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EDITORIAL
Sacado del n. 08 - 2007

“Por lo que Cristo es romano”


Recuerdo la afluencia de gente de fuera cuando vino el cardenal Eugenio Pacelli para hacer el panegírico de san Jerónimo Emiliani. Algunos años después fui a la Sala Borromini un domingo por la mañana a escuchar al secretario de Estado que hablaba sobre: “Roma, por lo que Cristo es romano”. Enunciaba conceptos profundos, pero más que nada creaba un clima de diálogo con el auditorio


Giulio Andreotti


Tenía yo seis años cuando mi tía Mariannina comenzó a llevarme con ella cada tarde a la función en nuestra parroquia de la plaza Capránica (Santa María de Aquiro, con el Orfanato adyacente de los padres somascos, donde mi hermano era colegial).
Solo tras la guerra se celebrarían misas de tarde. Entonces se rezaba el rosario, seguido de la bendición eucarística. Durante el mes mariano (mayo) había también sermón, que terminaba con la sugerencia de ofrecerle a la Virgen una pequeña mortificación (las “promesas”).
Los sermones se hacían con una técnica muy enfática, casi teatral. El orador más seguido durante muchos años era el padre jesuita Galileo Venturini. Se le llamaba con años de antelación; tenía un gran número de aficionados (mejor dicho, de aficionadas) que le seguían a todas las iglesias donde iba.
Una audiencia de Pío XII a los seminaristas y a sus superiores

Una audiencia de Pío XII a los seminaristas y a sus superiores

El año que vino a nuestra iglesia vi que cuando bajaba completamente sudado del púlpito se secaba con una toalla y se cambiaba de camiseta y camisa. Aunque retórico, era concreto. Se podía resumir con facilidad lo que había dicho, lo que no era posible con todos. Otros “tenores sagrados” hubieran provocado igualmente gozo con sus modulaciones de voz, aunque hubieran utilizado como texto la tabla pitagórica.
Las sillas se alquilaban a cuarenta céntimos y siempre se agotaban.
Los predicadores que se basaban en el razonamiento tenían mucho menos éxito. Pero a distancia de más de ochenta años recuerdo todavía los sabios consejos del monje benedictino don Cornelio Cipriani, que como orador aburría a las piedras.
Las iglesias competían por asegurarse un predicador de éxito para el panegírico de la fiesta del patrón. Recuerdo la afluencia de gente de fuera cuando vino el cardenal Eugenio Pacelli para hacer el panegírico de san Jerónimo Emiliani. Algunos años después fui a la Sala Borromini un domingo por la mañana a escuchar al secretario de Estado que hablaba sobre: “Roma, por lo que Cristo es romano”. Enunciaba conceptos profundos pero más que nada creaba un clima del diálogo con el auditorio.
Como Papa dedicó en las audiencias una especial atención a los esposos, a los que se les reservaba incluso un lugar especial.
Un día el presidente Saragat lanzó críticas por estas audiencias matrimoniales. Le dije que podía hacerlas también él. Como, por lo demás, hizo Pertini con los jóvenes.
En líneas generales, visto que Roma pasa por ser (y lo es) eterna, hay que preguntarse qué ha cambiado desde entonces. Me limitaré a registrar que las procesiones eran momentos sugestivos. Tanto la que se hacía por toda la ciudad en el Corpus Christi, como las “parroquiales” para llevar solemnemente la Eucaristía a los enfermos.
Dado el crecimiento de las parroquias, ya no hay actividades del Colegio de párrocos (que cada jueves de octubre hacían juntos una excursión a la zona de los Castelli), sino que se reagrupan por sectores de la ciudad.
También se ha ilvidado el silencioso pulso del clero seglar para conseguir un número de parroquias no inferior al de los “religiosos”. Sin embargo, el número de seminaristas romanos no es, como en otras diócesis, irrelevante.
En los estudios internacionales sobre el turismo la afluencia mayor en absoluto se le reconoce a Roma. Repetimos con Dante: «Esa Roma por lo que Cristo es romano».
No sería justo dejar de subrayar también otra aportación cristiana al prestigio de Roma. Me refiero a los ateneos religiosos, todos de gran envergadura. Van desde los históricos (Gregoriana, Angelicum, Propaganda Fide, Alfonsiano) al modernísimo de los Legionarios de Cristo.
Entre otras cosas, los alumnos de estas universidades religiosas –de las que proceden gran parte de los obispos– aprenden todos italiano. Durante la guerra nuestros prisioneros concentrados en los rincones más lejanos del mundo tuvieron el consuelo de la visita de un ex seminarista romano que les expresaba en italiano solidaridad y cariño.
No quiero hacer comparaciones, pero sin lugar a dudas Atenas no tiene menos títulos históricos que Roma; ese “más” que tiene Roma va ligado precisamente al cristianismo.
Sin embargo, no dejaba de ser extraña la afirmación de Mussolini cuando afirmaba que «si el cristianismo no se hubiera asentado en Roma, habría sido una de tantas sectas, como la de los esenios».
Y pensar que los fieles del Duce afirmaban que éste siempre tenía razón.


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