Hacia las relaciones diplomáticas
Una Iglesia llena de vida en un país comunista
El “viceministro” de Exteriores vaticano cuenta la reciente visita de la delegación de la Santa Sede al país de Ho Chi Minh. Allí el diálogo paciente entre la diplomacia vaticana y el gobierno ha ayudado a dar con soluciones para las cuestiones más controvertidas, como el nombramiento de obispos
por Pietro Parolin

La delegación durante el encuentro con el Comité para Asuntos Religiosos
Encontramos la misma acogida cordial que en 2004, con la ventaja de que esta vez ya conocíamos a muchos de nuestros interlocutores, con los que, por consiguiente, tratamos de reforzar los vínculos de respeto, estima y confianza tan apreciados por la sociedad vietnamita y que hacen más factible el diálogo, sobre todo en las cuestiones espinosas. Nuestra visita se realizaba después de que el pasado enero viniera al Vaticano el primer ministro Nguyên Tân Dung, que en aquella ocasión se reunió con el papa Benedicto XVI y los superiores de la Secretaría de Estado. Quizá precisamente esta circunstancia contribuyó a que el recibimiento que tuvimos fuera aún más atento y constructivo. Lo notamos por varios detalles, por el modo en que nos trataron, hasta la atención de los medios de comunicación a nuestra presencia.
El apretado programa de coloquios con las autoridades vietnamitas tuvo su momento crucial en las tres sesiones de trabajo con el Comité para Asuntos Religiosos, presidido ad interim por Nguyên The Doanh. Luego las visitas de cortesía al primer viceministro de Asuntos Exteriores, Le Cong Phung, al vicepresidente de la Comisión para Asuntos Exteriores del Comité Central del Partido Comunista de Vietnam, Pham Xuan Son, y al presidente del Comité para Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional, Vu Mao. Durante las visitas a las provincias de Binh Dinh, Kontum y Gia Lai nos reunimos también con los presidentes de los Comités Populares locales (los organismos que gobiernan las provincias en las que está dividida el país). En las reuniones de trabajo se afrontaron cuestiones relacionadas con la vida y la actividad de la Iglesia católica en Vietnam (como, por ejemplo, los nombramientos de los obispos y la construcción o reconstrucción de lugares de culto) y las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Es sabido que la política religiosa del gobierno vietnamita está contenida en la Ordenanza sobre creencias y religiones del 18 de junio de 2004, y gira alrededor de dos principios según los cuales los creyentes –y por ello también los católicos– forman parte integrante de la nación y el Estado se compromete a responder a sus legítimas exigencias. La delegación recibió información sobre esta ley y sobre la necesidad de asegurar su aplicación de manera cada vez más uniforme en todo el país, como también sobre la disponibilidad para mejorarla en lo que fuera necesario, teniendo en cuenta las sugerencias de las comunidades religiosas que nacen de la experiencia, para que la libertad religiosa, que es un derecho fundamental de los individuos y de las comunidades, pueda respetarse cada vez más y concretizarse en la realidad. Objeto de los coloquios fueron también las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y Vietnam. Si bien por el momento no se establecieron plazos, creo que se dio un notable paso: por parte vietnamita se nos dijo que el primer ministro ha dado instrucciones a los organismos competentes para examinar la cuestión y se nos propuso crear en los próximos meses un grupo de expertos encargados de estudiar cuándo y cómo comenzar el proceso de establecimiento de relaciones diplomáticas.

Fieles a la salida de la misa dominical de una iglesia de Hanoi
Es difícil expresar las emociones, los sentimientos, el reconocimiento al Señor, el gozo espiritual que se sienten en situaciones parecidas. En los encuentros públicos yo repetía siempre que lo que estábamos recibiendo era mucho más de lo que habíamos llevado. En el informe que entregamos al final del viaje al Santo Padre, registraba yo la dificultad de contar aquella realidad por escrito, y también por ello expresé mi deseo de que llegue pronto el día en el que el Papa mismo pueda experimentarlo en persona. Experiencias parecidas vivimos en la diócesis de Kontum, una circunscripción eclesiástica situada en los altiplanos centrales y habitada en su mayoría por las etnias minoritarias de los montagnards. La eucaristía, concelebrada por la delegación con el obispo Michel Hoâng Dúc Oanh y muchos sacerdotes, reunió en la plaza de la Catedral a más de cinco mil fieles, en una noche climáticamente templada, aunque “caliente” por la fe, devoción, amor al Papa, de testimonio cristiano. La mañana siguiente celebramos la santa misa en la iglesia de Pleichuet, construida según el modelo de una casa común de los montagnards, con el techo de paja, altísimo. La gran parte de los feligreses son neófitos. Se veía en sus ojos el gozo de la fe y de la pertenencia a la Iglesia católica, que expresaban con sus trajes tradicionales llenos de color, el sonido de sus instrumentos, los movimientos de danza que acompañaban los distintos momentos litúrgicos. Al acabar, continuamos el encuentro en un clima de fiesta, probando las comidas típicas de los montagnards y no nos negamos, aunque era por la mañana temprano, a saborear el licor de alta graduación alcohólica que destilan del arroz. El resto de la mañana transcurrió visitando varias instituciones de la Iglesia, en Pleiku, escuelas primarias, internados, centros para minusválidos, etc., que expresan la atención y el trabajo de la Iglesia católica por estas poblaciones que han tenido y tienen que afrontar todavía dificultades de muchos tipos y situaciones de desventaja.

La visita de la delegación vaticana a la diócesis de Quy Nhon
En todas estas ocasiones siempre me impresionó profundamente la manera de rezar de las personas, recatada, atenta y devota y, al mismo tiempo, muy participativa comunitariamente: niños y adultos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres cantan y responden juntos. Me impresionaron el amor, el apego y la fidelidad al obispo de Roma, sentimientos de los que recibimos pruebas continuas. Es una Iglesia valiente, dinámica, llena de vitalidad, de la que son señales, entre otras cosas, los numerosísimos candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa. Es una Iglesia que trabaja a favor de la sociedad y cuida de quienes están necesitados, mientras que desea poderle dedicar más compromiso al ámbito educativo y social, para ofrecer una aportación cada vez más cualificada y eficaz al país y a todos sus habitantes, prescindiendo de que sean creyentes o no, o que pertenezcan a uno u otro grupo religioso. Es una Iglesia, en fin, que toma conciencia de los problemas ligados a la rápida industrialización del país y al tumultuoso desarrollo económico (Vietnam, con un índice de crecimiento del 8,4 por ciento previsto para 2007, se sitúa en el segundo lugar en el ránking de los países que se desarrollan con mayor rapidez) y que quiere prepararse para responder a esta nueva situación, para seguir siendo sal y levadura e iluminar a todos con el gozoso anuncio del Evangelio.