Deseo de Europa
El ámbito territorial se ha dilatado llegando casi a coincidir con todo el continente, pero quizá precisamente esta ampliación ha atenuado el empuje original. Es un momento delicado. Los dos referendos –en Francia y en los Países Bajos– en los que faltó el sufragio necesario podrían atenuar el empuje hacia la efectiva unicidad de modelos
Giulio Andreotti

La firma de los Tratados de Roma en la Sala de los Horacios y Curiacios del Campidoglio, Roma, 25 de marzo de 1957
El ámbito territorial se ha dilatado llegando casi a coincidir con todo el continente, pero quizá precisamente esta ampliación ha atenuado el empuje original.
Es un momento delicado. Los dos referendos –en Francia y en los Países Bajos– en los que faltó el sufragio necesario podrían atenuar el empuje hacia la efectiva unicidad de modelos.
Quizá en Maastricht pecamos de osadía hablando de «política común exterior y de seguridad». En su borrador de Constitución, el presidente Giscard d’Estaing no podía dar marcha atrás; mientras que de hecho hay que trabajar para construir la convergencia, paso a paso.
Algunos de los países de la última ampliación han hecho sacrificios muy grandes para ingresar. No podemos escandalizarles ahora con atenuaciones o con innecesarios retrasos.
Cuando todavía estábamos obligados a respetar rígidamente el ámbito de la materia económica se halló la manera, por ejemplo utilizando los encuentros deportivos de las Universiadas, de sentar alrededor de una misma mesa a los responsables gubernamentales del sector escolar de todos los países miembros.
De manera más general, es menester que la Unión profundice y amplíe sus aspiraciones sociales. Recuerdo cuando este tema de la socialidad fue evocado dentro del Consejo europeo. La señora Thatcher (comprensiblemente, pues Inglaterra había tenido que superar fuertes dificultades para la adhesión) apuntó que los asuntos sociales han de seguir en el ámbito nacional . Pueden haber convergencias de empujes sociales, pero han de ser regulados autónomamente.
Jurídicamente es importante que antes de las reuniones de Consejo se reciba a los representantes de los sindicatos; pero es una mera consulta y creo que hay que mirar más alto.
La abolición de las fronteras ha tenido enorme significado jurídico y psicológico; pero es indispensable ir otorgándole progresivamente a la unificación contenidos positivos verificables.
Quienes como yo vivimos el año 1957 hemos de prestar especialmente atención a esta línea evolutiva, que requiere solemnes metas pero especialmente un estado de ánimo política y espiritualmente receptivo y abierto.
Yo tengo siempre presente a De Gasperi en su lecho de muerte, triste porque después de dos años no se había llevado todavía al Parlamento la ratificación del Tratado de la Comunidad europea de Defensa. Pocos días después Francia la hundió con el voto negativo del Parlamento de aquel país.

La ceremonia de la solemne Declaración común firmada en Berlín por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, el 25 de marzo de 2007
Umberto Eco ha hablado sugerentemente de las raíces de Europa, colocando junto a las cristianas las judías y las greco-romanas.
Hay que rechazar cierta ironía sobre las decisiones mercantiles –a veces de pequeño mercado– de esta gran revolución global. Concluyo con una cita especial tomada de un ensayo de 2005: «En la evolución histórica que estamos viviendo a ritmo acelerado hay, a mi modo de ver, ante todo dos factores característicos de un fenómeno que hasta ahora se había venido desarrollando lentamente. El primero es la formación de una sociedad global, en la que los distintos poderes políticos, económicos y culturales son cada vez más interdependientes, tocándose y compenetrándose en sus distintos ámbitos. El otro es el desarrollo de las posibilidades que posee el hombre de producir y de destruir, cosa que plantea, mucho más allá de lo acostumbrado, la cuestión del control jurídico y ético del poder. Por lo tanto, adquiere especial urgencia la cuestión de cómo las culturas en contacto pueden hallar bases éticas que les permitan fundar adecuadamente su convivencia y construir una estructura común jurídicamente responsable del control y del ordenamiento del poder».
El autor es Joseph Ratzinger, que pocos meses después se convertiría en Benedicto XVI.