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IRAK
Sacado del n. 06/07 - 2007

Quiénes son los católicos caldeos, qué les está ocurriendo

Las persecuciones del mundo



por Giovanni Cubeddu


¿Cuántas iglesias quedan en Bagdad? ¿Y cuántos cristianos en Irak? Antes de la última y desgraciada guerra la capital iraquí era notoriamente “la ciudad de las cincuenta iglesias”, lo que significa que a cada uno de los ritos cristianos pertenecían uno o varios lugares donde poder celebrar. Hoy de cincuenta quedan activas unas treinta. Pero todo ha cambiado. Se vive en el miedo.
Un religioso chiíta, afiliado al grupo 
de Muqtada al Sadr, habla delante 
de la iglesia de San Elías de Bagdad, 
el 10 de junio de 2007. El grupo de Muqtada al Sadr ha distribuido 
ayudas humanitarias a más de 70 familias cristianas expulsadas 
del barrio de Al Dora

Un religioso chiíta, afiliado al grupo de Muqtada al Sadr, habla delante de la iglesia de San Elías de Bagdad, el 10 de junio de 2007. El grupo de Muqtada al Sadr ha distribuido ayudas humanitarias a más de 70 familias cristianas expulsadas del barrio de Al Dora

Incluso en los períodos históricos de agitación interior, las mezquitas e iglesias siempre eran consideradas con respeto, porque los propios musulmanes saben bien –a diferencia de tantos analistas occidentales de geopolítica y estrategia militar, crecidos como hongos para chupar del humus bélico– que los cristianos iraquíes no representan una minoría de nuevos inmigrados, sino que, sencillamente, son el propio Irak: porque habitan Mesopotamia desde de las primeras manifestaciones del cristianismo. Seiscientos años antes de que naciera el islam.
Es un orgullo público de los cristianos de esta Iglesia de Oriente el paso del apóstol Tomás y la predicación del apóstol Judas Tadeo en su tierra. Además, también los judíos iraquíes recuerdan que la colección local de escritos rabínicos conocida como Talmud babilónico comienza a partir del 70 d.C. e incluye entre otras cosas una de las primeras citas no cristianas de la crucifixión de Jesús.
Pese a todas las dramáticas tensiones de la historia reciente de Irak, y pese a que exista una minoría chiíta al lado de un fuerte grupo sunita –que gobernó hasta la caída de Sadam–, la minoría cristiana siempre estuvo orgullosa de saberse y llamarse ante todo iraquí.
Del millón de cristianos censados antes de la guerra, según fuentes bien informadas del patriarcado caldeo, quedan hoy quizá 600.000, divididos entre Iglesia caldea, asiria, siríaca, armenia, melquita, latina, copta y comunidades protestantes. Los caldeos son católicos y representan el 80 por ciento de todos los cristianos iraquíes, los cuales siguen la triste decisión de sus conciudadanos musulmanes de convertirse en prófugos: hay dos millones dentro del país, y otros tantos fuera, según los datos oficiales. Entre 40 y 50 mil personas abandonan cada mes Irak, para escapar de una guerra y de riñas sectarias que sigue devorando vidas humanas.
En la entrevista el patriarca Delly explica que hace algunos meses en el vertiginoso ajuste de cuentas entre chiítas y sunitas entraron, víctimas inocentes, los cristianos. Es algo distinto y más ferozmente continuativo respecto a los atentados contra las iglesias cristianas, que ya comenzaron el verano de 2004. Esto ocurre hoy especialmente en Bagdad, en el barrio Al Dora, y en Mosul, en el norte del país, pero también en otras partes. El pago de una “al jezia”, un impuesto, es lo que estas bandas criminales imponen a las familias cristianas, si no se acepta la conversión al islam, a menos que no se les dé “en prenda” a una muchacha de la familia. De lo contrario la única alternativa a la muerte es la fuga, con lo puesto: la casa la tienen que abandonar inmediatamente. En Bagdad existe el fenómeno de los “refugiados de barrio”, de quienes buscan míseramente refugio cerca de su antigua casa y lo encuentran quizá en la antigua sala parroquial convertida en refugio: es lo que ocurre, mientras escribimos, con cientos de familias de Al Dora. Esta pobre gente sigue yendo a misa, en iglesias a menudo dañadas, y dirigiéndose a los sacerdotes, corriendo el riesgo frecuente de sufrir nuevas retorsiones por parte de las bandas, que a veces incluso han arrancado los crucifijos de las cúpulas de las iglesias y amenazado a los sacerdotes. Algunas parroquias han tenido que ser cerradas y esto ha provocado aún más desconsuelo en los fieles que solo allí encontraban alivio. Los amigos del padre Ragheed Ganni, por ejemplo, afirman que él pagó con la vida el no haber querido ceder a estas reglas de desesperación, prodigándose públicamente para ir a ayudar a todas las personas posibles. Pero en Irak ya un pastor protestante y un sacerdote siro-ortodoxo habían sufrido la misma suerte, el mismo martirio.
Luego está el fenómeno de las extorsiones. Secuestros de familiares: rescates a veces pagados por familias arruinadas que luego reciben la noticia de que su familiar ya había sido asesinado. Secuestros de sacerdotes: peticiones desorbitadas para la Iglesia caldea, a las que siguen conversaciones durante las cuales se espera que los bandidos comprendan que nunca podrán conseguir el millón de dólares que suelen pedir, sino solo algunos miles o centenares de dólares. Últimamente siete curas caldeos –con algunos de sus colaboradores– salieron bien parados de este modo. El dinero, no el islam, es el motor de estos grupos, que no por casualidad cuentan entre sus filas a los criminales que Sadam Husein sacó de las cárceles en masa cuando estalló el conflicto.
El padre Ragheed Ganni

El padre Ragheed Ganni

¿Y los liberadores? Como ejemplo, contamos un episodio de manifiesta y peligrosa insensibilidad de las fuerzas militares americanas. En Bagdad había un seminario, que ya no existe porque fue trasladado al norte, por motivos de seguridad, objetivos. Estaba la Pontificia Facultad de Filosofía y Teología “Babel” y ya no existe, trasladada al norte: porque en los locales –ocupados sin el permiso del patriarcado– ahora se aloja un cuartel estadounidense. Para nada valió haber enviado a la “zona verde” de Bagdad al auxiliar del patriarca para que tratara con las autoridades americanas. Tampoco ha surtido ningún efecto hasta el momento haber pedido al gobierno iraquí su intercesión: los militares se han quedado, sin importarles el daño causado a una Iglesia ya tan pobre y, sobre todo, el peligro ulterior que un gesto tan simbólico crea para los cristianos (aún más culpables para las bandas de los fanáticos por haber alojado al ocupante). En mayo, tras un largo silencio, el patriarca, dirigiéndose a los mandos militares americanos, les expresó (desde su sitio, que se llama “st-Adday.com”, es decir, san Tadeo, el apóstol considerado el padre de la Iglesia caldea) su juicio global: «Han entrado sin nuestro permiso en Irak. A Dios no le gusta lo que han hecho y siguen haciendo ustedes contra nuestro país».
En definitiva, para los cristianos, en la historia reciente de Irak nunca ha habido un período tan oscuro (entre otras cosas, la Carta Constitucional del “nuevo” Irak los expone ahora al riesgo de ser juzgados según la sharía, lo que no ocurría con Sadam). El anciano patriarca Delly comprende. Ha visto todo de cerca. Su vida como pastor ha coincidido con el éxodo de sus fieles –comenzado en torno a los años sesenta– de esta cuna de la fe. Antes de ser elegido en diciembre de 2003 al final de un sínodo atormentado –no el único, en realidad, en la Iglesia caldea–, Emmanuel Delly había sido desde 1962 –es decir, durante 41 años– auxiliar y luego auxiliar emérito del patriarca caldeo, primero Paulus II Cheikho y luego Raphaël Bidawid. Delly siempre ha sido un punto de referencia para los caldeos, los ha seguido en estos decenios de tormentos, guerra, embargo y más guerra, y ahora persecución. Se le puso al frente de esta Iglesia de Oriente como defensor de la tradición, de la “caldeidad”. Recién elegido dijo: «Mi programa es dar testimonio de Jesucristo frente al mundo y llevarles a todos el mensaje de esperanza del Evangelio». Para los caldeos es fácil quererle.


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