La Haya es Inglaterra. Pero tanta rigidez puede dar al
traste con todo… Es necesario hallar un camino intermedio, pero ante
todo hay que respetar el deseo del pueblo acholi, que ha sufrido
demasiado». Hay quien incluso ha propuesto que Kony haga un rito
tribal de expiación, una solución que, explica Scelso, les
gusta a todos, desde el gobierno a la llamada sociedad civil. Pero todo
está aún por decidir. Los rebeldes también quisieran
que, de alguna manera, su fuerza militar fuera reconocida, y que sus
componentes queden integrados en una especie de milicia paralela a la
oficial; algo que el gobierno no quiere conceder. Además quieren
subsidios para los niños-soldado. «Creo que se
encontrará un compromiso», explica Scelso. «Una parte de
los rebeldes quedará integrada en el ejército, mientras que
los niños-soldado podrán gozar de los derechos escolares.
Más difícil será ponerse de acuerdo sobre las
peticiones de tipo político: los rebeldes piden una especie de
autonomía para el norte, petición denegada por el
gobierno». Hay algo oscuro en esta última petición, en
la que los carniceros se erigen en paladines de sus víctimas. Pero
también esto forma parte de los muchos misterios que giran alrededor
de este enigmático conflicto africano, donde a los niños se
les mandaba a matar rezando, a modo de sortilegio, el Ave María.
«En cualquier caso, aunque las dificultades son muchas, creo que
vamos por el camino justo», sigue diciendo Scelso. «Mi
impresión es que esta vez se puede llegar a un acuerdo de
paz». También los padres misioneros comparten esta esperanza,
pero, como él, con el realismo de quien ha participado durante
años en los precarios acontecimientos africanos, donde todo puede
cambiar de un día para otro. Ese realismo que pone sus esperanzas en
el apoyo de la comunidad internacional, sin el cual esta tentativa
terminará fracasando.
Mientras tanto en Uganda se sigue muriendo, en medio de la indiferencia general. De este drama se sabe realmente poco, menos incluso de lo que se sabe del cercano Darfur, en Sudán, donde se enfrentan gubernamentales y antigubernamentales. «La explicación es bastante sencilla», explica el padre Cisternino. «En Darfur las matanzas se le atribuyen al gobierno islámico de Jartum, al que los Estados Unidos e Inglaterra consideran alineado en la otra parte en el enfrentamiento entre civilizaciones que desde hace algunos años viene martirizando al mundo. En cambio, Uganda es considerada un aliado en la lucha contra el terrorismo. De este modo la tragedia del norte de Uganda y los errores del gobierno de Kampala no deben sacarse a relucir».
El padre Filippi alude a las condiciones en que se encuentran las poblaciones del norte: «Casi toda la población vive en campos de refugiados, de los que no se puede salir antes de las nueve, ni volver tarde por la noche, ni alejarse. Quienes lo hacen corren gran riesgo, porque no se les garantiza su seguridad. De este modo no es posible realizar ningún tipo de actividad agrícola y la gente se ve obligada a sobrevivir con lo que distribuyen las ONG, que, por desgracia, nunca es suficiente. Además, la situación de estos campos es, si cabe, peor de la de otros similares, levantados en otros países africanos. Sobre todo los grandes están abarrotados y son invivibles. En esta situación prospera la corrupción y la violencia. La gente está exasperada y riñe por cualquier tontería. Nadie posee estimaciones oficiales, pero fuentes bien informadas hablan de miles de muertos cada semana, entre malaria, suicidios y otras causas…». Los enfrentamientos por lo menos han cesado, por el momento. Como también las migraciones nocturnas: cada noche, pelotones de jóvenes emigraban, caminando kilómetros y kilómetros a pie, para buscar amparo en las misiones y los pocos pueblos controlados por el gobierno. Pero todo sigue colgado del hilo de unas conversaciones extenuantes, de una orden de captura salida de un Tribunal que debería tutelar a las víctimas en vez de agravar la ya dramática situación de estas personas. «La gente espera que esta vez todo termine», dice el padre Filippi. «Que pueda, por fin, terminar esta guerra, que los campos de refugiados sean desmantelados, que se pueda volver a casa, a una vida nueva…». Nosotros estamos con ellos.

Joseph Kony, líder del LRA, se entrevista con una delegación del gobierno ugandés y algunos representantes de organizaciones no gubernamentales, el 31 de julio de 2006
Mientras tanto en Uganda se sigue muriendo, en medio de la indiferencia general. De este drama se sabe realmente poco, menos incluso de lo que se sabe del cercano Darfur, en Sudán, donde se enfrentan gubernamentales y antigubernamentales. «La explicación es bastante sencilla», explica el padre Cisternino. «En Darfur las matanzas se le atribuyen al gobierno islámico de Jartum, al que los Estados Unidos e Inglaterra consideran alineado en la otra parte en el enfrentamiento entre civilizaciones que desde hace algunos años viene martirizando al mundo. En cambio, Uganda es considerada un aliado en la lucha contra el terrorismo. De este modo la tragedia del norte de Uganda y los errores del gobierno de Kampala no deben sacarse a relucir».
El padre Filippi alude a las condiciones en que se encuentran las poblaciones del norte: «Casi toda la población vive en campos de refugiados, de los que no se puede salir antes de las nueve, ni volver tarde por la noche, ni alejarse. Quienes lo hacen corren gran riesgo, porque no se les garantiza su seguridad. De este modo no es posible realizar ningún tipo de actividad agrícola y la gente se ve obligada a sobrevivir con lo que distribuyen las ONG, que, por desgracia, nunca es suficiente. Además, la situación de estos campos es, si cabe, peor de la de otros similares, levantados en otros países africanos. Sobre todo los grandes están abarrotados y son invivibles. En esta situación prospera la corrupción y la violencia. La gente está exasperada y riñe por cualquier tontería. Nadie posee estimaciones oficiales, pero fuentes bien informadas hablan de miles de muertos cada semana, entre malaria, suicidios y otras causas…». Los enfrentamientos por lo menos han cesado, por el momento. Como también las migraciones nocturnas: cada noche, pelotones de jóvenes emigraban, caminando kilómetros y kilómetros a pie, para buscar amparo en las misiones y los pocos pueblos controlados por el gobierno. Pero todo sigue colgado del hilo de unas conversaciones extenuantes, de una orden de captura salida de un Tribunal que debería tutelar a las víctimas en vez de agravar la ya dramática situación de estas personas. «La gente espera que esta vez todo termine», dice el padre Filippi. «Que pueda, por fin, terminar esta guerra, que los campos de refugiados sean desmantelados, que se pueda volver a casa, a una vida nueva…». Nosotros estamos con ellos.