Le agradecemos al presidente del Senado italiano, Marcello Pera, que nos haya permitido publicar el texto de la conferencia que pronunció en la Universidad Hebrea de Jerusalén el pasado 29 de mayo.
Israel, Europa, Islam
«El diálogo implica respeto. Y el respeto es algo más que tolerancia. La tolerancia es una virtud pasiva que reconoce solamente a un interlocutor con sus propias opiniones. El respeto es una virtud activa que le reconoce al interlocutor la posibilidad de hacerme cambiar de opinión»
por Marcello Pera

Niños palestinos miran pasar una manifestación de judíos ortodoxos en el casco antiguo de Jerusalén
al presidente del Senado italiano, Marcello Pera, que nos haya permitido publicar el texto
de la conferencia
que pronunció en
la Universidad Hebrea
de Jerusalén el pasado
29 de mayo. No es necesario subrayar
la actualidad del tema.
Giulio Andreotti
1. Creencias y problemas
Comienzo enumerando tres cosas en las que creo firmemente; las tres están relacionadas con la democracia.
La primera cosa en la que creo es una definición. Siguiendo un pensamiento extendido, considero la democracia como el régimen en el que el cambio de gobierno se da de manera pacífica, mediante elecciones libres y sin violencia.
La segunda cosa en la que creo es un hecho histórico. La democracia nació en Occidente. Deriva sobre todo de la larga lucha de los europeos contra los poderes absolutos, seculares o religiosos.
La tercera cosa en la que creo es un valor. La democracia es un bien universal, por tanto, no es sólo un hecho que concierne a una parte del globo, sino un deber para todos los pueblos.
Estas tres creencias plantean por lo menos dos problemas. El primero es: si la democracia es un hecho occidental, ¿no equivale su transformación en valor universal a un forma de imperialismo? El segundo es: si la democracia es un hecho del Occidente, ¿puede exportarse a otras áreas? Creo que estos problemas pueden resolverse y trataré de explicar por qué.
2. Democracia e imperialismo
Comienzo por el primer problema: ¿es la democracia una forma de imperialismo occidental?
Para argumentar mi respuesta negativa, utilizaré la definición que he adoptado. Si la democracia es un régimen que prohíbe la violencia para cambiar los gobiernos, entonces la democracia se basa en el diálogo. En un régimen democrático los gobiernos se substituyen discutiendo libremente los méritos y los deméritos de los gobernantes.
“Dialogar”, sin embargo, es más que “discutir”, porque el diálogo tiene un fin práctico. El diálogo es una discusión que pretende inducir un cambio de opinión, una acción. Peculiarmente, en las democracias, la acción del voto.
Esto significa que el diálogo implica –en algún significado del término “implicar”– un llamamiento a la razón: si discuto con alguien para hacerle cambiar de opinión significa que reconozco su capacidad de seguir mis razonamientos, desarrollar otros propios y comparar los suyos con los míos. El diálogo establece una especie de “ciudadanía de la razón”, la cual requiere la tolerancia para con las personas y sus opiniones, sean las que sean.
Pero esto no es todo. El diálogo es una relación simétrica: al igual que yo quiero que el otro acepte mi punto de vista, el otro quiere que yo abrace el suyo. El diálogo, por tanto, implica respeto. Y el respeto es más que la tolerancia. La tolerancia es una virtud pasiva que reconoce solamente un interlocutor con sus propias opiniones. El respeto es una virtud activa que, además de eso, le reconoce al interlocutor la posibilidad de hacerme cambiar de opinión. La tolerancia va en una única dirección, el respeto va en las dos direcciones, adelante y atrás.
Subrayo esta diferencia porque, sobre todo en los países europeos que tienen importantes minorías religiosas –en Italia, por ejemplo, viven cerca de un millón de musulmanes–, se tiende a creer que la tolerancia es suficiente para asegurar la integración. No es así. La tolerancia sola puede llevar a crear comunidades cerradas, y por tanto, tensiones y conflictos. La verdadera integración requiere que a cada comunidad se le reconozca el derecho de “contaminar” a las otras. Recuérdese que el diálogo pretende hacer cambiar de opinión, pero no necesariamente la opinión de los demás, también la nuestra. Como solía decir Popper, el éxito de un diálogo entre A y B no depende del hecho de que A ha convertido a B, sino del hecho de que, tras el intercambio de opiniones, A y B son más sabios, es decir, intelectualmente más ricos, porque cada uno ha comprendido mejor las razones del otro.
Todo esto me permite responder a mi pregunta sobre la democracia como una especie de imperialismo occidental. Si la democracia se basa en el diálogo, entonces la democracia se basa en el consenso, no en la imposición. La idea de que la democracia se puede llevar adelante contra la voluntad de un pueblo es tan incoherente como la idea de que se puede entablar un diálogo adoctrinando al interlocutor o, aún peor, eliminándolo.
Se podría objetar que la historia enseña lo contrario. Se dice, por ejemplo, que los italianos y los alemanes fueron obligados a aceptar la democracia después de la Segunda Guerra Mundial. Pero es erróneo. La Segunda Guerra Mundial derribó dos regímenes despóticos –el fascismo y el nazismo–, pero por sí sola no impuso la democracia. Después de la guerra, Italia y Alemania se convirtieron en países democráticos porque sus pueblos lo quisieron, y lo consiguieron porque se basaron en sus anteriores y bien arraigadas tradiciones.
Esta experiencia ha de ser recordada también después de la Segunda guerra del Golfo. Tras eliminar al dictador, el reto de hoy es la creación de una tradición de diálogo y respeto en la sociedad iraquí. Y el esfuerzo mayor ha de hacerse para crear las condiciones –mediante el comercio, los modelos, la educación, la administración, la legislación, etc.– a fin de que esta nueva tradición secular eche raíces y se conjugue con las anteriores tradiciones locales, culturales y religiosas.
Las tradiciones son fundamentales. Las instituciones democráticas evolucionan según formas distintas porque las tradiciones locales las alimentan cada una a su manera. La idea de que existe un modelo único de democracia es tan ingenua y errónea como la idea de que existe una única especie animal. En la práctica, las democracias evolucionan junto con sus tradiciones, y si las instituciones democráticas requiriesen normas de conducta ampliamente rechazadas por la sociedad, degenerarían fácilmente.

Soldados ingleses distribuyen ayudas humanitarias a la población iraquì
3. Exportar la democracia
Creo que ahora puedo resolver más fácilmente mi segundo problema: ¿se puede exportar la democracia? Ya que la democracia toma formas distintas según las tradiciones locales que actúan recíprocamente con ella, la cuestión, referida a los países de tradición islámica, se puede formular así: ¿es incompatible la tradición islámica con la democracia?
Algunos estudiosos occidentales son más bien escépticos. Su opinión es que las democracias presuponen la separación entre religión y moralidad de la ley y del Estado, o la separación del Estado de la sociedad civil. En otros términos, piensan que la democracia requiere el reconocimiento de la neutralidad moral del Estado. Y puesto que este concepto es ajeno a la tradición islámica y muchos musulmanes lo rechazan explícitamente, se deduce que la democracia es incompatible con el islam y no puede ser exportada a los países islámicos.
Contra este punto de vista, se podría objetar que existen muchos países –Turquía es uno de ellos– que, por Constitución o de hecho, han aceptado esas distinciones. Sin embargo, el problema no se puede resolver así. Puesto que es de carácter cultural, se debe tomar una postura conceptual en vez de histórica.
Al igual que el cristianismo, el islam es una entidad compleja en la que conviven matices distintos e incluso divergencias radicales. Según mi (limitado) conocimiento, no veo en el islam ningún elemento esencial que se contraponga de manera irreductible a los aspectos culturales fundamentales de las instituciones democráticas. Sin embargo, puesto que la objeción se refiere a un supuesto aspecto de la democracia, afrontaré la cuestión desde este lado.
Mi punto de vista es que, estrictamente hablando, la neutralidad ética del Estado es un mito. No ha sido realizada plenamente en ninguna parte del Occidente, y hay buenas razones para creer que no puede realizarse. Es erróneo considerar las opiniones religiosas como meras expresiones que pertenecen solamente a la esfera privada de las opciones individuales. Las opiniones religiosas tienen consecuencias sobre las políticas públicas. Los acalorados debates sobre cuestiones como el aborto, la eutanasia, el uso de las biotecnologías, están ligados a profundas opiniones religiosas y morales. Y si la ley prohíbe la poligamia, es porque somos todos hijos de la común tradición judeo-cristiana.
Por eso la neutralidad del Estado no es una cuestión del tipo “todo o nada”. Es más bien una cuestión de grados. En lo tocante a los principios morales, el problema más importante para las democracias no es cómo realizar plenamente la neutralidad del Estado, sino, más bien, cómo hacer frente a las luchas causadas por profundas divergencias morales y religiosas.
Aquí es útil el concepto de respeto. Después de las largas y duras guerras de religión, los europeos adquirimos la costumbre del respeto recíproco. Los debates pueden ser duros, pero la gente tiende a comprender las razones de los desacuerdos. No hay soluciones fáciles para estos desacuerdos, pero el respeto nos permite lograr un razonado, y siempre temporal, compromiso que salve el común modus vivendi. Y lo que el respeto nos lleva a aceptar son esos compromisos jurídicos e institucionales que mantienen la coexistencia pacífica.
Personalmente no veo ninguna razón para creer que los países más fundamentalistas no sean capaces de alcanzar compromisos parecidos que sean compatibles con la democracia. Las sociedades autocráticas pueden sobrevivir en un ambiente estático, pero el mundo de hoy cambia deprisa. La televisión, internet, y los rápidos progresos científicos y tecnológicos producen naturalmente sociedades pluralistas, porque la gente reacciona de manera distinta a las novedades. Esto explica parcialmente por qué los regímenes despóticos duran normalmente poco. Naturalmente, la caída de un régimen despótico puede desembocar en otro régimen despótico. No existe ninguna necesidad histórica de que la democracia substituya al despotismo, pero tampoco existe ninguna imposibilidad histórica para que tras el despotismo llegue la democracia.
4. Las heridas de Europa
y la coexistencia
entre los pueblos
Permítanme terminar hablando de algunos problemas políticos más actuales que considero que pueden ser tratados según el esquema conceptual que he intentado trazar.
La historia de los pueblos europeos y la del pueblo judío y árabe enseñan que ningún determinismo histórico ni teológico prescribe una enemistad recíproca irreductible. Europa no es solamente el gueto donde se consumó la persecución de los judíos. Es también la patria del sionismo, y el lugar donde, muchas veces, se realizó la convivencia entre judíos y musulmanes; en la península ibérica durante la alta Edad Media, pero también en los Balcanes, bajo el dominio musulmán. Las ventajas recíprocas fueron enormes para los dos pueblos, en términos materiales pero también, y más duraderos, culturales.
Las recientes faltas de Europa no deben, sin embargo, pasar en silencio. Europa prestó poca atención a la influencia ejercida por el nazismo, primero, y por el comunismo, después, en algunos países árabes claves. Ha concebido los Estados medioorientales de modo bastante cínico, como si fueran meras entidades geográficas. Después del nacimiento de Israel, se desinteresó por esa tradición de diálogo y contaminación entre pueblos de distintas culturas que durante siglos era parte esencial de su herencia. Hoy Europa corre el mismo peligro con Israel, infravalorando sus preocupaciones y miedos.
Por desgracia, Europa se está olvidando de ser un híbrido del todo especial: es hija de Jerusalén, de Atenas, de Roma, y luego de París, Amsterdam, Cambridge, Florencia, Pisa, Königsber, donde nacieron y trabajaron sus muchos célebres padres. El escepticismo, el relativismo, el postmodernismo, el multiculturalismo, y muchas otras plagas intelectuales semejantes atormentan a Europa, ponen en peligro su identidad y amenazan el papel de protagonista que ha desempeñado durante siglos. Como la naturaleza de Heráclito, hoy a Europa le gusta esconderse.

Una manifestación en Turquía a favor del presidente Erdogan
Todo esto puede y debe ser corregido. Mi tesis es que si Europa vuelve a descubrir las motivaciones de su naturaleza e identidad democrática, las aprecia y las protege, si Israel percibe que Europa, gracias a esto, defiende con fuerza en primer lugar el derecho del pueblo israelí a una existencia segura, entonces ni la historia reciente de los países árabes, ni los trágicos fenómenos del fundamentalismo islámico, ni la religión islámica en cuanto tal, son un obstáculo insuperable para la coexistencia pacífica. Y también terminará la desconfianza que siente Israel hacia Europa.
Para terminar y volver a mis problemas iniciales. Creo que la democracia es un valor universal, y creo también que los regímenes democráticos pueden nacer en cualquier parte de un mundo que cambia rápidamente, aun entre muchas dificultades y de muchos modos distintos. Los filósofos puristas no estarán contentos con los compromisos jurídicos e institucionales que cada uno de estos modos comporta, y, como filósofo, tampoco yo, por muchos aspectos, estoy especialmente contento. Pero soy también un político, aunque temporal. Y por eso creo que lo más importante no es la felicidad intelectual de los filósofos, sino la sabiduría moral de los políticos. Estos pueden luchar por la cooperación entre pueblos de distintas culturas, tradiciones, costumbres, valores. Y, si pueden, entonces lo deben hacer.