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Sacado del n. 03 - 2007

Un enamorado de la verdad que procede de Dios al servicio de la Iglesia



por el cardenal Alfonso López Trujillo



Los ochenta años del Papa, vividos bajo la mirada amorosa de Dios, hacen pensar en la corriente de un río, con distintas y sucesivas llamadas en el kairós, el tiempo providencial de Dios.
Leyendo los rasgos de su vida, que él mismo ha contado y sobre los cuales ha reflexionado con sencillez y espontaneidad, pese a los distintos momentos y circunstancias difíciles, se comprende que su existencia y su fe han sido un gran don de Dios a su familia.
Las llamadas sucesivas, en el diálogo con el Señor, son como etapas y recorridos distintos y complementarios que adquieren nuevo significado en su actual misión de sucesor de Pedro.
Su época de muchacho y su juventud desembocaron en la vocación cristiana con la llamada al sacerdocio, en el generoso y convencido servicio al Señor. En aquel tiempo de oración y estudio surgió el apasionado amor por la verdad como sacerdote y teólogo, en una compacta integración. El creyente y el sacerdote, con grandísimas dotes de profesor y pensador, se unen en una armoniosa realidad. Sus numerosos libros son como un gran camino abierto para las muchas personas que han sacado provecho de ellos, por su profundidad y claridad. No se trata de un frío ejercicio académico, sino de una invitación a zambullirse en la verdad, mediante la cercanía del sacerdote y luego del obispo. Sus escritos no se leen sin una íntima persuasión: el deseo de estar cada vez más convencidos, de ser más cristianos, con un carisma parecido al de Romano Guardini, es decir, hacer accesibles y menos complejos temas no fáciles. Ya es común hablar de hacer teología de rodillas, rezando. Y en esto el cardenal Ratzinger siempre ha sido un maestro de extraordinario valor.
Recuerdo que durante el viaje apostólico de Juan Pablo II a Colombia, con motivo del cual tuve el honor de formar parte del séquito, el siervo de Dios aprovechaba el viaje en avión y en helicóptero para leer un libro de su gran colaborador. Durante muchos años esta fue una impresionante empatía, que sin duda favorecía un diálogo fecundo en la Iglesia.
Quisiera detenerme en los primeros dos años del pontificado de Benedicto XVI, en la misión que aceptó pese a que sus planes eran volver al estudio orante, tras poner a disposición sus múltiples talentos como prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. El Catecismo de la Iglesia católica sería suficiente para demostrar lo grande que fue su entrega.
Muchos serían los aspectos que considerar, pero me detendré solo en uno.
Ya al comienzo de su misión como Pastor universal, Benedicto XVI había dicho que no tenía un programa especial, como suelen prometer los políticos, los gobernantes, etc. Ser sucesor de Pedro, principio visible de comunión, al frente de la Iglesia, es el centro mismo de su servicio, que desarrolla serenamente, firmemente, con las energías y el valor que vienen de Dios. Es un testigo de la verdad, que siembra fielmente con gran esperanza. Es esta la experiencia mayoritaria de mucha gente que, pese a los desafíos de hoy, siente en sus intervenciones y en sus distintos mensajes la clara transmisión de la fe. Esta le empuja, con la profundidad del teólogo, al servicio de un magisterio que da nuevas energías evangelizadoras a la Iglesia, liberándola de las tentaciones del secularismo deshumanizador alejado de Dios. Asombra este servicio suyo, en armoniosa continuidad con sus predecesores, pero con un sello creativo personal, sobre todo con respecto a la familia y a la vida, que son como una proclamación del Evangelio y estupor por su belleza, en su necesaria defensa por amor de la humanidad, su bien en el tiempo, en la historia y también escatológico. Pidamos al Señor que nos conserve durante mucho tiempo a este Pontífice que nos ofrece el pan de la Eucaristía y de la fe con la claridad y la sabiduría de un catequista.
La Políglota Vaticana va a editar un libro preparado por el Consejo Pontificio para la Familia sobre el magisterio relativo al Evangelio de la familia y de la vida en estos dos primeros años del fecundo pontificado del Santo Padre. Todo con “parresia”, valor, decisión evangélica.
Benedicto XVI administra el bautismo a un niño

Benedicto XVI administra el bautismo a un niño

Se equivocan quienes piensan que sus enseñanzas son una opinión, sujeta a distintas y a veces curiosas interpretaciones, y que pueden convertirse en un parecer que se puede aceptar o no. Varias veces el Pontífice ha repetido que hay valores que no se pueden negociar, especialmente en lo que respecta a la familia y la vida, y no solo para los creyentes, sino también para todos aquellos que, mediante la razón, tienen acceso a la verdad sobre el hombre, una verdad que la fe profundiza dando motivos de certeza y esperanza. No existen varios magisterios de la Iglesia y lo que el Papa proclama con amor de pastor es el camino seguro, que no hay que relativizar. Es un hecho que se constata en todas sus intervenciones, que pronuncia movido por el Espíritu y que no son ninguna injerencia indebida en el mundo político.
El corazón del Papa, como servidor, siempre ha estado abierto a Dios, del que procede la certeza de la fe. El Pontífice está también atento al diálogo con el mundo, con las distintas religiones, con respecto y fidelidad a lo que exige la identidad cristiana. Ha estimulado el ardiente deseo de un verdadero ecumenismo. En la Iglesia de Jesucristo existe la riqueza de la comunión entre los pastores, que reconocen y admiran al Papa como roca de la fe, en su plena entrega a la grey que se le ha confiado, a la que guía con amor. Creo que esta es la esencia del servicio petrino (cfr. Lc 22, 32). Él ha recibido con gratitud, por ejemplo, las proposiciones del Sínodo, en la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, que subraya el papel central de la familia, fundada en el matrimonio, comunidad de vida y amor, santuario de la vida, con decisión, firmeza e incluso dulzura, aspectos que proceden de una profunda antropología humana y cristiana. Los fragmentos dedicados a una coherencia eucarística precisa que exige la grave responsabilidad social, sobre todo de políticos y legisladores sobre los valores fundamentales, son un verdadero servicio a ellos y a la sociedad.


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