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Sacado del n. 03 - 2007

Papa Ratzinger: mente y corazón



por el cardenal Jozef Tomko



Mucha agua ha pasado bajo los puentes del Tíber desde que en 1969 conocí al joven profesor Joseph Ratzinger durante la primera reunión de la Comisión teológica internacional cuyo aspecto técnico me tocó organizar. Entre los treinta miembros había nombres de gran prestigio: el obispo Carlo Colombo, el vivaz padre Yves Congar, el humilde padre Henri de Lubac, el ruidoso (por la debilidad de su oído) padre Karl Rahner, el taciturno Hans Urs von Balthasar, por citar sólo algunos. Joseph Ratzinger era uno de los más jóvenes, se le vía a menudo en compañía del famoso exégeta Rudolf Schnackenburg. La atmósfera general postconciliar era aún bastante acalorada, pero los debates en la Comisión fueron respetuosos, aunque a veces muy vivos. Ratzinger intervenía poco y manifestaba con claridad su temperamento discreto, amable y sobrio, con una cordialidad comedida pero sincera. De todos modos, su prestigio teológico y humano crecía.
Pablo VI le nombró en 1977 arzobispo de la capital de Baviera y cardenal; Juan Pablo II lo designó, en 1980, como relator general de la importante asamblea sinodal sobre el matrimonio y la familia. Puede decirse que esta fue su primera aparición, prolongada durante un mes de cooperación colegial, ante la mirada de los pastores procedentes de todo el mundo. La profundidad de la doctrina, el respeto de las opiniones unido a la claridad meridiana y sensibilidad pastoral, le proporcionaron muchos consensos en el episcopado mundial y su nombramiento en 1981 como prefecto de la Congregación para la doctrina de fe, cargo en el que sucedió al cardenal Franjo Seper, quizá le sorprendió más a él que al episcopado.
Aquí comenzó la metamorfosis, por supuesto no la del cardenal Ratzinger sino la de su imagen en los medios de comunicación. Cierta prensa le aplicó sus propias categorías y clichés ya elaborados para el antiguo Santo Oficio, y lo convirtió en un “gran inquisidor”, sin corazón, rígido y duro, con adjetivos que la prensa de hoy se avergüenza tolerar. Una imagen deliberadamente falsificada por algunas partes tanto desde el punto de vista de la doctrina como del de la humanidad. Quienes lo conocían de cerca, podían sólo asombrarse de tanta acritud y admirar su fuerza de ánimo y serenidad. Recuerdo sus profundas reflexiones extemporáneas en un coloquio sobre la virtud de la fortaleza. Fue su respuesta silenciosa y digna a los injustos y rastreros ataques. En nuestras reuniones de la Congregación, que –mira por dónde– conserva el método de trabajo colegial, y en los contactos personales hemos conocido a otro Ratzinger. Los puntos escritos con esmero en su cuaderno, con los cuales examinaba detenidamente el tema que debíamos discutir, eran la escuela no sólo de alta teología, sino también de razonable moderación del tono. Cuando se trataba de afrontar las opiniones de un autor, el prefecto estaba siempre dispuesto a proponer el diálogo con ese teólogo. Su actitud hacia el personal e incluso hacia la gente que encontraba cuando sencillamente, con la boina en la cabeza y la cartera en la mano, cruzaba la plaza de San Pedro para ir de la oficina a su casa, manifestaba el corazón humano.
Corazón sensible y corazón de pastor. Quienes escuchaban su cálida homilía por el 25 aniversario de su ordenación episcopal en la iglesia de Santa María de Trastévere, presentes algunos compatriotas bávaros vestidos con su traje regional, y los discursos espirituales pronunciados en otras ocasiones, podía intuir la profunda espiritualidad sacerdotal del cardenal. Las grandes masas la conocieron sobre todo durante los funerales del inolvidable Juan Pablo II. Por lo demás, el tacto y la sabiduría con las que dirigió las reuniones del Colegio cardenalicio, presentes todos sus miembros, durante los novendialia, lo hicieron conocer de cerca y apreciar también a los purpurados que venían de lejos.
Benedicto XVI durante el rezo del Ángelus dominical

Benedicto XVI durante el rezo del Ángelus dominical

Durante estos memorables acontecimientos la imagen pública del cardenal Ratzinger cambiaba y se hacía cada vez más verdadera. Era él, con toda su humanidad y fe, quien se presentó con los brazos abiertos la tarde después de su elección en el balcón de la Basílica de San Pedro a la muchedumbre reunida en la plaza. Y seguía siendo él, sólo él, el que pude escuchar en el discurso pronunciado en un elegante latín la mañana siguiente en la Capilla Sixtina, ahora abierta. Sin serlo declaradamente, era en el fondo un discurso programático: después de citar la herencia de Juan Pablo II, habló de su firme confianza en la ayuda divina, de la voluntad de seguir el Concilio Vaticano II como brújula, en el espíritu de colegialidad episcopal, centrada en la Eucaristía y en el Resucitado; luego siguió la invitación a los sacerdotes, el compromiso por el ecumenismo y el diálogo, por la familia humana y el desarrollo social, y el llamamiento a los jóvenes.
Los dos años de fecundo pontificado están a la vista de todo el mundo: el viaje a Polonia, la Jornada mundial de la juventud, los discursos en Baviera, incluido el de Ratisbona, Turquía como viaje del ecumenismo y del diálogo interreligioso, el gran discurso a la Iglesia italiana en Verona, por mencionar sólo algunos gestos. La gente corre a escuchar a Benedicto XVI porque todas sus homilías y discursos son un alimento para el espíritu y la inteligencia. Incluso la breve reflexión de los domingos a la hora del Ángelus desde la ventana del Palacio Apostólico, que se ha convertido en una cátedra, reúne a una multitud de fieles, italianos y extranjeros. Me decía un joven: «Le escucho con agrado porque habla profundamente, y, sin embargo, le entiendo». El mundo ha descubierto en Benedicto XVI no sólo la lúcida racionalidad del profesor y teólogo, sino también y sobre todo el corazón de pastor, servus servorum Dei, con su delicada sonrisa y los brazos abiertos.
Creo que la mejor felicitación para el 80 cumpleaños de Benedicto XVI es la clásica, litúrgica: «Dominus conservet eum!».


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