Las expectativas del pueblo cristiano no han quedado defraudadas
por el cardenal Salvatore De Giorgi

Como sacerdote conocí al profesor Ratzinger por sus muchas e iluminadoras publicaciones de altísimo teólogo. Como obispo, le conocí directamente habiéndolo tenido como huésped de excepción cuando él era prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe tanto en Foggia, en 1985, como en Palermo, en 2000. Era enorme el entusiasmo de los fieles que abarrotaban ambas catedrales por la capacidad del ilustre purpurado de expresar conceptos elevados y profundos en un lenguaje accesible para todos. Asombró especialmente la sencillez evangélica del cardenal, señal evidente de su grandeza.
Permítaseme un recuerdo que tiene que ver con mi madre: estaba todavía viva cuando el cardenal Ratzinger vino a Foggia. Por la noche, mientras mis dos hermanas preparaban la cena, su eminencia prefirió quedarse con mi anciana madre por el corredor del Palacio episcopal diciéndole: «Recemos el rosario».
El recuerdo de la visita palermitana tuvo que seguir vivo en el cardenal porque me lo recordó cada vez que nos vimos después. Incluso durante el cónclave, cuando dio la casualidad de que en la comida del primer día estuve en la misma mesa que él.
Las congregaciones generales que precedieron al cónclave habían dado a todos los cardenales la oportunidad de apreciar la excepcional capacidad de moderador del decano del Sacro Colegio, su transparente piedad, su altísima competencia doctrinal, su disponibilidad al diálogo, su fina amabilidad de trato, la atención en la escucha, la cordialidad de su amistad fraternal, la firmeza en las decisiones tomadas juntos y el humorismo de intelectual refinado. Esto explica bastante bien la brevedad del cónclave.
En la misa por la elección del romano pontífice le pedimos al Padre que donara a su Iglesia un pastor según su corazón, grato a él por la santidad de su vida, dispuesto a iluminar a su pueblo con la verdad del Evangelio y a edificarlo con el testimonio de la vida.
Como escribía a los fieles palermitanos antes de la elección, deseábamos un papa que fuera un hombre de oración, animado por un sincero anhelo de santidad, un maestro de la fe, fundada en Jesucristo, único y universal salvador de los hombres, basada en un profundo conocimiento teológico y animado por un vivo espíritu de contemplación. Deseábamos un pastor atento a los problemas de la Iglesia y a los desafíos de la historia, experimentado tanto en la acción pastoral más directa en medio del pueblo, como en los organismos colegiales de la Curia romana; un pontífice imagen viva de la misericordia del Padre, de la donación del Hijo, de la fortaleza del Espíritu Santo.
Con la elección del cardenal Joseph Ratzinger fuimos escuchados. Su profunda piedad, su ilimitado amor a Cristo salvador, la vastedad de su cultura, sobre todo teológica, adquirida en el largo servicio de docente en prestigiosos centros académicos, la experiencia pastoral en la ardua archidiócesis de Múnich, el servicio de colaboración prestado durante más de veinticinco años al siervo de Dios, el papa Juan Pablo II, en el dicasterio más delicado e importante de la Santa Sede con la tarea de «promover y tutelar la doctrina sobre la fe y las costumbres en todo el orbe católico» con fortaleza y dulzura evangélicas, son los rasgos sobresalientes del nuevo Papa, que está entrando cada día más en el corazón de los fieles.
Incluso los no creyentes perciben la fascinación cultural y el prestigio moral de Benedicto XVI, que no se cansa de defender y proponer la verdad del Evangelio en todo su rigor y todo su vigor, sobre todo la que se refiere a la dignidad de la persona, la intangibilidad de la vida humana y la autenticidad de la familia fundada en el matrimonio, empujado únicamente por la doble e indisociable fidelidad a Dios y al hombre. Por otra parte, la fidelidad ya estaba inscrita en su lema episcopal: «Colaboradores de la verdad».
En la homilía de la misa pro eligendo Romano Pontifice que presidió como decano del Sacro Colegio, no pasó inobservada la exhortación a la fe clara, adulta, madura, es decir, una fe que «no sigue las olas de la moda y la última novedad», que no se deja deja llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina «en la lógica inconstante del relativismo que deja como última medida solo el propio yo y sus antojos», sino una fe profunda arraigada en la amistad con Cristo, «la medida del verdadero humanismo», que hace de la verdad en la caridad la fórmula fundamental de la existencia cristiana.
Personalmente viví la singular experiencia del cónclave, que podríamos definir como el “nacimiento” de un nuevo papa, en el clima de misterio que lo caracterizó. Me pareció como si la Iglesia, bajo la acción del Espíritu Santo y a través de la colaboración de los cardenales electores, desde su seno estaba a punto de dar a la luz al elegido del Padre para Vicario de su Hijo y Pastor de la Iglesia universal.

Benedicto XVI recibe el palio durante la misa de inicio de su ministerio, el 24 de abril de 2005
Ante él, vestido de blanco, como todos los demás cardenales, me arrodillé para expresar, besando el santo anillo, el respeto y la obediencia al nuevo Vicario de Cristo: me surgía espontáneo decirle, con doble sentido, en la fe: «Bendito el que viene en nombre del Señor». Pero no tuve tiempo de decírselo, porque con un gesto de ternura paternal quiso abrazarme, diciendo: «Aquí está Palermo, aquí está Sicilia». Como debida respuesta me tocó a mí después de la cena, por invitación del cardenal camarlengo, entonar por primer vez: «Oremus pro pontifice nostro Benedicto».
Dos años de pontificado han demostrado ampliamente que las expectativas del pueblo cristiano no solo no han quedado defraudadas, sino que desde el magisterio rico en luz y el ministerio fecundo de gracia de Benedicto XVI se abren hacia nuevos horizontes de esperanza no sólo para la Iglesia, sino para toda la humanidad.
Las felicitaciones más hermosas que con motivo de su ochenta cumpleaños quisiera expresarle a nuestro gran Pastor son las de la Iglesia expresadas en ese canto secular y siempre actual: «Dominus conservet eum et vivificet eum et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius».