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Sacado del n. 03 - 2007

El Papa de lo esencial



por el cardenal Jean-Louis Tauran



Habiendo tenido el privilegio de participar en el cónclave que eligió al cardenal Joseph Ratzinger para la sede de Pedro, recuerdo que mientras esperaba en la fila de los cardenales para prestar obediencia al nuevo Papa pensaba: «¡Toda una vida, modelada por Dios, para llegar al pontificado supremo!»
Lo que impresiona, en este Papa, es su estilo: una sonrisa y una mirada llenas de bondad, iluminadas por la interioridad, por la serenidad de un cristiano consciente de haber aceptado una misión venida de lo alto, y para la cual recibe las gracias necesarias. No hay ninguna pretensión en Benedicto XVI: desde el comienzo de su pontificado pidió las oraciones de todo el pueblo cristiano para que Dios le enseñe «a querer cada vez más a su rebaño», e hizo votos «para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros». Es un Papa que desea que todos descubran que el cristianismo es una buena noticia para el mundo como es hoy: «Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario».
Cada vez parece más el heredero del gran papa Juan Pablo II, de quien fue consejero fiel y apreciado; como él, en la primera homilía de su pontificado gritó: «No tengáis miedo», y añadió: «Cristo no quita nada, y lo da todo».
Su humildad, su piedad, su atención por las personas están completadas por una visión precisa de su misión. El 20 de abril de 2005, pocas horas después de la elección, en la Capilla Sixtina, en su primer mensaje público y solemne, expuso en latín a los cardenales que lo habían elegido los puntos principales de su programa: «Fidelidad al Concilio Vaticano II: colegialidad; ecumenismo; diálogo con las distintas civilizaciones; servicio a la paz, atención por los jóvenes». Pero unos días después, durante la misa del inicio solemne de si ministerio petrino, Benedicto XVI precisó en la homilía: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia». Diría que ha sido fiel a esta visión.
Si Juan Pablo II dio un relieve particular a la imagen del papado, Benedicto XVI invita a todos a descubrir, a profundizar en la realidad de la Iglesia como comunidad de fe y caridad. Y lo hace gracias a su carisma personal de gran teólogo. Da prioridad a la pedagogía de la fe; ha querido que el Catecismo de la Iglesia católica se publicara en versión abreviada para que fuera accesible al gran público. Este es, quizás, el punto fundamental de su acción: transmitir en toda su integridad el contenido de la fe, para que, en primer lugar, todos los bautizados estén dispuestos a vivir en verdad y en profundidad su fe, y al mismo tiempo sean capaces de dar respuesta a su esperanza (cf. 1P 3, 15). Recuerdo que unos meses después del inicio del pontificado me paró en la calle una mujer sencilla, que me dijo: «Padre, ¿sabe que este Papa es formidable? Dice cosas muy profundas, pero le entendemos todo». Creo que esta observación resume perfectamente el modo en que Benedicto XVI lleva a cabo su ministerio.
Conocedor de la cultura contemporánea, nuestro Papa evalúa su fragilidad y sus contradicciones y, como un padre, hace todo lo posible para dar a sus hijos las referencias espirituales que necesitan; propone al mundo de hoy motivos para vivir y para elegir. Mientras muchos son víctimas del frenesí de actividades, de informaciones, que muy a menudo son obstáculo para la vida interior, Benedicto XVI nos ayuda a volver a las fuentes de la fe, como hizo con su primera encíclica, Deus caritas, est, y recientemente con la exhortación apostólica postsinodal sobre la Eucaristía.
En cierto sentido puede decirse que es el Papa de la Tradición, la tradición entendida no como “conservar”, sino como “transmitir” (del latín tradere).
San Bernardo, aconsejando a un discípulo suyo que se había convertido en Papa (Eugenio III), le decía que la Iglesia debía vivir ante et retro oculata, es decir, con una mirada hacia el pasado y otra mirada hacia el futuro. Es lo que nuestro Papa nos ayuda a hacer, invitándonos siempre a mirar a Cristo, a estar atentos a no desvirtuar la gran herencia de la fe, a ser hombres y mujeres de lo esencial, para que la Iglesia sea realmente sacramento de salvación para la humanidad y pueda «hacer visible el gran “sí” de Dios al hombre y a la vida» (IV Congreso nacional de la Iglesia italiana, Verona, 19 de octubre de 2006).
Quiera Dios conservarlo por mucho tiempo a la cabeza de la Iglesia, para guiarnos a todos por los escarpados senderos de nuestra peregrinación.


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