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CHINA-SANTA SEDE
Sacado del n. 01 - 2007

El largo camino y los “contratiempos”


La secuencia de las cumbres vaticanas dedicadas a la “cuestión china” en los últimos decenios testimonia la percepción cada vez más nítida de la realidad católica china a la que se ha llegado en los palacios vaticanos. Un enfoque alcanzado empíricamente, del que podrá valerse la anunciada carta papal a los católicos del ex Imperio Celeste


por Gianni Valente


El obispo de Shangai, Aloysius Jin Luxian, impone las manos a Giuseppe Xing Wenzhi durante su ordenación episcopal, que tuvo lugar el 28 de junio de 2005

El obispo de Shangai, Aloysius Jin Luxian, impone las manos a Giuseppe Xing Wenzhi durante su ordenación episcopal, que tuvo lugar el 28 de junio de 2005

En la larga historia de las relaciones entre China e Iglesia católica los cambios importantes a menudo han sido anunciados por hechos y episodios ocurridos en voz baja, sin grandes aspavientos. También la breve nota informativa vaticana que siguió a la reunión sobre la situación de la Iglesia en la China popular, que se desarrolló en el Vaticano del 19 al 20 del pasado mes de enero, colocó sobre la mesa con estudiada nonchalance dos fragmentos que a su modo cierran una época. El descarnado comunicado decía que los participantes en la reunión presidida por el secretario de Estado Tarcisio Bertone –estaba también el cardenal chino Joseph Zen– con especial alegría habían «constatado que hoy la casi totalidad de los obispos y los sacerdotes está en comunión con el Sumo Pontífice», y habían registrado también el sorprendente «crecimiento numérico de la comunidad eclesial». Dos datos de hecho hasta ahora nunca puestos en evidencia en las circunspectas declaraciones vaticanas sobre la catolicidad del ex Imperio Celeste. Dos simples constataciones que por sí solas bastarían para disipar las exageradas cortinas de humo creadas por el perezoso conformismo informativo occidental, según el cual en China hay dos Iglesias, una fiel al Papa y otra sometida al Partido. Reconociendo entre otras cosas que también la época de la tribulación, cuando en China no se podía practicar ningún tipo de sofisticada estrategia misionera y se impedía cualquier tipo de manifestación visible de comunión con el sucesor de Pedro, significó de todos modos un momento de crecimiento silencioso para la Iglesia.
La cumbre vaticana de enero no era la primera de ese tipo, ni será la última. El precedente encuentro de “expertos” y altos funcionarios vaticanos sobre la situación del catolicismo chino había tenido lugar en 2001. Pero desde hace casi treinta años entre reuniones ocasionales y actividades ordinarias de las oficinas el caso China ocupa a la Santa Sede de una manera muy especial. La serie de intervenciones vaticanas sobre la materia puede ser interpretada también como un progresivo “ajuste” de mira, fruto de una percepción cada vez más nítida de la realidad católica china que se ha alcanzado en los palacios vaticanos. Un enfoque conseguido empíricamente, del que podrá valerse la inminente carta papal a los católicos chinos anunciada en la cumbre vaticana de enero, cuyos contenidos han sido ya definidos no por casualidad como «prudentes» por el impetuoso cardenal Zen.

Las “facultades especiales” de los años ochenta
Cuando a finales de los setenta, bajo la guía del “pequeño timonel” Deng Xiaoping, China sale de la pesadilla colectiva de la Revolución cultural, también para los católicos chinos parece abrirse una nueva fase, incierta e imprevisible. Vuelven a abrirse las iglesias y las curias diocesanas. Obispos, curas y fieles salen de los Laogai [campos de reeducación mediante el trabajo, n. de la r.], mientras el gobierno invita a todos a volver a sus antiguos puestos, desempolvando oficialmente la política religiosa fundada sobre las “tres autonomías”, que también había sido borrada durante los años del terror revolucionario: todas las Iglesias y confesiones religiosas presentes en el territorio chino, para hallar legitimidad en el nuevo orden socialista tendrán que volver a organizarse respetando las reglas del autogobierno (eliminando todo tipo de sujeción jerárquica con respecto a centrales y autoridades extranjeras), de la autofinanciación y autopropagación (renunciando a toda dependencia formal de la actividad de misioneros extranjeros). Mientras tanto, también para la Iglesia católica comienza en aquellos años una nueva época. Al trono de Pedro ha llegado precisamente en 1978 el polaco Karol Wojtyla, que en la Cracovia ocupada por los nazis había asistido a los cursos del seminario semiclandestino del arzobispo Sapieha, y que coloca el desmantelamiento de los regímenes comunistas del Este entre las prioridades geopolíticas de su pontificado.
El papa Benedicto XVI con algunos chinos procedentes de Pekín, el 25 de mayo de 2005

El papa Benedicto XVI con algunos chinos procedentes de Pekín, el 25 de mayo de 2005

En los palacios vaticanos los años de la Revolución cultural han provocado un apagón informativo casi total sobre las condiciones de los cristianos de China. Cuando en el ex Imperio Celeste se reanudan las ordenaciones de obispos no autorizadas por la Santa Sede, crece la sospecha de que la renovada línea independentista, impuesta por el régimen, ha abierto una brecha –por infatuación ideológica, oportunismo político o simple miedo– en buena parte del cuerpo eclesial chino.
Pero algunos de los que vuelven de los campos de reeducación optan por emprender caminos distintos. En la provincia del Hebei, tradicional “bastión” del catolicismo chino, muchas comunidades se niegan a salir de la clandestinidad vivida en los tiempos de la Revolución cultural. Consideran que ningún reajuste es ya posible con un régimen que, por bien que vaya, parece querer reducir a la Iglesia a sección religiosa del aparato estatal. En esa situación el obispo de Baoding, Joseph Fan Xueyan, en libertad después de largos años de encarcelamiento, comienza a preparar a jóvenes al sacerdocio y sobre todo, durante 1981, sin recibir ningún mandato de la Sede apostólica, toma la iniciativa de consagrar a tres nuevos obispos, fuera del control de la Asociación patriótica.
El 12 de diciembre de aquel mismo año un despacho de los palacios vaticanos parece otorgar el placet pontificio al camino emprendido por Fan Xueyan. Aquel día el cardenal brasileño Agnelo Rossi, prefecto de la Congregación vaticana para la Evangelización de los Pueblos, envía una carta a monseñor Paolo Giglio, agregado de la nunciatura apostólica en Taiwán, rogándole también que comunique con discreción los contenidos de la misiva vaticana «a los obispos legítimos de la China continental y de ellos, solo a aquellos sobre cuya conducta y fidelidad, a su juicio, no haya nada que objetar». En la carta (registrada en las oficinas de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos con el número de protocolo 5442/81) se notifica que el Papa, para no dejar a la «martirizada cristiandad» de China «más tiempo sin legítimos pastores», y «en la imposibilidad en la que la Santa Sede se halla de actuar directamente», ha decidido autorizar «a los obispos legítimos y fieles a la Santa Sede» a que «tomen las iniciativas que consideren necesarias por el bien espiritual de los católicos», para «toda la Iglesia que vive en la República». Con este fin se conceden a los obispos chinos “facultades especialísimas”, incluida la de «elegir y ordenar a sus [obispos] coadjutores» o a los obispos de las diócesis limítrofes de la suya que hubieran quedado sin legítimos pastores. En caso de dificultad de comunicación o de urgencia, estas ordenaciones podrán tener lugar incluso sin informar previamente a la Santa Sede. La carta recomienda prudencia, discreción y sentido de responsabilidad a la hora de recurrir a las facultades especiales concedidas. Pero el efecto de la misiva sobre los acontecimientos de la Iglesia china será explosivo.
Solo a partir de este “semáforo verde” vaticano se puede hablar correctamente de comienzo y de rápida difusión por todo el territorio chino de una estructura eclesial “clandestina” con aprobación canónica. En los años del sindicato polaco Solidaridad, mientras se advierten las primeras fisuras en los regímenes comunistas del Este europeo, los burócratas de Pekín temen la insurgencia en China de un área eclesial “antagonista”, fuera del control de la política religiosa nacional. Ya en 1982 el Comité Central del Partido Comunista, en el documento oficial dedicado a la cuestión religiosa, invita a «aplastar con dureza» a las comunidades clandestinas que «con la excusa de la religión hacen espionaje destructor». También el obispo Fan volverá pronto a la cárcel. Diez años después, en 1992, tras el enésimo período de detención, la policía entregará en un saco de plástico su cuerpo sin vida a sus familiares.

Una muchacha se confiesa en la Catedral de Beitang, Pekín

Una muchacha se confiesa en la Catedral de Beitang, Pekín

La Iglesia dividida
Pero pronto la Santa Sede será llamada a afrontar otro nuevo fenómeno.
A partir de principios de los ochenta, un número creciente de obispos ordenados ilegítimamente se aprovechan de la reanudación de los contactos con misioneros y sacerdotes extranjeros para hacer llegar a Roma cartas en las que confiesan la plena comunión con el Papa y el deseo de ser reconocidos como obispos legítimos. De este modo, mientras la red clandestina se desarrolla en virtud de su proclamada fidelidad al sucesor de Pedro, los obispos sometidos al control político de la Asociación patriótica experimentan el camino de la sanatio canónica para reafirmar también ellos la comunión con el Papa, escondida por condicionamientos externos, pero nunca renegada en lo íntimo de sus corazones.
En aquellos años,entre las dos áreas de la catolicidad china se agranda una lacerante división. A finales de 1987 comienza a circular un documento de 13 puntos de preguntas y respuestas. El texto se le atribuye al obispo Fan, pero es obra de su controvertido consejero Zhang Dapeng, un ex miembro del Partido Nacionalista, que luego pasará a ser fervoroso militante comunista, que influye en sentido radical en las decisiones de la comunidad católica clandestina que al final comenzó a frecuentar. El documento sostiene entre otras cosas que los católicos no pueden recibir los sacramentos o participar en las misas de los curas registrados en la Asociación patriótica. «Si lo hacen cometen pecado. Si se confiesan con sus curas no solo no podrán obtener el perdón, sino que habrán cometido otro pecado».
Frente a una realidad en continuo movimiento, sobre la que aún no se posee suficiente información, los dicasterios vaticanos advierten la dificultad de calibrar decisiones y ofrecer líneas maestras que tengan en cuenta todos los factores en juego. Nacen disposiciones y sugerencias aparentemente no homogéneas.
A partir de 1983 la Congregación para la Doctrina de la Fe somete a estudio profundo las ordenaciones episcopales ilegítimas de los obispos chinos, llegando en 1985 a confirmar la plena validez (cfr. 30Días, n. 5, mayo de 2004, págs. 8-15) y la consiguiente autenticidad de los sacramentos administrados por ellos.
Pese a ello, algunos años después, instrucciones procedentes de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos atestiguan una permanente desconfianza de base hacia toda el área eclesial sometida a los organismos gubernamentales. En 1988 Juan Pablo II aprueba 8 puntos que serán conocidos como los “ocho puntos Tomko”, por el nombre del cardenal eslovaco que en aquel tiempo estaba al frente del dicasterio vaticano para las misiones. En el punto 4 se afirma que la validez de los sacramentos administrados por sacerdotes ordenados por obispos ilegítimos es solo “presunta”. Para recibir los sacramentos, los católicos deberán «buscar sacerdotes fieles, es decir, en comunión con el Papa. Sin embargo, por exigencias de su bien espiritual, podrán recurrir también a los otros sacerdotes». En el punto 5 se afirma que hay que evitar «toda communicatio in sacris con obispos y eclesiásticos pertenecientes a la Asociación Patriótica. Por consiguiente, con motivo de visitas fueras de la China continental, estos no podrán ser invitados o admitidos a celebrar acciones litúrgicas en iglesias o instituciones católicas. Los mismos principios deberá seguir el comportamiento de obispos y eclesiásticos que visiten la China continental».
Mientras tanto, tampoco las iniciativas emprendidas por algunos líderes de las comunidades clandestinas son bien recibidas inmediatamente en el Vaticano. En febrero de 1989 algunos obispos clandestinos escriben a Roma manifestando su intención de crear una Conferencia Episcopal “normal”. El siguiente mes de septiembre, el cardenal Tomko envía una carta a monseñor Adriano Bernardini, agregado de la nunciatura vaticana en Taiwán, pidiéndole que les haga llegar su contenido a los obispos clandestinos promotores de la iniciativa. En el fragmento clave de esta se afirma que la Congregación de Propaganda Fide, «aun comprendiendo las justas razones que han llevado a los interesados a formular las propuestas antes mencionadas, considera que por ahora no es oportuno que se realicen». Pese al non placet vaticano, el 21 de noviembre de 1989 una veintena de responsables de comunidades clandestinas se reúnen en un pequeño pueblo de Shaanxi y fundan la Conferencia Episcopal de los católicos chinos. Durante los meses siguientes, la mayoría de los participantes en la reunión sufrirán breves períodos de detención. De la Santa Sede no llegará ninguna desaprobación pública, aunque tampoco ningún reconocimiento formal a la Conferencia episcopal.

La reunión de 1993
La primera mitad de los años noventa representa un punto decisivo en el proceso de gradual comprensión de la situación real de la Iglesia china. Se sigue asistiendo con aprensión a las campañas de represión periódicas que afectan a las comunidades “clandestinas”. Pero también se toma conciencia de que a veces sacerdotes y obispos “clandestinos” van por los campos y las ciudades, ordenando a otros obispos sin control, y empeñándose en proclamar la “no validez” de liturgias y sacramentos celebrados en las iglesias “abiertas”. Precisamente mientras para millones de católicos, pasada la persecución, se hace más fácil rezar, ir a misa y acercarse a los sacramentos, estos rigorismos ideológicos de tipo donatista hacen que crezcan dudas sobre la gracia sacramental que actúa a través de esos medios de salvación. Los enfrentamientos entre cristianos pueden hacer perder de vista que la salus animarum es la suprema ley de la presencia de la Iglesia en el mundo.
Un sacerdote celebra la santa misa de Pascua en la iglesia de Santa Teresa, Shangai

Un sacerdote celebra la santa misa de Pascua en la iglesia de Santa Teresa, Shangai

En los mismos años, para los responsables más atentos que siguen para el Vaticano la “cuestión china”, está cada vez más clara la fidelidad al depositum fidei de la inmensa mayoría de obispos, curas y seminaristas que actúan en las estructuras eclesiales renacidas a la sombra del control gubernamental. Con la excepción de algunos casos individuales, parece evidente que nadie desea realmente una Iglesia nacional “autárquica”. Mientras, también en el llamado Colegio de obispos reconocido por el gobierno crece el número de los “legitimados”, en plena comunión canónica con Roma, cuyo representante más autorizado es el obispo de Xian, Antonio Li Duan.
Frente a esta lenta aunque clara evolución, los sectores más conservadores del aparato burocrático chino tratan de tomar medidas. En septiembre de 1992, durante la quinta Conferencia Nacional de Representantes Católicos chinos (organismo no eclesial, fácilmente “manipulable”, en el que los obispos están en minoría), se aprueban en la clausura de las sesiones los nuevos estatutos del Colegio Episcopal. En ellos, por primera vez en un documento firmado por los obispos, se citan también los famosos «principios de independencia y autogobierno que se adaptan a la situación china». Además, algunas expresiones parecen indicar la sumisión del Colegio de obispos a la Conferencia Nacional de Representantes Católicos. También las reglas confirmadas para el nombramiento y elección “democrática” de los obispos garantizan a los organismos patrióticos amplias facultades de control. En el rito de ordenación, el mandato apostólico pontificio sigue estando sustituido por el consenso del Colegio Episcopal chino.
En el Vaticano, en esos meses, la pregunta es si es conveniente seguir por el camino emprendido de aceptar las peticiones de legitimación canónica procedentes de los obispos ordenados según los procedimientos “democráticos” impuestos por el gobierno. Aflora la hipótesis de pasar a una línea más dura, llamando a los obispos a declarar su fidelidad al Papa y a romper la sumisión a la Asociación Patriótica, por ejemplo dimitiendo del Colegio Episcopal “patriótico”. Sobre todo es el cardenal Tomko el más alarmado por la «plena alineación de los católicos y de la Iglesia con la política del Partido», como escribirá en una carta del 3 de abril de 1993 a monseñor Fernando Filoni, hoy nuncio en Filipinas y en aquel tiempo encargado del centro de estudios de la Santa Sede en Hong Kong (una especie de “nunciatura oficiosa” que el Vaticano sigue manteniendo en la ex colonia británica, al frente de la cual está hoy monseñor Eugène Nugent).
En una reunión convocada el 26 de septiembre de 1993, los responsables vaticanos de la Secretaría de Estado y de Propaganda Fide que se ocupan de asuntos chinos afrontan todas las cuestiones controvertidas que se van acumulando sobre la marcha. De la cumbre vaticana saldrán instrucciones concretas tanto para las comunidades “clandestinas” como para las “abiertas”. Se establece que, en adelante, toda elección episcopal, para ser considerada legítima, habrá de recibir el permiso previo de la Sede apostólica. Las facultades especiales concedidas en 1981, que habían llevado al desarrollo de la red episcopal clandestina, no se revocan, pero en la práctica quedan suspendidas (de hecho, desde la segunda mitad de los noventa, de Roma no llegan más nihil obstat a la celebración de ordenaciones “clandestinas”). En cambio los obispos que aceptan ser ordenados según los procedimientos pilotados por la Asociación Patriótica, «dada la mayor facilidad de comunicaciones actualmente existentes», antes de la ordenación tendrán ellos también que pedir y conseguir la aprobación previa de la Santa Sede; tendrán que tratar de tener como consagrantes a obispos legítimos, ya que «la participación activa de obispos ilegítimos tendrá como resultado dificultar la acogida de la petición de regularización posterior». Además, «cuando y como los interesados consideren oportuno y posible», tendrán que hacer «de dominio público el acuerdo de la Santa Sede, en el caso de ordenaciones episcopales ilegítimas, y la regularización de la situación del interesado, en el caso de legitimación de obispos ilegítimos». Los obispos reconocidos por el gobierno son también exhortados a defender con más valor «los derechos de la Iglesia y la comunión con el Romano Pontífice». En efecto, en la siguiente Asamblea de Representantes Católicos de enero de 1998, los obispos reivindicarán con más vehemencia la guía efectiva de la unión eclesial.

En la cumbre vaticana de 1993 se establece que, en adelante, toda elección episcopal, para ser considerada legítima, habrá de recibir el permiso previo de la Sede apostólica. Las facultades especiales concedidas en 1981, que habían llevado al desarrollo de la red episcopal clandestina, quedan suspendidas de hecho
Saliendo de la Gran Muralla
En aquellos años llega una aportación decisiva a la superación de las desconfianzas y sospechas de los seminaristas y sacerdotes chinos educados en los seminarios “oficiales” que cada vez más numerosos salen de China para completar su formación en las instituciones académicas católicas de otros países, incluidas las universidades pontificias de la Ciudad Eterna. Pero también la actitud para con ellos registra un proceso de progresiva “familiarización”. Al princpio, con el objetivo de no dejar espacio a equívocos y desconfianzas, la Congregación de Propaganda Fide guiada por el propio Tomko establece que todos los sacerdotes chinos procedentes de diócesis cuyo obispo sea ilegítimo, si quieren tener plena communicatio in sacris con sus colegas extranjeros, tendrán que firmar una profesión de fe. Pero la disposición despierta perplejidad entre los eclesiásticos de la Secretaría de Estado que se ocupan de asuntos chinos. En diciembre de 1993, con la misma prudente sinceridad que más tarde le caracterizará como nuncio en la martirizada situación iraquí, el “factotum” vaticano en Hong Kong, Fernando Filoni, escribe al cardenal Tomko criticando la oportunidad de esa decisión, «no solo por las consecuencias que puedan tener en el clero chino, sino también porque creo que sustancialmente los sacerdotes que son ordenados hoy en China profesan la misma fe que la Iglesia católica». Algunos meses después, en marzo de 1994, en otra carta a Tomko, Filoni insiste en la petición de «suavizar» la norma que prohíbe la plena comunión sacramental con sacerdotes y obispos registrados en la Asociación Patriótica. «La fe en China», escribe, «es la misma de la Iglesia universal, aunque actualmente su manifestación tenga grados distintos de expresarse, y no caben dudas sobre la validez de sus sacramentos». Además, «en el esfuerzo por reconstruir step by step las relaciones entre la Iglesia china y la universal, hay que realizar gestos de acogida más que de separación». Dos años después, en enero de 1995, a los emocionados sacerdotes chinos que habían llegado con “supervisores” gubernamentales a Manila para ver al Papa y participar en la Jornada mundial de la juventud, los dicasterios vaticanos no encontraron otra cosa para comunicar que la burocrática exigencia de “demostrar” su plena fe católica rezando en público la fórmula professionis fidei, si quieren concelebrar con el Santo Padre (luego, en aquella circunstancia, todo se resolverá más sobriamente con un Credo rezado junto a otros religiosos).

Silenciosas convergencias
Tras el año 2000, la flexible disponibilidad vaticana para actuar teniendo en cuenta las situaciones reales abrió el camino a soluciones provisionales cada vez más satisfactorias para el problema neurálgico de la ordenación de obispos. Desde 2004 se va ampliando la lista de jóvenes obispos chinos reconocidos por el gobierno tras ser nombrados notoriamente por el papa y al mismo tiempo “elegidos” respetando formalmente las reglas impuestas por los organismos filogubernamentales que controlan la Iglesia. El último nombramiento “tácitamente acordado” de este tipo, el de Gan Junqiu, de 42 años, como futuro obispo de la importante diócesis de Guangzhou, fue anunciado públicamente por los altos cargos de la Asociación Patriótica el pasado 18 de enero, poco antes del anuncio vaticano. Considerados teniendo en cuenta la larga y difícil historia de las relaciones entre la Iglesia china, el gobierno de Pekín y la Santa Sede, los últimos nombramientos episcopales hechos sin mandato apostólico (definidos «contratiempos» por el propio Secretario de Estado Tarcisio Bertone) podrían representar realmente los últimos coletazos de un pasado que no quiere pasar.


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