«Yo, pero ya no yo »
por el cardenal Angelo Scola

De este modo, con rotunda sencillez, el papa Benedicto XVI dio voz al interrogante sobre su verdadera fisonomía que de manera más o menos explícita circulaba entre muchos tras su elección como sucesor de Pedro. Y lo hizo –es hermoso recordarlo- durante un diálogo con el corazón en la mano con los jóvenes de su diócesis, Roma, con motivo de la XXI Jornada mundial de la juventud, el 6 de abril de 2006. El Papa quiso compartir con ellos y con nosotros su personal camino de fe. Un camino de fecunda humildad, hecho de gracia y libertad, de certeza y temor realista, de impulso y entrega.
Y de este camino el Santo Padre ha querido también mostrar las piedras miliares.
Ante todo, la gracia que es el mismo Señor Jesucristo. El primado de Cristo, es decir, del amor encarnado de Dios en la vida del cristiano, nos fue recordado con fuerza en la encíclica Deus caritas est. Eje de la enseñanza del papa es el formidable pasaje del primer párrafo: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».
De aquí, casi con naturalidad, el desarrollo que hizo durante su intervención en Verona: «“Yo, pero ya no yo”: esta es la fórmula de la existencia cristiana fundada en el bautismo, la fórmula de la resurrección dentro del tiempo, la fórmula de la “novedad” cristiana llamada a transformar el mundo». Una novedad que es el fruto del don del Espíritu, que, por tanto, no es posible producir por nuestra cuenta. Es un dato –en sentido fuerte– que acoger. Al igual que para el Papa del Totus tuus también para Benedicto XVI, que con los ojos abiertos de par en par y el corazón contento subía, niño, al santuario de Altötting, la Virgen María representa la figura perfecta de su personalidad y de su existencia. En la anunciación la Inmaculada pronuncia ese fiat que desarrollará toda su fuerza en el stabat del Calvario y hallará su plenitud en el misterio de la Asunción. María, en efecto, dice plenamente qué significa cooperar asintiendo, como dice el canon cuarto del decreto sobre la justificación del Concilio de Trento. Este es el horizonte propio del sensus fidei del pueblo católico, genuinamente expresado por la experiencia de la Iglesia bávara. En la pertenencia plenamente consciente a esta porción significativa del pueblo santo de Dios tomó forma la vocación y la misión del papa Ratzinger.
Pero el Papa añade otra indicación. Valiosa porque ilumina la modalidad mediante la cual la gracia sacramental se convierte en encuentro persuasivo y fascinante para la libertad de los hombres: «Me ayudó, sobre todo, la compañía de los amigos, de buenos sacerdotes y maestros». La vida de la comunidad cristiana, efectivamente, es garantía del camino. Una compañía que hace visible el rostro de la iglesia e implica «cada uno de los grandes ámbitos en los que se articula la experiencia humana» (discurso al Congreso de Verona).
Todos nos hemos asombrado por la profundidad con que el Santo Padre en este último año ha querido responder a la pregunta hoy más que nunca decisiva. Su gran amigo Hans Urs von Balthasar la formulaba en estos términos: «¿Quién es la Iglesia?». El papa Benedicto XVI está recorriendo la historia humana y cristiana de los apóstoles y de los discípulos del Señor. Pedro, Juan, Mateo, Pablo, Esteban, las mujeres… Los primeros eslabones de una cadena ininterrumpida de testigos, históricamente bien documentada, que llega a implicarnos también a nosotros. En ella se expresa la naturaleza sacramental de la traditio de la Iglesia.
La gracia que es Jesucristo, vivida en la compañía de la Iglesia: estos son los dones que el Papa no ceja de testimoniar a nuestra libertad.